Pepi Calzas Largas
Enviado por Anonimo el día Miércoles 16 de Junio de 2004
 



Hacia años que nuestra querida amiga Pepi había abandonado su vieja casa de
madera para buscar a su padre, que se dedicaba al noble oficio de la Piratería
en el Caribe. Nuestra amiga Pepi, después de encontrar al barbudo de su padre,
y estar unos años con él, decidió volver a visitar a sus amiguitos. Ese par
de mozuelos que compartieron sus correrías.


Lo cierto es que esos cinco años habían cambiado bastante a Pepi. Pepi se
había convertido en una preciosa chica de dieciocho años, pelirroja. Había
ganado algunos kilos, que distribuía muy bien por todo su cuerpo, había
crecido bastante y había desanchado sus caderas. Estaba, eso sí, más morena y
pecosa, pero resultaban sus pecas hasta hermosas en aquella cara redondeada por
la buena vida en el Caribe. Seguía siendo pelirroja, y conservando sus dos
coletas, aunque ahora le caían sumisas a ambos lados de los hombros. La verdad
es que Pepi no esperaba ser reconocida por sus dos amigos cuando llegó a su
casa de madera, montada en su precioso caballo de raza kanpdrups y su monito
sobre su hombro. Conservaba aún su precioso vestidito, pero ya le quedaba
bastante pequeño, de manera que sólo le cubría, cuando estaba de pié, la
mitad del muslo, mientras sentada, podían vérsele sus famosas calzas largas
que le habían quedado ya pequeñas. De sus calzas asomaban unas espléndidas y
bronceadas piernas que habían llegado a rajar la costura de sus calzas.


Era aún de madrugada y por eso, procedió a dormir un rato y descansar de su
largo viaje. Se tendió sobre la cama y se cubrió con la colcha que encontró
amontonada sobre la silla. No se despertó hasta el mediodía, como consecuencia
de los lametones que su monito le daba en la nariz. Se sintió con hambre, pero
sentía calor, así que se bajó los tirantes del traje para deshacerse de la
camiseta. Estaba orgullosa de sus tetas que le asomaban ambos lados de la
delantera.


Tenía Pepi unos senos pequeños pero muy redondos. Sus pezones eran de color
suave y grandes. Se untó unas tostadas de pan con mantequilla y mermelada. Al
probar el primer bocado, un poco de mermelada le cachó en el pecho. Su monito,
el señor A., fue rápidamente a lamer la mermelada de su cuerpo. Se movía
nervioso y era muy gracioso.


Al menos así pensaba Pepi, ya que se untó un poco de mermelada en el pezón.
La lengua áspera y nerviosa del señor A. le hacía cosquillas, y Pepi se reía.
Abriendo su boca, de largos y gruesos labios, en los que eran inconfundibles sus
dos grandes paletos en la dentadura.


Pepi se bajó las calzas, o bragas o pantaletas, como se le quiera llamar, y
un precioso estropajo de color rojo hizo acto de presencia entre sus ingles.
Metió el dedo en el bote de mermelada y depositó con suavidad un poquito de
ella debajo de su masa de pelos rojiza. El monito no tardó en darse cuenta del
nuevo manjar y comenzó a lamer de la misma forma la rajita de Pepi. Pepi, que
estaba sentada en la silla, abrió sus piernas para que el señor A. llegara con
suma facilidad al más escondido rincón donde hubiera mermelada.


Pepi comenzó a sentir la excitación, y como tenía otros planes, le dio un
manotazo al mono que salió disparado un metro. El señor A. la miró y comenzó
a emitir unos chillidos que no podían ser otra cosa mas que una recriminación.


Pepi puso agua en el enorme barreño en que se bañaba. Ya no era tan enorme
y apenas le cubría hasta el ombligo, cuando después de desnudarse se metió en
él, siempre dejando las piernas fueras del barreño. Pepi cantaba mientras se
enjabonaba "..Soy Pepi Lanstrom..."..


Sonó el timbre de la puerta de la calle. Pepi salió del baño mal-liándose
una pequeña toalla alrededor del cuerpo. Abrió de sopetón. Ante él estaba un
chico de diecinueve años, alto, rubio, guapo, fuerte. Pudo reconocer en aquel
muchacho a su amigo, el joven Laars ¿Qué no se llamaba Laars? Bueno, Pepi no
se acordaba en ese momento como se llamaba, pero se puso tan contenta al verle
que se abrazó a él, dejando caer la toalla al suelo.


Laars se vio abrazada por una chica desconocida que terminó identificando
como Pepi Calzas Largas. Pepi estaba acostumbrada a hacer nudismo en las playas
salvajes del Caribe, pero Laars, a pesar de ser escandinavo, no. Aquel chico que
se dejaba manejar tan fácilmente antaño, ahora le sacaba la cabeza a Pepi.


Pepi tomó de la mano a Laars y le invitó a entrar. Laars estaba sorprendido
de aquel torbellino que le desnudaba rápidamente y le invitaba a compartir el
barreño en la que Pepi tomaba su curioso baño. Antes de que se diera cuenta,
Laars estaba metido, desnudo en el barreño. Pepi se empeñó en meterse con él.


Estaban los dos juntos, el uno enfrente del otro. Como Pepi se había metido
después que Laars, sus piernas estaban sobre las de el chico, y su sexo quedaba
justo encima del de Laars. Pipi, fruto de la alegría de ver a su amigo no
dejaba de abrazarse a él, que ensimismado observaba y sentía la fricción de
sus senos contra su fuerte pecho.


Pronto, el sexo de Laars asomó su cabeza encima del agua como si se tratara
de una tortuga que estira su cuello para otear el horizonte. A Pepi aquello le
hizo mucha gracia, y como era gran amante de las tortugas, comenzó a acariciar
la cabeza y el cuello del pene de Laars. La tortuguita parecía agradecer las
caricias de Pepi estirándose más aún, hasta que Laars se levantó de sopetón
visiblemente enfadado.


Pepi Calzas Largas no podía consentir que aquel reencuentro con su amigo
acabara en un enfado, así que se incorporó y se puso en cuclillas para
agarrar, metida en el barreño, el pene excitado de Laars y metérselo en la
boca.


Laars no pudo rechazar las caricias que su vieja amiga le dispensaba y se
quedó allí, de pié, mientras acariciaba la pelirroja cabellera trenzada de
Pepi, que se estaba descubriendo como una experta en estos trances. Su lengua
lamía las zonas más sensibles del prepucio de Laars, mientras se afanaba en
engullir la mayor parte de su pene, moviendo su cabeza rápido pero rítmicamente.


Laars quiso apartar la boca de Pepi cuando se sintió eyacular, pero Pepi
insistió en no apartarse y recibir el semen de su amigo como un segundo
desayuno, tras lo cual, los dos jóvenes volvieron a meterse en el barreño como
lo estaban en un principio, y comenzaron a jugar con el agua, echándosela
mutuamente y vertiéndola sobre las respectivas cabezas del compañero.


Laars contó a su hermana Aida ¿Cómo? ¿Qué la chica no se llamaba Aida?
Bueno, el caso es que Pepi no se acordaba de cómo se llamaba. Como digo, Laars
contó a Aida que Pepi había llegado a su casa. Aida se emocionó mucho de
saber de su regreso y no tardó en ir a visitarla, mientras Laars se iba a la
universidad, ya con un considerado retraso.


Al entrar Aida a la casa de Pepi, se encontró la puerta abierta. Aida llamó
oralmente a Pepi y se introdujo en la casa. Por fin divisaba a Pepi en la
cocina. Pepi estaba totalmente desnuda, y sólo estaba tapada por un corto
delantal.


Pasa. Aida. Te estaba esperando.-


Aida se había convertido en una mozuela de dieciocho años. Su cuerpo se había
desarrollado a la vez que el de Pepi. Sus pantalones vaqueros ajustados dejaban
ver unas caderas anchas y un trasero grande pero muy bonito y bien hecho.
Llevaba un suéter amarillo en el que podía adivinar unos pechos grandes. Aida
tenía el pelo castaño oscuro y los ojos de un azul intenso. Sus dientes eran
de un blanco marfil y su naricita era achatada. Tenía una cara muy simpática.


-Ven, Aida. Vamos a preparar un pastel para hacer una fiesta-


Pepi besó a Aida en la mejilla. Así era Pepi, a Laars se lo había comido a
abrazos y a Aida apenas le daba un beso. Los ingredientes del pastel estaban
preparados sobre la desordenada mesa. Harina, leche, huevos, miel, levadura, azúcar
molida...


Pepi le daba órdenes a Aida que obedecía con diligencia. Que si tráeme la
harina, que si echa en la cazuela un litro de leche. Pepi se iba alborotando por
momentos. Aida pudo apreciar en sus paseos por la cocina la desnudez total de
Pepi bajo el delantal. Incluso, al mirarle el trasero, podía observar unos
pequeños flecos rojizos de pelos que le caían desde su sexo.


Pepi comenzó a jugar con los ingredientes, y empezó por tirarle la masa de
harina y leche a Aida, que le soportó dos o tres veces estoicamente que la
manchara, pero a la cuarta vez, harta, le devolvió a Pepi la masa lanzada, tirándosela,
visiblemente enfadada. Pepi continuó tirándole la masa con mayor rapidez y
Aida le respondía. La masa caía sobre la piel de Pepi y la ropa de Aida.
Pronto las dos estallaron en un torrente de carcajadas.


Pepi se empeñó en lavar la ropa de Aida, Que sí, que no, que se va a
enfadar tu madre, que no se va a enterar. Al final Aida accedió y Pepi pudo
observar los dos melones más hermosos que había visto en los últimos tiempos,
en medio de cada uno descansaban dos enormes pezones cuyos límites se
difuminaban con el resto de la piel de los senos. Aida se quitó los pantalones,
las bragas y toda la ropa.


Como Aida no estaba satisfecha con el resultado de la pelea, cogió la leche
y la vertió sobre la cabeza de Pepi, que estaba vuelta de espaldas y
desprevenida. Pepi aguantó el chaparrón, pero entonces cogió el tarro de
miel, metió el dedo y embarduñó los senos de Aida del dulce líquido viscoso.
Comenzó la pelea de nuevo. Pero esta vez utilizaron el azúcar glacé, que
quedaba pegado a los cuerpos desnudos de las dos chicas por el efecto de la miel
y la leche.


Pepi agarró a Aida y comenzó a restregarse en su cuerpo, de manera que la
masa, la miel, la leche y el azúcar formaban una masa continua por el cuerpo de
ambas chicas.


Rieron y se sentaron exhaustas sobre la mesa. Aida pasó un dedo sobre el
muslo de Pepi. Aquella masa no estaba mala. Los dedos de cada chica tomaban la
rica masa en el cuerpo de la otra chica, cada vez en zonas más comprometidas.
Pepi fue la primera en pasar el dedo por los pezones de Aida.


Pepi tuvo la excelente idea de tumbarse sobre la mesa y pedir a Aida que se
pusiera en sentido inverso, sobre ella. Comenzaron a lamerse todas los zonas de
su piel. Las piernas, las costillas, el ombligo, los pechos. Pepi se dio cuenta
de que no tenía masa en su sexo, así que disimuladamente agarró un poco de
masa que había quedado en la mesa y se lo colocó sobre el sexo. Luego, dirigió
la cabeza de Aida hacia su sexo, y comenzó a sentir su lengua inexperta y
juguetona lamiendo su raja.


Pepi pensó que dado que Aida había empezado el juego, ella lo continuaría,
y así, comenzó a lamer el sexo de Aida, con lametones intensos que lamían
toda la raja de Aida. Para que Aida no se le escapara, cruzó una pierna sobre
el cuello de la chica, de manera que su cabeza quedara bien sujeta contra su
conejo. La miel que pronto probaban ambas chicas ya no la fabricaban las abejas.
Sus cuerpos se estiraban y comprimían al ritmo que les marcaban sus bajos
instintos, y pronto, se corrieron ambas y volvieron a mancharse mutuamente de su
miel.


Se lavaron un poco la cara. Se vistieron y fueron a comprar una tarta a la
pastelería. ¿Para qué más complicaciones? La pastelería estaba regentada
por un viejo a punto de jubilarse. Eligieron la tarta más grande, pero al llevársela,
el viejo les dijo que su precio era de cuarenta coronas. Pepi se extrañó mucho
de que hubiera que pagar.


Se puso a discutir con el pobre viejo, que no comprendía en qué se podía
extrañar Pepi. Aida intervino para darle explicaciones al viejo, de que Pepi
venía de una isla donde las relaciones entre los vecinos eran muy buenas. De
pronto, Aida observó en el viejo una repentina cara de felicidad. Miró a su
alrededor y Pepi había desaparecido.


Aida divisó la cabeza de Pepi, tras el mostrador, apoyada en el vientre del
viejete. Al fijarse mejor observó que Pepi le había bajado los pantalones al
viejo y le estaba haciendo una felación. El anciano, en plena paranoia sexual,
agarró a Aida, y subiéndole el suéter, comenzó a magrearle los preciosos y
abultados senos.


Aida siguió las indicaciones del viejo y se sentó encima del mostrador, de
manera que el viejo mamaba tiernamente de sus senos con su desdentada boca
mientras Pepi le mamaba a él. Las piernas de Aida caían a ambos lados de la
cabeza de Pepi. Pronto el viejecete se corrió ante los masajes manuales que
Pepi le prodigaba a lo largo del pene, mientras le lamía la piel del escroto,
que había conseguido sacar de los pantalones. El poco semen del viejo cayó
sobre el hombro desnudo de Pepi.


Pepi y Aida ya tenían su pastel. Qué sorpresa recibiría Laars cuando se
enterara de la fiesta. Pero aún quedaba mucho tiempo para que volviera Laars y
comenzara la fiesta, así que Pepi convenció a Aida para dar un paseo por el
campo con su caballo Kanpsdrup. Aida aceptó, por que ya era imposible que
llegara puntual al Instituto, haciendo novillos por vez primera en cuatro años.


Pepi montó primero en su caballo, y a continuación tomó la mano de Aida,
que de un ágil brinco se metió entre Pepi y la cabeza del caballo. Se
dirigieron lentamente hacia el campo, por un camino que contorneaba el cercano
bosque. Era un camino deshabitado en general, y vacío de gente. Aida se sentía
segura a la grupa del caballo. Sintiendo detrás la protección que le brindaba
su amiga, que llevaba las riendas del caballo, de manera que ella simplemente se
entretenía en agarrarse a las crines del caballo.


Aida sintió la Boca de Pepi en su cuello, lamiéndolo de una manera sensual.
Le debía de quedar, quizás, un poco de miel de la que se habían echado cuando
prepararon el pastel. Pepi animó a Aida a que cogiera las riendas del caballo,
y cuando las hubo cogido, aprovechó para meterle las manos por debajo del
sueter y comenzar a amasarle tiernamente los senos mientras le seguía besando
el cuello.


Aida se ponía súper excitada por momento. Sentía, por otra parte, el roce
de la grupa desnuda del caballo contra su sexo, y eso le hacía excitarse aún más.
En ese momento, Pepi dio un orden a su caballo, que comenzó a moverse con un
trotecillo alegre. Las tetas de Aida votaban en las manos de Pepi. Mientras sentía
en sus ingles como se empotraba el trasero de su amiga. Ambos conejos se
restregaban contra el lomo del penco. Pepi todavía se acercó más a Aida para
restregar sus senos en la espalda vecina.


El trote del caballo tuvo un efecto fulminante en el sexo de las jinetes, que
no tardaron en correrse al unísono.


Pepi no tardó en tomar de nuevo la batuta de la situación. Ordenó parar al
caballo y saltó al suelo de un vote. Luego agarró con ambas manos a Aida que
al tirarse al suelo botó con sus senos contra el cuerpo de Pepi, que la estrechó
fuertemente contra sus brazos.


Pepi llevó a Aida al bosque, tras dejar a su caballo pastando en un campo
plantado de trigo, verde, tierno, exquisito.


Pepi y Aida de adentraron en el bosque con la excusa de buscar cierta seta.
Cuando llegaron a un pequeño claro, Pepi comenzó a demandar a Aida el peaje
por montar en el caballo. Aida no comprendía nada. A Pepi no se le ocurrió
idea mejor que obligar a Aida a ponerse a cuatro patas. Se acercó a ella, y
tras besarla en la boca, la cogió del pelo y la obligó a agacharse. Pepi se
sentó sobre la grupa de su amiga como antes lo habían hecho ambas sobre el
lomo del animal.


Pepi dio la orden a Aida de avanzar, que se arrastraba sobre la hierba,
portando encima a Pepi, que dejaba colgar ambas piernas a cada lado de Aida. -¡Arre,
caballo, Arre! -


Pepi pidió a Aida que relinchara -¡Hihihihimmm!- Obedeció Aida. -¡Jo, con
estas tetas, más que un caballo pareces una vaca!- Repuso Pepi. Entonces,
comenzó a tirarle del sueter para dejarla desnuda de tronco para arriba.
Entonces comenzó a acariciar, de rodillas, la espalda y el costado de su amiga.


El dueño del prado de trigo estaba enfurecido de ver a aquel caballo
testarudo y hambriento pastar en su campo. Había intentado espantarlo, pero
tras dar unos trotecitos, el caballo seguía en el campo. Si hubiéramos estado
en España, lo más seguro es que el buen hombre hubiera agarrado un palo y le
hubiera dado un estacazo al jumento, pero no olvidemos que esta acción se
desarrolla en un país nórdico.


Se adentró el buen hombre en el bosque, buscando al propietario del animal,
cuando vio la preciosa escena de cómo Pepi, tumbada en el suelo, se había
colocado debajo de Aida, que a cuatro patas aún dejaba caer su pecho sobre la
hambrienta boca de Pepi, que no dejaba de mamar, como si de un ternerillo se
tratara.


Pepi, como por arte de magia, adivinó, al ver moverse una rama en un arbusto
cercano, que estaban siendo vigiladas, y muy de cerca. Entonces cambió de
orientación, de manera que les ofrecían ambas chicas la visión de su sexo al
campesino. Aida, todavía con la tela del pantalón, y Pepi, con la falda
remangada le ofrecía la visión de sus famosas calzas largas.


Pepi comenzó a desabrochar el botón del pantalón de su amiga, y tras
bajarle la bragueta, comenzó a tirar de los pantalones hacia abajo. Pronto el
campesino tuvo una espléndida visión del sexo de Aida, tapado con las bragas.
Entonces buscó su mano el comienzo de las bragas en la cintura, para
transgredirlo e introducir su mano todo lo hondo que podía, primero hasta el
matojo de pelos que cubría su sexo, y más tarde, tras descubrir el montículo
de carne que correspondía a su clítoris, y sentir como los pezones de Aida
crecía en su boca cada vez que le rozaba su botoncito, comenzó a hundirlo,
pero esta vez en el sexo de su amiga.


Aida no quería quedarse atrás, así que comenzó a buscar una hendidura en
las calzas, por donde acceder a la puerta del deseo de Pepi. Primero se conformó
con mantener la mano sobre el sexo vestido de Pepi, pero como veía que su amiga
era más decidida, y le estaba sacando ventaja, metió su dedo entre sus calzas
y el muslo, y comenzó a buscar la hendidura del sexo de Pepi, lo que no tardó
en encontrar.


Pronto las dos movían su mano en el sexo contrario, buscando una victoria rápida
de la una contra la otra. Aida llevaba las de perder, por haber comenzado tarde
su ataque y por su inexperiencia. Se desentendió un poco, y comenzó a
balancearse al son que la mano de Pepi le marcaba, mientras sus tetas pasaban
una y otra vez por la cara de Pepi que intentaba atrapar con su boca sus
escurridizos pezones.


El campesino no tardó mucho en quedar, detrás del matorral, fuera de
combate, pero no se fue sin ver a Aida moviéndose alocada sobre Pepi, y
agarrando la mano de ésta para que no la sacara de su sexo.


Por otra parte, Pepi no se conformaba con la falta de interés de Aida para
con su conejo, y ella misma se prodigaba hábiles masajes que no tardaron en
llevarla al orgasmo, con la cabeza puesta en que aquel campesino las había
visto sin que Aida se diera ni cuenta de lo ocurrido.


Volvieron por el caminito por donde habían vuelto, mientras Aida asistía
sin explicarse a que se debía las carcajadas que de vez en cuando le venían a
Pepi. Sin duda cuando llegaran Laars ya habría vuelto de la Universidad y podrían
celebrar la fiesta.


Cuando llegaron, llamaron a Laars a través de la ventana. Pronto apareció
la cabeza rubia de Laars y ambas chicas le invitaron a unirse a la fiesta, a lo
que Laars, a pesar de tener un importante examen unos días después, no se pudo
negar. El motivo era muy simple y no era otro más que Pepi le estaba haciendo
señas desde la ventana con las calzas en la mano.


La fiesta resultó, en un principio, un poco sosa, pues tras cortarse cada
unos un trozo de pastel, le dieron el resto al caballo, que era el auténtico
protagonista de la fiesta, pues celebraba el animal, cincuenta años, lo cual no
sólo es digno de celebrarse, sino de escribir en el libro Guinness de los récords.


Entonces a Pepi se le ocurrió una idea genial. Laars estaba estudiando
medicina, así que jugarían a los médicos, sólo que Pepi sería la médico,
Aida la veterinaria y Laars el paciente. -¡Necesito dos batas blancas!- Gritó
Pepi.


Pepi no lo pensó dos veces y corrió a casa de sus amigos, y tras tocar a la
puerta, le abrió el padre de sus amigos. El buen hombre se llevó una grata
sorpresa al ver a Pepi, que estaba hecha un primor. Pepi simplemente le saludó
y sin pedir permiso subió a la habitación de Laars. El padre se asomó a la
escaleras y pudo ver como las piernas de Pepi se contorneaban, e iban haciendo
unas curvas deliciosas hasta donde debían estar sus calzas, en lugar de las
cuales encontró el sexo desnudo, tan sólo tapado por una maraña de pelos
pelirrojos. El pobre hombre se quedó embobado, esperándola para verla bajar,
como así fue. Al pasar por su lado, Pepi le besó -¡Muuuuacc!- y se fue hacia
su casa, con las dos batas blancas colgadas del brazo, moviendo descaradamente
las caderas.


Laars debía esperar fuera mientras Pepi se ponía la bata y le ordenaba a
Aida que se pusiera la otra bata, pero totalmente desnuda, como ella. Era la
primera consulta médica nudista del mundo. Laars recibió la orden de entrar.
Al abrir la puerta, su hermana lo llevó hasta la mesa de la cocina, donde Pepi
lo esperaba, sentada en una silla, con la bata abierta.


-¿Qué le pasa hombre?- Nada que tengo un malestar - ¡A ver! ¡Échese aquí!-
y le indicó Pepi la mesa de la cocina. Laars se tumbó sobre la mesa. Pipi
entonces comenzó a colocar una tapa de bote sobre el pecho de Laars a modo de
fonicular, para escuchar los latidos de su corazón. -Le veo nada más que
regular, amigo - repetía mientras desabrochaba un botón más de su camisa a
cuadros hasta dejar su torso totalmente al desnudo.


¿Es grave, doctora Calzas Largas? - No, esto lo sé curar yo muy bien, y
comenzó a desabrochar los pantalones del joven Laars. Pronto los pantalones
estaban más debajo de la rodilla y los calzoncillos junto a los calzoncillos.
La mano de Pepi agarraba el miembro de Laars con fuerza, y éste veía como su
miembro crecía dentro de palma de su amiga. Aida estaba ruborizada y no sabía
donde mirar.


Pepi se subió a la mesa y se sentó encima de Laars que notaba asombrado
como Pepi iba introduciendo su instrumento en su húmeda rajita. La bata abierta
de Pepi dejaba ver sus senos flotando al aire. Pepi iniciaba el movimiento rítmico
de su cintura, para engullir todo el pene de Laars dentro de su sexo y darse así
el gustillo. Laars se agarraba a la mesa para no caerse, debido al miedo que
sentía de los meneos que Pepi le metía.


Pepi se acariciaba los senos mientras estiraba el cuello mirando al techo. De
pronto se fijó en Aida, sentada al otro lado de la habitación, extasiada y la
invitó a subir sobre Laars. Aida aceptó con timidez y se sentó encima del
ombligo de Laars, de manera que éste sentía la humedad y el calor de la
almejita de Aida.


Desde esta perspectiva, Laars se sorprendió de las buenas tetas de su
hermana, máxime cuando desde atrás, Pepi le desabrochó la bata y comenzó a
tocarle los senos y besarle el cuello como lo había hecho cuando montaron a
caballo. El pobre de Laars no se podía ni mover con ambas chicas sobre sí.


Pepi se corrió al sentir en su interior cómo se derramaba el semen de
Laars, que se puso de pronto a sudar. -¡Ay, Aida!,¡Tú no has disfrutado nada!¡Ven!.
Las dos se levantaron de encima de Laars que quedó así tumbado, agotado,
encima de la mesa.


-Ven, Aida, tú también tienes que disfrutar de un buen polvo- Aida miraba
sorprendida aquello que parecía el aparato de su hermano, pero más flácido y
grande y que Pepi se ataba a la cintura mediante unas hebillas que servían para
ajustar unas correillas. Aida estaba temerosa, pero era incapaz de decirle nada
a Pepi.


Pepi la subió por las escaleras a su habitación, donde había una enorme
cama antigua con un colchón viejo de lana. Aida se tumbó en el colchón por
indicación de Pepi, y antes de que se diera cuenta, Pepi estaba entre sus
piernas, con el aparato introducido en su sexo y cantando una canción


- Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña, y como veía que no
se caía fueron a llamar a otro elefante, dos elefantes...-


Aida sentía que aquello la inundaba y le producía sumo placer, sobre todo
por el fuerte ritmo con que Pepi lo metía y sacaba, sin tener en cuenta nada más
que el ritmo de aquella canción que se iba acelerando. La tela de la araña
empezó a caerse cuando iba por los cuarenta elefantes. Aida comenzó a sentir
que el orgasmo era inminente y empezó a susurrar, primero, y luego a dar pequeños
y cortos chillidos de placer, que dieron paso a hondos susurros de satisfacción.


Laars y Aida no tardaron en irse de casa de Pepi, pues tenían que dormir
para ir al día siguiente a seguir con sus estudios. Aquello les había roto sus
esquemas pero la vida continuaba, aunque la proximidad de Pepi Calzas Largas les
iba a proporcionar, sin duda, más de una satisfacción en el futuro


En realidad, no nos podemos escandalizar con el comportamiento y la forma de
ser de Pepi Calzas Largas. Ella sigue siendo así, como ha sido siempre, libre,
sincera, espontánea, desinhibida, irresponsable ...un poco golfa tal vez. Todos
tenemos un poco de culpa. Laars y Aida, por consentir manejarse por Pepi desde
que eran pequeños. Sus padres, por no vigilar las compañías de sus hijos y no
cortar de raíz las relaciones de sus hijos, con Pepi, con mucha más
personalidad y tan increíblemente dominante.


El padre de Pepi, por olvidarse de buscar a su niña desesperadamente cuando
la perdió en aquella tormenta caribeña. El ayuntamiento, por su relajada política
de asistencia social, al abandonar a una niña como Pepi, a su libre albedrío,
sin escolarizar.


Los psicólogos, por ponernos de ejemplo a Pepi Calzas Largas como el
paradigma de una niña libre, sin complejos. Nuestros padres, que se
escandalizaban por lo corta de la falda de Pepi, sin entrar a analizar y
explicarnos lo grotesco del personaje.


La ingenuidad de los niños, que veíamos en Pepi el personaje rebelde, sin
padres, que podía con los mayores en sus enfrentamientos. En fin, los creadores
de la serie, que pretendieron crear una heroína infantil que se correspondía
con todo lo que precisamente no es la imagen de la infancia en la sociedad nórdica:
mala educación, falta de higiene... y falta de escolarización.


Cualquier similitud de los personajes de esta historia con los de cierta
serie infantil escandinava de los setenta, es pura imaginación del lector.


Egarasal@teleline.es



 

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