El internado I
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

INTERNADO (PARTE 1ª)

Era viernes y, como todas las semanas al acabar la clase, Laura y Ana pasaban las últimas horas de sol en el jardín situado justo enfrente del edificio principal. A apenas unos veinte metros de ellas se alzaba, majestuoso, el gran pórtico de entrada al colegio, un antiguo edificio con aires de palacio, flanqueado a ambos lados por los módulos en los que se situaba la residencia de alumnos y profesores.. a la izquierda las chicas, a la derecha los chicos…

Como siempre ocurría, los segundos, los minutos, las horas, transcurrían entre risas y cuchicheos, comentaban todas aquellas cosas que carecen de importancia excepto cuando se tienen dieciséis años, cosas como aquel chico tan guapo, o lo mucho que les gustaría colarse algún día en el vestuario masculino, o lo mucho que odiaban a aquella compañera que iba de niña bien y sobre la que se rumoreaba que ya no era virgen… Ana se tumbó boca arriba, mirando al cielo que ya empezaba a oscurecer al tiempo que se enrojecía el horizonte, su bello rostro quedó medio cubierto por su sedosa cabellera rubia empujada por el viento que comenzaba a soplar… Laura miraba a su amiga detenidamente, sentía algo especial, no sabía que era, Ana era su compañera, su confidente, lo había sido toda la vida y miles de veces se habían prometido que aquello debía ser eterno, pero nunca había experimentado aquella sensación.. estaba como abstraída, nunca se había fijado en la estampa de su amiga, tumbada sobre el césped, con el uniforme del colegio que apenas dejaba entrever sus finas piernas tapadas en la mayor parte por la falda de cuadros y los calcetines azul marino, nunca había reparado en los pequeños y firmes pechos que se vislumbraban a través de la fina blusa de seda y que, a pesar del sostén, mostraban claramente unos pezones rojos y punzantes.

- Ana…

- Dime Laura.

- Déjalo, es una tontería…

- No me dejes así, ¿qué es? ¿qué quieres?

- No se si decírtelo… ¿me prometes que no te enfadarás?

- Sabes que entre nosotras no hay secretos, te prometo que no me enfadaré…

- Sólo quería pedirte una cosa… una tontería…

- ¡Habla! ¡No lo hagas tan largo!

- Pues… me da vergüenza… no te enfades… sólo es… ¿puedo tocarte? 

- ¿Tocarme? ¿qué quieres decir?

- Ya sabes… te estoy mirando y… me gustaría acariciarte… ¿somos amigas no? Y entre amigas eso es una cosa normal… o eso creo yo… 

- ¿Acariciarme? Claro, ¿porqué no? Claro que puedes acariciarme… tú lo has dicho… somos amigas.

Laura se inclinó ligeramente sobre su amiga y comenzó a deslizar con sumo cuidado su mano izquierda, acariciaba su cuello, sus hombros… parecía que no se atrevía a más…

- Hazlo, si quieres puedes acariciarme toda… yo no tengo ningún problema, recuerda que somos amigas…

Dicho y hecho, poco a poco la mano, totalmente abierta, comenzó a descender hasta situarse sobre los bonitos pechos de su compañera, iba dibujando círculos sobre la blusa blanca, como si no quisiera dejar un sólo centímetro sin palpar.. volvió a llevar la mano a la parte superior de la blusa y desabrochó el primer botón introduciendo la mano entre la seda blanca y el cuerpo joven e inocente de su amiga, sólo el sostén se interponía entre ella y su objetivo prioritario, estaba deseosa de tocar y pellizcar los pezones de su amiga, con mucha destreza desabrochó el cierre del sujetador y apartó la prenda a ambos lados, notó el calor que desprendía aquel cuerpo y, mirando fijamente a su amiga, esbozó una sonrisa de complicidad al tiempo que acariciaba cuidadosamente la sonrosada areola que rodeaba aquel juguetón apéndice que se endurecía y agrandaba por momentos…

- Me encanta tu cuerpo… es tan suave, me encanta ese calorcillo que desprendes, tienes unas tetillas encantadoras, prácticamente me caven en la mano… 

- Tú también me gustas mucho… Tengo que confesarte algo…

- ¿Qué es? Dime.

El diálogo no interrumpió en ningún momento las caricias que Laura regalaba a su amiga…

- Hace unos meses que me vengo tocando algunas noches…

- ¿Tocando? ¿Quieres decir ahí abajo?

- Sí…

- Yo también, por mucho que las monjas insistan no creo que sea nada malo, y… ¿en qué piensas cuando lo haces?

- Al principio solía pensar en los chicos ¿recuerdas aquello que te conté? Aquello de que vi a Roberto bañarse desnudo en el estanque… Pasé varias noches pensando en él… pero ahora… Llevo algún tiempo pensando en esto, imaginando como debía ser el tacto de tus manos recorriendo mi cuerpo y ahora por fin lo he descubierto… 

- Sí, ya lo has descubierto, dime ¿qué te ha parecido?

- ¡Fantástico! ¡Me encanta!

- Bueno, se hace tarde, deberíamos ir a dejar las carteras, pronto será la hora de cenar.

Ana se abrochó rápidamente la blusa, se puso en pié y dio una pequeña palmada en las nalgas a su compañera al tiempo que le guiñaba el ojo en señal de complicidad. Ambas se dirigieron risueñas y escandalosas, como de costumbre, a su módulo. Era un edificio algo más nuevo que el principal aunque debía tener alrededor de cien años, la planta baja albergaba el comedor (una gran sala con infinidad de mesas y unos largos bancos de madera presidida por un crucifijo situado en lo alto de la pared frente a la que se encontraba la mesa que habitualmente ocupaban las monjas) y una sala de reuniones, ambas estancias quedaban separadas por una gran escalera de mármol por la que se accedía a los dormitorios, eran dos inmensas habitaciones repletas de literas, cada una tenía dos pequeños armarios situados justo al lado, allí debían dormir cerca de doscientas chicas. Laura y Ana dejaron las carteras en el armario, dormían en la misma litera junto a una de las ventanas de la estancia, desde allí se dominaban visualmente los jardines y el estanque que rodeaban el colegio. Era pronto, así que se echaron un rato, ambas contemplaban el hermoso paisaje que las rodeaba al tiempo que la luz del sol iba desapareciendo, en parte por la llegada de la noche, en parte por las nubes que anunciaban tormenta. En apenas unos minutos los relámpagos comenzaron a hacer acto de presencia seguidos, casi al instante, de las primeras gotas de agua que pronto comenzaron a agruparse en formando pequeños charcos sobre el suelo terroso de los jardincillos…

- Creo que esta noche va a hacer mal tiempo Laura…

- Yo también lo creo, fíjate que relámpagos, parece el fin del mundo.

- Vamos abajo, haremos tiempo hasta la hora de cenar…

Se dirigieron a la planta baja del edificio, allí desde la puerta contemplaron el infernal espectáculo de rayos y truenos acompañados de una inmensa tromba de agua.. no estaban solas, otras chicas se agolpaban junto a los inmensos ventanales del comedor y de la sala de reuniones, en el edificio de enfrente se podía ver también gran cantidad de chicos asomados a las ventanas.

- Laura, que te parece si vamos con ellos… - Dijo susurrando al oído de su compañera.

- ¡Tú estás loca! Si se entera alguna de las hermanas nos la vamos a ganar, además, pronto será hora de cenar…

- No te preocupes, con la que está cayendo las monjas deben estar en sus habitaciones y tenemos tiempo suficiente para regresar a cenar.

Las dos chicas comenzaron a correr bajo la lluvia en dirección a una de las puertas laterales del edificio principal, cercana a donde se encontraban.

El interior estaba oscuro, sólo la poca claridad que entraba por las ventanas y los relámpagos que iluminaban apenas unos instantes el interior les permitían continuar su camino por el largo pasillo hasta el ala de los chicos, por unos instantes el miedo las paralizó, habían oído voces y temían haber sido descubiertas, afortunadamente para ellas no era así, las voces provenían del aula de castigo, se acercaron curiosas a la puerta e intentaron captar algo de lo que ocurría dentro de aquella estancia. Era la voz de una de las monjas, parecía estar reprochando la conducta de alguno de los alumnos. La curiosidad las acaparaba y decidieron saltar desde la sala contigua a el balcón del aula de castigo, desde allí podrían ver quien era el castigado y quizás enterarse de la fechoría que había cometido. 

Ninguna de las dos se atrevía a asomar la cabeza por encima del pequeño banco de piedra sobre el que se alzaban las ventanas, temían ser descubiertas, mientras tanto seguían escuchando los reproches que la hermana Teresa (la habían reconocido por la voz) dirigía al alumno del que todavía no habían escuchado una sola palabra, parecía que el chico había sido sorprendido intentando entrar en el dormitorio de las chicas, exactamente lo que ellas pretendían hacer en ese momento, y ahora tenía que pagarlo. Fue Laura la que finalmente se decidió a asomar la cabeza para comprobar la identidad del castigado, era David, uno de los chicos de la clase de último curso, tenía unos 18 años y más de una vez habían comentado entre ellas que estaba de bastante buen ver, era alto y delgado, pero nada desgarbado para su complexión.. estaba sentado en una silla, frente a él tenía a la hermana, no era la primera vez que David visitaba aquella sala y a pesar de eso su rostro parecía reflejar un cierto temor a lo desconocido…

- Veo que habrá que darte un escarmiento, siempre estás igual… ¡Desnúdate!

¿Qué se desnudara? Esa palabra hizo que Ana decidiese asomarse para contemplar atónita junto a su amiga lo que ocurría allí dentro.. sin mediar palabra David comenzó a quitarse el uniforme hasta quedar totalmente desnudo frente a la monja. Los ojos de la chicas se clavaron en el pene, peludo y flácido, del chico, parecía tan indefenso en aquella situación…

- ¡De cuatro patas! - Ordenó la monja - ¡Te vas a enterar!

La hermana tomó una de esas reglas de madera y comenzó a golpear suavemente en las nalgas al chico, al tiempo que le ordenaba que se moviese y ladrase como un perro, la fuerza e intensidad de los azotes fue en aumento, hasta que los "..ladridos".. acabaron dejando paso a los gritos de dolor de David que tenía las nalgas totalmente enrojecidas. 

- ¡Ponte en pie! - el chico obedeció sumisamente - Vaya pichita, estoy segura de que te masturbas todas las noches ¿sabes que eso va contra los caminos del Señor? Voy a tener que hacer algo para evitar que condenes tu alma de esa manera… - Mientras hablaba utilizaba la regla para tantear el miembro del chico - Estoy segura de que en un futuro me lo agradecerás…

- Sin mediar palabra soltó un tremendo golpe sobre el pene de David que respondió con un estremecedor grito de dolor.

- Vaya con la hermana Teresa - Dijo entre asombrada y excitada Ana - Nunca me lo habría imaginado… - Miró a su compañera como buscando alguna respuesta u opinión y no pudo evitar soltar una pequeña carcajada al descubrir que Laura se había levantado la falda y ahora se tocaba por debajo de las blancas braguitas de encaje… 

- ¡Shshshshshshsh! No seas escandalosa o nos descubrirán ¿Qué pasa? ¿No me digas que no te excita ver a David desnudo?

- Sí, claro que me excita, sólo que… déjalo.

En ese momento se abrió la puerta del aula, David hizo ademán de taparse pero la monja se apresuró a detenerlo, era el padre Carlos, el profesor de educación física de los chicos.

- ¡Vaya David! Otra vez por aquí… ¿Ya sabes lo que toca no? A ver si escarmientas de una vez…

El chico se agacho y volvió a colocarse de cuatro patas, el padre Carlos se situó tras de él y se levantó la sotana, no llevaba nada más debajo y dejó al descubierto su pene en estado de erección que no tardó en dirigir hacia el ano de su alumno.

- Al final te voy a dejar el culo que te van a entrar tres como la mía a la vez. 

- Eso es - Animaba la hermana Teresa - Encúlalo y córrete dentro…

- ¡Ah! Te voy a dar por culo hasta que aprendas… Créeme, quizás incluso algún día llegue a gustarte… ¡Ah! ¡mmmmmmmmmmm! - Detuvo bruscamente sus movimientos y eyaculó en lo más profundo de David, al que pronto comenzó a resbalarle un río de esperma en dirección a sus testículos.

- Bien Carlos, ahora debemos hacer algo para que deje de pajearse por las noches, estoy segura de que no deja pasar un solo día.

- ¿Qué sugieres Teresa? 

- Podríamos ponerle el arito, normalmente lo usamos con alumnos más pequeños, pero creo que en este caso tendrá que aguantarse si le aprieta, sólo tenemos uno libre y es de los más grandes, creo que un poco justo pero le cabrá…

- ¿Sólo uno? Teníamos nueve, tres de los pequeños, tres medianos y tres grandes…¿a tantos degenerados estamos devolviendo al buen camino?

La hermana Teresa sacó de una pequeña caja de metal una especie de tubo de unos dos centímetros de largo con dos cadenas que salían de él.

- Laura, tú crees que le hará meter la poya ahí, no le va a caber…

- Supongo que sí, creo que lo pasará un poco mal.

- Tendría que darte vergüenza, eres el chico más grande con el que hemos tenido que utilizar este sistema, el que utilizamos contigo es normalmente para alumnos de unos quince o dieciséis años pero creo que aunque aprete un poco te cabrá, tampoco la tienes tan grande…

No sin bastantes problemas y haber sido necesario utilizar vaselina el padre Carlos consiguió colocarle el "..arito".. y atar las cadenas a los muslos de David de manera que le mantenía el pene tensado hacia abajo.

- Para mear no tendrás muchos problemas y cuando tengas que ducharte vendrás a mi encuentro para que te lo quite y que tus compañeros no se rían de ti, yo te seguiré y comprobaré que no te la pajeas y volveré a colocártelo, como creo que habrás adivinado, cada vez que trempes se encargará de apretar con fuerza tu pichita y impedir que se vaya hacia arriba, así que si no quieres pasarlo muy mal, intentarás que eso ocurra el menor número de veces posible…

CONTINUARÁ…

 

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