Porque ahí está (I)
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

Un jueves más. Día del café semanal con mis amigas, esta vez en el Sanborn"..s de Eugenia e Insurgentes. Claudia y yo fuimos las primeras en llegar. Durante muchas semanas había resistido la tentación de platicarles sobre mi ciberamante y ese día iba dispuesta a mantener mi discreción, sobre todo porque conozco su capacidad de comunicación. Pero no se qué me pasó. Quizá el hecho de que sólo estaba Claudia, con quien mejor me llevo en el grupo, o simplemente porque sentí necesidad de hacerlo, me animé a ponerla al tanto. -Fíjate que estoy fascinada con Internet- inicié la plática -¡tú siempre con tu Internet!- me interrumpió cortante, rechazando el tema por desconocerlo. -Es que conocí a alguien- respondí justificando el asunto. Su semblante le cambió de indolente a intrigado. -¿No estarás en las que yo, verdad?- me dijo refiriéndose a su relación con un amigo de su esposo. -No, ¡cómo crees!, es sólo que hay un amigo internauta que tengo unas ganas locas de conocer físicamente- le confesé con timidez. -¿¡Y qué esperas!?, cítate con él y luego me pones al tanto- me dijo como simplificando las cosas. -¡Para ti es muy fácil decirlo!, si supieras cómo le conocí entenderías porqué le pienso tanto- le dije.

Entonces le empecé a platicar de mis relatos eróticos publicados en Internet. En esas estábamos cuando aparecieron en la entrada el resto de las chicas, por lo que interrumpí la confesión, no sin antes advertir a Claudia que no tocara el tema con las demás. Tras saludar a nuestras amigas, Claudia se levantó y tomándome del brazo se disculpó porque "..íbamos al tocador"... -¡Ahora me terminas de contar, Moniquita!- me dijo en tono imperativo mientras caminábamos al sitio en cuestión. Yo sólo sonreí divertida por la reacción de mi amiga. Refugiadas en aquél lugar, continué contándole mi caso de la manera más breve por las circunstancias. Tras demasiados minutos, tuvimos que interrumpir la plática, para no causar extrañeza entre las chicas. -¡Después de aquí nos vamos a tu casa para que me platiques "..como Dios manda"..!- me dijo.

Terminamos aquella reunión más temprano que de costumbre y, tras disculparnos porque teníamos "..unos pendientes".., nos dirigimos a mi casa. Ya instaladas, proseguí con mi explicación. Insistió en ver los relatos y los correos de "..mi hombre".., como le llamó a Fer, así que nos conectamos a Internet. -¡Sabíamos que eras una mosquita muerta, pero nunca imaginé esto de ti!- me dijo sorprendida mientras leía algunos mails. No entendí si debía apenarme o enorgullecerme por aquella frase, preferí lo último. -¡Tienes que conocerle!- me exhortó. -¿Porqué crees que deba hacerlo?- le pregunté intrigada. -"..¡Porque ahí está!".. - me respondió evocando aquella famosa frase relacionada con un alpinista del Everest. -Si quieres te acompaño, ¿sabes dónde hallarle?-. Se supone que no, pero por uno de sus mails estoy casi segura de dónde trabaja, pero mejor le mando un mail ¿no?.- respondí. -¿Estás loca? Si sabes dónde hallarle mejor vamos a buscarlo, así lo conocerás hoy mismo- me replicó exaltada. -¡Oye, pareciera que tú estás más ansiosa de conocerle que yo!- le recriminé en tono de broma. -Tú tienes la culpa "..chulis".., para qué me presumes las cosas que te escribe- me respondió al tiempo que salíamos de mi casa.

Una hora, dos mentiras (a los tipos de seguridad) y tres preguntas de referencia después, nos encontrábamos frente a lo que parecía ser la oficina de Fer. -Esa debe ser su secretaria, ¡ándale, dile que venimos de la contraloría, que debemos hablar con él!- me azuzó con impaciencia. A los pocos instantes entrábamos a aquel despacho. Junto al escritorio se erguía alguien apuesto y elegante, debía ser él. - Hola, soy Mónica - se apresuró a saludarlo mi amiga. ¡El y yo nos quedamos "..de a seis"..! "..¡La pilla se quiere hacer pasar por mí!".. pensé yo. "..¡Vaya, es diferente de cómo me había dicho que era!".. debió pensar él, pero caballeroso y con nerviosismo notorio se le acercó para saludarla de beso. -¿Y tu amiga?- le inquirió con extrañeza. Estuve a punto de decirle la verdad, pero ante mi duda Claudia se me adelantó: -¡Ah!, perdóname, una amiga que quiso acompañarme... Claudia- dijo con descaro. Pude haber aclarado las cosas en ese momento, pero la situación me pareció divertida y decidí seguir el juego de momento. -¿Y cómo dieron conmigo?- preguntó con un signo de interrogación en el rostro. -Como lo haría Sherlock Holmes- respondí adelantándome a mi amiga, evocando algunos mails, con una sonrisa en mi cara y mirándole fijamente a los ojos. Se me quedó viendo, como comparándome con la descripción que tenía de mí y comprendió entonces la verdad. Sabía que una respuesta como la que le había dado debía venir de su verdadera ciberamante. Con un guiño me hizo entender que lo sabía todo. Dentro de mí pensé "..se te acabó el jueguito, Claudis"...

Nos invitó unas copas y nos sentamos a platicar en la salita de su oficina. Que si el clima, que si la inseguridad, que si las elecciones, ... hablábamos de todo menos de lo que más nos hubiera gustado en ese momento. A pesar de ello, disfruté mucho los minutos, pues tenía ante mí al mejor amigo íntimo que jamás he tenido.. le acababa de conocer en persona y no podía quitarle la vista de encima. Roto el hielo, empezamos a tocar temas menos solemnes, bromeando sobre las cosas que dijimos que haríamos cuando nos conociéramos o evocando las alocadas andanzas de nuestras fantasías escritas. En esas estábamos cuando Claudia, oportuna, se levantó y solicitó acceso al baño de la oficina.

Con el cerrar de aquella puerta desapareció nuestro freno. Fer pidió a su secretaria no ser interrumpido hasta nuevo aviso, tras lo cual nos inundó un profundo silencio. Nuestras miradas se cruzaron como intercambiando todo tipo de "..indecencias".., nos paramos y nos fundimos en un ardiente abrazo. Por fin, sus labios en los míos apretándose con fruición desenfrenada.. su pecho en mis senos, que ayudados por la ausencia de sostén se erguían orgullosos al sentir aquella deliciosa fricción.. mi vientre, pegado a él, sentía un exquisito relieve en su cuerpo.. su irrespetuosa mano en mi trasero presionándome hacia él, la mía en el suyo impulsándolo hacia mí...

Finalmente iniciaba nuestro momento, aquel que por meses se había movido entre el temor y la esperanza. No soporté más, tomé su mano y la cobijé debajo de mi falda, ansiosa por sentirle en mí.

Diligentes, escurridizos y traviesos, sus dedos se desplazaron bajo mi holgada prenda, cual exploradores ansiosos por reconocer colinas y cuevas, manantiales y refugios. Escudriñaron curiosos, topándose en cada momento con mis pantimedias, que inoportunas y chocantes impedían su libre accionar. No les importó. Con astucia bendita incursionaron lo suficiente para, entre todos ellos, retirarla de mí. Ahora podían brincotear libremente entre mis lomas y mi bosque, e internarse en él. Sólo tenían que colarse irreverentes por debajo de mi otra prenda, la pequeña, ya húmeda, para introducirse generosos en mis íntimas cavidades, induciéndome las más maravillosas sensaciones.

Mientras esto ocurría le acaricié en el vértice de sus piernas, donde firme y señorial se erguía su mástil de placer. Mis dedos no quisieron ser menos que los suyos y, tras liberarle de su textil prisión, le envolvieron sumergiéndole en afanoso vaivén. 

En ese estado de mutua complacencia estábamos, cuando de reojo noté la presencia de mi amiga que, habiendo regresado, observaba atónita y excitada el inmoral espectáculo. Sentí el impulso de interrumpir aquello y disculparme apenada, pero no lo hice. Pudieron más mis deseos de seguir sintiendo aquellos benditos dedos que me ingresaban complacientes. Ella debió dudar sobre qué hacer, pero conociéndole, imagino que lo último que pensó fue en abandonar aquella oficina indignada y ofendida. En cambio, atraída por un guiño de él, se acercó a nosotros con cierta indecisión. Para facilitar las cosas, Fer colocó su mano en mi cabeza presionándola con ternura al tiempo que tomaba asiento. Entendí sus deseos y en consecuencia la humedad hizo presa de mi boca. Instantes después me encontraba hincada a sus pies recorriendo con mi lengua su sensual carnosidad, esa que tantas veces había imaginado que mis dedos eran mientras leía sus correos.

Claudia y él, entre tanto, se enfrascaron en vigoroso beso. El manoseo no tardó en llegar. Imagino que en su ansiedad por sentirle de manera directa, Claudia se deshizo de toda su ropa con envidiable rapidez. Comprobé entonces mis fundadas sospechas de que era sumamente diestra en la materia. Así mismo, despojó a mi amigo de todo aquello que impidiera recorrer su afelpado pecho, a excepción de la corbata, que por "..enfermizas".. razones le dejó colgando.

Yo seguí degustando el delicioso manjar, mientras aquellos varoniles dedos se entregaban ahora al gozo de mi amiga, que menos discreta que yo, dejaba salir de su garganta gemidos que exhibían un alto grado de sensualidad que yo no hubiera imaginado. Aquella Claudia, sobrada y frívola, se revelaba ahora como un ser sensible y sumiso al placer que mi amigo le daba.

Quiso Fer cambiar de posición, seguramente sentía cercano su momento y deseaba prolongar aquella entrega. Se levantó y me puso a mí, aún hincada en el piso, flexionada sobre el asiento del sofá. Hizo que Claudia se sentara en el respaldo del mueble, arriba de mí, de frente a él, las piernas abiertas y los pies en mis costados. Entendí lo que buscaba y la entrepierna se me hizo agua. ¡Por fin le sentiría dentro de mí! ¡Por fin aquellos sueños impuros cobrarían realidad! 

Finalmente sentí el ingreso de aquella celestial carnosidad. Conforme se abría paso, me llegaban deliciosas oleadas de placer, de todo tipo de placer. Del placer físico, ese que bondadoso premia nuestra carne, y del placer mental, el que nos eleva al trono de la satisfacción, a la punta del Everest.. el que hizo sentirme dueña de Fer, aunque fuera por ese rato.

Mientras arremetía sobre mí, sus manos, afectuosas, recompensaban mis senos que arrogantes y agradecidos se erguían en su honor. Su boca la dedicó a Claudia. Por las reacciones de ella, comprobé que, como imaginaba, aquella mente capaz de escribir cosas tan bellas en los mails, debía ser dueña de una lengua deliciosa. Saber que la entrepierna de mi amiga fue visitada antes que la mía por aquel generoso y húmedo músculo me incomodó, pero entendí que no podría tenerlo todo. Me confortó con creces el delicioso vaivén que detrás de mí ejercía el diligente miembro de mi amante.

Claudia llegó. El emotivo grito que su garganta no pudo contener y la inevitable presión que sus muslos ejercieron sobre la cabeza de él así lo evidenciaron. De inmediato noté que el momento de Fer también se acercaba, seguramente contagiado de excitación por mi amiga. Hizo el intento de retirarse de mí, con el propósito de vaciar su esencia fuera, pero no lo permití. Había imaginado tantas veces fluir aquel preciado líquido dentro mío, que no podía admitir su desperdicio. Le sujeté como pude y, gentil, se vino dentro de mí colmándome de líquido, pero más de gozo.

Permanecimos reflexivos por algunos instantes. Los tres sabíamos que lo que acabábamos de hacer era "..impropio"... Ni siquiera nosotras imaginábamos terminar en eso cuando decidimos visitar a Fer, pero el sexo es mágico.

 

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