La gran orgía.
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

Eran las dos de la mañana.
Mi mujer y yo habíamos estado haciendo el amor durante toda la noche, y, a pesar de lo mucho que quiero a mi mujer y lo bien que sabe hacerlo, yo no había disfrutado al cien por cien.
Al día siguiente era nuestro segundo aniversario de boda, y como yo no soy un hipócrita, le confesé a mi mujer que me gustaría realizar un intercambio de parejas, hacer el amor con otras personas, a lo que siempre contestaba con evasivas, Alberto, que dices, Alberto lo otro, ...y entonces yo tenía que dejar el tema.
Por la noche invitamos a cenar para celebrar nuestro aniversario a un matrimonio amigo nuestro: Miguel y Ana. Yo había hablado con él sobre este tema, y tanto él como su mujer estaban deseando el montar una orgía, pero como mi mujer no estaba por la labor, lo habíamos dejado hasta que pudiera ser.
La cena transcurrió con normalidad, hasta el momento en que brindando con champan, mi mujer, Marta, se manchó el vestido, de modo que fué al baño para limpiarse la mancha, siendo acompañada por Ana.
Lo que no pude sospechar es lo que paso dentro del baño. Ana empezó a limpiarle el vestido a Marta, y para limpiarlo mejor, le desabrochó los botones superiores del vestido, dejando entrever los pechos de mi mujer, que si bien no son exagerados, son muy redondeados y suaves, y Ana empezó a lamerle los pezones.
Marta, al principio se extrañó, pero luego comenzó a excitarse, y subiéndose el vestido hasta la cintura, empezó a masturbarse el coño con una mano, rozándose sus labios mayores y el clítoris, mientras con la otra hacia lo propio en el coño de Ana. Marta, poco acostumbrada a este tipo de relaciones, no tardó en correrse, dejando escapar por su vulva abundante líquido, de color ocre y un intenso olor y casi un momento después, se corrió Ana.
Mientras tanto, Miguel me había comentado la existencia de una agencia de intercambio de parejas, de modo que me dió la dirección y fuí al día siguiente.
El encargado de la agencia se llamaba Jaime.
Como la mañana estaba despejada de clientes, había llamado a su secretaria para que le hechase una mano (¡y lo que hiciera falta, vamos!).
Toñi no era precisamente una tía de estas que esta buenísima, pero si tenía buen cuerpo y mucha experiencia jodiendo, ya que tanto Jaime como Toñi hacían servicios cuando era necesario.
Cuando entró al despacho de Jaime, sin decirle nada, le bajó los pantalones y comenzó a chuparle el pene, moviéndolo rítmicamente, mientras Jaime la cogía de la cabeza y ayudaba con un movimiento de mete y saca.
Se notaba que Toñi no era la primera vez que lo hacía.
Chupaba su glande y ejercía una presión con los labios de modo que el rozamiento era mayor. Cuando llevaba un rato chupándosela, la subió encima de la mesa y comenzó a penetrarla por el culo, a toda velocidad, mientras ella gemía de placer. Las embestidas de él no tardaron es surtir efecto, de modo que ella se corrió, al tiempo que el le sacaba el pene del culo y se lo introducía por el coño, para comenzar de nuevo a martillearla, alcanzando ella de nuevo un orgasmo, y entonces él se la saco de su afeitada cueva y se la metió en la boca para correrse abundantemente dentro de ella, que se tragó gustosamente lo que le habían regalado.
Como llegaba la hora de la visita conmigo, se sentó en su sillón sin guardarse el cacharro, y ella se puso debajo de la mesa para continuar chupándosela.
Al entrar , sin percatarme de lo que estaba pasando debajo de la mesa, y después de las presentaciones pertinentes, le describí la situación en la que me encontraba, sin poder realizar mis fantasías sexuales, de modo que me enseño un catálogo con un montón de mujeres imponentes dispuestas a lo que hiciera falta, y después de convencerme y hacer el trato, empujó debajo de la mesa a Toñi, de modo que ésta me la sacó y empezó a chupármela ante mi asombro, y he de reconocer que ella sabía lo que hacía, porque no tardé mucho en inundarle la boca de esperma, y que tampoco dejó escapar ni una sóla gota.
El trato entre Jaime y yo consistía en que Toñi y él se presentarían en mi casa como unos amigos míos, y tanteando a mi mujer, intentarían convencerla.
Cuando estábamos todos en mi casa, invite a bailar a Toñi, comenzando a sobarla descaradamente, primero pasando mis manos por sus muslos, y luego por el resto del cuerpo. Jaime, mientras, convenció a mi mujer para que bailase, pero al intentar imitarme, recibió un guantazo en la cara, ya que ella no quería colaborar. Intenté hablar con ella, pero no quiso, y se sentó en el sofá, que son de esos de rinconera, así que como ella no quería participar, nos desnudamos el resto, de tal forma que Jaime se sentó en el sofá, Toñi se puso encima de modo que Jaime la penetrase por el coño y yo la penetrase por el culo, mientras mi mujer miraba indiferente la escena.
Empezamos a martillear a Toñi a un ritmo frenético, haciendo que ella gimiera de placer y diciendo -¡siii, jodedme así, siii, más rápido, ahhh, que gusto!-. Mientras, mi mujer, que parecía indiferente, comenzó a pasar sus dedos por su vulva, que debido a su excitación por lo que estaba viendo, estaba derramando ese flujo caliente que llenaba su mano y empezaba a gemir suavemente, mientras que nosotros nos corríamos en el interior de Toñi, que decía: -¡¡sii, dadme vuestra leche mientras me corro, ahh, que placer, que pedazo de pollas, vamos, seguid!!- y después de corrernos, se puso de rodillas, y cogiendo un pene con cada mano empezó a chupárnoslas otra vez. Mientras chupaba una, masturbaba la otra, y al contrario, hasta que nos corrimos los dos otra vez.
Al día siguiente, como el primer intento no había funcionado, fui otra vez a la agencia, y Jaime me aconsejó una chica, Isabel, que siempre estaba dispuesta a hacerlo todo. Me dió la dirección y fuí a probar fortuna otra vez.
La tal Isabel era una ninfómana, de esas que a la menor oportunidad están intentando hacer el amor contigo, de modo que cuando llegue a su casa, me estaba esperando con un camisón transparente de color negro, que dejaba entrever un conjunto de sujetador y liguero rojos, con medias negras. No llevaba bragas ni nada por el estilo, por lo que a través del camisón pude observar su coño depiladito.
Cuando intente hablarle de la situación en que nos encontrábamos mi mujer y yo, sin prestar atención a lo que le decía, me llevo a su dormitorio y me tumbó en su cama, y sin dejarme decir nada, me soltó el cinturón y me bajo los pantalones, comenzando a chuparme el pene con frenesí. En ese momento deje de hablar de mis problemas y entré en acción.
Terminé de desnudarme y le desabroché el sujetador, dejando a mi alcance unos pechos bastante grandes, que enseguida comencé a lamer y a chupar. Después baje mi lengua hasta su coño, y para que ella no estuviera inactiva, empezamos a hacer un 69, estando yo debajo y ella encima, de modo que volvió a chupármela, mientras yo hacía lo propio en lo suyo, introduciendo mi lengua entre sus labios mayores y deslizándola suavemente por su clítoris, que estaba a punto de reventar.
Tras pasar un rato en esta posición, ella se incorporó y se puso de rodillas, y cogiendo mi pene, se lo introdujo por su coño, empezando a cabalgar violentamente, mientras que yo tocaba sus tetas que mis manos eran incapaces de abarcar, tal era su tamaño, y ella no dejaba de gemir y de decir: -¡¡ay, si, ay que bien follas, ay, si, métemela más, hasta el fondo!!-. Viendo lo cachonda que estaba y lo bien que me lo estaba pasando, la levante un poco y se la introduje por el culo, a lo cual ella respondió con un gemido de infinito placer, y empezó a correrse y a gemir con más fuerza, y entonces me corrí yo, inundándola con mi blanco esperma.
Cuando terminamos la juerga, convenimos en el plan a llevar a cabo para convencer a mi mujer de los placeres del intercambio de especies.
Este plan consistía en que Isabel se haría pasar por una compañera mía de trabajo, a la cuál le había dejado el novio, y estaba muy desconsolada, y yo, como buen compañero de oficina le había dicho que tenía que distraerse, y que mi mujer podría consolarla.
Pues bien, llevé a Isabel a mi casa y le presenté a mi esposa y le conté lo que le pasaba, las deje en el salón, y mientras, yo fingí que me salía a la calle a dar una vuelta, pero entre en una habitación que da al salón y empecé a observarlas por el ojo de la cerradura.
Al principio hablaron de cosas sin importancia, pero entonces Isabel dijo: -El amor entre mujeres es la única solución para mis problemas-, y empezó a desabrocharle la camisa a mi mujer, que aunque se resistió un poco al principio, accedió al final y se dejó llevar. Una vez desnudas (sólo llevaban el liguero y las medias puestas), comenzaron a explorarse mutuamente, mientras yo me masturbaba en la habitación de al lado.. al fin habían puesto cachonda a la antigua de mi mujer y yo ya estaba harto de no comerme una rosca. Mientras, Marta estaba realizando un servicio completo de limpieza en el coño de Isabel, que no dejaba de gemir y decir cosas en un tono muy bajito, y que no podía oír.
Como ya estaba todo en su punto culminante, entre al salón y Marta me ofreció el coño de Isabel, para que yo también pudiera chuparlo, cosa que hice inmediatamente. Como Isabel estaba muy cachonda, se quedó tumbada en el sofá masturbándose a gusto, y Marta comenzó a hacerme una de las mejores mamadas que me han hecho nunca, chupando mi pene mientras lo agitaba con extremada suavidad.
Entonces se levantó Isabel, y sentándose encima mía, la penetré por el culo, mientras Marta se encargaba de excitarle el clítoris, masajeándolo con dos dedos, a lo cuál respondía Isabel con unos audibles gemidos de placer. Cuando ya estaba a punto de correrme, Marta me la cogió y me la chupó para que pudiera llenar su boca con mi cremosa leche.
Era mi primera victoria.
Después de despedir a Isabel, nos fuimos a darnos un baño.
Siempre nos bañamos juntos, por si nos apetece hacerlo en la ducha, que a mi me parece uno de los mejores sitios para hacerlo. Entonces Marta me dijo que a partir de ahora estaba dispuesta a hacerlo todo, de modo que llame a mis amigos para celebrar la gran orgía al día siguiente, a la que acudieron Miguel, Ana, Jaime, Toñi, Isabel, y por supuesto, nosotros dos.
Como el sofá era grande, se adaptó perfectamente a nuestras necesidades.
En la izquierda Jaime y Ana estaban tumbados haciendo el siempre práctico 69, yo estaba sentado en el rincón mientras Isabel y Toñi me chupaban el pene, y a la derecha, mi mujer se la estaba chupando a Miguel.
Yo estaba disfrutando enormemente, ya que aquel salón empezaba a oler a sexo puro y duro, y el ruido de fondo eran los constantes gemidos de placer que se escapaban de nuestras gargantas. Ana estaba disfrutando de saborear el increíble paquete del que disfrutaba Jaime y a punto de correrse, se la sacó y le dió los últimos golpes para correrse en su pecho, y ella se lo restregó por el mismo.
Mientras Isabel y Toñi habían hecho un excelente trabajo en mi no menos voluminoso y duro aparato, así que me corrí en sus caras, y como Marta también sabe lo que es chupar, había hecho lo propio con Miguel.
Nos cambiamos de posición, adoptando la siguiente configuración: Miguel cogió a Isabel, y la subió encima de la mesa de comedor, empezando a martillearla por el coño. Jaime se encargó de Toñi y de Marta, que ofrecían su culo para que un rato en uno y un rato en otro, su pene las fuese penetrando. Mientras yo me encargué de poner a Ana a cuatro patas y comencé a metérsela por el culo, y todos seguimos haciendo lo que más nos gustaba hacer y poniendo en práctica lo que se nos pasaba por la mente.
Cuando terminamos y se fueron todos los invitados, con la promesa de volver a hacerlo, nos quedamos sólos Marta y yo, y me dijo: -Estoy dispuesta a hacerlo todo-, a lo cuál contesté: -eso es muy fácil-. -¿Cómo?-, me preguntó ella, y llevándola nuevamente al sofá, comencé a encularla con más placer que nunca. Marta comenzó a estremecerse de placer, y entonces la inunde con mi esperma, que ella sintió recorrer por sus entrañas. Aquel día había sido, sin duda, el mejor de mi vida.

 

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