Los archivos del Dr. Menhir (III)
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

La hija consentida

Mi nombre es Verónica y recién cumplí dieciséis años.

Mi madre murió cuando yo era muy niña. Sufrió una cruel enfermedad que dejó a mi padre en la miseria espiritual y económica. Desde entonces he vivido bajo el cuidado y protección de él, quién siempre ha sido muy amoroso y hasta sobreprotector. 

Muchas veces me sentía molesta por la extrema preocupación que podía en mí. Eso estaba bien cuando era niña, pero a partir de los catorce años, comenzó a enfadarme y tuvimos muchas discusiones.

Cuando comencé a salir con muchachos mi padre me controlaba a cada momento. Hasta me entregó un teléfono celular para poder comunicarse conmigo en todo momento. Claro que yo, por lo general, lo desconectaba, sabiendo que al volver a casa, me reñiría. Pero no me importaba. Quería libertad e independencia. No quería verme sometida por un padre sobre protector que vigilaba cada uno de mis pasos.

Una noche salí con un muchacho de la escuela, Javier, lo que para mí constituía toda una proeza, ya que todas mis amigas estaban locas por él. No me sentía especialmente atraída, pero con el fin de causarles envidia a las demás, acepté una cita con él.

Como siempre, desconecté el celular y nos fuimos en el auto a un lugar alto de la ciudad, donde comenzamos a besarnos como era de esperarse. 

De pronto, Javier metió su mano debajo de mi falda, la que le hice retirar. El se molestó, pero volvimos a besarnos. Nuevamente él intentó propasarse y yo le detuve. Entonces se puso furioso.

-¿Para qué viniste? –me gritó.

-No me puedes pedir que me entregue a la primera cita –le dije, ya que eso era lo que había escuchado.

-¿Y tu crees que me interesa tener otra cita contigo? 

Me sentí muy mal. Ofendida profundamente.

-Yo pensé... –comencé a decir, pero me callé.

-Me sobran mujeres mucho mejor que tu. Así que vete al diablo –dijo y, abriendo la portezuela, me arrojó del vehículo de un empujón, dejándome en la cartera y partiendo velozmente.

Me di cuenta que todo había sido un error mío. Sólo me quería para aprovecharse de mí y nada más. Tomé él celular y lo encendí, para llamar a mi padre, pues estaba en un lugar semi desierto, quién sabe si peligroso... Pero no llamé. Me avergoncé de mi tontería.

Caminé durante más de una hora hasta que divisé un taxi. Estaba agotada, molesta, apenada... Por suerte tenía algo de dinero y pude pagar el viaje. 

Cuando llegué a casa mi padre estaba en la sala, esperándome.

-¿Por qué llegas tan tarde? Y no llamas. Te estuve llamando y tu celular estaba apagado.

Hubiera querido contarle todo, pero me daba vergüenza. 

-No te preocupes –le dije.

-Si me preocupo. Y tienes que aprender a respetarme...

Conocía la letanía que vendría después, así que di media vuelta y subí a mi dormitorio.

Me metí en la ducha pues me sentía sucia. Después me acosté y apagué la luz. La puerta se abrió y entró mi padre.

-Verónica, perdóname por gritarte –me dijo.

Aquello me hizo sentir aún más mal.

-No te preocupes. No volveré a apagar el celular.

El me besó en la frente.

-Quiero que entiendas –dijo-, que no es por controlarte. Ya eres grande y tienes derecho a tener tu privacidad. Solo que no quiero que te suceda nada. Quiero poder ayudarte si me necesitas. Yo puedo entender mucho mas de lo que crees...

Por primera vez me di cuenta de mi error. El era mi mejor amigo y debía aprender a comprenderlo. Lo abracé y lo besé.

-No volverá a suceder –le dije-. Te lo prometo.

El me besó en la mejilla y salió.

Me sentía como una idiota. 

Fueron pasando los días y las cosas marchaban de maravilla. Nuestra relación era perfecta: el me permitía mi libertad y yo lo mantenía informado de todo lo que hacía.

Entonces conocí a Eduardo. En realidad lo había visto muchas veces haciendo deportes. Era un hombre atractivo, musculoso, con una sonrisa maravillosa. Todas mis amigas estaban enamoradas de él. Y él lo sabía, por lo que hacía alarde de su masculinidad cada vez que podía.

Una tarde, al salir de la escuela, se me acercó. Me invitó un helado y después a pasear en un convertible que su padre le había regalado al ingresar en la universidad. Ya de noche, en un lugar apartado, comenzamos a besarnos. A diferencia de Javier, no intentó propasarse, pero luego de un momento me dijo derechamente que quería hacer el amor conmigo.

Pensé que ya estaba en edad de entrar al club, así que acepté, por lo que me llevó a un motel. Allí, luego de desvestirse, comenzó a hacer alarde de su magnifico cuerpo, lo que me dio mucha risa, cosa que lo molestó. 

Nos besamos y acariciamos hasta que sentí su erección. Entonces me tendió en la cama y se puso sobre mí. 

Luego de varios intentos fallidos logró penetrarme, haciéndome doler al principio, aunque después se volvió más placentero. Comenzaba a gustarme aquello cuando él, lanzando un quejido, se derrumbó como un edificio en demolición. 

Luego de un rato me dijo que teníamos que irnos. Y cuando ibamos en el automóvil me preguntó:

-¿Cómo estuvo?

-Bien –contesté sin saber que decir.

En realidad estaba bastante decepcionada. Si el sexo no era mas que aquello, en realidad no valía mucho la pena.

Nos despedimos cariñosamente aunque yo tenía claro que no volvería a verlo. No me interesaba.

Estuvimos conversando con mi padre hasta tarde sobre recuerdos de familia, preparando las tareas del día siguiente y decidiendo sobre algunos asuntos futuros.

-¿Qué vas a hacer mañana? –me preguntó.

-No sé. Voy a ir a estudiar a casa de Matilde.

-¿Piensas volver tarde?

-No. A las diez a mas tardar.

-Bien.

Me agradó su actitud. Sentí que por fin comenzaba a tener confianza en mí. 

Pero al día siguiente Matilde estaba más interesada en su novio que en los estudios, así que a las ocho, decidí volver a casa.

Entré silenciosamente, pensando que mi padre no había vuelto, pero escuché ruídos en su habitación. Me dirigí allí para saludarlo, pero antes de llegar me di cuenta que no estaba solo. Me acerqué a la puerta sigilosamente y con sumo cuidado la empujé, esperando que no crujiera. Esta se abrió casi completamente. Entonces retrocedí y me puse en la parte oscura del pasillo, deslizándome para poder ver hacia el interior.

Mi padre estaba en el lecho, boca arriba. Sobre él, Pamela, una de sus colegas en la oficina, gozaba de su circunstancia. Fue la primera vez que vi el sexo en plenitud. Ella estaba como enloquecida.

-Que maravilloso... Dame más... Oh, querido. Que me gusta...

Podía casi sentir su tremendo placer. De pronto mi padre la tomó y cambiaron posición, poniéndose él arriba de ella, la que abrió completamente las piernas. Pude ver como la penetraba, como entraba y salía de su tesoro, haciéndola gemir y revolcarse.

-Me vuelves loca... ¡Oh, que placer!

En un momento ella comenzó a dar grititos y a abrazarlo fuertemente con sus piernas por la cintura. 

-¡Me corro! –gritó ella en un alarido.

Entonces mi padre se echó hacia atrás y ella, casi de un salto, se posesionó del placer de mi padre, aplicándole una felación. Mi padre se inclinó aún más para atrás y lanzó un grito. Vi entonces como explotaba su deseo en la boca de ella, que, desesperada, le besaba con frenesí con frenesí.

Pude notar que yo estaba completamente humedecida en mi entrepiernas, así que, silenciosamente, bajé las escaleras y me fui a la cocina a limpìarme. Después salí a la calle y, oculta entre las plantas, esperé que Pamela se fuera.

Había pasado como una hora y ya me estaba entumeciendo cuando ella se fue. Entonces volví a entrar como si nada.

-¿Cómo estuvo tu día? –preguntó mi padre.

-Bien. ¿Y tú?

-Algo cansado –dijo.

Me dieron ganas de soltar una carcajada, pero me callé.

Durante varios días aquella imagen permaneció aferrada a mi memoria. ¿Había gozado ella realmente o era fingido? La cuestión era ¿por qué fingir? No tenía motivos. Y si realmente se podía gozar así, ¿qué sucedía conmigo?

Conocí a Felipe. No era un atleta, pero era simpático e inteligente. Y comenzamos a salir y divertirnos de sana forma. Hasta una tarde en que, cuando estaba en su casa, estudiando, me besó. Le correspondí. Y cuando comenzó a ponerse más cálida la situación, me dije que era momento de saber algo más sobre el sexo.

Pero fue frustrante. A pesar de que Felipe tuvo dos orgasmos, no logró despertar en mí absolutamente nada. Comencé a pensar que era yo la que tenía un problema.

Dos noches después fui invitada a una fiesta en casa de una amiga, pero decidí volver temprano. Esta vez mi padre estaba en su pieza con Angela, una espectacular morena que le había hecho varias ofertas para irse a trabajar con él. Pensé que sería la forma de cerrar el trato.

La mujer gozaba como los demonios. En posición canina sobre la cama, recibía a mi padre con un placer que la hacía gritar. Vi como él se retiraba y, apuntando algo más arriba, comenzaba a sodomizarla. Lejos de molestarse, ella lo animaba.

-¡Tómame allí, amor! ¡Es tuyo!

Y mi padre la invadió completamente.

Nuevamente comencé a humedecerme, a sentirme terriblemente excitada y, ahí mismo, metí mi mano dentro de mis calzones y comencé a masturbarme. 

Verlos a ellos haciendo en amor era algo que me producía increíbles sensaciones. Y vi a mi padre correrse dentro del ano de ella, mientras ella, completamente satisfecha, luego de separarse de él, lo abrazaba y lo besaba, como una amante agradecida por el favor dispensado.

Tuve que detener mi faena para huir antes que me sorprendieran. Y me sentía frustrada por ello.

Aquella noche una tremenda inquietud comenzó a perseguirme. ¿Era yo la incapaz de sentir? ¿O eran los muchachos los faltos de experiencia? La necesidad de vivir aquellas emociones me lanzó a la creación de fantasías prohibidas.

Un sábado en la tarde nos pusimos con mi padre a trabajar en el jardín que estaba bastante abandonado. Mientras él cortaba el seto, yo regaba con la manguera. De pronto, al verlo distraído, no pude resistir la tentanción y le arrojé el chorro de agua.

El se sorprendió en primer momento, pero luego, arrojando las tijeras, me salió persiguiendo. Me quitó la manguera y comenzó a mojarme. Yo caí en el pasto y él se aprovechó para dejarme estilando. 

-Eres una malvada –me decía.

Yo no podía parar de reírme. 

Después me tendió la mano y me ayudó a levantarme, abrazándome.

-Mi niña querida –me dijo, besándome en la frente.

Yo levanté el rostro y le miré. Acerqué mi cara a la suya y lo besé en los labios.

-Vamos a cambiarnos ropa –dijo, tomándome de la mano.

Mi polera mojada se había vuelto trasparente y mis senos se veían con toda claridad. Subimos al segundo piso y entramos a mi dormitorio. El me observó un instante.

-Ya eres toda una mujer. Y bellísima además. 

Me saqué la polera de un solo movimiento.

-Voy a vestirme –dijo él dando media vuelta.

-¡Papá! –dije yo.

El se volvió. Entonces me quité el resto de la ropa y, desnuda, me quedé parada frente a él.

Me miró con sus hermosos ojos y con su sonrisa bondadosa.

-Si que eres hermosa. Agradezco el haber dado algo tan bello al mundo.

Me acerqué a él y lo abracé.

-Te quiero mucho –le dije.

-Y yo a ti.

Entonces me pegué a su boca y lo besé, no como una hija, sino como una amante.

El se retiró.

-¿Qué te sucede? –me preguntó, inquieto.

-Te he visto hacer el amor con Pamela, y con Angela. Y he visto como gozan.

-¡Verónica!

-He salido con algunos muchachos y nunca, nunca he podido gozar así. Creo que no puedo hacerlo.

El me abrazó con ternura.

-Si puedes. Debes esperar al hombre correcto...

-Tu eres ese hombre –le dije.

Me miró duramente.

-Soy tu padre.

-No me importa. Mírame. Soy bella. Soy tuya...

Y volví a abrazarlo y besarlo.

Esta vez no me rechazó. Correspondió a mis caricias. Le saqué la camisa y le desabroché los pantalones. Bajé mi mano y acaricié su deseo, que aún estaba fláccido. Con mi trabajo comenzó a endurecerse. Entonces me arrodillé y busqué comprender el deseo del paladar.

¡Oh, cuanto placer sentí! Lo sentía endurecerse cada vez más, latir con fuerza dentro de mi boca.

Entonces le empujé y cayó de espaldas en la cama. Me subí sobre él y me puse a horcajadas, obligándolo a invadir mi ya excitada flor. Lo sentí entrar, lentamente, suavemente. Aquella penetración fue maravillosa. Cuando lo tuve completamente en mi interior pude darme cuenta de la diferencia. No era mi problema, pues desde el primer instante mi cuerpo comenzó a incendiarse y ciento de pequeños orgasmos me invadían eléctricamente.

Me hizo girar y poniéndose sobre mí, se desprendió y se arrojó de bruces sobre mi sexo.

-Si, papito. Bésame allí... –dije en éxtasis.

Sentía la maestría de sus besos maravillosos y de su húmeda lengua, lamiendo mi clítoris, sentía sus dientes mordisqueando mis labios vaginales...

-¿Te gusta, niña mía?

-Me encanta. Me fascina.

Entonces se tendió sobre mío y me penetró de un golpe.

-¡Oh, papito! Que placer me das. Tómame entera. Soy tuya. Solo tuya.

-Eres maravillosa.

-¿Te gusta?

-Me trastorna. Tienes una cuerpo de diosa.

-Dame placer, papito. Quiero placer... 

-Es tuyo, niña mía. Todo tuyo... ¡Oh, que maravilla!

-Si. Maravilloso papito. 

-Quiero acariciarte tus hermosos senos.

Me incorporé para ponerlos a su alcance. Entonces comenzó a besarme los pezones, los que se endurecieron aún más, creciendo enormemente.

-Papito... Papito...

-Que quieres, niña mía.

-Quiero que me hagas lo que a Angela...

El se retiró y yo me di vuelta, ofreciéndole mi virgen anillo.

Primero se dedicó a acariciarlo y besarlo, a llenarlo de su saliva para lubricarlo. Después sentí como comenzaba a entrar lentamente, con gran suavidad y cuidado.

-¿Te duele?

-No... Me da mucho placer. 

Y así lo hizo. Me sentía realmente enloquecida. Tal como lo había visto en las otras mujeres. Sentía aquel instrumento grande y poderoso entrando en todo mi ser...

-Hay niña, me voy a correr –me dijo.

Entonces me desprendí.

-Dámelo –le dije-. Dámelo. Quiero saborear tu placer.

Y sentí su tremenda descarga que casi me atora. Increíblemente, un tremendo orgasmo me invadió completamente al sentir su néctar en mi boca. Fue como si tuviera un orgasmo oral.

Después de un momento nos quedamos tendidos uno al lado del otro en la cama.

-¿Te das cuenta que esto no está bien? –dijo él.

-No. Está muy bien –dije yo poniendo mi cuerpo desnudo sobre el de él-. Será nuestro secreto. No te voy a prohibir que traigas otras mujeres, lo que es normal, siempre que me permitas mirar... O participar si se puede...

-Eres una degenerada.

-No lo sé. Solo sé que te amo. Solo sé que no me siento culpable. Eres un hombre maravilloso y me has dado un gran placer, por el que te estaré agradecida toda mi vida.

-Me haces sentir bien al decir eso.

-Y debes estarlo. Podrás tenerme cuando quieras. Siempre estaré dispuesta. Y podremos vivir aventuras inimaginables...

-Si, niña mía. 

-¿Te gustó?

-Eres maravillosa.

Y sentí como volvía a erguirse su virilidad. Entonces la tomé y la coloqué en mi necesitada brecha.

-Dámela ahí, papito. Eso es tuyo...

Y comencé a moverme hacia arriba y abajo, sintiendo como se lubricaba. Y nuevamente comenzaron a sobrevenirme aquellos hermosos pequeños orgasmos simultáneos.

-Tómame, papito. Tómame.

-Eres la mujer mas exquisita que he tenido en mi vida...

-Y lo seguiré siendo. ¡Te amo!

-Y yo te amo a ti, niña maravillosa...

Y desde entonces, nunca más he dejado de ser feliz.

 

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