Los archivos del Dr. Menhir (IV)
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

Deseo incontrolable

Mi nombre es Gustavo. Tengo treinta y dos años y hace siete que estoy casado con una bella mujer. No hemos tenido hijos porque ambos trabajamos demasiado y siempre hemos pensado que no es justo para los niños no contar con sus padres en la forma debida, por lo que esperamos alcanzar ciertas metas económicas para poder decidirnos a completar la familia.

Ana, mi mujer, tuvo muchos romances en su juventud. Y eso jamás me importó. Pienso que no puede uno esperar que las mujeres sean santas con los demás, cuando no desea que lo sean con uno.

Pero las cosas cambiaron cuando apareció Gabriel. Es un sobrino, hijo de un primo de Ana, que venía del sur a estudiar. Un chico de dieciocho años, bien formado, atractivo, simpático y muy educado. 

Inmediatamente lo aceptamos y poco a poco lo tratábamos como si fuera un miembro de la familia. Mi mujer, especialmente, comenzó a tomarle mucho cariño, saliendo de compras con él, de paseos, al cine... Él, por su parte, colaboraba mucho en las labores de la casa.

Yo estaba feliz de aquello porque veía que Ana lo estaba también. Quizás despertaba en ella el instinto maternal que mantenía reprimido.

Sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar, comencé a sentirme desplazado, ajeno a la vida que comenzaban a crear Ana y Gabriel entre ellos. Quizás ella se sentía como una madre para el muchacho y yo, la verdad, no podía sentirme un padre, no sabía cómo...

Una noche decidí comentarle esto a Ana, pues siempre hemos tenido por norma no callarnos nuestros pensamientos y sentimientos. Ella me escuchó atentamente y después me abrazó y me besó. Me dijo que no fuera tonto, que ella reconocía que aquella situación le agradaba mucho pero que, sin darse cuenta, me había abandonado un poco. Me sentí muy egoísta al decirle todo aquello, pero era la verdad...

Las cosas cambiaron, sin duda. Yo tuve que acomodarme a algunas nuesvas situaciones, como los paseos y las compras y ella, a su vez, comenzó a prestarme mas atención.

Todo comenzaba a marchar a la perfección. Hasta me sentía feliz de que fuera así, el tener la preocupación por un muchacho que, aunque no fuera mi hijo, comenzaba a tomarle cariño.

Una noche, en que debía atender asuntos importantes de la oficina y, por lo tanto, estaría hasta la madrugada allí, decidí regresar temprano a casa, dejando todo para el día siguiente. ¿Por qué debía matarme trabajando si no lo deseaba?

Sólo nuestra habitación estaba encendida, por lo que pensé que Gabriel esatría durmiendo. Al acercarme a la puerta escuché sollozos, por lo que me detuve. La puerta estaba entreabierta y desde mi posición podía ver, reflejada en el espejo, casi toda la habitación. Sin embargo, yo quedaba oculto en la penumbra.

Vi entonces a Ana, sentada en la cama, mientras Gabriel sollozaba con la cabeza en su regazo.

-No es nada terrible –le decía ella-. No debes tomarlo tan trágicamente.

-Tu no comprendes. Me siento terriblemente mal por ello. No conocer tu propia identidad emocional es algo espantoso.

-Lo imagino. Pero pienso que exageras. Tómate tu tiempo.

Ella acariciaba su cabeza. Pensé entrar en ese momento pero me contuve al oir lo que Gabriel dijo.

-¿Crees que me lleguen a gustar las mujeres?

-Eso tendrás que averiguarlo tu mismo.

-No lo sé. Quisiera que sí, pero jamás he tenido ninguna. Mis únicos contactos han sido con hombres...

-¿Y no te agrada?

-No es eso. Es que... Quisiera saber más de mí, si soy un homosexual o simplemente no lo sé por falta de experiencia.

Y volvió a sollozar.

Entonces Ana tomó su cabeza en sus manos y lo besó en la boca. Sentí que me hervía la sangre, pero me contuve.

Continuaron besándose con pasión. Ana abrió su bata y, guiando una de las manos de Gabriel, le hizo acariciar sus senos. El muchacho comenzó a gemir. Yo notaba que, bajo su pijamas, un bulto comenzaba a crecer.

Entonces ella se quitó la bata y, lentamente, fue sacándole el pijamas a Gabriel. Después de quitarle los pantalones pude ver que el muchacho estaba absolutamente excitado. Una hombría de gran tamaño, más de lo que uno puede esperar de un joven de dieciocho años, apareció. Vi como Ana, impresionada, comenzaba a acariciárselo, hasta, sin poder ya controlarse, se arrodilló y lo besó con deseo.

Algo extraño sucedió en mí entonces. No me sentí furioso, ni siquiera molesto. Por el contrario, tuve entonces una instantánea y tremenda erección. 

Ana se separó del muchacho y se arrojó de espaldas en el lecho. Gabriel se arrodilló y comenzó a besarle el sexo, produciendo en ella muy gratas sensaciones. Luego el se recostó sobre ella, aplicándole su deseo en la necesidad de ella. En la posición en que me encontraba podía verlo todo con detalle.

Estuvieron así un buen rato hasta que Ana le hizo girar y se colocó sobre él. Entonces se abandonaron a su placer con gemidos y hasta gritos. Yo abrí mi bragueta y comencé a masturbarme pues no podía contenerme.

Al cabo de unos minutos noté que ambos alcanzaban un orgasmo simultáneo y yo, ya en el límite, e intentando no emitir ruido, exploté como nunca lo había hecho. 

Cuando se hubieron apaciguado, Ana lo abrazó y lo besó con ternura.

-¿Qué opinas ahora?

-Que eres sensacional.

-Las mujeres somos sensacionales para los hombres –dijo ella, acariciándolo.

Yo me retiré silenciosamente para volver a entrar a casa haciendo ruido, pero debí esperar un buen rato, pero la erección me duraba todavía. Era la primera vez que tenía una excitación tan tremenda.

Sentí, cuando entré a casa haciendo bastante ruido, como Gabriel se iba a su habitación y cerraba su puerta. Subí al dormitorio. Ana estaba en la cama, con su ropa de noche puesta. 

-Volviste temprano –dijo despreocupadamente.

-¡A la mierda el trabajo! –dije-. Ya lo terminaré mañana.

Me desvestí completamente y, sin ponerme mi pijamas, me metí en la cama.

Abracé a Ana y comencé a besarla. Ella me correspondió. Cuando notó mi erección sonrió complacida. Y noté que su experiencia anterior también la había dejado excitadísima. Entonces nos entregamos a una de las relaciones más magníficas que había tenido con ella, anhelante, caliente hasta la médula...

A la mañana siguiente desayunamos los tres como siempre, con la misma armonía de todas las mañanas. Yo partíc rumbo a mi trabajo, pasando a dejar a Gabriel a su escuela. Nos despedimos cordialmente.

Pero en el trabajo me costó concentrarme. Aunque logré adelantar bastante, a la hora del almuerzo decidí irme a casa. Quería estar con Ana, hacerle el amor... Estaba como obsesionado. 

Al llegar, decidí entrar por la cocina. Me acerqué a la puerta y escuché ruidos. Miré por entre los visillos. Ana estaba de bruces sobre la mesa mientras Gabriel, tras ella, la invadía completamente. Nuevamente me sentí excitado. Pero mi impresión aumentó cuando pude ver que no actuaba en la vía normal, sino que por el posterior de ella.

Me quedé observando hasta que acabaron. Pude notar en todo ese rato que Ana disfrutaba como los demonios. Gabriel, por su parte, demostraba gran ternura con ella. Y en mi mente se comenzó a gestar una idea: sorprenderlos, para así terminar con estos secretos.

Pero volví a la oficina.

Perla, mi secretaria, estaba algo sorprendida por mi actitud.

-¿Tiene algún problema? –me preguntó.

Yo no le contesté. La observé por un momento. Ella tiene un hermoso pelo castaño y un maravilloso cuerpo. Solo que usa unos anteojos horribles. Llevaba un ajustado vestido color ciruela, que enseñaba los bordes de su corpiño y calzón. 

Entonces la pegué de espaldas a la pared y la besé con pasión. Ella me rechazó con fuerza, pero volví a pegar mi cuerpo al de ella, besándola en el cuello.

-¿Qué le sucede? –dijo casi gritando.

No contesté. Sólo comencé a acariciarle su cuerpo y a besarla. Poco a poco ella fue cediendo, hasta que me abrazó y respodió a mis caricias. Entonces estiró una de sus manos y colocó el pestillo en la puerta.

Yo le quité el vestido con rapidez. Ella misma se soltó el corpiño mientras yo me quitaba los pantalones. Instantes después estabamos completamente desnudos, abrazados y besándonos.

Entonces me senté en mi sillón y ella, arrodillándose, comenzó a besar mi ya explícito deseo. La dejé hacer lo que, al parecer, sabía muy bien. Luego se puso de pie y, dándose vuelta, me presentó su trasero.

La penetré casi con violencia y continué mi tarea con energía. Su sexo estaba hecho un lago. Yo observaba mi propio ataque. De pronto, mi mirada se dirigió al rosado anillo de más arriba y, luego de sobárselo un rato y, notando que no le disgustaba, me desprendí de ella y comencé a atacarla por la vía angosta.

Lejos de molestarse, con sus manos abrió sus nalgas para facilitar mi tarea. Pude entonces, por primera vez en mi vida, descubrir el placer de aquella fórmula, para muchos, indeseable. Era maravilloso. Especialmente cuando Perla me anunció que le venía un orgasmo anal. Sus palabras me hicieron eyacular casi al instante. Fue un orgasmo prolongado, profundo, espasmódico.

Cuando hubimos tranquilizado nuestros instintos nos abrazamos y nos besamos. 

-Fue un placer –dijo ella mientras se vestía.

-Mutuo –dije yo sonriéndole.

-Si me necesita, me llama –dijo ella con una sonrisa pícara.

Yo me le acerqué y la besé suavemente en la boca.

-Gracias...

-No hay de qué –dijo y salió.

Entonces me volví a sentar y me quedé pensando. Las cosas tomaban un rumbo impredecible. Tenía que tener mucho cuidado para no perder el control.

Volví a casa temprano. Gabriel cortaba el pasto y Ana, en la cocina, preparaba algo que olía delicioso.

-¿Cómo lo han pasado? –pregunté.

Ana me miró extrañada, delatándose por su mirada. Yo me hice el tonto y la besé.

-Ha sido un buen día –comentó ella-. ¿Y tu?

-¡Agotador! –exclamé, temiendo soltar una carcajada -¿Piensan hacer algo esta noche?

-¿Por qué?

-Podríamos organizar algo. Puedo ir con Gabriel a buscar unos videos... Como es viernes...

-¿No vas a trabajar mañana? Siempre trabajas los sábados.

-¿Quieres que trabaje?

-No –dijo ella, pero noté que había algo más. Seguramente tenían algo combinado.

"..Es mi momento".., pensé.

-La verdad es que debería ir para terminar de una vez por todas con un trabajo que me tiene loco. Si. Tienes razón. Mejor me acuesto temprano.

Y me fui a la habitación. Ana me subió un rico tazón de sopa y después, cansado como estaba, me dormí como un bebé.

Para no despertar sospechas de mis intenciones, antué como siempre lo sábados en la mañana.

-Volveré a las dos de la tarde –le dije a Ana despidiéndome con un beso.

Después de eso me subí al automóvil y, luego de doblar la esquina, lo estacioné. Entonces volví a pie, caminando lentamente. Me acerqué a la puerta de la cocina y observé. Estaba vacía. Entré silenciosamente y caminé con cautela mirando cada habitación del primer piso. Después subí al segundo. Escuché ruidos en el dormitorio, acercándome sigilosamente. Pude ver que no se habían tardado mucho en reunirse después de mi partida. Me sonreí. Casi me largo a reír. Entonces me desvestí completamente.

Me acerqué a la puerta y la abrí de un golpe.

Ambos se volvieron a mirarme, asustados, pero al verme desnudo su expresión cambió a asombro.

-Lamento interrumpir –dije-, pero me gustaría participar. ¿Se puede?

Ana, que en un primer momento se desconcertó, luego me sonrió.

-¿Desde cuando lo sabes?

-Desde el primer día.

-Eres un canalla.

-Y eso te gusta.

-Sin duda –dijo.

-Bien muchacho –le dije a Gabriel-, continúa lo tuyo.

Ana me tomó de la mano mientras el joven volvía sobre ella y la penetraba.

-Gustavo... –dijo Ana en un suspiro.

-Me encanta verte así. Piensa en que ahora tendrás dos hombres para tu placer...

Me arrodillé junto al rostro de Ana y esta comenzó a acariciar mi deseo que estaba como un hierro candente. De pronto Gabriel se inclinó y lo enguyó completo. Ana entrecerró los ojos y noté que se estaba corriendo hasta el piso.

-¿Te gustan los hombres también? –le pregunté al muchacho.

Este me miró y me sonrió.

-Sería maravilloso que me ayudaras a empujar –dijo.

Comprendí lo que deseaba, así que me puse tras él. Abrió sus piernas y pude ver que su anillo palpitaba. Entonces lo penetré casi de un golpe.

Ana nos abrazaba a ambos, nos besaba alternadamente. 

-¡Esto es el paraíso! –decía entre suspiros.

No podía contradecirla, porque el posterior de Gabriel era tan maravilloso como el de Perla.

-¿Quieres que te cuente algo? –le dije a Ana.

-Dilo...

-Ayer me tiré a Perla... –le dije.

Ella me sonrió.

-Ya me extrañaba que no lo hicieras. Ella te idolatra.

-Quizás podríamos invitarla algún día...

-Por mi, encantada.

Debo decir que, desde entonces, las cosas han sido maravillosas. Tengo a Ana, a Gabriel y a Perla. Algunas veces nos hemos juntado los cuatro en casa y lo hemos pasado celestial. Y aunque Gabriel tiene deseos de penetrarme, aún no estoy convencido de ello.

Pero quién sabe si en el futuro…

 

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