Por la mañana
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

Me desperté tarde, a eso de las once. Sólo quedábamos en la cama Jonathan y yo, los demás estaban desayunando en la cocina. Nos desperezamos y, después de pasar por el lavabo, nos plantamos en la cocina. Allí estaban las tres, incluida mi amiga travestí ya maquillada, dando buena cuenta de un apetitoso desayuno. Nos unimos al grupito, comentando las escenas de la noche anterior al tiempo que saciábamos nuestra hambre. Amparo no dejaba de mirar a Jonathan, con el que había formado un vínculo especial, algo así como un amor a primera vista.

Por mi parte yo me había levantado caliente, como todas las mañanas, así que me dediqué a toquetear a Sheila durante el desayuno. Su polla agradecía el gesto, ya que se empinaba por debajo de las bragas formando un bulto en su falda. Se acercó a mi oído y me susurró -¿Tienes ganas?-, acariciando mi miembro por encima del slip. -Me muero, mi amor- le contesté. 

Me tomó de la manita y me llevó al cuarto de Amparo. En un momento estuve tumbado sobre la gran cama totalmente desnudo. Ella conservaba su ropa y, acercando su cabecita a mi empinada polla, se la tragó. Chupaba y chupaba el glande rojo mientras se acariciaba su trasero. De pronto, apartándose un poco las bragas, se sentó sobre el falo. Se clavó hasta quedar pegada a mis huevos y comenzó a moverse como sólo ella sabía. Su ano exprimía mi pene a cada embolada con una fuerza increíble. Estaba en la gloria pero, a aquel ritmo, no iba a aguantar mucho. Sheila se dio cuenta y aceleró sus movimientos.-No quiero que me pringues el vestidito nuevo, cariño -, me dijo. En un momento solté la leche que había acumulado durante la noche, cosa que ella aprovechó para echarse sobre mi y besarme. -¿Te apetece un trabajito esta mañana?-, preguntó como sin darle importancia. Asentí, más por la curiosidad que por otra cosa, después de cerciorarme que ella me acompañaría. Al cabo de un momento, antes que mi semen le rezumase por su esfínter, se fue al servicio a lavarse. Desde allí reclamó mi presencia y vi que había tomado unas ropitas para mi. Me maquilló y vistió amorosamente con una preciosa combinación rosa. Las uñas rojas y el pelo rubio a lo Mae West terminaron de dejarme divina. Salimos del baño, preciosas las dos, y nos despedimos de los otros tres que ahora retozaban sobre la cama. 

Bajamos hasta el parking y tomamos prestado el coche de Amparo. Sheila conducía decidida hacia una urbanización residencial a las afueras de la ciudad. Paró el vehículo ante una pequeña pero bonita casa desde la que nos saludó una mujer de unos cincuenta años, con el pelo blanco pero, aparentemente, bien conservada. Nos acercamos a la puerta y Carmen, la señora, nos invitó a entrar. La seguimos cruzando el recibidor y nos plantamos en medio de un gran comedor en el que, en un sillón, estaba sentado un chico muy joven vestido sólo con un slip. Carmen nos aseguró que ya tenía los dieciocho, pero yo no la creí. Carmen nos contó que se trataba de un sobrino suyo al que habían descubierto con un amigo follando en su habitación. Su idea, era corregir su "..desviación".. con una terapia de choque. Sin embargo, cuando le pregunté qué hacíamos nosotras allí, contestó con un enigmático encogimiento de hombros. Se acercó al niño y le bajó el slip mostrando al descubierto su mórbido sexo. Soltándose la bata mostró su cuerpo, todavía lozano, con un par de tetas que aun causaban una muy buena impresión. El joven no pareció mostrar un excesivo interés en la, evidentemente, caliente tía. Ésta se acercó poniendo el coño al alcance del chaval. Él besó la rasurada y húmeda vagina y se retiró. La cincuentona intentó sin éxito que siguiese con el juego hasta que decidió cederme el sitio.

Sin darle mayor importancia, me acerqué al chico y me quité la ropa, quedándome sólo con mi combinación. El chaval no pudo dejar de ver el bulto que marcaba mi paquete a través de las bragas aún estando fláccido. Me puse ante él y sopesé su pene. Era muy bonito y prometedor. Limpísimo y sin un solo pelo. También él era una preciosidad. De tersas carnes, morenito, pelo lacio y sedoso y un olor a sexo de difícil descripción. No pude evitar besar su carita y su cuello notando leves estremecimientos. Mordí su orejita y soltó el primer suspiro. Seguí la línea del cuello hasta llegar a su pecho, en el que jugueteé con sus pezoncitos viendo que estos respondían al estímulo. Su polla comenzaba a reaccionar ante la mirada curiosa de la mujer y de Sheila. Apenas si podía creer que su sobrinito respondía mejor a los estímulos de otro hombre que a los suyos propios. Continué mi viaje descendiendo hasta su ombliguito, el cual chupé delicadamente hasta que el chico comenzó a sacudirse por las cosquillas. Otro tanto le sucedió cuando llegué a sus muslos, muy sensibles por la parte interior. Ahora su tranca, ya mostraba una buena tersura, suficiente para intentar la mamada. La tomé con ambas manos y besé el glande con cariño. Me lo metí en la boca y busqué con la lengua el agujerito. Respingó el niño en cuanto llegué a mi objetivo y me tomó la cabeza con ambas manos. Tragué un poco más be barra y pude admirar el tamaño que iba adquiriendo. Tuve que salirme y lamerla por fuera cuando me percaté de la dimensión del falo. Realmente era mucho mayor que el mío y que el de Sheila. No me extrañó que Carmen quisiese "..reciclarlo"... No era particularmente largo, pero si muy gordo. Precioso. Él se puso en pie y entonces pude admirarlo al completo. Unas piernas preciosas, rematadas por un culo redondo, blanquito y duro. Realmente quitaba el hipo. Arrodillada como estaba, le di la vuelta para admirar el trasero del muchacho y, de paso, hacerle uno de mis trabajitos. Abrí las nalgas y apareció ante mi un prieto esfínter ansioso de ser abierto. Pasé mi lengua por el canal hasta llegar al ano y lo besé. A petición del muchacho, estuve largo rato lamiendo, besando y lubricándolo hasta que le metí el pulgar dentro. -Te duele, cariño-. Por respuesta, me señaló un pequeño consolador anal que reposaba sobre la mesita. -¿te la metió tu amigo?-, inquirí curiosa. Negando con la cabeza, me contó que, cuando los pillaron, él le estaba dando por el culo a su compañero. -¿Terminaste, mi amor?-. él volvió a negar cuando le ofrecí la posibilidad de hacerlo ahora. Sólo le puse como condición que lo intentase después con Carmen. Accedieron los dos al juego y yo me deshice de mis braguitas. Me coloqué a cuatro patas con el culo en pompa y se lo ofrecí abierto de par en par. Desbocado, él se puso tras de mi y comenzó a buscar el ano. Previsoramente, me lo había lubricado bien segundos antes y no le costó mucho encontrarlo. Una vez con el glande parado ante mi agujero apretó. Ni siquiera avisó. El gordo instrumento se metió dentro de mi de un solo golpe. Me pareció que me rasgaban cuando la caperuza dio paso al tronco. No pude contener un gemido lastimero que lo encendió aun más. Entró hasta el fondo en otra acometida y comenzó a embolarme largamente. Mis quejidos, ahora más placenteros, acompañaban a la penetración profunda a la que me sometía el niño. Torpemente, con su mano buscaba mi pene absolutamente erecto al que acariciaba fugazmente. De pronto, Carmen se puso tras él y le endiñó el vibrador en su esfínter. Soltó un pequeño gritito cuando notó la intromisión, más por la sorpresa que por otra cosa. Su pene tomó nuevos bríos y lo sentí crecer dentro de mi mientras me daba más duro. Al cabo de unos minutos, se corría como un loco entre grandes gritos. De inmediato, me pidió que le diese yo ahora, a lo que asentí recordándole nuestro trato.

Se puso a cuatro patas, exponiendo su culo taponado por el vibrador. Se lo retiré suavemente y, antes de darle tiempo a cerrarse, se la metí de golpe. -¡Ooooohhhhh!-, chilló al sentir la polla avanzar por su ojete. Le pregunté si le dolía y, ante su negativa, seguí entrando. Sin ser una maravilla, mi tranca era mayor que cualquiera de sus consoladores anales, y además los juguetes no lo embolaban como yo le hacía ahora. Entre sus gemidos Carmen le tomó de la cara y comenzó a besarle. De pronto, se puso bajo el chico en el poco espacio que había entre su nabo y el colchón y se lo tragó. Esta vez sí que el niño reaccionaba a los estímulos de su tía. Sheila, al ver el cuadro, decidió unirse. Se plantó de rodillas ante Carmen y empezó a comerle el coño. Ahora el muchacho disfrutaba de la enculada a que era sometido. -¡Sí, más... rómpeme el culo...!-, estas y otras lindezas escapaban de su boca mientras yo le apretaba bién para adentro. Carmen por su parte, acusaba ya el trabajo de Sheila que, en ese momento, le endiñó la polla en la húmeda concha. El primero en correrse, curiosamente, fue el chaval, en la boca de la mujer.

 

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