Bianca
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 



Aquella era, sin duda, otra noche perdida. Una cena más con mis amigos había
acabado demasiado pronto. Remontaba sin prisa las calles del Eixample de
Barcelona. Era un paseo agradable en una noche de primavera. Al cruzar la
Diagonal, el tumulto de los asiduos a las salas de fiestas de la calle Aribau me
desvió por una pequeña calle hacia Tuset. En el camino las luces de neón de
una pequeña discoteca me llamaron la atención, decidí tomar una copa y
escuchar algo de música antes de continuar mi paseo. El conserje me cobró un
precio ridículo que incluía una consumición y me abrió la puerta.


Al abrir la puerta me zambullí en un mar de cuerpos sumergidos en humo de
cigarrillos y música de sevillanas. Del lavabo de señoras, salían y entraban
chicas cruzando una puerta perennemente abierta. Atraído por su descaro me
detuve a observarlas. Estudiaban sus imágenes en el espejo, se pintaban, reían
sin dejar de charlar entre ellas, hablaban con otras personas mediante sus teléfonos
móviles, bailaban, admiraban su propia gloria frente al espejo. Una de ellas
levantó la taza del urinario y comenzó a orinar de pie. Sorprendido, buceé
entre los cuerpos hasta la barra y aullando para hacerme oír pedí una cerveza.


Mientras esperaba que el camarero acabase de discutir con alguien en el otro
extremo del muro de clientes, una mano me rozó el hombro y una voz me saludó
desde detrás. Cuando me giré, una mirada diabólica y celestial me traspasó,
proyectada desde el brillo letal de unos ojos de pantera que me deslumbraban
escondidos bajo el alero infinito de unas pestañas interminables. Me despertó
la sonrisa de unos labios oscuros y brillantes, entre los cuales unos dientes
perfectos iluminaban el interior de una boca deliciosa. Finalmente, la aparición
me habló con una voz profunda y acariciadora. El corazón se disparó dentro de
mi pecho.


Comenzamos a charlar. Se llamaba Bianca, era una travestí sudafricana. Solía
trabajar en espectáculos de variedades fuera de la ciudad. Aquella noche,
afortunadamente, estaba en Barcelona. Mientras hablaba, arrullándome con la
dulzura de su timbre y empujada por el público que abarrotaba el local, se
aproximó tanto a mi que su perfume y el aroma de su piel me inundaron. El
recuerdo de esa sensación aún hoy me embriaga. Aquella fragancia excitante era
tan poderosa que ha sido capaz de traspasar los paredes del tiempo para llegar
hasta mí una y otra vez.


Su conversación era chispeante y amena, su castellano era prácticamente
perfecto. Parecía conocer a mucha gente del mundo del espectáculo. Las anécdotas
se sucedían unas otras y sus ocurrencias eran insólitas. Era una delicia oírla,
no podía para de reír y escucharla. Estuvimos más de tres horas unidos el uno
al otro en aquella barra mientras el camarero, que en un primer momento me había
parecido un cretino antipático, nos invitaba y se unía a la conversación.


En un momento dado se hizo el silencio y nos besamos dulcemente. Decidimos ir
a su casa que estaba no muy lejos, en Gracia. En el camino no podía dejar de
mirarla, ella solo caminaba y diría que danzaba junto a mi. Su falda blanca,
balanceándose al ritmo de sus caderas, era capaz de hipnotizarme. Al llegar al
edificio y mientras subía una estrecha escalera tras ella pude admirar el
culebreo admirable de sus piernas de bailarina sobre sus tacones de aguja color
de plata.


Cuando cerró la puerta del piso nos volvimos a besar con pasión. Sentía la
dureza de su cuerpo perfectamente esculpido apretado contra mi. Su lengua vertía
un veneno embriagador en mi boca. Sus labios se movían con maestría, ternura y
lascivia. Mordió los míos suavemente, una y otra vez, cada vez con más
intensidad. Aquel dolor tan suave contrastando con la húmeda calidez de su
lengua inacabable me excitó. Mi miembro estaba cada vez más duro, comprimiéndose
contra la goma elástica de mi ropa interior. Ella me desabrochó los pantalones
y acarició el bulto inflamado que se expandió liberado. Mis manos se
deslizaron sobre su espalda. El tacto de su piel tenía la calidad tersa y
pulida de las manzanas nuevas. Las yemas de mis dedos no podían dejar de sentir
ese contacto tibio una y otra vez.


Se separó de mi, me tomó de la mano y fuimos a una pequeña habitación
donde había una pequeña cama. Bianca se desembarazó de su vestido y de los
sujetadores, los depositó en un sillón y se giró hacia mi. Mil sensaciones se
despertaron en mi, temblando dulcemente ante la belleza de aquel cuerpo inmortal
en todo su esplendor. En la tenue luz de aquella habitación, su piel brillaba
oscura, contrastando con la blancura de sus braguitas y sus zapatos bruñidos.
Sus pechos eran admirables, compactos, rotundos, definitivos. Los pezones se
disparaban hacía mi afilados. Sus abdominales perfectamente delineados trazaban
una senda irresistible hacia sus braguitas en cuyo abultamiento se adivinaba la
tibieza de un pene exquisito. Sus piernas eran dos largas columnas divinamente
torneadas acabadas en unos tobillos preciosos en los que se iniciaban los pies más
bellos que un ser humano pueda poseer.


Tanta belleza me abrumó. Me arrodillé frente a Bianca, la abracé y comencé
a besar su cintura. Ella se apoyó contra el sillón en el que había dejado su
ropa, me sonrió y me ofreció una de sus piernas. La tomé con las manos y la
acerqué a mi. Besé su rodilla, apoyando con suavidad los labios. El mundo
desapareció de mi vista. Solo podía concentrarme en cada centímetro de su
piel. Su aroma seguía siendo una droga poderosa que me embriagaba. Descendí
hasta su tobillo. Desabroché el zapato y se lo quité con suavidad. Aproximé
los labios a aquel pie soberbio y lo besé. Su sabor, ligeramente más fuerte
que el resto de su piel penetró como una puñalada en mi cerebro. Lamí su
superficie deliciosa. Introduje entre mis labios apretados, uno a uno, cada uno
de los dedos de su pie y los sorbí, simulando que cada uno de aquellos pequeños
follaba mi boca. Mi lengua se deslizó encantada sobre su empeine, tocó con
dulzura su planta, exploró todos los espacios y recovecos. Después tomé el
otro pie y le dediqué el mismo tiempo y adoración. Estaba tan excitado que
apenas podía pensar. Mi miembro, encarcelado en el slip, formaba un prominencia
en cuyo extremo brillaba una mancha húmeda. Levanté la vista hacia ella. Sus
ojos resplandecían. Sonrió, se inclinó suavemente y me volvió a besar.


A continuación se dio la vuelta, se apoyó en el sillón, ofreciéndome la
parte posterior de sus piernas y su culito levantado. Era una visión celestial.
Dejé que mi boca gozase de la delicia de sus piernas maravillosas. Me deslicé
sobre la curvatura firme de sus nalgas. Su piel era aún más delicada, tensa y
deliciosa que en el resto de su cuerpo. Con la lengua aparté su tanga, separé
sus nalgas y admiré la perfección de su culo. La piel, suave, se plegaba hacia
su interior y solo una sombra de vello lo rodeaba. Un aroma discreto, dulce e
intrigante emanaba exaltado por su excitación y un sutil sudor. Al rozar
aquella superficie sensible con mi lengua, ella dio un respingo y escuché un
gemido. Primero, repasé la superficie exterior con suaves toques, después me
dejé arrastrar hacia el interior de aquel paraíso delicioso. A medida que mi
lengua se encantaba con todos y cada uno de los pliegues de su ano, su
palpitante esfínter se iba abriendo con dulzura. Mientras tanto mi mano
acariciaba la superficie rugosa de sus testículos, los apretaba con suavidad,
tiraba de ellos, y, finalmente, se perdía en la tersura de su miembro
completamente erecto. Pequeñas gotas humedecían mis dedos cuando se
aproximaban a su capullo.


En el silencio de la habitación solo se podía oír mi respiración sofocada
entre sus nalgas y sus suaves gemidos. En un momento dado apoyó su mano en mi
cabeza y me dijo: "..necesito follarte"... Me levanté, me quité los
pantalones y ocupé su posición, apoyado en el respaldo del sillón, ofreciéndole
mi culo. Bianca se arrodilló y me empezó a besar. Era una sensación
penetrante y agradable. Se aproximó a mis nalgas y las abordó con su lengua y
sus dientes. Forcé mi posición para que el acceso a mi culo quedase bien
despejado. Entonces ella con las manos me separó las nalgas y siguió el
trazado de mi canal con su lengua ensalivada. Notaba como su cabello me rozaba
levemente las nalgas, y el calor de su aliento. Me deshacía de placer,
electrizado pensando en su penetración, cuando llegó a mi ano. Lo rodeó con
el apéndice jugoso de su lengua mojando toda la superficie. Empujó su lengua
dentro del agujero y no pude reprimir un suspiro, mezcla de dolor y de placer.


Noté como uno de sus dedos, cubierto de vaselina se deslizaba dentro de mi
ano. Después, un ligero dolor cuando añadió un segundo dedo. Los deslizó
alternativamente, de dentro a fuera y describiendo en pequeños círculos.
Continuó añadiendo vaselina y trabajando con sus dedos hasta que ella decidió
y yo aprecié que ya estaba bastante dilatado. Advertía mi culo extremadamente
abierto y el extremo encendido de su polla deslizándose con dulzura en la
entrada. Deseaba ser follado, codiciaba aquella adorable pollita que había
visto por primera vez oculta tras la blonda de sus braguitas. Bianca me besó
con dulzura en la nuca, empujó un poco e introdujo el glande. Se me escapó un
lamento provocado más por el deleite que por una mínima sombra de dolor. Sentí
su miembro deslizarse en mi interior hasta que su vello púbico rozó mis
nalgas. Mi esfínter se estremeció. Clavó sus uñas en mis hombros y empezó a
agitar sus caderas. Al principio lentamente, sacando sólo una fracción de su
deliciosa pollita para aumentar en cada ocasión el ritmo y la amplitud de la
embestida. Involuntariamente apretaba los músculos de mi esfínter para
aprisionar su miembro. Mientras tanto, mi miembro, completamente excitado,
aplastado contra su falda que había dejado en el respaldo del sillón estaba a
punto de estallar. Cada vez que ella se movía dentro de mi, mi polla se
deslizaba sobre la falda. El placer era indescriptible. No era capaz de pensar
en nada, únicamente en las sensaciones que sentía: la polla de Bianca dentro
de mi culo, deslizándose muy adentro, sus caderas y su vello púbico golpeando
rítmicamente mis nalgas, el roce de sus durísimos pezones, su cabeza apoyada
en mi espalda y sus manos pellizcando mis tetillas. Me despertó un gemido y
unas palabras confusas en inglés. Supe que se había corrido dentro de mi. No
pude resistir más, un momento antes del éxtasis más profundo de mi vida, sentí
el calor del líquido seminal manando a borbotones de mi miembro.


Estuvimos muy quietos durante un buen rato. Notaba mi esfínter latir
mientras el semen continuaba brotando de mí muy lentamente. Finalmente, ella se
separó con suavidad de mi y yo del sillón. Tome su cara y la besé con
ternura. Su boca, aún después de toda aquella excitación, seguía siendo
fresca. Se abrazó a mi y volvimos a besarnos. Le pedí disculpas por las
manchas en el vestido y me fui de su casa. A la noche siguiente volví a la
misma discoteca, pero ella no apareció. Volví una semana después, y tampoco
coincidimos. Seguí volviendo todos los fines de semana durante meses, pero no sé
si por casualidad, o por su trabajo, ella no ha vuelto a aparecer. Desde
entonces, cuando salgo con mis amigos alguna noche, siempre doy un paseo para
ver si vuelvo a tener la fortuna de encontrarme con ella.



 

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