La aparición
Enviado por Anonimo el día Miércoles 31 de Diciembre de 1969
 

Antiguamente se creía que los seres humanos tenían un espíritu que les acompañaba a lo largo de toda su vida. Unos lo llamaron demón, otros angel de la guarda, y la mayoría ni siquiera creyeron en él. Sin embargo, incluso en una época tan incrédula y antiartística como la nuestra ocurren a veces sucesos extraños en los que ciertas personas creen haber visto uno de estos espíritus que velan por nuestra felicidad. Como lo extraordinario de estos hechos los hace significativos e interesantes, me he animado a explicar un extraño suceso en el que se puede comprobar la inesperada ventaja que puede llegar a tener para nuestra felicidad creer en fantasmas. 

Las personas afectadas por este extraño suceso son un grupo de amigos: Clara, José, Ana, Óscar, Pedro y Cristina. Cristina y Pedro son matrimonio y tanto Ana con Óscar como José con Clara forman dos "..parejas de hecho".., por usar la expresión de moda. Sus costumbres liberales les unen con frecuencia en el piso de alguna de las parejas, en el que se dedican a variar la monotonía diaria a base de romper momentáneamente sus vínculos y realizar un nuevo reparto de cónyuges.

Estas orgías, todo hay que decirlo, son bastante sencillas, y no pasan del simple intercambio de parejas, con el único aliciente de que todos pueden verse al mismo tiempo, de modo que Ana puede contemplar como Óscar le pone los cuernos con Clara, al tiempo que Pedro ve a Cristina, su respetable esposa, fornicando con José mientras él mismo no se priva de calmar los deseos de Ana. Todo un modelo de buena convivencia. 

De este modo tan liberal iban pasando muchos de los fines de semana, sin que estas reuniones deparasen a sus participantes otro atractivo que unos placeres sensuales bastante simples, sazonados con el pequeño morbo del intercambio, hasta que un día ocurrió algo especial. 

La orgía (por así llamarla) comenzó del mismo modo aburrido y convencional de otras noches. Después de una cena en la que se consumió bastante alcohol (aunque no el suficiente como para emborracharse) y una breve conversación sobre diversos temas triviales que, en el fondo, no interesaban a nadie, alguien sugirió que ya era momento de pasar a la acción. 

Comenzó Pedro besando apasionadamente a Clara y magreándola para excitarla.

Las otras dos parejas se unieron a la acción, José con Ana y Óscar con Cristina.

En menos de cinco minutos estaban todos ya casi completamente desnudos y dedicados a cosas más serias que los besos y las caricias. Pero en este momento, cuando ya las mentes comenzaban a nublarse por la excitación, es cuando se separan los testimonios de nuestros protagonistas, por lo que debo reproducir sus explicaciones por separado. Les dejo, pues, la palabra a ellos. 

El suceso según Ana: 

Una vez me desembaracé de mi vestido, me puse a cuatro patas para que José pudiera follarme libremente. Yo me froté un poco para acomodar la entrada y abrirle los labios, de manera que todo comenzase del modo más suave. 

Mientras lo hacía, podía sentir sus manos sobre mis glúteos e incluso el contacto de su verga con diversas partes de mi entrepierna. Comencé a sentir cómo lo iba paseando por toda aquella zona, restregándolo cotra la vulva, los glúteos y el ano. En éste último se entretenía especialmente, lo cual me llamó la atención. Todo iba quedando húmedo al contacto con sus flujos y me pareció que también usaba su saliva. 

Entonces fue cuando me giré y pude contemplar al hombre que me estaba haciendo todo aquello: No era José, sino un joven al que nunca había visto, rubio y con ojos azules, que me miraba lánguidamente, de un modo muy sensual.

Naturalmente, me quedé petrificada, sin saber que hacer. Antes de que pudiese reaccionar, hundió su aparato en mi culo con contundencia, pero al mismo tiempo con suavidad. La sensación que me invadió entonces, sería difícil describirla. Lo cierto es que desde siempre había deseado que me penetrasen de aquella forma, pero nunca me había atrevido a pedírselo a nadie, ni siquiera a Óscar. 

Me preguntaba constantemente cómo sería, qué se sentiría. Esta fue mi oportunidad y la verdad es que me cautivó. Aunque sentí un cierto dolor al principio, en cuanto comenzó a moverse aquel pedazo de carne dentro de mis entrañas, fue tan grande el placer que sentí que no recuerdo haber disfrutado de nada más intenso en mi vida. Me pareció que todas las experiencias, todos los deleites vividos a lo largo de estos años no eran nada comparados con aquellos segundos deliciosos. Él se movía con un ritmo perfecto, suficientemente rápido como para agradarme y no tan rápido como para molestarme. 

Supongo que debería haberme alarmado en cuanto me di cuenta de que había un extraño participando en la orgía y que estaba dispuesto a encularme, pero por alguna razón no lo hice. La sorpresa inicial me paralizó, y el placer siguiente me rindió. Mi mente me abandonó en aquel momento, como si todo mi ser se esforzase en vivir las sensaciones que se me brindaban, en lugar de reflexionar sobre la situación en la que me encontraba. 

Me masturbé un poco para completar aquella sensación divina, pero no pude aguantar mucho rato: era tan grande mi excitación que me corrí sin remedio, dando grandes alaridos, como nunca había hecho (pues suelo ser muy discreta en el amor), y me quedé tendida boca abajo, mientras mi alma vagaba por el séptimo cielo. Él, que había eyaculado, llenándome con su leche, sacó su aparato de mi trasero y, cuando me volví para mirarlo, había desaparecido. Ví a José tumbado en el suelo con el pene ya flojo y chorreando semen. Pero luego me contó que él no me había hecho nada. 

El suceso según Óscar: 

Lo primero que hizo Cristina en cuanto me quité la ropa fue engullir mi verga hasta el fondo de su garganta. Siempre ha sido una gran mamadora y no tardó ni cinco segundos en ponerme a cien. Yo, que estaba tumbado boca arriba, cerré los ojos para disfrutar de aquel placer divino, esperando que ella misma me pidiese hacer otras cosas. Fue entonces cuando noté el contacto de un cuerpo carnoso con mis labios. Abrí los ojos y vi que era un hermoso miembro viril, ya erecto y húmedo, que se había paseado ligeramente por mi cara, humedeciéndome un poco los labios y una mejilla con sus flujos. Pero lo que aún me dejó más paralizado fue que su propietario no era ninguno de mis compañeros de juergas, sino un joven rubio, de ojos azules. Su aspecto era dulce y agradable, y tenía una mirada lánguida y sensual. 

No sabría decir que fue lo que sentí en ese momento. La verdad es que nunca me han gustado los hombres, pero sí sus miembros. La idea de manosear una verga, masturbarla, chuparla, siempre me había resultado turbadora, auque nunca lo suficiente como para intentar una experiencia con otro hombre, pues el cuerpo masculino no me resulta atractivo, en general. Siempre me han gustado mucho más las mujeres. 

Pero aquel joven... me la ofrecía tan deliciosamente, tenía un aspecto tan agradable, una mirada tan lánguida. Me quedé indeciso, y fue él mismo quien puso su aparato en mi boca, la cual no opuso ninguna resistencia para que entrara, con lo que en un abrir y cerrar de ojos me encontre chupándole la polla a un hombre, por decirlo sin tapujos. No estaba tan mal, y de hecho me resultaba chocante y excitante al mismo tiempo sentir aquel pedazo de carne llenándome la boca y amenazándome con introducirse hasta el fondo de mi garganta. 

Como la cosa ya estaba hecha y la primera impresión me había cautivado, decidí probar a continuar. El sabor de un miembro masculino es delicioso. 

Quienes no lo han probado, hacen ascos como si tuviese mal sabor, pero no es cierto. 

Tanto el sexo femenino como el masculino tienen muy buen sabor si estan recién lavados, y de ahí que en todas las épocas y países haya habido siempre tantos aficionados a chuparlos. Sin embargo, el masculino tiene la ventaja de que puede saborearse sin que los pelos estropeen la experiencia y, además, tiene el aliciente de la eyaculación, siempre imprevisible, que pone una nota más lubrica si cabe a la escena. Por otro lado, quizás haya quien argumente que es algo más agradable engullir un cuerpo carnoso que lamer un agujero, pero en fin, vuelvo a mi descripción de los hechos. 

El caso es que sus movimientos y los míos se fueron acompañando a las mil maravillas hasta componer una felación perfecta. Yo, que ya no notaba la boca de Cristina, me iba masturbando mientras él introducía su verga hasta mi garganta.

Tanto me excitaba aquello que acabé corriéndome sin remedio. Él sacó su miembro de mi boca en ese mismo instante y arrojó unos deliciosos chorros de semen, que dejaron toda la cara completamente mojada. Yo cerré mis ojos para que el líquido no me entrase en los ojos y, cuando los abrí, el joven había desaparecido. Allí sólo estaban mis habituales compañeros de orgías, tumbados de diversas maneras. 

El suceso según Clara: 

Pedro había comenzado a besarme tan fogosamente que yo ya estaba loca por pasar a otras cosas, pero él seguía con las caricias para calentarme aún más. En cierto momento nos quedamos abrazados, recorriéndo con nuestras manos las espaldas del otro, y yo cerré los ojos mientras apoyaba mi cara contra su hombro izquierdo. Pero al separarla de nuevo y abrir mis párpados, vi que aquél hombre que me abrazaba no era el mismo de dos segundos antes. Ahora se trataba de un joven rubio, de ojos azules, que me miraba muy lánguidamente. Su aspecto era muy agradable y juvenil. Me miraba con una de esas sonrisas a medias, que sólo los amables libertinos saben mostrar. Yo estaba paralizada, como un pajarillo ante una cobra, y él se abalanzó suavemente sobre mí, de modo que quedé tumbada boca arriba, con su cuerpo sobre el mío. Me besó apasionadamente mientras sus manos recorrían mi cuerpo volviéndome loca. Lo hacía todo tan bien... con firmeza y delicadeza al mismo tiempo. Mi voluntad se rindió y le dejé hacer.

Entonces el se arrodilló a la altura de mi cintura, como si estuviese sentado sobre mi barriga (pero sin apoyarse sobre mi cuerpo, sino sobre sus rodillas) y comenzó a pasear su aparato por mis pechos mientras sus manos los oprimían para que formaran un estrecho pasadizo. Por decirlo sin circunloquios: quería follarme las tetas. 

A mí me calentó enormemente la idea. Siempre he estado muy orgullosa de mi delantera, que todos los hombres encuentran sensacional, tanto por su volumen como por su firmeza. Me encanta ver cómo les vuelven locos mis pechos y cómo juegan con ellos, por lo que una de mis fantasías ha sido siempre que un hombre los usase para masturbarse. Desgraciadamente, nunca me he atrevido a pedírselo a ninguno, ni ninguno se ha atrevido a pedírmelo a mí. Y ahora este joven se había atrevido a intentarlo directamente, sin pedírmelo ni nada... pero es que igualmente

¿se lo habría negado yo acaso? 

Entonces me apreté yo misma los pechos para formar un pasadizo por el que el pudiera maniobrar. Mientras tanto, él, sin dejar de mover su aparato por entre mis tetas, me masturbaba con una de sus manos. Cuando ya la tenía bastante húmeda por mis flujos, la llevaba a mi boca para que yo misma los bebiera, mientras me masturbaba con la que le quedaba libre, y así continuamente. Por lo mojados que llegaban sus dedos a mi boca pude comprobar que me encontraba muy excitada, y no era para menos. Estar realizando mi fantasía preferida mientras él me masturbaba tan sabiamente, era como estar en el cielo. Al cabo de un rato me corrí como una loca y él, no sé por qué divina coincidencia, lo hizo al mismo tiempo que yo, lanzando chorros de semen sobre mi pecho, mi cuello e incluso mi cara. Miré por un momento mis pezones, sobre los que habían caído algunas gotas, y me resultó muy delicioso encontrarme en ese estado. Pero cuando volví a levantar la vista, comprobé que él ya no estaba encima mío. Mis compañeros estaban dispersos por diferentes lugares de la sala, y ninguna persona se encontraba a menos de un metro de mí. 

El suceso según José: 

Después de unos cortos preámbulos, Ana se puso a cuatro patas esperando que yo aprovechase aquella postura para inciar el... coito, por decirlo así. Vi que ella preparaba sus labios para facilitarme la entrada y decidí darme unas cuantas sacudidas antes de atacar, pues aún mi erección no era perfecta. Pero mientras observaba mi verga para comprobar si se encontraba en el estado óptimo, comencé a sentir unas suaves caricias por mi espalda y mis glúteos. 

Supuse que eran Clara o Cristina, que de pronto habían decidido cambiar de pareja, pero no le di mucha importancia. Cuando sí que se la di fue al notar que las caricias se ampliaban a la entrada de mi culo, y que el contacto que sentía no era sólo el de unas manos, sino el de un pene que rastreaba mi trasero en busca de dicha entrada. Giré la vista y vi a un chico rubio, de ojos azules y de aspecto muy juvenil.

Su mirada era lánguida y provocativa. La sorpresa de ver a un desconocido, lo agradable de su aspecto y de las carícias que me había hecho, las intenciones que adivinaba en él, la excitación en la que me encontraba... todos los factores se agolparon en mi voluntad dejádola embotada. Mi mente estaba anulada ante lo insólito del suceso y lo excitante de la situación. Pero antes de que mi cerebro fuese capaz de crear una idea, noté como acariciaba mi ano con sus dedos y lo mojaba, seguramente con alguna substancia lubricante. Esta nueva sensación placentera me sobrecogió y, no sé por que, la erección que había estado intentando voluntariamente unos segundos antes, me asaltó de golpe involuntariamente. De pronto su verga se introdujo firmemente en mi culo, aunque con la delicadeza necesaria para no hacerme daño. Al mismo tiempo sus brazos me rodearon y una enorme ola de placer invadió todo mi cuerpo. 

Debo decir que siempre me había resultado intrigante conocer las sensaciones que provocaba la sodomía pasiva. Aunque lo que me gustan son las mujeres, no podía dejar de lamentarme por no tener ocasión de experimentarla alguna vez, pero lógicamente nunca me atreví a pedirle a nadie que me enculara, entre otras cosas porque en realidad no me gustan los hombres, sólo buscaba aquella sensación. 

Y en ese momento, ese joven tan agradable me estaba proporcionando el placer soñado del modo más delicioso, hasta el punto de que parecía como si todo mi ser se hubiera reducido a mi culo, como si toda mi sensibilidad se hubiese concentrado momentáneamente en ese punto para absorber las sensaciones de aquel instante singular. Sin embargo, no podía durar mucho. Era tal mi excitación que, cuando me comencé a masturbar para complementar el placer que me estaba dando aquel joven, me sobrevino irremediablemente el clímax, que fue delicioso. Sus brazos se separaron de mi cuerpo y su verga salió, mojándome de semen en ese mismo instante. Yo caí tumbado boca abajo sobre el suelo, como en estado de trance. Había conseguido una especie de nirvana, y sólo pensaba en lo agradable que había sido. Cuando me giré, el joven ya no estaba allí, pero su leche aún mojaba mis glúteos, prueba evidente de que el suceso había tenido lugar. 

El suceso según Cristina: 

Comencé a chupar a Óscar para ponerlo a cien. Estaba bastante excitada y muy impaciente por comenzar, de modo que puse todo mi empeño en la labor. 

Pero mientras me dedicaba a ello, noté que alguien me daba una palmada en mi glúteo derecho, con bastante firmeza, mientras con otra mano comenzaba a frotarme la vulva. Supuse que sería Pedro, mi marido, que pretendía provocarme, aunque me extrañó un poco, pues él siempre ha sido muy correcto conmigo, incluso demasiado. A menudo me asaltan fantasías en las que imagino ser poseída por un motón de hombres y gozar de todos ellos a la vez. Nunca he podido satisfacerla, pero al menos estas reuniones calman un poco mis ansias, aunque a mí me gustaría que fuesen más salvajes. Desgraciadamente, Pedro es un hombre bastante formal, y a duras penas accedió al principio a llevar a cabo estas prácticas, aunque luego le gustaron bastante y no puso objeción. 

Me giré intrigada por saber si se trataba de Pedro o de José, pero me llevé una sorpresa al comprobar que no era ni uno ni otro. Se trataba de un hombre de aspecto muy juvenil, rubio y con los ojos azules. Me miraba lánguidamente, con esa mirada provocadora que sólo se manifiesta en las almas auténticamente libertinas. Yo me quedé petrificada, y antes de que me diera cuenta, ya me estaba manoseando las tetas, mientras continuaba masturbándome. A mí me producía una cierta excitación eso de ser magreada por un desconocido que, todo sea dicho, tenía un aspecto muy agradable. Me olvidé completamente de Óscar y lo miré a él, con su aparato completamente erguido, amenazante. 

Entonces me dió la vuelta para que se la chupase y yo me dejé llevar como una muñeca. Él seguía tocándome las tetas con una mano, pero con la otra no se limitaba a masturbarme, sino que también se ocupaba de mi culo. En efecto, sus dedos índice, medio y anular se introducían en mi ano mientras con el pulgar frotaba mi clítoris, dándole un ritmo frenético. Yo mientras tanto chupaba su aparato, que estaba delicioso. Nuevamente me hizo girar y esta vez me penetró, mientras seguía tocándome las tetas y de vez en cuando me introducía sus dedos en la boca para que yo pudiera chupar mis propios jugos. 

Al cabo de pocos segundos sale de donde está y se introduce esta vez en mi culo, dándome nuevas dosis de placer. Así fue alternando durante varios minutos, penetrándome y manoseándome de varias maneras. Parecía que estuviese siendo poseída por diez hombres en lugar de uno: tanto arte ponía en su labor. 

Por fin se produjo la eyaculación, y aquí vale la pena mencionar el cuidado con el que procuró que cada chorro cayera en un lugar distinto de mi cuerpo. En cuanto acababa una andanada de semen, se movía para dirigir su chorro hacia otro sitio, de tal modo que, cuando acabaron las siete descargas que tuvo, había muestras de su leche por todo mi cuerpo. Yo disfruté como una loca, y el verme así, cubierta de semen, fue la guinda que coronó una experiencia inolvidable. Pero cuando aparté la vista de mi cuerpo, ya no le encontré, y en su lugar vi a Óscar, que, para sorpresa mía, tenía también su cara cubierta de semen. 

El suceso según Pedro: 

Todo comenzó cuando intenté excitar a Clara a base de besos y caricias. 

Esa noche tenía ganas de hacerlo con ella y me interesaba calentarla al máximo.

Estaba disfrutando bastante de estos preámbulos cuando de pronto, Clara se separó violentamente de mí. Me quedé extrañado y me pregunté a qué venía aquella reacción. Entonces ella se tumbó boca arriba en el suelo y comenzó a manosear sus propias tetas, como si estuviese intentando aprisionar algo con ellas.

Yo la miraba alucinado, y realmente creí que se había vuelto loca, pues tenía la mirada perdida, como si estuviese en estado de trance. Entonces me giré hacia los demás por si alguno estaba contemplando la misma escena y podía ayudarme a comprenderla, pero.. ¡Oh Dios mío!, todos se encontraban en un estado semejante.

Cada uno se encontraba aislado en un lugar distinto de la sala y se movía como si alguien estuviera haciéndole algo, pero en realidad no había nadie, o al menos no se veía: todos parecían estar fornicando con fantasmas que yo no era capaz de ver... o quizás era yo el que me estaba volviendo loco y estaba soñando todo aquello. Cerré los ojos y agité la cabeza, como queriendo despertar de una pesadilla. Mientras los iba cerrando escuché gritos de placer o quizás de dolor, pues eran realmente violentos, como si todos hubieran estallado a la vez en un violento orgasmo. Y cuando los abrí, los vi a todos tumbados en diversas posturas, ya calmados y con los ojos cerrados. Ana y José tenían semen en el culo, Óscar en la cara, Clara en el cuello y las tetas, y Cristina, mi esposa, por todo el cuerpo.

Nunca la había visto así. Parecía una zorra que hubiese acabado de gozar de diez hombres a la vez. Lo que me contaron todos ellos más tarde, nunca pude acabar de creérmelo, y a menudo me he preguntado por qué fui yo el único que vivió aquella experiencia de modo diferente.

 

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