La Dama y el caballero.
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

La señora del quinto bajaba las escaleras aquella mañana de primavera con el mismo poso de dignidad acostumbrado, y todo el viento hermoso que entraba por el portal no era sino una danza trasparente que la cogía para devolverla a la calle, donde era dueña y señora. Siempre me había gustado, y no precisamente porque mi susbconsciente deseara una experiencia con una mujer madura. Me gustaba su forma de andar, su mirada otoñal, pero sensual, su voz y sus manos.
Aquella mañana, como todas, la miré desnudándola, poseyéndo en mi memoria la imaginación de su cuerpo libre al aire. Ella caminaba hacia la decadencia, pero el declive sería probablemente hermoso y nadie podría eludir la posibilidad de amarla.
Por la tarde se me ocurrió el pretexto de necesitar mantequilla. Subí a una hora algo intempestiva, casi con todo el propósito de hacerlo, y me recibió algo sobresaltada. La pillé en bata y camisón rosados de cierta transparencia ambivalente, su media melena castaña caía al aire como una refulgente cascada de agua, sus labios, de cerca, parecían más gruesos, y determinadas formas aún turgentes hacían sentir mi respiración más fuerte. Ella lo notó de inmediato.
Sabía a qué venía porque su mirada destellaba. Sin embargo se fue a la cocina y me trajo el azúcar. Me lo dio y luego me preguntó que si necesitaba algo más. Yo se lo agradecí, y le dije que no. Me miró complaciente, pero me dejó marchar. Bajé las escaleras. Había sido estúpido. Pasó el tiempo y se me ocurrió volver a pedir café. Era mi última oportunidad y los dos lo sabíamos. Me abrió la puerta. Me preguntó que si se me había olvidado algo y yo le dije que me había dado cuenta que no tenía café. Desde el umbral pude observar que su braguita yacía en uno de las sillas del Hall de entrada.
Se la había quietado deliberadamente. Me dijo que pasara. Pasaban los minutos y no volvía. Yo estaba excitado porque imaginaba su coño desnudo debajo de la bata y del camisón, y me encendía la sola probabilidad de tocarlo con las yemas de mis dedos. De pronto apareció con dos cafés hechos y dispusó todo encima de la mesa. Se sentó y encendió un pitillo. Al inclinarse vi su pecho y me gustó. Deseaba saborearlo. Ella dominaba la situación y me dominaba.
Tomé el café nervioso. Mi miembro estaba duro y yo muy excitado. Saboreo su pitillo riéndose de mí, cruzando y descruzando las piernas. La atmósfera olía a ella porque el movimiento de su coño abriéndose y cerrándose a merced de sus piernas alimentaba todo y yo me nutría. De pronto se acercó al sofá y se reclinó en él manteniendo su espalda en el dorso. Me dijo que me acercará sin el café y yo obedecí. Luego me fue desnudando lentamente. Primero los botones de mi camisa, dejando las yemas el tiempo exacto para descender por el pecho y abrazar toda la piel extendida hasta llegar a los pezones y rozarlos. Estaba segura de sí y su mirada era puramente lacrimal.
Mi torso sin pelo era como la piel de un niño y a ella le gustaba. Se entretenía en mi espalda como si yo mismo fuera su juguete. Su uñas me rozaban con un liviano dolor soportable y descendía y descendían elementalmente. Me quitó la camisa para saborear mis pezones con lu lengua. Era larga y muy dibujada, con papilas erizadas. Me encendía cada vez más y mi polla no soportaba más tiempo dentro. Luego me besó y se enroscó a mí como una serpiente. Su lengua era áspera e impensablemente grande. Yo estaba dominado absolutamente. Me desabrochó los pantalones para dejar descender mi slip lentamente. Me dejó libre en poco tiempo, serenamente desnudo. Tocaba mis testículos suavemente y con la otra mano agitaba mi miembro. Empezó a jadear. De prontó, de entre sus pechos sacó un tubo de baselina que dejó encima de la mesa. Te vas a llevar una sorpresa Juan, -me dijo-, pero quiero que nos amemos. ¿ Me lo prometes?. Se lo prometí. Llevó mis manos a su pecho enorme y yo lo recorrí como un principiante. Aún así notaba algo extraño. No sabía el qué. Se retiró la bata y quedó el camisón.
Me llevó la mano desde la rodilla hacia el muslo como si ella misma fuera a sorprenderme. A medida que yo me acercaba a su coño ella se acercaba a mi boca. De prontó noté que no era una mujer. Su mano puso en mi mano un pene enorme absolutamente encendido mientras con la otra ponía un dedo en mis labios diciendo que me callara recordándome que lo había prometido. Era dulce y hermosa y llena de vida. En aquel momento todas mis fantasías eróticas cobraron vida por vez primera. Se quitó el camisón. Me tumbó sobre el sofá y abrió mis piernas. Yo estaba totalmente erecto, duro como una piedra. Más tarde tomó la baselina y se pringó uno de sus dedos. Se untó el pene y luego me palpó el ano. Se introdujo en el con un dedo untado de baselina. Su dedo daba vueltas en torno a mi esfínter y yo me dejaba. Había algo poderoso en ella que me cautivaba. Elevó mis piernas por encima de sus hombros para encontrar la posibilidad de poder penetrarme.
Yo me sentía lleno, deseoso de que fuera así, y movía mi culo ansiosamente. Se inclinó con toda la fuerza de su pene sobre mi ano y comenzó a penetrarme. Me dolía. Poco a poco su rostro fue transformando sus delicado contorno de mujer para mostrar facciones algo más duras que descubrían al hombre que vivía dentro. Su polla era enorme, más allá de los 20 centímetros y yo sangraba virginalmente en cada embestida. Sufría y gozaba y vivía la misma mezcla ambivalente que aquel alma que me follaba vivía dentro de sí. Todo su sexo llegaba al fondo de mi ser, entraba con fuerza y me dejaba con un rastro de dolor inmenso.
Cuando se corrió dentro de mí su semen me inundó satisfecho y yo misma me día cuenta que era una mujer en brazos de un hombre. Me dormí con su polla dentro y él tibiamente dejó de ser ella para ser un caballero que me protegía.

 

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