La leyenda de Anguile
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 



Las llamas chisporroteaban vivamente en la chimenea iluminando el placentero
y babeante rostro de un anciano. La vieja mecedora de roble barato en la que
estaba sentado, se zarandeaba frente al fuego una y otra vez, sumiéndole en un
reconfortante estado de bienestar. Junto a él, el resto de la familia Flu
aprovechaba el día festivo para jugar a "..Tabú, palabras fuera"... A
Colín, el menor de los tres hijos del matrimonio, un chico vivaracho de pelo y
ojos castaños, le tocaba coger carta e intentar que su compañero de equipo, su
apático hermano Lipo, el habitante más perro de todo Muli-muli, acertase la
palabra que le había tocado.


Pues sí que tengo mala suerte, me ha tocado "..incinerar"... Mierda de
palabreja. ¿Qué diablos significará eso? Sólo tengo seis años - pensaba el
pequeño mientras tomaba un sorbo de desagradable agua caliente con barro para
aclararse las ideas -. ¡Puaj! Y las tres palabras tabú son:
"..abuelo".., "..fuego".. y "..morir"...


El abuelo seguía a duras penas la partida. Normalmente le interesaba mucho
ver como el pequeño Colín ponía en evidencia al resto de la familia, pero
ahora luchaba contra el sueño, su adversario más temido, aquel que siempre le
derrotaba. Colín llevaba tres años jugando de modo profesional y jamás había
dicho una sola palabra tabú, un maquinón el muchacho. Era el niño más
querido de la aldea y todo un orgullo para la familia. Él era el único motivo
por el cual el anciano no se había dejado caer aún en brazos de tan ansiado
descanso. Toda la familia sabía lo mucho que le gustaban estas partidas
domingueras al abuelo, pese a no haber jugado jamás, ya que a la temprana edad
de diez años, un lamentable incidente marcó su vida. Aquello siempre
permanecería en su recuerdo, bueno, hasta lo de aquel golpe en la cabeza.


Era un día muy caluroso, muy propio de los veranos de aquella región. Abejo,
así es como se llamaba el abuelo, paseaba junto a Menji, su novia rubia de
bote, por el bosque que había cerca de la aldea. Desde hacía unos meses se había
convertido en el chico más envidiado. Menji era la muchacha más bella de la
aldea y su amistad con el feo de Abejo mostraba claramente su aprecio por el
dinero, pero a él eso no le importaba. Ese día Menji parecía más alegre y
bella de lo habitual y en vez de regresar a la hora de la comida tras el paseo
por el bosque, como era normal, la muchacha le pidió insistentemente ir al río.
La idea no parecía mala, así que aceptó. Nada más llegar allí ocurrió algo
totalmente sorprendente. Menji se quitó la poca ropa que llevaba sin decir nada
y tras invitarle con un gesto a que hiciese lo mismo, se lanzó al río de
cabeza... y se la reventó. Los sesos se esparcieron por el fondo de un río que
en verano solía estar seco. Menji no se había dado cuenta, era invidente,
mientras que Abejo se lo había callado. Pensó que la escenita sería muy
graciosa... pero no lo fue, había matado a su novia. Normalmente era un
muchacho muy alegre, pero al ver un cadáver con el cráneo reventado formando
un río de sangre se desanimó un poco, pero no se puso nervioso en absoluto,
sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Se dirigió a casa de los padres
de Menji a contar una historia que se había inventado por el camino. Era un
genio de las excusas.


Así es señor, Menji se abalanzó sobre mi asestándome diversas puñaladas
con un enorme machete y clavándome sus colmillos, así que tuve que pensar rápido.
Desarmé a la miserable ciega, le clavé una estaca en el corazón y la lancé
al fondo del río de vuelta al infierno de donde había salido - ahora, viendo
la atónita e incrédula expresión en el rostro de los padres de Menji se paró
a pensar sobre lo que había contado. Sus palabras habían sonado más creíbles
por el camino pero ya era demasiado tarde. Morocco, el padre de la difunta Menji,
considerado por los más sabios de la aldea como la representación humana de la
tranquilidad y la bondad, le rompió la columna vertebral, el tabique nasal y
las dos piernas con un trozo de pan duro y tras hacer las paces con él, Morocco
no era rencoroso, le acompañó a su casa.


Abejo deseaba olvidar este incidente cuanto antes y sabía que no le haría
gracia a sus padres saber que había matado a una niña por pasar el rato, así
que ocultó su estado de tetraplejia para no tener que dar explicaciones a nadie
de por qué se había quedado así. Durante los siguientes sesenta años
permaneció sentado en la mecedora. Con la misma postura, ropa y aspecto todos
los días, pero llevando una vida totalmente normal aunque un tanto
introvertida. Cuando le preguntaban por qué siempre estaba sentado él decía
que por comodidad y continuaba con su siesta. Le fue difícil encontrar novia
sentado todo el día allí pero finalmente se casó y milagrosamente tuvo un
hijo, Bill, también conocido cariñosamente por los niños de la aldea como
Borrachuzo Billy.


Esa era la historia que le obligaba todos los días a mecerse frente a la
chimenea, sin poder mirar a ningún otro sitio salvo hacia delante, sin poder
eliminar el molesto picorcillo que le apareció a los cuarenta años tras su
oreja derecha y que tanto sufrimiento le había producido. Pero él era feliz, a
su modo claro. Ya habían pasado sesenta años desde el incidente pero aun así
su orgullo le impedía revelar a nadie su minusvalía. La suerte en cierto modo
le sonrió cuando, un par de días después de la muerte de Menji, Morocco y su
mujer decidieron marcharse de la aldea, llevándose la trágica noticia con
ellos. Fue entonces cuando Abejo decidió llevarse el secreto a la tumba, y así
lo hizo.


La partida familiar de Tabú continuaba al calor del fuego. Bill sonrió al
ver el gesto de preocupación en la cara de su hijo y dio vuelta al reloj de
arena que marcaba los dos minutos que tenía de plazo el pequeño. La larga y
blanca barba del abuelo caía por sus piernas hasta casi llegar a la chimenea
como un blanco riachuelo precipitándose ladera a bajo. Ahora, al igual que
todos y cada uno de los días desde que Colín empezó a jugar al Tabú,
intentaba adivinar la palabra que le había tocado a su nieto. Se podría decir
que tantos años de práctica le habían dado un cierto poder al que llamó
telepatético. Ahora, si cerraba los ojos, se le representaba poco a poco, letra
a letra, la palabra clave. Todo hasta entonces era normal, completamente
rutinario. Un día más en la vida que pasaría inadvertido, que enseguida se
olvidaría. Pero no fue así, el destino no lo quiso.


La noche se acercaba lentamente y el reloj de arena iba ya por la mitad. Colín
seguía sin saber el significado de "..incinerar".. así que fijó la
mirada en la mecedora que tantas veces le había ayudado a pensar, pero la
expresión de su rostro cambió repentinamente al ver como ardía en el fuego la
descuidada barba de su abuelo. El anciano parecía no haberse enterado, pero
poco a poco la barba se iba consumiendo entre las llamas proporcionándole un
calorcillo muy reconfortante. El pequeño estaba a punto de avisar al resto de
la familia que estaba de espaldas a Abejo, pero una repentina necesidad de ir a
cagar le apremió y tuvo que salir corriendo.


El fuego seguía avanzando implacable por las piernas del anciano haciéndole
soltar una lagrimilla de dolor. En su sonrojado rostro se reflejaban las llamas
que le estaban consumiendo y el humo le obligaba a agitar penosamente la cabeza
en un intento desesperado por no morir asfixiado. El olor a carne quemada se
extendió por toda la habitación mezclándose con el olor a pavo que salía de
la cocina, formando así un olor a pavo quemado que tanto agradaba a la familia.
La puerta del salón se abrió bruscamente y Colín entró en la habitación con
rostro complaciente. La partida de Tabú prosiguió y el pequeño, de frágil
memoria, continuó pensando como si tal cosa. El anciano, en sus últimas horas
de vida, veía pasar su cutre vida ante sus ojos. Aquel día de verano que
estaba sentado en la mecedora oyendo como jugaban a Tabú, aquel otro día de
invierno que sentado en la mecedora oía jugar a Tabú, y aquel otro día que en
fin... vio pasar ante él su penosa vida sentado en la mecedora, completada con
un penoso final.. se había convertido en leña para el fuego. En unos pocos
segundos el abuelo se había transformado en una enorme bola de fuego inmóvil.
Su corazón estaba dejando de latir y el molesto picor le amargaba los últimos
minutos de existencia. Esto no podía acabar así, no debía acabar así.


Hijo, tengo algo que decirte - dijo el anciano con unas debilitadas palabras
que parecían desaparecer fuera de su boca -. Soy... soy...


No interrumpas paaaa, que estamos a mitad de una partida - respondió Bill
metiéndose media botella de tintorro del malo.


Creo que soy tetrapléjico, pero es sólo mi humilde opinión, claro


Bill - le susurró al oído su mujer -, creo que el viejo está chocho.


No lo sé Piluca, mi padre jamás me ha mentido, y si lo ha hecho debía
estar demasiado pedo como para recordarlo.


¿Crees que si de verdad fuese tetrapléjico no nos hubiésemos dado cuenta?
- preguntó su mujer con cierto enfado.


Pero Bill ahora no prestaba atención a Piluca, las palabras de su padre le
traían muchos pensamientos a la cabeza, daban respuestas a preguntas que se había
estado formulando durante años. Siempre le había resultado extraño que su
padre pasase tanto tiempo sentado. Bill se quedó durante unos minutos callado,
reflexionando, hasta que el abuelo, desesperado cual cerdo en el matadero,
interrumpió.


¿No oléis a quemado?


Las palabras devolvieron la memoria al pequeño Colín. Miró a su abuelo y
volvió a contemplar la penosa escena. El viejo estaba ardiendo.


¡Eh, mirad! ¡El abuelo se quema! - gritó el muchacho.


Un bocinazo rugió en el silencio del hogar. Bill había cogido la bocina del
Tabú y la hacía sonar con todas sus fuerzas cerca del oído de su hijo,
ensordeciéndole, enloqueciéndole,...


Has perdido hijo, "..abuelo".. es una de las tres palabras tabú que no
podías decir. Tu madre y yo hemos ganado la partida. Mañana tendrás que ordeñar
al perro y a la vecina de enfrente.


El pequeño se quedó afrentado por la payasada de su padre. Pero tras unos
segundos de reflexión volvió a gritar lo mismo consiguiendo que el resto de la
familia se fijase en el anciano. El abuelo miró de reojo la escena soltando un
suspiro de alivio. Pensaba que jamás se iban a dar cuenta. Le hubiese gustado
darse un pellizco para saber si todo era un sueño pero no podía, era tetrapléjico.


¿Qué haremos papá? ¿Apagamos al abuelo o seguimos jugando? - la aguda
pregunta de "..cachoperro".. Lipo le puso en un aprieto a Bill.


Era día festivo y por lo tanto, cualquier acto que requiriese un esfuerzo físico
sería considerado una violación de las leyes del dictador Xuxa, un guerrero de
penoso nombre que durante años había oprimido a la aldea de Bill por medio de
un poderoso ejército que infundía temor a todos sus enemigos. Desde su llegada
al poder había establecido leyes gilipichis que nadie entendía pero que
tampoco nadie cuestionaba. Nadie excepto unos pocos rebeldes que todavía se
oponían al gobierno del dictador. Aquella ley del día festivo no era mas que
una más, y pese a que nunca hubiese osado desobedecerla, ahora se encontraba
ante una difícil decisión, salvar a su padre y convertirse en el objetivo de
los sádicos y despiadados guerreros de Xuxa o respetar las leyes y permitir que
su padre ardiese en la chimenea al igual que lo hacían los leños que
alimentaban el fuego proporcionando calor al hogar. El ruido de las llamas al
arder inundó la sala. Toda la familia presenció la escena con rostro
impasible.


Hijo, algún día comprenderás que hay cosas que se deben hacer sin pensar
en las consecuencias. Esta no es una de ellas pero tenía ganas de decirte esta
frase - dijo Bill a su hijo revolviéndole los mugrosos cabellos. La decisión
estaba tomada.


Al día siguiente una feroz ventisca azotó la aldea. Bill, tras pasar una
noche más calentita de los normal, se dirigió en medio de la nevada a la casa
del jefe del pueblo. Las calles estaban vacías y cubiertas de un manto blanco.
Llamó discretamente a la puerta con la rabadilla, como ordenaban las leyes,
pero al ver que nadie respondía intensificó los golpes.


¡Pase, pase, está abierto! - gritó una voz ronca desde el interior.


No señor, no puedo entrar, está cerrada - dijo Bill arrancando con estrépito
el pomo de la puerta. Miró a ambos lados de la calle y se lo metió en el
bolsillo. Bill era cleptómano, pero de los cutres.


Entonces entre por la ventana si no le importa. Yo no me puedo levantar,
tengo artritis.


Bill se quedó un tanto extrañado por la petición pero sin pensárselo dos
veces cogió algo de carrerilla y se lanzó contra la ventana rompiendo el doble
cristal reforzado con la cabeza. Tras recuperar la consciencia se puso en pie,
se limpió los cristalitos de la chaqueta y se arregló la peluca. Bill era
calvo también.


¿Qué ha sido ese ruido? - preguntó una voz desde el fondo del pasillo.


He sido yo. He entrado por la ventana como usted dijo, pero no se preocupe
estoy bien.


Tenías que haber entrado por la otra imbécil, por la abierta...


Glubs. Lo siento - se disculpó Bill. Salió por la puerta y entró con gran
facilidad por la ventana abierta. - ¿Mejor así? - No hubo respuesta.


Miró por el pasillo y vio al fondo la luz de un fuego. De un modo sosegado
se dirigió allí observando con atención todos los muebles de la casa. Hubo
uno en partículas que le llamó la atención.. el mueble-bar. Se aseguró de que
nadie le veía, sacó unas ganzúas y abrió la cerradura. Allí había más
bebida de la que jamás se había metido ( y eso ya es decir). Se metió
terribles lingotazos de todas ellas y tras guardarse varias en las mangas y en
el pantalón avanzó por el pasillo. Sus pasos resonaron en el corredor... cada
vez más ruidosos... cada vez más vacilantes. Un ruido secó retumbó en el
pasillo y alguien comenzó a entonar una machacona cancioncilla:


Una botella de vino no sé qué no sé cuántos. Glu, glub, glub, una pa
dentro. Dos botellas de vino no sé qué no sé cuántos. Glub, glub, glub, pa
dentro como el agua. Tres botellas de vino...


¿Le ocurre algo Bill? Está tardando demasiado ¿No cree? - preguntó el dueño
de la casa extrañado por la actitud de su anónima visita.


Una tambaleante silueta apareció en el salón. Sostenía una botella en la
mano derecha que le resultaba familiar. Noko, el jefe de la aldea, se encontraba
sentado frente a la chimenea observando un medallón dorado con una foto (¿?)
en el interior. Bill metió el cabezo por medio para ver quién salía en la
foto y se sentó panchamente al lado de Noko.


¿Quién es el esperpento de tía que sale en el medallón? - preguntó Bill
lanzando la botella vacía al fuego.


Era mi mujer - respondió Noko con ojos llorosos apretando el medallón -. Ha
muerto esta misma mañana -. Tapó la foto y se lo guardó en la camisa.


Te comprendo perfectamente, yo también lloraría si tuviese una mujer tan
fea. Pero deja de contarme tu vida, hablemos de cosas más importantes.


¿A qué debo tu visita? Algo grave debe haber pasado para que salgas de casa
con este tiempo.


Sí, es cierto - dijo Bill sacando otra botella de la manga - mi padre se ha
quemado en la chimenea -. La falta de sentimientos siempre había sido su rasgo
distintivo.


Cuanto lo lamento. Es terrible, es el tercero en esta semana. ¿Sabes Bill?,
en mis tiempos no ocurría esto, todo era distinto.


No si eso es lo de menos, mis hijos tienen otro abuelo por parte de madre -
echó un trago a la botella y eructó sonoramente la escala musical en fa menor
-. El problema es que me empiezo a cansar de ese dictador - el rostro de Noko se
volvió severo. La tristeza se convirtió en enfado en cuestión de segundos.


Yo que tú no iría por ahí diciendo esas cosas. Sigue así, Bill, y te
meterás en serios problemas con los guerreros de Xuxa.


Pero es cierto. Esas estúpidas leyes nos obligan a hacer cosas que no
queremos hacer, nos complican mucho la vida. ¿No es cierto?


No - respondió con rotundidad Noko - se levantó del asiento, se bajó los
pantalones y se rajó para avivar el fuego ocasionándose múltiples quemaduras
en el culo de segundo y tercer grado.


Hablo de cosas como esas, por ejemplo. No entiendo qué sentido tienen.


Hay muchas cosas que no entendemos Bill, pero eso no quieren decir que sean
malas. Bueno, yo casi me quedo ya de pie, total...


Entonces... ¿Me ayudarás o te quedarás aquí con el trasero quemado haciéndole
la pelota a Xuxa? - preguntó Bill con un brillo en los ojos, propio de los
borrachos, esperando la más sincera de las respuestas. Por primera vez en toda
su vida defendía una causa justa, estaba dispuesto a luchar por lo que creía
sin importarle las consecuencias.


¿Te conformarías con un par de botellas de orujo?


Claro.


El resto del día permaneció bastante confuso para borrachuzo Billy, pero
llegada la noche despertó ante la puerta de la casa de Anguile, uno de los
rebeldes que luchaban contra los guerreros de Xuxa por la libertad. La contraseña
eran dos cabezazos y treinta golpes con la rabadilla. Tras sacar fuerzas de
flaqueza comenzó a golpear la puerta pero tras veintitrés golpes cayó herido
de gravedad sobre la nieve. La puerta se entreabrió lentamente y una cabeza de
cabello rubio asomó. Dos ojos de mirada penetrante examinaron detenidamente a
Bill. La puerta se abrió del todo y un hombre de corta estatura le cogió con
suma facilidad y lo introdujo en la casa. Al cabo de unos minutos, Bill despertó
frente a un fuego encendido. Una silueta agachada frente a la chimenea se
encargaba de avivarlo, pero no según mandaban las leyes, sino con un fuelle...
En la habitación había dos hombres más, dos figuras en las sombras que
miraban atentamente a Bill. Una era enorme, de casi tres metros y parecía no
tener pelo. La otra era mucho más pequeña y desgarbada, y por el ruido que hacía
parecía estar afilando unos cuchillos.


¿Qué... qué hago aquí? ¿Donde estoy? - preguntó desorientado.


Usted es... - dijo con una voz inquietante la figura de la chimenea esperando
que completase la frase.


¿Qué? Yo... yo me llamo Bill, Bill Flu, de los Flu de Masticago.


Encantado señor Flu. Me han dicho que no tienes gran aprecio a Xuxa. Sus
guerreros se han enterado de tu rebeldía y piensan matarte. Se siente.


¿Quiénes sois vosotros? - preguntó Bill incorporándose y mirando
nerviosamente a los tres hombres -. ¿Me vais a entregar a esos matones?


Disculpe mis modales, me presentaré. Soy Aldius, pero mis amigos me llaman
Anguile - el rostro de Bill mostró gran sorpresa y admiración -. Y ellos son
Letak y Chawol - ambos saludaron discretamente.


Pero... vosotros... vosotros sois rebeldes ¿no?


Y ahora tú también - dijo Anguile indicándole que le acompañase al piso
de arriba.


Los cuatro subieron las escaleras y entraron en una habitación de reducidas
dimensiones. Por lo que podía ver Bill, la casa no parecía habitada pues no
había muebles, si bien tampoco parecía llevar mucho tiempo vacía pues estaba
limpia. Al entrar en la habitación, Letak, un guerrero de enorme corpulencia y
brillante calva cerró la puerta mientras Chawol se plantó ante la ventana
mirando a ambos lados. Esa habitación sí que estaba amueblada. Anguile invitó
a Bill a que se sentase.


Me ha dicho un amigo que necesitas ayuda - dijo Anguile sentándose en un
pequeño taburete de madera después de dejar su espectacular espada bajo la
cama.


Sí, estoy harto de tener que hacer todo lo que se le antoja a Xuxa. Antes de
que llegase todo iba estupendamente. Éramos felices sin que nadie nos mandase.
Se cree que por tener un ejército puede hacer con nosotros lo que quiera.


¿Y no es así? - preguntó Anguile esbozando una pequeña sonrisa - Letak se
sentó junto a ellos y se incorporó a la conversación.


Eres bastante valiente para ser un simple aldeano. ¿No temes que te
entreguemos al soberano a cambio de una ridícula suma de dinero? - preguntó el
grandullón mientras indicaba a su amigo que dejase de mirar por la ventana y se
sentase con ellos.


He oído muchas cosas sobre vosotros. Sé que no estáis contentos con lo que
está ocurriendo y que estáis dispuestos a plantar cara a esos guerreros.
Vosotros sois parte del pueblo, servís al pueblo, sé que nos ayudaréis.


¿Acaso piensas que esta es la única aldea que está sometida a la crueldad
de Xuxa? - Anguile se levantó y sacó de un cajón una enorme bolsa de dinero
-. La aldea vecina nos ha pagado 100 mocodolares por acabar con los leprosos. Y
no sabes el trabajo que cuesta hacer eso. Si queréis que derroquemos a Xuxa
deberéis pagarnos el doble...


Y en billetes pequeños - especificó Chawol.


¡Pero esto es absurdo! - gritó Bill -. ¿Desde cuando los héroes cobran?
Debería ser una cosa de principios o algo así. Es lo típico, os necesitamos,
os llamamos y nos salváis.


¡Y tú que sabrás! - gritó Anguile furioso arrojando la bolsa de monedas
al suelo -. Los héroes también comen, al igual que sus familias. Y necesitamos
armas y caballos. Los héroes también necesitamos dinero. Antes acabábamos con
los ladrones y con los asesinos gratis, pero nos veíamos obligados a robar y a
matar para conseguir dinero. Era un tanto absurdo. Ahora nos hemos dado cuenta
de que es mejor cobrar. Mucho más legal. Danos dinero y te ayudaremos, se acabó
la discusión pesao. Tienes tres días de plazo para conseguir el dinero, una
vez pasado ese tiempo tendrás que duplicar la cantidad para que te ayudemos.
Letak, aporréale hasta dejarlo inconsciente, no debe saber donde está nuestro
escondite. Te llevaremos hasta la puerta de tu casa y allí te despertaremos.


Yes, my lord.


El enorme guerrero se levantó del taburete y tras sacar un
"..peacso".. martillo descargó un duro golpe al pobre Bill. La sangre bañó
la habitación. Su rostro quedó deformado por el martillazo pero seguía
consciente. Letak le agarró del cuelo con la mano izquierda y lo levantó.
Agarró con fuerza el martillo y le asestó otro golpe. Las costillas se
quebraron y perforaron los pulmones. El esternón estalló en mil pedazos reventándole
la caja torácica. Bill no estaba inconsciente. Un tercer golpe fue dirigido a
la columna vertebral. La espalda se quebró al igual que el cuello y la cabeza
quedó colgando inerte. Seguía consciente. Los cuatro golpes siguientes le
hirieron el estomago, la pelvis, la cintura y de nuevo la cabeza. El suelo se tiñó
de rojo. Las tripas de Bill asomaban por la boca, seguía sin estar
inconsciente, había muerto.


Ups jefe, se me fue la mano.


Mira cómo me has puesto, estoy lleno de sangre y sabes perfectamente que
estas manchas no se van - Anguile se quitó la camisa y con ella se limpió el
rostro. No era mala gente, se merece que le ayudemos.


Un poco tarde ¿no? - dijo Chawol clavándole una nota en la cabeza que ponía:
"..Un trabajo más de los guerreros de Xuxa"... Lo arrojó por la ventana
y se limpió las manos.


Durante unos días el caos se adueñó de la aldea. La gente estaba quemada
por el elevado número de muertos en los últimos días, pero por otro lado
estaban contentos, un borrachuzo menos era una botella más en la despensa.
Incluso la familia Flu estaba contenta. Tras la muerte del abuelo habían
quedado cinco miembros y uno de ellos debía aguantarse sin jugar al Tabú. Pero
ahora que Bill había muerto eran cuatro, el número ideal para jugar. El pueblo
entero se había concentrado en la plaza para celebrar la muerte de Bill, pero
en mitad de la jarana, un gong hizo el silencio. Tres figuras se alzaron entre
la multitud con las armas en alto.


Pueblo de Muli-muli, soy Anguile, el guerrero más poderoso de aquí pa allá.


¡Fuera que haces sombra! ¡Vete cabezón! - gritaba el pueblo al completo
molesto por el cese de la música. ¡Que salga la tía del strip-tease!


¿No entendéis que he venido a devolveros lo que más apreciáis? Pienso
daros la libertad pero para eso necesitamos la ayuda de todos vosotros. Juntos
acabaremos con Xuxa y con sus hombres. ¿Estáis con nosotros?


¿Y qué ganaremos a cambio? - preguntó el más tonto del pueblo demostrando
su agudeza.


Siguiente pregunta por favor.


¿Tendremos que pelear? - preguntó el hermano del más tonto del pueblo
demostrando que la capacidad intelectual viene de familia.


No hombre, no - aseguró Anguile montado junto con sus dos amigos en el mismo
caballo -. vendréis de paquete únicamente. Para hacer bulto. Nosotros tres
pelearemos. Aunque agradeceríamos un par de caballos más.


Así fue como los tres grandes guerreros seguidos por una multitud
enfervorizada marcharon al castillo de Xuxa a arreglar cuentas. Al llegar
encontraron el puente elevado y en las almenas un centenar de arqueros. El
soberano había sido alertado por algún traidor. Nadie en la aldea había visto
jamás el castillo. Era de grandiosas dimensiones, parecía una construcción
imposible de echar abajo, imposible de conquistar. Casi un millar de expertos
guerreros trabajaban al servicio del dictador mientras que los aldeanos eran la
mitad en número y empuñaban azadas y palos. El caballo de los tres héroes
avanzó hasta casi llegar al foso del castillo y allí reventó de cansancio.
Tres hombres eran demasiado peso para un potro.


Somos Anguile, Letak y Chawol y venimos para matar a vuestro señor - Anguile
jamás había sido un buen orador y mientras repasaba mentalmente lo que había
dicho para encontrar el fallo, los arqueros soltaron sonoras carcajadas -.
Esto... que sí, que lo dicho.


Una trompeta resonó en el interior del castillo y el puente levadizo bajó.
Del otro lado diez guerreros marchaban en fila hacia los héroes. Una figura más
permaneció inmóvil en el lado del castillo, era Xuxa, su olor corporal le
delataba pese a ir con la cara tapada.


Luchad contra mis guerreros. Son los mejores. Si les derrotáis me rendiré.
¿Aceptáis? - preguntó el dictador.


¿Sólo diez? - se mofó Anguile -. Yo sólo podría con ellos.


Pues que así sea - contestó Xuxa. Levantó el brazo y todos los arqueros
tensaron sus arcos. Lo dejó caer y un centenar de flechas se clavaron en Letak
y en Chawol arrancándoles la vida. Los aldeanos enmudecieron. Anguile se quedó
afrentado.


Mi madre siempre me dijo que era un bocazas, pero no importa, sólo necesito
de mi espada para derrotarlos.


Los diez guerreros portaban brillantes armaduras y armas mejor forjadas de lo
que jamás hubiese podido imaginar Anguile. Todos eran altos, corpulentos, con
fuertes manos aferrando sus armas. Andaban lentamente pero ya estaban a un par
de metros del héroe. Este tanteó su cintura para agarrar el mango de su espada
pero no encontró nada. Miró a su cinto de armas y vio que no la llevaba.
Entonces una imagen le llegó a la mente. Por la mañana, justo después de
desayunar había dejado su espada en el armero para que se la afilase. Seguro
que se le había olvidado recogerla.


Menuda cagada macho. Cuando creía que no me superaría... Bueno pelearé con
los puñ... - pero antes de que pudiese terminar la frase los guerreros
descargaron severos espadazos amputándole miembros, perforándole el corazón,
decapitándole, convirtiendo a uno de los más famosos héroes de la historia en
una ración de tacos para llevar.


Xuxa cruzó el puente y se dirigió al jefe de la aldea. Una capa negra le
cubría todo el cuerpo y mientras avanzaba se quitó el yelmo para liberar su
larga melena. Se detuvo ante Noko y le dio una bolsa repleta de dinero. Miró a
los aldeanos aterrorizados y les dijo:


Podéis marchar a vuestras casas. Vuestro héroe ha muerto.


Se acercó al descuartizado cadáver de Anguile y cogió la espada que
llevaba colgada en la espalda. Limpió la sangre que la manchaba con la ropa del
muerto y la envainó en la funda vacía que colgaba de su cinturón. Cogió la
oreja del héroe y dijo susurrando:


Eres un payaso. Siempre lo fuiste hermano, siempre lo fuiste.


Nota del autor: Realmente no eran hermanos, lo he hecho para que el final
fuera un poco típico. Por cierto, horas más tarde en el castillo hubo una orgía
sangrienta. Que no se diga que en este relato falta sangre y sexo...


nosequetalycual@myrealbox.com



 

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