Un Trio de ensueños.
Enviado por WALTER H el día Jueves 1 de Enero de 1970
 
La pareja que se contactó conmigo a través de mi correo electrónico, estaba
formada por el hombre, bisexual activo, de unos treinta años más o menos y
con muy buena facha y la mujer, de veinticinco años aproximadamente,
bastante linda también aunque algo excedida de peso. Inmediatamente quedamos
de acuerdo en encontrarnos en su casa y ahí mismo fijamos fecha y hora.

Una vez que llegué a su casa, me invitaron a pasar al living y nos sentamos
los tres en el sillón; para no perder tiempo nos desnudamos allí mismo,
quedando el hombre con un calzoncillo “boxer”, la mujer en bombacha y
corpiño y yo con mi diminuto “slip”; a la mujer le llamaron la atención mis
insipientes “tetitas” y comenzó a tocármelas y a lamérmelas, haciendo
círculos con su lengua por mis areolas y chupando mis pezones.

Mientras la mujer estaba de lo más entretenida comiéndome las tetas, el
hombro le desabrochó el corpiño y empezó a manosearle los pechos; la mujer
bajó la mirada y al observar a su pareja tocándole las tetas, se retrajo y,
con un gesto, me invitó a que me prendiese yo también y se las chupara, algo
que efectivamente hice; estaban realmente bien buenas ese par de enormes
tetas, así que comencé a mamar como un ternero.

A todo esto, al hombre, seguramente por observar como yo me comía esas
tremendas tetas, le dieron ganas de hacer lo mismo y agarró a la mujer con
intención de darla vuelta y ubicarla frente a él; la mujer se dejó dar
vuelta pero previamente me encajó un beso en la boca, con toda la lengua
incluida y mientras ella me partía la trompa, yo estiré la mano para tocar
la entrepierna del hombre.

El hombre se prendió fuertemente a las tetas de la mujer y yo aproveché
entonces para entretenerme con su entrepierna, pero como me resultaba
bastante incómodo por la posición en la que me encontraba, me levanté del
sillón, me arrodillé sobre la alfombra y ya si, en la ubicación correcta,
comencé a tocar, a acariciar, a sobar, a manosear y a refregar mi cara sobre
ese calzoncillo, el cual ya no podía contener allí adentro, ese viril
miembro que crecía y crecía constantemente.

En un rápido movimiento, liberé esa preciosa verga y una vez en mis manos,
la toqué, besé, acaricié, lamí y chupé íntegramente; esa poronga era
realmente hermosa, larga, gruesa, dura, completamente recta y acompañada de
un par de bolas redondas. En varias ocasiones he hecho hincapié en lo que
producen en mí las pijas, en la forma en que “me sacan”, “me pueden”, “me
dan vuelta”, me hacen perder la razón, etc., etc., etc.; creo que por mí
fuera y si pudiese hacerlo, me metería una verga en la boca y no me la
sacaría nunca más en la vida.

Al girar la cabeza para meterme las bolas en la boca y empezar a chuparlas,
observé a la mujer que estaba mirándome y sonriendo, como si quisiera
decirme mentalmente: “Estás haciendo un buen trabajo; se nota que te gusta y
mucho”, pero esa manera mía de comer y comer tan frenética, abrió
seguramente también el apetito de ella y, quitando sus pezones de la boca
del hombre, se agachó hasta la entrepierna de este y  me miró como
pidiéndome que le dejase compartir ese manjar; yo me hice a un lado y ambos
compartimos esa dulzura de poronga.

El cuadro era sencillamente maravilloso; el hombre sentado en el medio del
sillón y ambos lados, la mujer y yo comiéndole la entrepierna; obviamente la
satisfacción, el tremendo gozo y el enorme placer que ello le producía, no
sólo se reflejaba en su rostro, sino también en los deliciosos gemidos que
exhalaba y mientras la mujer y yo nos manteníamos disfrutando de ese manjar
sublime, sin la menor intención de dejar de hacerlo, el hombre comenzó, con
ambas manos, a alternar caricias en la cabeza y en las tetas de ambos.

Obviamente no era la primera vez que yo participaba de un trío ni mucho
menos, pero en esta ocasión, la particularidad era que el hombre, no hacía
distinción entre la mujer y yo, se notaba que ambos le estábamos otorgando
un inmenso placer y él disfrutaba de ello sin hacer distingo en cuanto al
sexo y prueba de ello fue que, quizás a modo de agradecimiento, el hombre
interrumpió nuestro trabajo en su entrepierna (algo en principio no fue de
mi agrado), para darme un apasionado beso en la boca y después hizo lo
propio con la mujer, para finalizar en una espectacular fusión de las bocas.

Ninguno besaba al otro en forma individual sino que los tres nos
conjugábamos en un solo y frenético beso, pero yo aún seguía obsesionado con
esa dulzura de pija que, segundos atrás, estaba haciendo delicias en mi
boca, así que aproveché un descuido de la pareja y bajé nuevamente hacia ese
lugar celestial, para comer esa entrepierna que tan feliz me hacía; mientras
yo estaba zambullido en el vértice de ambas piernas del hombre, la mujer se
paró un instante para quitarse la bombacha y su pareja entonces se acomodó
sobre el sillón, recostando su cabeza sobre el apoya brazos.

En otro rápido movimiento de mi parte, le saqué por completo el calzoncillo
y me arrodillé sobre el sillón para continuar degustando esa monumental
entrepierna; mi posición era de rodillas obviamente, con la cabeza bien
agachada y mi boca comiendo y comiendo cuanto encontraba a su paso y mi cola
bien parada, bien hacia fuera, algo que seguramente llamó la atención de la
mujer, ya que mientras yo degustaba una y otra vez la pija y las bolas del
hombre, comencé a sentir como ella bajaba mi slip.

Mi femenina cola suele provocar el mismo tipo de reacciones, tanto en
hombres como en mujeres, precisamente por su tamaño, su forma y su belleza
(modestia aparte); piel exageradamente blanca, tersa, suave, aterciopelada,
sin un solo bello, ni siquiera “pelusa”; unos carnosos “cachetes”, una
profunda “zanja” al medio, caderas levemente ensanchas y un par de muslos
rellenos, estilizados y bien torneados; indudablemente, la “madre
 naturaleza” se congració conmigo y yo le estaré agradecido “de por vida”.

Aquella mujer no fue la excepción a la regla ni mucho menos, ya que la
expresión de su rostro, fue el cabal reflejo de la por demás agradable
sorpresa, que había causado en ella me preciosa cola e hizo partícipe de
ello a su pareja, con gestos de admiración que incluyeron además, todo tipo
de elogios, halagos y palabras de admiración, que no hicieron más que volver
a alimentar mi “ego”; pero “hete aquí” que ella no se contentó solamente con
mirar, sino que empezó tocar, a acariciar, a besar dulcemente y lamerme
íntegramente la cola.

Al descomunal gozo que yo experimentaba mientras devoraba la entrepierna del
hombre, hubo que agregar además el enorme placer que sentía mientras la
mujer comía mi cola y que hacía que me retorciese de satisfacción cada vez
que su lengua recorría de arriba hacia abajo dentro de mi profunda “zanja” y
hurgaba a las puertas de mi rosado orificio anal.

La mujer estaba literalmente cogiéndome con su lengua y ello hacía que yo
prácticamente perdiese el conocimiento, pero más aún, cuando comenzó a
penetrarme con sus dedos; primero con uno, después con dos, hasta que sentí
cuatro dedos revolviendo mi cavidad anal; yo gritaba, emitía alaridos, gemía
y jadeaba, pero no de dolor sino que de un inmenso placer, en enorme gozo;
mi total y absoluta satisfacción, despertó en el hombre deseos de observar
esa cola que había producido tanta admiración en la mujer y después de
bajarse del sillón, se ubicó detrás de mí.

A todo esto y mientras lo hacía, la mujer no había encontrado mejor forma de
experimentar una nueva y placentera sensación, que separar mis “cachetes”,
poner su pezón bien cerca de mi orificio anal y volver a apretar mis
carnosos glúteos; estaba , literalmente, penetrándome y cogiéndome con las
tetas; ello no hizo más que “sacar” al hombre, quien la apartó no muy
suavemente y comenzó no a tocar, ni a acariciar, sino a manosear, franelear
y a apretar furiosamente mi cola primero, para luego acercar su boca y
empezar a comérmela por completo.

Mientras el hombre me cogía con la lengua, tal y como lo había hecho la
mujer hacía unos segundos atrás, esta se dirigió hacia el dormitorio, no sin
antes darme otro tremendo y pegajoso beso en la boca; al observarla desde
atrás, noté, con profundo agrado y un dejo de cierta malicia de mi parte,
que la diferencia entre su cola y la mía, jugaba a mi favor, ya que la de
ella era bastante gorda, muy poco proporcionado, algo caída y obviamente con
mucha celulitis, por lo que intuí que el hombre, seguramente disfrutaría a
rabiar de mi preciosa y femenina parte trasera.

Al cabo de unos instantes, la mujer volvió del dormitorio trayendo en sus
manos una caja de preservativos, lo que me hizo suponer que me encontraba a
las puertas de una sublime y alucinante penetración y no me equivoqué al
respecto, ya que el hombre, en un rápido movimiento, “enfundó” su poronga y
me clavó sin mayor dificultad, teniendo en cuenta la gran dilatación que
presentaba ya mi rosado “agujero”.

Una vez que el hombre me poseyó, me tomó y me hizo suyo, comenzó a cogerme,
a hacerme el amor y mientras lo hacía, la mujer empezó a arengarlo para me
“culeara” hasta hacerme desmayar, profiriendo palabras bien obsenas y bien
subidas de tono, sobre todo referentes a mi maravillosa cola, con el obvio
objetivo de incrementar el placer que estábamos experimentando los tres;
ella por ser testigo presencial de ese alucinante cuadro, el hombre por
coger un culo que seguramente pocas (o ninguna) veces a tenido ante él y yo,
por tener dentro de mí a esa indescriptible pija.
Por supuesto, el “trío” no concluyó su faena ni mucho menos, una vez que el
hombre acabó dentro de mí con un fuerte grito de descarga mediante, pero
ello seguramente, será motivo de un nuevo relato y para finalizar les dejo
una propuesta ¿Desea alguno de ustedes mi preciosa y femenina cola? Si es
así, escríbanme.
 
Escribile un e-mail al autor:
walterculindohache@yahoo.com.ar

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