Los archivos del Dr. Menhir (I)
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

PROEMIO

Es difícil definir los sentimientos humanos en forma tan perentoria como lo hacen algunos sicólogos, siquiatras o los curas. En realidad, en imposible definir los deseos humanos en forma tan tajante. Cada situación depende de factores tan propios y definidos, tan exclusivos, que cualquier decisión depende de los propios protagonistas y, cualquier opinión externa, no pasa de ser una estupidez.

Desde esta perspectiva, los principios y valores que rigen –supuestamente- a la sociedad, no son más que burdas opiniones particulares sin ninguna validez. Cada pensamiento humano, en lo más oscuro de su intimidad, atenta contra esos valores y principios y cada ser humano no quisiera otra cosa que poder actuar de forma tan libre e irresponsable como lo hacían nuestros antepasados de las cavernas.

Ello no es bueno, puesto que el problema no radica en ser irresponsables ni en ser irracionales, sino en asumir nuestra naturaleza con los valores y principios propios de esa naturaleza, sin sentimientos de culpabilidad.

Los verdaderos valores que han de regir a la sociedad futura se han de sustentar sobre los conceptos básicos de relaciones humanas que se refieren a respetar al semejante, su vida, su voluntad y sus bienes, como si fueran propios. Actuar siempre con la conciencia limpia, sin complejos de culpa y sin perseguir otro fin que el lograr, no sólo la propia felicidad, sino también la de los demás.

Estas historias, relatadas por sus propios protagonistas, intentan graficar estas múltiples situaciones, aunque sabemos que nueve casos son una ínfima parte de los millones que se producen, diariamente, en el mundo entero.

Es importante aclarar que todo lo que se expone en este trabajo tiene una finalidad educativa. Sin duda habrá muchos pervertidos que vean en ellas una forma de exponer explícitamente cuestiones que son consideradas inmorales, pero, ¿no es acaso necesario someter siempre a desafío la moralidad para poder ver su fortaleza? Si se conserva, es que tiene vigencia, y si no, es que debe ser sustituida. 

Es así de simple.

Dr. J. Menhir

Los archivos del Dr. Menhir

Por Imarión

UNO

La directora

Mi nombre es Fabiola y soy directora de disciplina de un colegio para jóvenes con problemas. Mi trabajo es difícil, pues los jóvenes son tremendamente indisciplinados y rebeldes. Sin embargo, una casualidad me dio la clave para convertirlos a ellos en mis amigos y en hacer de ellos personas más coherentes con sus propias rebeldías.

El primer caso sucedió hace algunos meses. Siempre habían sido problemas con alcohol o marihuana. Entonces no sabía realmente como manejarlos. Nunca he sido alcohólica ni he fumado marihuana, y sin la experiencia personal en estos casos, es difícil comprender a aquellos que si la tienen. Hasta pensé en emborracharme un par de veces y fumar esa porquería, pero no tuve el valor... O el estómago.

Pero en aquella ocasión fue diferente. 

Mandaron a mi oficina a una pareja de muchachos. Él era Héctor, de tercero medio, joven atractivo y de aspecto retador. Le acompañaba Camila, una niña de cuarto medio, atractiva pero, debido a su afán de teñirse el pelo y vestir ropas holgadas, se veía poco atractiva.

-¿Por qué vienen ustedes? –dije mientras leía el parte. 

Este decía que habían sido sorprendidos en situación comprometedora en el baño de profesores.

Me sonreí. Aquel era un caso que si podía tratar, pues siempre he sido una mujer ardiente... aunque cuidadosa.

-¿Qué estaban haciendo?

-¡Fornicando! –dijo Camila desafiante.

Me puse de pie y me paseé un momento. De pronto me detuve frente a ambos y los miré fijamente.

-¡Desvístanse! –les ordené.

Me miraron extrañados. No sabían que pensar, lo que me divertía mucho, además de darme poder sobre ellos.

-Señorita...

-¿No quieren fornicar? ¡Desvístanse!

Se sonrieron nerviosamente. Sabía que estaban confundidos con mi actitud, pero yo tenía la certeza de hacer lo correcto.

-¿Qué está pensando? –preguntó Héctor.

-Que si quieres hacer el amor, está bien. Pero no busquen lugares públicos. Háganlo en privado.

-Pero, usted está aquí –dijo Camila.

-¿Te molesta que observe?

Ambos muchachos se miraron y se pusieron a reir.

-No –dijo Héctor. 

-¿Entonces?

Y se desvistieron. Camila demostró no ser inexperiente. Ambos se pegaron una cogida que me dejó excitadísima. Cuando hubieron acabado, contentos, se vistieron.

-Ojalá los demás profesores fueran como usted –dijo ella.

-Quizás sean más degenerados. Tengan cuidado.

-Lo tendremos –dijo él y, acercándoseme, me besó en la mejilla. Ella le imitó, y salieron de mi oficina. Entonces, sin poder contenerme, me subí la falda y bajándome los calzones, me masturbé hasta lograr mi satisfacción...

Dos semanas después recibí la visita de Flavio, un alumno de cuarto medio, que había sido sorprendido masturbándose en el baño. Me molestó que se considerara un crimen lo que es una necesidad natural. 

-¿No tienes novia? –le pregunté.

-No –dijo tímidamente.

Sentí una gran ternura. El pobre, como todo adolescente, seguramente se masturbaba poniéndo en su mente la imagen de la chica de sus sueños. ¿Qué malo podría haber en ello?

-¿Te gustaría hacer el amor?

El me sonrió con nerviosismo.

-¿Qué muchacha te gusta?

-Mónica –dijo él suavemente.

Era la más despampanante de todas. Y sin duda había muchos que se masturbaban pensando en ella. Pero no podía traerla y obligarla a hacer el amor con alguien que no le interesaba.

Me acerqué a Flavio y me arrodillé junto a él.

-¿La amas?

-No lo sé.

-La deseas...

-Mucho...

-Eso es normal. No debes sentirte culpable. Yo no te voy a castigar por ello.

-¿Quiere que me masturbe aquí? –dijo él directamente.

Debo reconocer que me confundió en un momento.

-¿Qué? –le pregunté divertida.

-Todos sabemos lo que sucedió con Héctor y Pamela.

Me sentí avergonzada. Y traicionada. No esperaba que los muchachos contaran a todos lo que había sucedido.

-No estuvo bien que lo comentaran. Puede llegar a oídos del rector...

-No... Ellos están muy agradecidos de su actitud. Nadie la traicionaría así. Además, no queremos que se vaya. Es una buena amiga...

-Lo agradezco, pero hubiera preferido el secreto.

-Es un secreto. Se lo aseguro. Es usted una mujer maravillosa.

Me sentí halagada. Entonces Flavio se puso de pie y se bajó los pantalones. Inmediatamente apareció una imagen que una no se espera en un muchacho: un complemento masculino como para despertar los instintos a cualquier mujer.

La tomó entre sus manos y, mirándome a los ojos, comenzó a acariciársela suavemente.

Me acerqué a él y quitando su mano se la tomé, jugando con ella un momento, lentamente. Después de ello mi cabeza dejó de funcionar normalmente. El deseo de la felación se había posesionado de mi. El me metió la mano entre las ropas y sentí cómo acariciaba mis senos. Me quité la falda y me bajé los calzones. Sin dejarlo que se levantara de su silla, me puse sobre él, comenzando a educarlo en los menesteres del amor prohibido, mientras Flavio besaba mis pezones.

Sentí como su hombría explotaba en mi interior y un orgasmo suave, pero maravilloso, me invadió.

Cuando me separé de él, tenía algún sentimiento de culpa. El se vistió, y luego de acercárseme y besarme en una mejila, me dijo:

-Gracias, maestra.

Y salió de la oficina.

Estaba confundida. Me había dejado llevar por la situación y no sabía realmente que pensar, si estaba en lo correcto o había cometido el peor error de mi vida.

Al día siguiente, al entrar a la escuela, todos los jovenes me saludaron cariñosamente. Sentí con ellos una cercanía tan especial y placentera que me dije que, siendo tan jóvenes, no podía ser simulado ni cínico. Eso era propio de los adultos.

Después del primer recreo varios muchachos me rodearon.

-Vamos a organizar una fiesta –dijeron-, y nos gustaría que viniera.

-No sé si pueda –dije disculpándome temerosa.

-Nos gustaría que estuviera con nosotros –dijo una de las chicas.

-¿La autorizó el colegio?

-No será aquí, sino en casa de Pamela. Y queremos que vaya. Usted es la única aquí que nos entiende...

Sentí tanta sinceridad en sus palabras que me enternecieron, así que, antes de negarme rotundamente, les dejé con la duda.

Sin embargo, a las ocho de la noche estaba en casa de Pamela. Todos me recibieron calurosamente. Me atendían en forma especial. Siempre había alguien preocupado de que yo estuviera a gusto.

Entre todos estaba allí Mónica, la muchacha que tenía locos a todos los muchachos de la escuela. Estuvimos un buen rato conversando de cosas de mujeres hasta que decidí que era hora de marcharme.

Me iba a subir al auto cuando una voz me hizo volverme.

-¿Le molestaría ir a dejarme? –dijo Mónica.

-No. Claro que no. Es mejor que no andes a pie a estas horas.

Ya en el automóvil nos acomodamos y la calefacción temperó gratamente el vehículo.

-Usted es una persona muy especial –dijo ella-. Sabemos lo que hizo por Héctor y Pamela. Y por Flavio... Pobresito.

-¿Te parece pobresito?

-Esta enamorado de mi.

-Como muchos.

-Lo sé –dijo en un suspiro.

-¿No te halaga?

-Mucho. Pero jamás podré corresponderles.

-¿Te parecen poca cosa?

-No. Creo que Flavio es un gran muchacho...

-¿Pero?

Hubo un largo silencio.

-Me gustaría hablar más de eso con usted. ¿Quiere pasar a mi casa?

-No creo que tus padres se sientan contentos de recibir visitas a las tres de la mañana.

-No están. Estoy sola. Y me gustaría hablar con usted.

La sala estaba fría, pero Mónica encendió una salamandra y rápidamente se temperó. Sirvió un par de copas y nos sentamos en un sofá, mientras la radio emitía una exquisita melodía de jazz.

-No quiero que piense que soy insensible –dijo ella-. Lamento mucho que algunos muchachos se interesen en mi, pero, no me interesan.

-¿No? ¿Por qué?

-Por que a mi me interesa usted –me dijo poniendo su cálida mano en mi pierna.

Me estremecí. Su abundante pelo cobrizo brillaba a la luz de una tenue lámpara y sus ojos verdes brillaban con un fulgor cálido e insinuante.

-¿Me vas a decir que eres...?

-¿Lesbiana? Si. Prefiero a las mujeres. Pero no a cualquiera. Sólo a una tan especial como usted.

Y antes que pudiera atinar se había pegado con su boca a la mía. Un fuego tremendo se apropió de mi pecho y un tropel de sensaciones placenteras me invadió.

-No es correcto –dije en un suspiro.

Pero no me hizo caso. Continuó acariciándome y besándome, quitándome lentamente la ropa.

No sé en que momento todo se desbordó, pero me encontré de pronto con ella, desnuda ambas, en su cama, besándonos y acariciándonos, frotando nuestros mutuos sexos con placer. Ella me hizo dar vuelta y, colocándome de espaldas, abrió mis piernas y se sumergió con su boca en mi placentera flor. Un mundo de vorágine me embargó. Tanto que, agradecida de aquello, la hice volverse y colocar su sexo a mi disposición. Entonces ambas nos entregamos a la mutua satisfacción, acariciando y besando nuestros tesoros hasta alcanzar, reiteradamente, todos los necesarios placeres.

Pasamos la noche abrazadas, besándonos y amándonos hasta el cansancio. A la mañana siguiente, estando ella profundamente dormida, me vestí y me fui a mi casa. Allí, luego de un placentero baño, me acosté. Estaba agotada pero contenta. Había descubierto en mí un secreto que desconocía. Y que me alegraba haber descubierto.

Cuando se reanudaron las clases me sentí complicada al volver, pero la recepción tan cálida y sincera me hizo perder todo temor. Mónica, especialmente, fue muy delicada en su trato. 

Mi oficina, a partir de entonces, se convirtió en una verdadera escuela de educación sexual donde los muchachos llegan a pedir mis consejos y donde, en muchas ocasiones, organizábamos "..terapias de grupo".., las que, sin duda, han servido para la mayor felicidad de todos ellos.

De esto hace ya varios años. Hoy, con Mónica, estamos a cargo de un centro de rehabilitación sexual con más de cinco mil pacientes…

 

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