La Mujer Aburrida
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 



La mañana es helada en la gran ciudad. Julia Pal camina distraida, sumergida
en sus


pensamientos. Con la boca entreabierta, dejando escapar pequeñas bocanadas
de gélido


aliento, camina con un ritmo distorsionado provocado por sus finos y largos
tacones de


aguja. Con las manos resguardadas con mullidos guantes de algo similar al
terciopelo,


unas medias térmicas que le permiten enseñar las piernas hasta encima de
las rodillas,


una ajustada minifalda de tonos grises, un jersey de lana de color salmón y
una larga


chaqueta negra, nadie pensaría que Julia se dirije al mercado. Un lugar al
que


diariamente va a hacer la compra, mientras su marido recorre la ciudad en su
coche


esperando convencer a alguien para que compre utensilios de cocina por catálogo.


Es temprano, pero cuando Julia llega a la entrada del mercado, se puede
apreciar el


enorme movimiento del interior. Hoy es 22 de diciembre, el día en que todos
sueñan


con poder cambiar algo de sus rutinarias y aburridas vidas. El día del
sorteo de navidad


de la lotería nacional. Las personas del mercado, en su mayoría mujeres,
corren a hacer


las compras para poder pegar la oreja a la radio e imaginar lo que harían
con unos


cuantos millones más en sus cuentas corrientes. Julia no es una excepción,
desea con


todas sus fuerzas que su vida cambie de algún modo y si es haciéndose
millonaria,


mejor que mejor. Aunque lo cierto es que este año es diferente para ella.
Siempre ha


deseado poder tener suficiente dinero para no tener que hacer cuentas para
poder llegar


a final de mes, pero ahora lo desea por necesidad. Siente que, como su vida
no cambie,


el aburrimiento que la embarga se apoderará de ella, que perderá el
control. No quiere


ser una mujer aburrida, quiere ser feliz, pero la vida no parece que sienta
simpatía por


ella. Cuando se da cuenta, Julia está ante la parada del pescado y la
dependienta espera,


con un gesto de desgana por estar allí y encima tener que esperar a que le
digan lo que


quieren.


-Lo siento. –Julia repasa la parada con una rápida mirada.


-Ponme una merluza que sea grande, mañana tendré invitados. –La
dependienta


mastica un chicle de forma asquerosa. Parece que no pueda sorber suficiente y
la baba


se le acumule en la boca. Julia tiene unas enormes ganas de vomitar pero se
reprime.


Piensa que ella es la cliente y tiene todo el derecho a quejarse por
despacharla de una


forma tan poco profesional y maleducada.


-Son dos mil quinientas pesetas. –Julia rebusca en su monedero casi sin
mirar a


la cara de la dependienta. Sus manos comienzan a sudar y el monedero empieza
a crecer


de tamaño, su mano entra dentro pero no puede encontrar el final. Consigue
rozar el


billete de cinco mil que puso esta mañana allí dentro, cuando se levantó
de la cama,


pero lo pierde. No comprende como el monedero se está tragando su brazo y
ella no


consigue coger el billete. Ya no sudan sólo sus manos, ahora también lo
hace su frente,


su cuerpo arde debajo de la ropa, las medias asan sus piernas y su cabeza, su
cerebro, se


ilumina con una lejana luz, como los faros de un coche lejano que se acercan.


Finalmente, el billete aparece en la mano de Julia y, temblorosa, se lo
entrega a la


dependienta.


-¿Se encuentra bien, Julia? –La dependienta tiene un rostro que denota


preocupación y miedo, pero Julia sólo ve ese chicle repugnante y baboso,
demasiado


cerca de ella. Parece que quiere saltarle encima y cubrirla por entero, dejándola
sin


oxígeno entre una masa de color rojizo, aroma de empalagosa fresa y litros
de babas


resbaladizas.


-¡Estaría mejor si dejases de masticar como una puta guarra! ¡Oigo tu
dientes


chocando con esa masa pegajosa y me está volviendo loca! –Julia tiene el
rimel corrido,


el rostro sudado y la larga melena negra enmarañada y pegada en la frente.


-Tranquila, sólo preguntaba. –La dependienta lucha por ignorar lo que
Julia le ha


dicho y le entrega el cambio. Sabe que una contestación no serían más que
problemas.


Pero, aunque ella no quiere problemas, a la nueva clienta que llega a la
parada, le


encantan.


-Julia... ¿estás bien, querida? Tienes una cara horrible y no he podido
evitar oir


lo que le has dicho a la pobre chica. No es propio de ti ¿sabes? – Es Eva
Santiz, una


vecina del barrio que adora los chismes. Tiene la misma edad que Julia,
treinta y dos,


pero a ella el tiempo no la ha tratado tan bien como a Julia. Su trasero ha
empezado a


crecer por cuenta propia, su tripa no es plana del todo y algunas arrugas de
su rostro


destacan demasiado como para disimularlas. Quizá por eso Eva podría decirse
que odia


a Julia. Si ese no es el motivo, Julia no puede saber cual es, aunque tampoco
le


preocupa demasiado. Normalmente, Julia la ignora y se va con un saludo
amable. Pero


hoy no es un día normal, al menos no lo parece. En un día normal, la luz
del cerebro no


está tan cerca, los faros son lejanos, como dos ojos de un felino. Pero
ahora, hoy, Julia


empieza a deslumbrarse.


-¡Métete en tus asuntos, zorra frígida! A mí no me engañas, tienes
envidia de


que todos los hombres, incluso tu marido, me miran y me desean. En cambio tú
no les


produces ni pena. –Eva no puede ocultar la expectación que le crea la
contestación de


Julia. Apenas sabe como reaccionar.


-¡Pero como te atreves...! –La réplica de Eva no acaba, pues Julia coge
un erizo


de mar con las manos, casi sin notar las púas que atraviesan sus guantes, y
se lo clava en


la frente a Eva.


-¡Cállate! ¡Ve a follarte algún perro del vecindario! –Eva, grita de
dolor e intenta


quitarse el erizo que tiene clavado en la frente, mientras corre sin dirección
fija. Julia


tambien corre, hacia la salida, hacia su casa, huyendo.


Empieza a llover con fuerza en la calle. Dentro, una lluvia personal cae
sobre el rostro


de Julia. Llora con desespero al recordar lo que ha ocurrido en el mercado
hace media


hora. Cuando lo piensa, sabe que esa no era ella. Algo allí dentro se apoderó
de su


cuerpo y la empujó a hacer lo que hizo. Cae en la cuenta de que no ha mirado
su rostro,


muchas veces, mirarse en un espejo te muestra el estado de ánimo real que
encierras en


tu interior. Se acerca al lavabo, enciende la luz y se ve. Su cara es la de
siempre, no


tiene marcas de haber sufrido una transformación demoniaca o haber sido poseída.


Mientras más lo piensa, más absurda le parece la idea, pero lo que sí sabe
es que la Julia


Pal del mercado no era ella. Sale del lavabo despacio, descubre también que
los pies le


duelen de haber corrido con unos tacones tan finos. Se sirve un café
caliente y se toma


una aspirina. Mientras aguanta la taza caliente entre sus dedos, observa la
lluvia por la


ventana. En la calle pasan los coches, las personas caminan como
hipnotizadas, algunos


pájaros vuelan de árbol en árbol para poder resguardarse mejor de la
lluvia. Nadie presta


a tención a nadie. Julia, de repente se siente terriblemente sola. Se gira
sobre su propio


eje, mirando el enorme comedor vacío de vida, sólo está ella y el
silencio. Anhela un


niño que le diga mamá, que le dé su cariño y que la haga sentirse
necesitada, amada.


Pero no puede, eso le dijo el doctor cuando se hizo las pruebas después de
que todos los


intentos con su marido para quedarse embarazada fuesen inútiles. Sus ovarios
no


trabajan, nunca podrá tener hijos de forma natural. Y no desea otra forma.
Adoptar a un


niño requiere esperar el tiempo que la burocracia y los límites legales y
económicos le


exijan. Eso es mucho tiempo.


El café se enfría en sus manos. La lluvia arrecia fuera y los pensamientos
de Julia


siguen cosechándose en su mente. Tal vez si trabajara, dejaría de pensar
tanto, pero de


joven no quiso estudiar, sus padres necesitaban dinero y optó por trabajar
para


ayudarles. Aprovechaba cada oportunidad de trabajo que surjía, todos con
contratos


basura y dejándose la piel en cada uno de ellos. Así pasó varios años,
los mejores de su


juventud, hasta que sus padres, hartos de convivir juntos, se separaron y
ella se quedó


sola, sin un futuro claro y desorientada. Ahora, en días festivos, vienen a
comer,


pero apenas les ve. Han rehecho sus vidas y parece que quieran ignorar el
pasado,


incluyéndola a ella. Por fortuna, conoció a su marido, Rafa Trene, aunque
no de la


forma que una mujer desea conocer al amor de su vida. Fue en una discoteca,
después


de beber y fumar demasiado. Decidió que esa noche se tiraría al primero que
le gustase


y eso hizo. Aunque acabó casándose con él, todavía no sabe si por miedo a
seguir sola o


porque realmente le ama. Una duda muy amarga, dado que lleva casada casi
cinco años.


Julia se bebe el frío café a desgana y lo deja sobre la mesa del comedor.
La lluvia parece


que ha parado. El día empieza a despertarse de verdad y decide que ya es
hora de


preparar la comida, con suerte Rafa pasará por esta zona a vender algo y se
acercará a


comer. De lo contrario, le tocará comer otra vez sola, mientras el
telediario sólo muestra


desgracias en el mundo. Julia empieza a temblar de frío, casi cree que es
miedo cuando


piensa en lo que ha hecho en el mercado. Tendrá que explicárselo a su
marido y


probablemente recibirá la denuncia de Eva, más complicaciones en su vida.
Entra en la


cocina y los faros del coche chocan contra su frente.


La llave entra en la cerradura de la puerta de la calle. Un giro y Rafa entra
en casa,


maletín en mano, algo mojado por la lluvia que cae de nuevo, y con ganas de
comer


junto a su mujer por una vez.


-¡Hola cariño! Hoy he conseguido acercarme hasta casa. ¿Has oido la lotería?


Dime que somos ricos, por favor. –Rafa deja el maletín en el sofá sin
recibir


contestación alguna. El piso está en silencio, como si no hubiera nadie.
Echa un vistazo


rápido a la cocina pero sólo se encuentra con el olor a comida. Luego se
acerca hasta el


final del pasillo, donde está el dormitorio y allí encuentra a su esposa.


 ..


-Pero... ¿qué haces, cielo? –Julia está sobre la cama, perfectamente
hecha, con la


calefacción puesta al máximo y vestida con un conjunto de ropa interior que
Rafa le


regaló este año por el aniversario de boda. Un conjunto que le vuelve loco,
con un


exquisito tanga y unos sujetadores que realzan los preciosos pechos de Julia.
Rafa no


puede impedir la erección que se refleja en sus finos pantalones de algodón.
Julia está


preciosa.


-Hola Rafa, parece que te alegras de verme ¿eh? –Julia mira la entrepierna
de su


marido.


-No entiendo... ¿qué pasa? ¿Hay algo que celebrar?


-Sí, cariño. La Navidad. Empezamos hoy. –Julia se ha maquillado
perfectamente


el rostro, parece una muñeca. –Ven aquí, la comida de hoy soy yo, ¿no te
apetece?


-Claro. –Rafa se quita la ropa apresuradamente, desperdigándola por todo
el


dormitorio. -¿Y si no hubiese venido?


-Te habría esperado hasta la noche, no tengo nada mejor que hacer. –Rafa
se tira


sobre su mujer y empieza a besarla con pasión, casi desbocado por el deseo.


-Tranquilo. No comas tan deprisa o te sentará mal. Déjame a mí. –Julia
empieza


a besar a Rafa de forma tímida, mordisqueando los labios. La suavidad del
principio se


convierte en una presión demasiado fuerte y los dientes de Julia atraviesan
el labio


inferior de Rafa, derramando sangre sobre su boca.


-¡Ah! ¡Julia, me has hecho daño! –Rafa se toca el labio sangrante, con
cara de


desconcierto.


-Lo siento, cariño. Es la emoción. He perdido un poco el control. –Julia
lame la


sangre de su marido al tiempo que coge el miembro viril con la mano derecha y
empieza


a masturbarlo. Rafa se tranquiliza y empieza a disfrutar. La mujer sigue
lamiendo el


cuerpo de su esposo, bajando de la boca hacia el pecho, despacio, recreándose,
hasta


llegar al pene, hinchado y erecto hasta los límites. Julia lame la punta del
glande con


extrema delicadeza, haciendole cosquillas a Rafa, y así sigue unos segundos.
El hombre


está deseando que su esposa se introduzca el pene en la boca y cuando Julia
lo hace,


Rafa se estremece en un gesto de placer increíble. Julia lame como si fuera
un delicioso


helado e hiciera un calor asfixiante. Como si el helado se tuviera que comer
rápido o de


lo contrario se derritiera. Rafa apenas puede aguantar las ganas de correrse.


-¡Me viene, Julia! –Rafa avisa a su esposa, pero ésta sigue chupando como
una


posesa. Lo cierto es que es irónico pues Julia nunca se ha sentido muy
atraida por el


sexo oral. De repente, la mujer siente que Rafa se va a correr y se introduce
todo el


miembro en la boca, dejándolo entre sus dientes, sin moverse. Por un momento
alza la


vista hacia la cara de su marido y lo observa, con los ojos entrecerrados, en
un gesto de


total éxtasis. Siente como el semen se abre paso hacia su boca, oye como su
marido


grita de placer y entonces cierra los dientes con fuerza y el placer se
convierte en terror.


El pene de Rafa es arrancado de cuajo por la boca de Julia, el cual aún
mantiene dentro.


Rafa sigue gritando, pero ahora de puro dolor. Se lleva las manos a su
sangrante


entrepierna y cuando se roza sigue gritando todavía con más fuerza. Rafa se


descontrola, cae de la cama y se arrastra, retorciéndose.


-Vaya, creo que apreté demasiado, ¿verdad, cariño? –Julia mira como su
marido


sufre. -¿Esto es tuyo? –Le dice, mientras le enseña el pene arrancado y
sangrante.


-¡Maldita zorra chiflada! ¡Por Dios! ¡Julia, ayúdame! –Rafa sigue
suplicando


mientras lucha por no desmayarse de dolor.


-Enseguida. Ya sabes que estoy a tu disposición. –El coche pone las largas
y la


mente de Julia ya no ve. Tiene los ojos abiertos pero se mueve como si
estuviese ciega.


Aunque sabe perfectamente hacia donde dirigirse. Levanta el grueso colchón
de la cama


y, tras unos segundos palpando el somier de láminas, encuentra un frío y
cortante


cuchillo. Se acerca a Rafa, semi-inconsciente por el dolor y muy débil. Un
haz de luz


arranca un fino destello sobre la afilada cuchilla. Julia camina hasta su
marido, lo


observa sin verlo y alza el cuchillo lo más alto que puede. Rafa no consigue
siquiera


entender que ha pasado cuando su corazón es atravesado una docena de veces,
cuando


un ojo estalla al ser pinchado como un globo, cuando la sangre salpica
paredes y


muebles, cuando Julia lo mata sin compasión, perdiendo la cuenta de las
veces que sube


y baja el cuchillo sobre él. De pronto, se queda quieta, con una mueca de
desesperación


y burla en su rostro.


-¿Te diviertes, cariño?


El dia veintitrés amanece mucho más feliz. El sol no bosteza, se levanta
vivo y con


ganas de dar calor a los habitantes de Barcelona. Sólo una capa de algo
artificial mancha


su pureza. Pero, en la gran ciudad, es algo que ya no tiene solución. Julia,
madrugadora


como siempre, empieza el día con una vitalidad desbordante. Preparando la
comida


especial que tiene reservada para sus queridos padres. Piensa en la lotería
y en que


todavía no ha tenido un momento libre para mirar si le ha tocado algo.
Aunque da por


hecho que la suerte seguirá pasando de largo en su vida, así que no tiene
prisa. Ya no


tiene prisa por nada, ha aprendido a divertirse, a reir, a ser ella misma en
cualquier sitio


y ante cualquier persona. Rie sin hacer ruido, es una risa interior, cálida
y protectora.


Como la luz de su mente, barriendo razonamientos y dudas. Se acerca hasta el
lavabo,


abre un cajón del mueble que hay junto al bidet y coje una caja de
pastillas. Hoy hará


una receta muy personal. Hoy, sus padres, tendrán una comida que no olvidarán.


El destino es caprichoso, cruel y quizá, inexistente. Sea como fuere, hoy el
destino


dibuja un camino hacia el ascensor del edificio donde vive Julia Pal. Un
camino que


tanto la madre de Julia, como su padre, caminan juntos sin desearlo. Vienen
de distintos


lugares, de lejanos lugares, huyendo el uno del otro, pero hoy se juntan en
un mismo


punto para coger un ascensor que ni siquiera les apetece coger.


-Hola Pedro.


 ..


-Hola Silvia.


No cruzan ninguna palabra más en los tres pisos que parecen interminables.
Sienten


cada pequeña sacudida del ascensor, oyen el tictac de los relojes, las
miradas no


coinciden pues luchan para que eso no ocurra. Cuando la puerta del ascensor
se abre,


ambos se sienten aliviados. Aunque, por supuesto, ninguno de los dos permite


demostrarlo.


Dentro del piso, Julia está ultimando los detalles. La mesa tiene una mezcla
de colores


muy bien distribuidos. Por un lado, los aperitivos salados, por el otro, los
mariscos, todo


mezclado con un gusto exquisito. Su vestido, largo, ajustado y de color azul
celeste, la


hace parecer una diosa, con el pelo recojido sencillamente, dejando ver el
delicado y


sensual cuello, adornado por una preciosa gargantilla de oro y unos
pendientes con


forma de delfines, también dorados. Todo está preparado para la fiesta.
Suena el timbre


y se prepara ella también.


Desde que sonó el timbre han pasado varios años. O eso le parece a Pedro.
Finalmente,


la puerta se abre como era de esperar, y allí encuentran a su querida hija.
Sonriente y


llena de vida. La única palabra que a ambos se les dibuja en la mente es:
preciosa.


-¡Hola mamá! –Julia abraza a su madre con un cariño desbordante y la
besa en la


mejilla repetidas veces.


-¡Hola papá! –Repite lo mismo con su padre. Luego entran.


El aperitivo es algo silencioso. Comen y Julia intenta romper el hielo. Hacía
tanto que


no se sentía cómoda con sus padres, que se sorprende. En un momento, su
madre le


pregunta por Rafa y ella, muy educada, les dice que está indispuesto pero
que después


del aperitivo vendrá a la mesa. Julia empieza a retirar platos, cuando su
padre cae en la


cuenta de que ella no ha probado nada.


-No has comida nada, Julia. ¿Te sientes mal?


 ..


-No, es que ayer comí mucho y estoy algo empachada. Me reservo para el plato


fuerte, tranquilo.


Julia entra en la cocina. Coge la bandeja del horno y espera. Espera hasta
que oye unas


carcajadas. Algo inusual entre sus padres, pero hoy no se siente sorprendida.
Es más, lo


estaba esperando.


-¡A comer! –Julia sale de la cocina con una gran bandeja tapada en las
manos,


protegidas con manoplas para no quemarse.


-Hija... ¿Qué le has puesto al aperitivo? Estoy mareada y con unas raras
ganas de


reir por cualquier cosa.


-Probablemente han sido los medicamentos. No me preguntes cuales, los elegí
al


azar. Quizá sólo os droguen, quizá os maten. La verdad, si ocurre lo
segundo me sentiré


decepcionada porque os esperan muchas cosas divertidas. –Julia levanta la
tapa de la


bandeja y deja ver su contenido. Partes perfectamente seccionadas de Rafa,
puestas de


una manera coreográfica. Con el miembro viril justo en medio, simulando una
erección.


-¿Qué parte de Rafa os gusta más? Ya os dije que vendría a la mesa, lo
malo es


que no he podido aprovecharlo todo. –Julia sonríe, mientras mira las caras
de sus


padres, mezcla de miedo y sorpresa, con los ojos rojos y medio cerrados
debido a las


drogas.


-¡Julia! ¡Te has vuelto loca! –Pedro intenta levantarse, pero no le
resulta fácil.


Lento y torpe, no consigue esquivar el golpe de Julia con la botella de cava.
Su nariz se


parte, cruciendo como una rama seca. Cae al suelo con la cara sangrante.
Silvia no


recibe mejor suerte, Julia coge el cuchillo de cortar carne, y lo pone junto
al cuello de su


madre, todavía sentada y totalmente inmóvil.


-¿Loca? ¿Por qué soy feliz? ¡Que sabes tú de la locura, papá! ¡Levántate!
–Julia


tiene una expresión desbocada. Sus ojos abiertos hasta el límite, su boca
girada hacia un


lado y sus manos temblorosas sujetando el cuchillo demasiado cerca de la
garganta de


su madre. Pedro se levanta, intentando cortar la hemorragia nasal, mareado e
intentado


convencerse de que todo es una pesadilla. De que está en la cama y que todavía
no ha


llegado a casa de su hija. Pero si se equivoca, el precio puede ser la vida
de su exmujer.


Así que decide seguir el juego de locos de su hija.


-Cariño... ¿qué te ocurre? Tranquilízate, harás daño a tu madre.


-¿Te importa mamá? Sería una novedad por tu parte. ¡Para ambos sería una


novedad mostraros un poco de jodido cariño! ¿Quieres a mamá? ¡La quieres,
papá!


-Sí, Julia. Siempre he querido a tu madre. No nos vemos mucho, pero no


significa que... –Julia no deja que su padre acabe de hablar. Está
totalmente ida.


-Eres tan malo mintiendo como haciendo de marido y padre. ¡Toma! –Julia
lanza


un pequeño cuchillo a su padre que lo coge después de que le caiga al
suelo. Pedro


empieza a ver doble y la cabeza le patea las sienes como un caballo salvaje.


-¿Qué quieres que haga con esto? –Pedro mantiene el cuchillo en su mano


derecha, cogiéndolo con timidez, como si pudiera revelarse en sus manos y
atacarle por


cuenta propia.


-Quiero que te cortes las venas, papá. Demuéstrame cuanto quieres a mamá.


Porque si no lo haces, le rebanaré el delicado cuello y se desangrará como
un cerdo


delante de ti. ¡Diviérteme!


-¡No, no lo hagas! ¡Pedro, no lo hagas! –Silvia consigue juntar fuerzas
para


gritar, pero Julia le recuerda que no es recomendable cuando el cuchillo hace
un fino


corte en la superficie de su cuello.


-¡Shsss! Mamá, estate calladita, por favor.


-Tranquila, Silvia. Nadie sufrirá daño hoy aquí. Todo se puede solucionar


hablando, hija. Por favor... suelta ese cuchillo y hablemos.


-¡Tú no escuchas! ¿Verdad papá? ¡No estoy jugando! –Julia aprieta más
el


cuello de su madre, quizá de forma involuntaria, quizá no, pero el corte es
demasiado


profundo y la sangre comienza a salpicar como si de un aspersor de regadío
se tratara.


-¡No! ¡Silvia! –Pedro salta con torpeza, ve como si lo hiciera a través
de una


bolsa de plástico y los músculos le pesan tres veces más de lo normal. Aún
así, consigue


empujar a su lunática hija y apartarla de su exmujer.


-¡Silvia! ¡Aguanta, por el amor de Dios! ¡Aguanta! –Pedro coge con
delicadeza a


Silvia, pero ésta ya no responde. Su cuello es un río carmesí, totalmente
desbordado.


La sangre mancha las manos del hombre y no puede reprimir las lágrimas de
tristeza y


desesperación.


-Tu no sabes lo que es el amor. Ni conoces a Dios, papá.


-¿Por qué? ¿En que momento decidiste que mereciamos este castigo? ¡Y el


pobre Rafa!


-No lo sé, pero me lo paso mejor que nunca. –Los ojos de Julia parecen
haber


cambiado de color. Son tan claros que parecen cristalinos. Los faros están
encima de su


razón. La luz se come su bondad. Julia ha renacido.


-¡Basta! –Pedro abofetea a Julia sin que ésta pudiera esperarlo en ningún


momento. Parece que las drogas no pueden con su padre. Julia cae al suelo,


desprendiéndose del ensangrentado cuchillo. Pedro lo coge y se acerca a su
hija.


-Necesitas ayuda. ¿Vamos a ir a la policía por las buenas o por las malas?



Pedro amenaza a Julia, enseñándole el cuchillo, pero entre las palabras, da
dos pasos de


más y Julia consigue llegar a la entrepierna de su padre con una patada. Él
cae de


rodillas, con la respiración entrecortada y el vientre ardiéndole por
dentro. Suelta el


cuchillo y Julia se levanta y lo recupera.


-¡Por las malas! Julia atraviesa la nuca de Pedro, empujando con todas sus


fuerzas. Huesos y músculos ceden y la hoja del cuchillo aparece por la parte
delantera


de la cara de su padre, como si se lo hubiese tragado y ahora lo vomitase.
Pedro cae


muerto al instante.


Pasan diez segundos profundamente silenciosos. Después los ojos de Julia se
apagan y


empieza a ver de forma más clara. Ahora ve la sangre, ve la muerte, ve la
locura, ve la


realidad. Se ve a sí misma con las manos pegajosas, salpicada de rojo,
agotada y


desconocida. Tiene miedo de mirarse en un espejo, porque esta vez seguro que
no se


reconoce. No comprende, pero decide que debe hacer lo que debería haber
hecho mucho


antes. Antes de que todo acabase así. Recupera el cuchillo con el que ha
matado a sus


padres. Los mira una vez más, inertes y en un gesto de suplica. Una suplica
que ella no


escuchó porque no pudo oirla. Julia llora, tiembla, se marea y se acerca el
cuchillo a las


venas de la muñeca izquierda. Empieza a ejercer presión sobre su delicada y
fina piel,


pero de pronto, ve su bolso colgado sobre una silla y recuerda algo. Abre el
bolso y


saca un décimo de lotería. No sabe que número corresponde al gordo, así
que se acerca


a la mesita del comedor y rebusca un instante hasta encontrar el periódico
con la lista de


números. Su sorpresa es mayúscula cuando descubre que tiene en sus manos el
primer


premio de navidad. Es rica. Julia sonríe y tira el cuchillo lejos de ella.
La luz en su


cabeza no se ha apagado, está esperando el momento. Y ahora es rica.


Va a seguir divirtiéndose.


 ..


-FIN-



 

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