Así es ella.
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

Si bien no he tenido abundantes experiencias sexuales, creo que mi ex-esposa debe estar entre las mujeres más lujuriosas que hay. Y entiendanme bien: no piensen en una mujer con portaligas que se sabe todas las posiciones amatorias o que grita desaforadamente al gozar un orgasmo. Con "..lujuriosa".. me refiero a que puede convertir lo más inocente en lo más caliente, a que le añade al sexo un toque de malicia que no deriva en otra cosa que morbo y más morbo, todo aderezado con un bonito vocabulario "..a la argentina".. (obvio, somos de ese país) lleno de expresiones como "..cogeme, ponémela toda, dale, cogeme, dame tu leche, no, pará, chupámela y después te cojo yo"... Su cuerpo no es muy agraciado, pero tiene senos más bien grandes, unos bellos hombros, el pelo castaño claro cortado en carré, y una cara que normalmente no despierta sospechas, pero cuando la tienes en la cama te das cuenta que esa cara desde el primer momento te gritó cuánto le gusta el sexo.
Bueno, no quiero que parezca que la extraño porque no es así. Mi mujer actual es más tierna, rebosante de amor, y no por ello deja de ser una amante exquisita. Lo más fuerte que ha dicho es "..ponémela".., pero aún así lo dijo porque estaba en el colmo de la excitación y eso es lo que vale. No necesita palabras, por otra parte. La forma en que expone su cuerpo a mi boca sistemáticamente o sus manos atenazándome los hombros, la manera en que se retuerce de deseo si demoro unos segundos de más en iniciar el acto (llegando incluso a mirarme con el rostro sufriente por la necesidad de satisfacción y tomarme de las caderas para que la penetre, sacudiéndome luego a su ritmo) y otras joyas la convierten en un tesoro. Así que no voy a hablar más de ella, porque es una forma de compartirla y es toda mía, sólo mía. Je Je. (Perdón, pero no puedo evitar mencionar cómo le quedan las tangas).
La que no era solamente mía, mejor dicho, no era mía, es mi ex esposa. Volvamos a ella.
Siendo tan "..sexual".. como era y siendo yo demasiado joven e inexperto para explotar todo su potencial, es comprensible que nos hayamos distanciado lentamente. Aunque los problemas no empezaron en la cama sino fuera de ella, pero no me pondré a filosofar.
De pronto apareció un tipo que se autodenominaba "..amigo de la casa"... Que se vaya al diablo. Ya todo estaba echado a perder y poco me importaba que se traía entre manos. No me iba de casa por no parecer nunca el momento. Ya no teníamos sexo, y como yo no quería tener una amante, me lo pasaba masturbándome, con revistas de actrices en lencería (no podía tener revistas porno por no tener donde ocultarlas), con películas eróticas de la televisión, pensando hasta en las vecinas y en las amigas de ella, en fin, parecía un adolescente. Una vez hasta me masturbé mirándola tomando sol dormida, en topless, en el patio de mi casa. ¿Ridículo, verdad? Se supone que la esposa de uno debe ser su incondicional compañera de placer, y a mí, en cambio, me rechazaba.
Lo que nunca me imaginé ni fantaseé es que el destino me iba a poner en situación de ver, para usar sus palabras (y las seguiré usando en adelante), "..como era bien cogida".. por el tipo, y menos que me iba a resultar tan excitante. Pero creo que la explicación es, primero, que la fulana debería haber sido actriz porno, porque la forma de mirar que tiene antes de montarse sobre una verga (y ni hablar de la cara que pone cuando acaba) te pone fuera de control. La segunda explicación es que estando tan distanciados como estábamos, no era un marido engañado sino un espectador de lujo de una pareja especialista en sexo. Y si quieren uan tercera explicación, aquí va un axioma: "..Cuando haces el amor con tu mujer, parece que fuera más aburrido que con cualquier otra, pero cuando ves a tu mujer haciendo el amor, comprendes que es la número 1 del mundo"...
Era una noche de septiembre. Como estaba estudiando un curso, me fui a una habitación con escritorio y biblioteca y cerré la puerta, pero en vez de estudiar empecé a observarlos por la cerradura, mientras miraban televisión.
Primero no pasó nada, con uno a cada lado de la mesa.
Ya estaba pensando que era una pérdida de tiempo cuando ella lo miró prácticamente con el rabillo del ojo y sonrió. Su mirada y su sonrisa eran tan pícaras como pueden serlo en la más deliciosa de las putas. Entonces empezó un juego inofensivo, pero que me hizo acomodarme lo mejor posible para no perder detalle.
Ella le quitó el cenicero y lo llevó cerca suyo, siempre sonriendo.
Él, con displicencia, lo devolvió a su lugar.
Ella entonces volvió a estirar el brazo sobre la mesa y le dió una palmada en la mano, pero luego no retiró rápidamente su propia mano como hacemos cuando golpeamos, sino que la levantó un par de centímetros y la deslizó hacia atrás, rozando con sus dedos la mano del tipo.
El sujeto intentó hacer exactamente lo mismo, pero ella retiró la mano y siguió sonriéndole con una alegría desbordante.
Estaba claro que esos simples movimientos ya implicaban un código entre los dos, una relación profunda. Hasta el día de hoy me pregunto si esos sencillos manotazos no son también sexo.
A mí me volaba la cabeza, el pecho, el estómago. Era una bomba atómica de nervios de ver cómo estaba por consumarse la "..infidelidad"... Tenía una tremenda erección, porque aunque era un golpe bajo no me tomaba por sorpresa y estaba gozándolo morbosamente.
Ella entonces cambió la expresión de su rostro. Seguramente lo habrán visto en películas y con sus propias parejas: dejó de lado toda sonrisa (salvo un rictus sensual en los labios) y , mirando fijamente al tipo, se puso de pie. "..Llegó la hora de la verdad".. podría ser un título para la escena.
Se paró enfrente de él, a medio metro.
Él, sin ponerse tenso, ni siquiera variar la posición relajada con que miraba televisión, estiró la mano con la palma hacia arriba y la metió en la entrepierna de mi mujer, aún vestida.
A todo esto, yo, entre temblores, me bajé el cierre del pantalón y extraje mi pene. No sabía en que resultaría aquello, suponía que, como con las películas, acabaría a voluntad cuando la situación fuera de franco sexo, pero al ver a ella como empezaba a balancearse rítmicamente con aquella tremenda mano en su concha, me salió un chorro de semen apenas me toqué, y recién luego del primer chorro me vino un orgasmo que provoqué de un modo inédito para mí: con manos y pene totalmente bañados en semen, no moví la piel sino que, dejando el glande desnudo, lo acaricié frenéticamente, moviendo la pelvis, gozando con aquella escena de verdadero erotismo, ya que no se veía desnudez alguna, sólo la voluntad irreversible de cogerse mutuamente.
Mientras yo acababa ella se abrió la camisa que tenía y deslizó el corpiño (¡negro! ¡qué espectáculo!) hacia abajo, liberando sus grandes tetas. ¡Qué tetas, por favor! Eran sólo la muestra de un cuerpo no demasiado bello pero (eso es un mérito) mucho más deseable que otros cuerpos perfectos, debido quizá a lo puta que era su dueña.
¡Sí, puta! ¡Experimentada! No se desarmaba en gestos ni gemidos de placer como otras, sino que sonreía radiante mientras se tomaba los senos con las manos y los levantaba, ofreciéndoselos al tipo. Era feliz.
El tipo empezó a chuparle los pezones y ella no cerraba los ojos ni abría la boca, no señor, lo miraba fijamente a los ojos y se mordía el labio inferior mientras se contoneaba, cuidando de no alejarse demasiado.
Yo sabía que haría todo eso y más, porque la conocía, y agradecía por lo menos poder verla una vez más, ya que conmigo no lo hacía. Me seguí masturbando con el pene fláccido.
Para el sujeto aquellas tetas fueron demasiada calentura, y abandonando las sutilezas la abrazó fuertemente y se las empezó a sorber con toda la boca abierta, parecía que se las quería tragar. Ella, por primera vez en la noche, cerró los ojos un momento, los volvió a abrir y los revolvió mirando al techo y sonriendo, como si agradeciera al Cielo (con perdón del Cielo) el macho que tenía.
El pene me entró en erección de golpe, me seguí masturbando y enseguida sentí que estaba a las puertas de un nuevo orgasmo. Ya sabrán como es eso, te toma de sorpresa, si hay motivos para demorarlo los olvidas y tu último pensamiento racional es "..al diablo, luego se parará de nuevo".. y le das hasta que el clímax se apacigua y los músculos, atravesados por espasmos, se aflojan y la razón te vuelve al cuerpo. Mientras, en lo único que piensas es en el objeto de tu deseo.
Un dolor agudo en los testículos me hizo advertir que quizá se me había ido la mano.
Mientras, mi mujer empezaba a reaccionar como una mujer normal. Seguía embistiendo la mano del tipo y metiéndole las tetas en la boca, con respiración agitada, la mirada aún clavada en el techo, pero tenía los ojos semicerrados y la boca semiabierta, en pleno goce, aunque no tanto como acabando.
Me maldije por no poderme aguantar. Me sentí excluído: ahora que ellos gozarían yo estaba fuera de combate. Me dolían los testículos. Me ardía el pene, que me había rasguñado contra el cierre del pantalón. Me seguí acariciando, en parte para disfrutarlo y en parte por el dolor, cuando advertí que no habían pronunciado palabra.
Justo, por coincidencia, ella empezó a hablar. Seguramente creyó que el volumen del televisor no me permitiría oírla, pero se equivocaba.
- ¿Te gustan mis tetas? ¿eh? ¿te gustan? Chupámelas, daaale, chupaaammmmeeelasssss. ¡Ahmmm! ¡Uhhmmm!
El tipo debe haberle metido mano más duramente, porque continuó:
- ¿Te gusta mi concha? ¿Te gusta hacerme la paja? ¿Me sentís como estoy mojada? ¿Querés mi concha, no? Querés mi concha...
Apretó los dientes, lo tomó por la barbilla y lo empezó a besar con cierta brutalidad en la boca, mientras el movimiento de las mandíbulas denotaba la desesperación de las lenguas por demostrar que podían hacer más que cualquiera otra que hubieran conocido antes.
Ella quiso gemir, pero como prefirió seguir el interminable beso sólo le salieron unos ¡Mmmmhhhh!. Con una mano lo seguía tomando por la barbilla y con la otra empezó a bajarse el pantalón. Un tirón del lado derecho, otro del izquierdo, otro más del derecho.
Cuando la mínuscula tanga negra que llevaba quedó visible me olvidé del dolor y la erección que me había venido momentos antes me permitió recomenzar la masturbación.
Con movimientos rápidos y bruscos (ella es así) lo soltó, se bajó la tanga hasta las rodillas y volviendo a tomarle la cabeza se la hundió en su pubis.
- Chupame la concha... chupámela... cojeme con la lengua... sentí la leche de mi concha...
Ella es así. A veces dice cosas sin sentido, pero con eso se excita.
El sujeto le hacía sexo oral y, mientras, le metía varios dedos entre las nalgas, buscando el ano. Aunque estaba de espaldas se notaban sus manos moviéndose, como si apartaran las nalgas, para luego desaparecer por detrás del cuerpo de ella.
Mi mujer ya estaba casi totalmente desnuda, salvo por el pantalón amontonado a sus pies y la minúscula tanga que por nada bajaba de sus rodillas, de tan ajustada que estaba.
El sujeto se paró de la silla, dejando de lamerle el clítoris. Le restregó el miembro erecto (aún debajo del pantalón) contra el vello púbico de ella. Ella lo miró con expresión traviesa y empezó a masajearse las tetas. Bajó las manos y con movimientos decididos le bajó el cierre y extrajo el pene del tipo.
Casi acabo de nuevo, pero me controlé.
El sujeto tenía un buen pene. No muy grande, pero, por decirlo de algún modo, guardaba porporción con su contextura física. Empecé a pensar que en cierto modo, al no evitar aquello, yo también le estaba dando placer a mi mujer. Y me agradó ver que con un miembro como aquel la atenderían adecuadamente.
Ella lo miró fijamente a los ojos y empezó lo clásico: le besó el cuello, empezó a descender, le abrió un poco la camisa para besarle el pecho, el abdomen, y cuando estaba de rodillas le besó brevemente las manos y le chupó algún que otro dedo.
Entonces, sí: tomó el pene del tipo con una mano y empezó a masturbarlo con la boca, prestando mucha atención al glande pero, alternadamente, haciendo desaparecer todo el miembro en su boca.
El tipo empezó a temblar y, tomándole la cabeza, parecía que no la dejaría ir. Empezó a gemir. Ellá se soltó bruscamente, se paró, y, con ojos de fuego, le increpó:
- ¡Te dije que no! ¡Ni acabarme en la boca ni cogerme por el culo! ¿Está? Eso cuando yo diga.
Y agregó, con una sonrisa maliciosa:
- Pero ahora te voy a coger yo.
Le sacó la camisa y el sujeto se sacó los pantalones. Lo sentó en la silla y se sentó sobre él. Nuevamente, él de espaldas y ella mirando hacia la puerta por donde yo observaba.
Como no podía ser de otra manera, empezó a subir y bajar sobre el tipo, que otra vez le engullía las tetas. Como le chupaba una a la vez, la otra bailoteaba demostrando la violencia de la montada. Mientras, ella tenía la boca abierta y los ojos inmóviles en un punto hacia adelante. ¡También así lo hizo conmigo en otros momentos! Me parece que cuando hace esa posición, esos ojos fijos indican que está teniendo una fantasía. No sé con quien o quienes, de ella puede esperarse cualquier cosa.
No había cambiado mucho, en quince segundos estaba acabando, lanzando un pequeño rugido en cada respiración. Porque los sonidos que hace no son gemidos agudos ni gritos, es un sonido grave y bajo que le sale directo de la garganta. Sus ojos estaban fijos en la cerradura (¿me estaría viendo?) así que pude mirarla directo a los ojos y tener mi orgasmo al mismo tiempo que ella.
Se arrodilló delante del sujeto, que estaba totalmente insatisfecho y no sabía qué hacer con su verga, durísima, roja y brillante por el flujo de ella.
- ¡Oh, no acabaste! -le dijo con ternura- ¿Me querés coger? ¿Me querés culear? ¿Querés dejarme tu leche adentro?
El tipo debía ser algo masoquista para soportar aquello. Se empezó a masturbar lentamente.
- ¿Y... si te la chupo? -le preguntó ella, con una cara que me rindo a no poder describir jamás. Sólo puedo contar como se pasaba la lengua por los dientes.
El sujeto empezó a masturbarse con más velocidad.
Mi mujer le rodeó la cintura con los brazos y comenzó una chupada tan magistral que acabé de nuevo. El tipo ya no sabía que hacer. Pero como cada vez estaba más cerca del orgasmo y ella seguía con un indescriptible vaivén de cabeza, comprendió que iba a conseguir lo tan deseado. Le volvió a tomar la cabeza con las manos y se arqueó en todas direcciones como una lombriz en el anzuelo. Se crispó de pies a cabeza. No podía luchar con sus gritos, quería ocultarlos. Estaba acabando como nunca.
Finalmente echo la cabeza hacia atrás, exhausto, dejando los brazos colgar a los lados. Parecía que lo hubieran matado.
Ella se arrastró literalmente sobre él (estaba desparramado en la silla) y, pasando la lengua sobre los labios del tipo, le dijo:
- Al final me dejaste tu leche adentro...
El sujeto resucitó como por arte de magia, la verga más dura y, si cabe, más grande que antes. Tomó a mi mujer por la cintura, y la dió vuelta. Ella apoyó los brazos en la mesa y sacó el trasero hacia atrás.
- Te la voy a poner por atrás. -dijo el tipo. Te voy a coger por el culo, ¿sabés?
- ¡Uuuuhhhh! -canturreó ella, burlonamente.
Supongo que el tipo, a esa altura, estaba algo molesto y quería darle una lección, porque le abrió las nalgas y se la metió de un golpe. Por un instante presentía que iba a ver una escena de tortura.
Mi mujer, sorprendiéndonos a todos, hizo fuerza contra el tipo, para asegurar doblemente la total penetración, y, con su consabido gesto (mordiéndose el labio inferior), empezó a moverse rítmicamente.
- Dale, ¿que pasa? ¿Nunca culeaste a una mina como yo? ¿Mi culo no te hace acabar?
La reacción mía y del tipo fue simultánea. Pasado el primer momento de desconcierto, el empezó a embestirla como para partirla en dos, mientras yo me masturbaba con lo que me quedaba de pene.
Ellá empezó a sonreir con los ojos cerrados, después siguió con unos ¡ah, ah, ah! rítmicos hasta que lanzó dos o tres gritos estridentes y los tres acabamos. Ellos dos entrelazados sobre la mesa, y yo, observando por la cerradura.

Con el correr de los minutos las ropas volvieron a su lugar, el tipo se fue y yo me volví a calentar.
Salí del cuarto de estudio, fui a nuestra cama, donde ella dormía, y sacando fuerzas no sé de donde, la violé varias veces. Por delante, por detrás, en su boca, con mi boca en su clítoris (bueno, para eso no hacía falta erección).
Digo que la violé porque, como siempre, intentó rechazarme, pero apliqué fuerza bruta y puro sexo. Con una buena dosis de insultos, llamándola puta, cogida, caliente, te gusta tener los agujeros llenos, etc. etc. Y le gustó, porque se comportó como la había visto una hora antes y mejor aún. Nos dormimos, y al otro día me contó que por la madrugada se masturbó recordando la violación.
Al parecer había dado con la clave de su sexualidad, pero no era eso lo que yo quería como matrimonio.
Meses más tarde nos divorciamos.

 

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