El voyerista amoroso
Yo soy Martín. Tengo treinta y dos años y me pasé parte de mi vida observado a los demás. Bueno, hasta hace poco.
Vivía sólo en un departamento del centro, cerca de la oficina donde trabajo. Tengo una increíble habilidad para saber cuando las personas están en situación comprometida y también, la forma de espiarlas. Soy un voyerista por naturaleza. Fue un talento que adquirí desde muy niño, cuando sorprendía a mi madre con mi padre. Después sorprendía a mi padre con la empleada y, poco tiempo después, a mi madre con el jardinero.
Como nunca en casa hubo discuciones al respecto, siempre pensé que todo aquello era normal, por lo que la infidelidad matrimonial para mi no tenía ningún sentido. Sin duda que mis padres, mutuamente, sabían lo que hacía el otro, y jamás reclamaron al respecto. Al contrario, ahora que ya han pasado la línea de los sesenta, viven felices, sin recriminaciones.
El problema es que nunca percibieron mi espionaje y, por lo mismo, nunca supe yo que el sexo era más que la observación disimulada. Me excitaba muchísimo aquello, pero me resultaba imposible lograr una relación directa con alguna mujer.
En el colegio y en la universidad siempre estaba al tanto de quién se acostaba con quién, pero yo jamás logré acercarme a una niña sin tiritar de susto.
Cuando entré a trabajar en aquel Banco, uno de los más importantes, continué con mis prácticas voyerísticas. Ví a mis jefes como se tiraban a las secretarias en su oficina con el mayor descaro. Y ellas estaban felices.
Pero en una ocasión todo cambió. Fue en casa de un importante miembro del gobierno que hizo una fiesta privada. Luego de tomarme unos tragos y bailar con algunas chiquillas, decidí ir al baño. Subí al segundo piso y luego de desocupar mi vejiga, me dispuse a bajar, pero unos ruidos ya para mi conocidos, me hicieron cambiar de rumbo. Me dirigí a una habitación que estaba al fondo del pasillo y abriéndola con toda suavidad, la empuje hasta que una rendija de luz me permitió ver al interior. Allí estaba el funcionario de gobierno con un senador conocido, desnudos ambos, abrazados, besándose.
Era la primera vez que veía una relación homosexual, lo que me atrajo especialmente. Los ví como se tomaban mutuamente sus sexos y se los agitaban. Después se arrojaron en el lecho e, inventirdamente, se acariciaban en busca de su mutuo placer.
Buscando una mejor posición perdí el equilibrio y caí dentro de la pieza, de bruces.
-¡Un mirón! –gritó el senador.
El otro me miró y supo quién era, pues me conocía.
-Este muchacho tiene fama de fisgón –dijo-. ¡Entra aquí! –gritó y de un tirón me hizo pasar y cerró la puerta tras de mi.
-No está mal el muchacho –dijo el senador.
Yo estaba terriblemente asustado.
Entonces ambos se me acercaron y comenzaron a desvestirme, divertidos. Yo no atinaba a defenderme, pues estaba aterrorizado.
El senador de agachó y tomando mi hombría, comenzó a moverlo hasta que alcanzó su madurez. Entonces lo puso en su boca y comenzó su tarea de una forma que me transportó. El funcionario se colocó detrás de mí y haciendome inclinar, comenzó a empujar en busca de sus propias sensaciones. Sentí un dolor intenso, pero el placer que el senador me daba me relajó. Entonces sentí como el funcionario entraba en mi secreto.
Después de un rato de estar en esa posición, el senador se colocó en posición canina frente mío y me pidió que le hiciera lo que mí me había hecho el funcionario. Yo estaba como piedra y, anhelante, lo satisfice de forma instantánea.
Después cambiamos posiciones: yo daba placer al funcionario mientras el senador de hacía cargo de mi.
Una hora mas tarde los tres estabamos tirados en el lecho, agotados, satisfechos y contentos.
Aprovechando que dormían salía de allí, esperando que nadie me recordara. Quería pasar desapercibido, que nadie supiera que había sido víctima de un par de homosexuales.
Pero al llegar a la oficina al día siguiente mi jefe me llamó con urgencia.
-He recibido una llamada –me dijo-. Parece que tiene usted buenas amistades –comentó-. La cuestión es que a partir de hoy es usted jefe de su sección y su sueldo se triplica.
No me sentí bien. En realidad, siempre esperé que me ascendieran por mis méritos. Pero como siempre sucede, quienes logran escalar posiciones son los que saben guardar secretos.
Había en la oficina una muchacha preciosa, Ingrid, que se solazaba despreciando a todo el mundo. Especialmente a mi. Para ella yo no era más que un gusano, un pequeño administrativo sin futuro. Pero en el momento en que me vió en mi propia oficina privada, respetado y considerado por los jefes, su actitud cambio. Se ofrecía a servirme café, a sacarme las fotocopias, a cualquier cosa.
Me dije que, si había de ser un corrupto, debía aprovechar. Así que una tarde, cuando ya la mayoría se había marchado, la llamé a mi oficina.
Ella se sentó frente mío subiendo considerablemente su falda y cruzando las piernas, sabiendo que podía verle sus rosados calzones.
-¡Desnúdese! –le dije armándome de valor.
Ella me miró sorprendida pero, de pronto, se puso de pie y, luego de poner pestillo en la puerta, comenzó a quitarse la ropa. Tenía un cuerpo maravilloso. Perfecto. Me quité la ropa y me paré frente a ella. Se agachó y comenzó a trabajar con mi hombría. Por un momento sentí pena por ella. Pero por otro lado pensé que, si estaba dispuesta a ello, era tan corrupta como cualquiera.
La tiré sobre el escritorio y la penetré con violencia. No sé si lo simulaba, pero de no ser así, lo disfrutaba como las mil putas de Babilonia.
Eyaculé de forma espectacular. Sentí que litros de mi esperma entraban en el maravilloso cuerpo de aquella mujer. Una electricidad exquisita me posesionó de mi cuerpo y, pegados mis labios a los suyos, logré exhalar hasta el último suspiro y beber todas sus reales o fingidas emociones.
Nos hicimos inseparables. Salíamos juntos, conocimos todos los mejores moteles y hasta la llevé a algunas fiestas privadas del senador, quien, al parecer, no tenía el gusto normal, pues jamás la tocó. Claro que hubo muchos otros que lo hicieron.
Comencé, poco a poco a asquearme de todo aquello. Me parecía ser una especie de eunuco barato, dispuesto a cualquier sacrificio para conservar mi posición.
Una tarde, después de una tremenda sesión de sexo con Ingrid, me metí en el baño a relajarme en la tina. Estaba allí cuando ella apareció y me acompañó en el baño.
-¡Estoy harto! –grité.
Ella me miró sorprendida.
-¿Qué te sucede?
-Que estoy cansado de toda esta basura. Lo único que quiero es vivir una vida tranquila, tener una familia y olvidarme de toda esta porquería.
Ella movió el agua.
-Creo que somos dos. En un principio pensé que era una buena fórmula aprovechar mis encantos para escalar posiciones, pero ahora...
-¿Ahora qué?
-También estoy harta. ¡Créeme!
La besé en la mejilla.
-Ingrid. Ojalá nos hubieramos conocido en otras circunstancias.
Ella se volvió taciturna.
-¿No me amas?
-Sería muy fácil para mí amarte. Pero, ¿podríamos lograr algo?
-¿Y si lo intentamos?
Al día siguiente renunciamos. Dos meses después nos casamos y yo conseguí un trabajo sencillo pero bien remunerado. Actualmente tenemos tres hijos y, debo decirlo, lo pasamos de maravilla en la cama. Recordamos nuestras experiencias anteriores y nos reímos mucho.
¿Y saben lo mejor? Creo que va a durar toda la vida... Porque nos amamos, amamos nuestros hijos y nunca, nunca, nos hemos recriminado nada.
¿Que ella puede tener un amante? Yo también. Pero estoy seguro que nada, nunca nos separará.
Además, cuando la veo a ella desnuda, ¿quién podría reemplazarla?
A mí quizás... Y no me importaría.