Los archivos del Dr. Menhir (V)
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

La amiga, la hija y el deseo.

Mi nombre es Felisa. Vivo sola con mi madre, pues mi padre nos abandonó hace muchos años, y no lo he vuelto a ver.

Durante las últimas vacaciones había conocido un muchacho, hijo de una amiga de mi madre. Era atractivo, amable, de buen trato. Llegó un momento en que creí que podía pensar en tener una relación seria, pero al terminar las vacaciones Manuel, el muchacho, desapareció y no volví a saber de él por varios meses. Entonces pensé que éste se había aburrido de mí al no aceptarle tener relaciones tan rápidamente. Pero no quería apurar las cosas. En realidad, no me sentía cómoda pensando en tener sexo con un muchacho. Desde muy niña le había tomado reticencia a los hombres, principalmente por culpa de mi tío Juan, que cuando tenía yo ocho años, me había manoseado en forma obscena y me había hecho sentir tan mal, que mi relación con los hombres siempre fracasaba cuando se acercaban al asunto sexual.

Pero también había decidido poner fin a mis temores, superar aquel trauma de una vez por todas, por lo que, buscando un pretexto para volver a ver a Manuel, le pedí a mi madre que invitara a su amiga, y que le dijera que viniera con su hijo.

Mi madre estaba complacida de que yo quisiera ver a un hombre, por lo que aceptó de inmediato. Así que, luego de ponernos de acuerdo en la fecha, comenzamos a preparar una cena importante para impresionar a nuestros invitados.

Los días que transcurrieron hasta la fecha de la cena, me parecieron los más largos de mi vida. Estaba realmente ansiosa por volver a ver a Manuel y, me decía a mí misma que, si me insinuaba ir a la cama, aceptaría. ¡Ya era hora!

La noche en cuestión puse especial cuidado en vestirme lo más sensualmente posible. Un pequeño calzoncito ajustado y un vestido corto, también ajustado, y de amplio escote. Sin corpiño, para hacer más notorios mis pezones que, de por sí lo son. Tengo senos hermosos, no muy grandes, pero cónicos y, cuando me pongo ropa ajustada, se ven muy llamativos. Quería atraer la atención de Manuel de todas formas.

Cuando llegaron me sentía muy nerviosa. Angélica, la madre de Manuel, es una mujer joven y se conserva espléndidamente. Vestía una recatada falda azul que combinaba con el color de sus ojos, y una blusa amarillo pálido que hacía resaltar su cabello pelirrojo. Pensé en preguntarle en que salón de estética le habían dado ese color tan hermoso de pelo, pero al acercarme a saludarle pude notar que era su color natural.

Con mi madre se saludaron efusivamente, pues se conocían desde tiempos del colegio. Manuel, siempre elegante en su estilo sport, se veía muy tranquilo, contento de estar con nosotros.

Luego de unos tragos, pasamos al comedor donde devoramos en famoso pollo a la naranja que mi madre prepara como los dioses. Todo estaba saliendo perfecto. Yo notaba como Manuel me observaba cuando yo no lo miraba. Sin duda que le resultaba atractiva. El alcohol me había dado algún valor, así que a veces le miraba insinuantemente con mis ojos verdes, cuando movía con mis manos mi cabello negro.

Angélica y mi madre conversaban animadamente, contándose las antiguas historias de su colegio.

Después de un rato Manuel se acercó a mi madre.

-¿Le molestaría a usted si invito a Felisa a una discoteque?

Mi madre me miró con cierta picardía y aceptó sin problemas, advirtiéndole que debía volver antes de las dos de la mañana. Yo me puse un pequeño abrigo y salí de casa, del brazo de Manuel, dispuesta a aceptar lo que fuera.

En el auto conversamos sobre diferentes temas intrascendentes hasta llegar a "..La Ultima Dicha".., un famoso local donde la juventud baila, suda, bebe y se droga con absoluta libertad. Claro que yo no tenía la intención de hacer nada más que bailar. No creo en que las drogas sirvan para algo y no tengo mucha tolerancia al alcohol. Pero sí me encanta bailar.

Y lo estuvimos haciendo durante mucho rato, hasta que, cansados, volvimos a nuestra mesa. Luego de sentarme, Manuel se inclinó y me besó. Me sorprendió por un momento, pero luego le correspondí, aunque me sentía extraña.

El se sentó frente mío y volvimos a charlar, esta vez más íntimamente.

-Sé que no tienes novio –me dijo.

-No. ¿Quieres serlo? –le contesté, desconociéndome a mi misma por aquel acto de audacia.

-Me encantaría. Desde el verano he pensado en ti. Es una suerte que tu madre nos haya invitado esta noche. Hacía mucho que tenía deseos de volver a verte y no me atrevía...

-Si. Sé que me porté como una tonta en la playa.

-No. Está bien. Creo que las mujeres no deben ser tan liberadas. Las prefiero más recatadas, con sentido del autorrespeto.

-¿En serio?

-Así es. El problema es que, a las mujeres que se dan a la primera, uno les pierde rápidamente el interés. En cambio a las recatadas y misteriosas, una las persigue toda la vida.

-Eso es lindo...

Yo quería manejar la situación, pero él era un maestro en ello. Así que decidí que las cosas salieran como quisieran.

-¿Quieres seguir bailando? –me preguntó.

-No –le dije riendo-. Ya es suficiente.

-¿Qué te gustaría hacer, entonces?

Lo pensé un instante. Sabía qué respuesta estaba esperando.

-Me gustaría ir a un lugar tranquilo, sin ruido. No estoy acostumbrada a este bullicio.

Entonces, tomándome de una mano, me sacó del local.

Caminamos por la calle. Todo estaba desierto, a pesar de no ser mas que un poco pasado la medianoche. El cielo estaba hermoso, las calles brillaban después de haber pasado las máquinas de la limpieza y yo me sentía feliz.

De pronto Manuel me abrazó y me besó con pasión. Yo le respondí, pero algo dentro de mí continuaba rebelándose. Me decía a mí misma que debía vencer aquella reticencia. Él era un hombre maravilloso, agradable, atractivo, inteligente y cariñoso. ¿Qué más podía pedir?

Sin embargo...

Luego de un rato de besarnos y acariciarnos, él me miró a los ojos.

-Realmente me gustas. En serio. Y tengo un tremendo deseo de hacer el amor contigo. Pero no quiero presionarte, ni apresurarte. Si quieres volver a verme, estaré feliz. Todo será cuando tú lo desees...

Fue la forma en que lo dijo lo que me hizo decidirme.

-Yo también lo deseo –dije-. Y ahora...

Volvió a besarme y después casi me arrastró al automóvil. Yo estaba muy divertida con la situación, aunque nerviosa.

El motel no estaba muy lejos. Estaba bien atendido y se veía limpio y confortaba. Quizás hasta lujoso.

Me paré junto a la cama. Manuel se me acercó y me quitó el vestido con suavidad. Observó y acarició mis senos durante un rato.

-Eres preciosa –dijo con voz ronca.

Luego, suavemente, me hizo acostar atravesada en el lecho y me quitó los calzones. Me dije a mi misma que, si estaba allí, debía aceptar la situación. No era momento de ponerme idiota.

Comenzó besándome los pies, lo que me dio muchas cosquillas, Después continuó por las piernas y al llegar a los muslos, me hizo abrir las piernas. Noté como observaba mi sexo, con un interés, con un sentimiento de deseo y pasión, que me hizo estremecer. Entonces comenzó a besarlo.

Aquello me hizo sentir en el cielo. Era realmente maravilloso. Hasta estuve a punto de tener un orgasmo.

Manuel se puso de pie y se quitó la ropa. Tenía un buen cuerpo, bien formado y atlético. Pero al bajar la mirada, pude ver su hombría.. era grande, poderosa... Sentí un frío en la espalda. El se me quedó mirando así, desnudo y de pie. Y yo pensé que quería que me acercara a él y le besara el sexo. Pero no podía hacerlo. No me sentía preparada aún para ello. Y al parecer él se dio cuenta. Porque inmediatamente se tendió a mi lado y comenzó a besarme.

Yo le respondía, aunque no me sentía completamente agradada. Y no entendía que sucedía. Él me gustaba muchísimo. Muchas mujeres hubieran querido estar en mi situación, pero...

Me hizo abrir las piernas y me fue penetrando. Y aunque sin duda era placentero, una inquietud vibraba en mi espíritu.

Fue un momento agradable. Tuve varios orgasmos, pues Manuel sabía como complacer a una mujer. Pensé que con el tiempo aquella inquietud mía iría desapareciendo, así que deseosa de ello, le abracé durante mucho rato y le besé con cariño.

Faltaba media hora para las dos de la madrugada cuando me dejó en la puerta de mi casa. Me despedí de él con un gran beso y se alejó en su auto. Yo me sentía contenta, pues presentía que con el tiempo mi actitud hacia Manuel iría cambiando.

Y además, mi madre estaría contenta de que hubiera vuelto temprano, aunque quizás no le gustaría saber qué había estado haciendo.

Me dirigí a la cocina pues tenía un poco de hambre y me comí algunos restos del pollo, acompañado de un vaso de vino. Subí las escaleras con cuidado para no despertar a mi madre que quizás ya estaría durmiendo.

Cuando iba en el pasillo escuché algunos ruidos que venían de su dormitorio. La puerta estaba entreabierta y tenía encendida la suave luz de su lámpara de velador. Me preocuparon los suspiros y quejidos que escuché y, para no pecar de indiscreta, me acerqué lo más disimuladamente posible y empujé suavemente la puerta, la que se abrió un poco más.

La escena me dejo estupefacta.

Angélica estaba sentada en el lecho, afirmada en el respaldo y mi madre, de bruces, tenía su rostro hundido entre las piernas de ella.

-¡Oh! Amor. Tanto tiempo que no sentía esto... –dijo Angélica-. No sabes como me hacías falta.

-Y tú a mi –dijo mi madre, incorporándose.

Se puso de pie y acercó su sexo a Angélica, la que comenzó a besarlo con pasión, mientras mi madre se transportaba a los más profundos deleites.

Mi pulso se aceleró. Pero no fue porque aquello me produjera un rechazo, sino por todo lo contrario. Me inquietaron enormemente los contradictorios sentimientos que se apoderaron de mí. No podía dejar de mirar a aquellas dos hermosas mujeres, amándose de forma tan profunda.

-¡Amor mío! Vas a hacer que me corra –dijo mi madre.

Y eso fue motivo para que Angélica la abrazara con más fuerza por las nalgas.

Entonces se separaron. Mi madre se arrojó de espaldas en el lecho y Angélica se puso sobre ella, besándola y restregándose a su cuerpo, sobando sus mutuos sexos, hasta lograr el cometido perseguido. Ambas tuvieron un tremendo orgasmo simultáneo y cayeron totalmente relajas.

-Es mejor que te vayas antes que llegue Felisa –dijo mi madre.

Angélica se levantó y se vistió rápidamente, mientras mi madre se metía en el lecho.

-Dame un beso, hermosa mía –le dijo a su amiga.

Se besaron tiernamente.

Entonces salí de mi escondite y bajé las escalas, para que Angélica no me viera.

Después que hubo salido esperé un momento, abrí la puerta y la volví a cerrar con cierta violencia.

-¿Mamá? –grité.

Subí las escaleras y entré a su habitación decididamente.

-¡Hola! –me dijo-. ¿Cómo lo pasaron?

-Bien –le contesté-

-¿Te trató bien? –dijo con algo de picardía.

Pensé que quizás debía contarle todo. Pero no sabía cómo lo tomaría.

-Fuimos a bailar...

-¿Y?

-Y después... –decidí arriesgarme-. Fuimos a un motel.

Ella me miró un instante.

-No es bueno ceder a la primera cita.

-No mamá –le dije cuando noté que no le había impactado mi noticia-. No fue la primera cita. Me buscaba desde el verano.

-En ese caso... –dijo con una sonrisa- ¿Y cómo se portó?

-Muy bien... Soy yo la que...

-La que qué.

-No lo sé. No me sentí cómoda. Quería estar con él, pero no sé por que motivo no logré...

-¿Sentirte satisfecha?

-Si.

Ella me miró con cautela.

-Hablaremos de eso mañana. Descansa, relájate... Ya verás que no es tan grave. Además, estoy muy cansada –dijo en un suspiro.

Estuve a punto de decirle que sabía por qué, pero pensé que era mejor callarme.

A la mañana siguiente mi cabeza estaba llena de pensamientos dispersos y mi corazón de sensaciones extrañas. Bajé a la cocina y preparé el desayuno. 

Mi madre apareció, como siempre, luciendo como una diosa. Tenía esa vitalidad y frescura que toda mujer quisiera tener. Y a pesar de haber pasado la línea de los cuarenta, conservaba toda su belleza y atractivos, en gran parte por estar siempre alegre y no enojarse jamás.

-¿Cómo durmió mi niña? –me dijo besándome en la cabeza.

-Bien...

Mi respuesta no la convenció mucho.

-Felisa... No debes aproblemarte por las pequeñas dificultades que se presentan en la inexperiencia. Debes ser más flexible contigo misma y darte tiempo para madurar las cosas.

-Si. Lo sé...

-Despreocúpate. Andante a clases y, cuando vuelvas, hablaremos.

Pero no pude concentrarme en la Universidad. Todo lo que los profesores decían eran palabras vacías imposibles de comprender. 

A las tres de la tarde terminé mis obligaciones y me encaminé a casa, pero en el camino pensé que debía hablar con Manuel, así que me dirigí a su casa.

-¡Hola, preciosa! –me dijo Angélica.

Como siempre, vestía recatadamente, pero extrañamente era de aquellas mujeres cuya voluptuosidad se nota aunque se cubran con sotana o con un saco.

-Hola. ¿Está Manuel?

-No. Tuvo que salir de la ciudad. Ya sabes que su trabajo es difícil...

-No lo sé.

-¿No te lo comentó? Es gerente de ventas de una empresa y debe estar permanentemente solucionando los problemas que los vendedores ocasionan. Es muy responsable y por eso lo quieren hacer socio. Le va muy bien. Bueno, desde que murió su padre, él ha sostenido esta casa y lo ha hecho maravillosamente.

-Me lo imagino. Es una gran persona.

-¿Estás enamorada?

Incliné la cabeza.

-No lo sé. Me gusta mucho estar con él, pero...

Angélica se sentó junto a mí.

-Chiquilla. Todas pasamos por lo mismo.

-Es que...

Sentí deseos de comentarle que la había visto con mi madre, pero me contuve.

-¿Qué es lo que te molesta de él?

-De él, nada. De mí.

-¿De tí?

-Si. No sé lo que me sucede. Ayer... ¿puedo ser sincera? ¿No te vas a enojar?

-¿Hicieron en amor? –dijo sonriendo.

-Si –contesté trémulamente.

-¿Y eso te preocupa?

-No. El hecho de que, aunque lo disfruté, no me sentí...

-¿Completa?

-Si. Eso.

Ella me acarició la cabeza con ternura.

-Es natural la primera vez...

-No. No es eso. Es que... No sé como decirlo. 

Angélica se levantó y sirvió un par de copas, entregándome una.

-Hay muchas mas vidas bajo la piel de una mujer de lo que te puedes imaginar. Hay cosas que, para muchos, son terribles, o tragedias, pero para otros, es lo más natural.

-¿Cómo lo tuyo con mamá? –dije sin poder contenerme.

Angélica me miró divertida.

-Así es –dijo con seguridad-. Sé que anoche nos sorprendiste, pues vi tu reflejo en el espejo. Y vi que te quedaste observándonos.

-Si. Lo siento...

-No. Está bien. Con tu madre fuimos amantes cuando estabamos en el colegio. Después nos casamos y ambas seguimos nuestros rumbos, pero al cabo de los años volvimos a encontrarnos y nos dimos cuenta que no deseábamos estar separadas. Cuando tu padre lo supo, decidió marcharse, pues tu madre había herido su machismo. Perdona que te lo diga, pero tu padre era un bruto.

-Eso lo sé.

-Entonces Marta, tu madre, no quiso volver a verme. Anoche ella me comentó que la idea de la cena había sido tuya porque querías volver a ver a Manuel. Pero eso significó, hasta cierto punto un reencuentro. Y te lo agradezco. Aunque te parezca extraño lo que te voy a decir, es cierto: yo la amo.

-No me parece extraño. Eso es lo que me inquieta.

Angélica entonces se me acercó y me besó suavemente en la boca. Yo cerré los ojos mientras sentía que un calor intenso me invadía en pecho. Sentí como mis senos se erectaban.

-Eres como nosotras, chiquilla –me dijo.

Entonces la tomé por la cabeza y la besé con fuerza, metiendo mi lengua en su boca. Ella respondió igualmente. Prácticamente le arranqué la blusa. Quería tocarle los senos, esos senos grandes y hermosos. Se los besé. Entonces ella comenzó a desvestirme.

-Vamos al dormitorio, chiquilla –dijo. Y tomándome de la mano me llevó hasta su habitación.

Allí terminamos de desvestirnos y, paradas frente a un gran espejo, nos acariciamos y nos besamos, mientras mirábamos nuestros reflejos. Yo estaba excitadísima como nunca. Lo único que quería era revolcarme en el lecho con ella, sentir su boca, su cuerpo, su sexo...

Me arrojé de espaldas sobre la cama y abrí mis piernas. Angélica se hundió en mi sexo joven y comenzó a besarlo y lamerlo de una forma maravillosa.

De pronto se levantó y, arrodillándose junto a mi rostro, me presentó su sexo precioso, donde pude, por primera vez, expresar todo mi deseo descontrolado.

Fue una tarde maravillosa, llena de un placer indescriptible. Cuando el sol se ocultó, decidí regresar a casa.

-Me siento algo culpable –dije.

-¿Por qué?

-Por mamá...

-No tonta –dijo ella riendo-. Sin duda que ella lo comprenderá. 

Al llegar a casa mi madre me esperaba con una deliciosa cena. Mi actitud, sin duda, la podría en aviso de que algo sucedía.

Pero mi sorpresa fue aún mayor.

-Me llamó Angélica –dijo.

Yo palidecí.

-¿Angélica? ¿Qué quería? –pregunté tratando de parecer indiferente.

Mi madre me acarició.

-Has descubierto tu naturaleza –me dijo-. Y no debes avergonzarte de ella. Ya sabes que ella y yo nos amamos. Y me alegra que tu también la ames. 

-Pero, ¿eso está bien? –le pregunté con los ojos llenos de lágrimas.

-Niña mía, no son los actos los malos, sino los sentimientos que los inspiran. Eso es lo más importante. Debes aprender a no hacer mucho caso a las normas morales que la sociedad te impone, pues esas normas, generalmente, provienen de gente perversa y depravada. Nosotros debemos vivir de acuerdo a nuestras propias normas, donde lo principal es el respeto, el amor, el protegernos mutuamente. Así que debes estar tranquila. 

Me costó dormir esa noche, pensando en lo que me había dicho mi madre. Sin embargo había un pensamiento que me perseguía permanentemente: volver a ver a Angélica.

Dos días después la fui a visitar. Desde la puerta comenzamos a besarnos y acariciarnos y, sin decirnos nada, subimos al dormitorio. Era para mí algo maravilloso acariciar aquel sexo fragante y voluptuoso. Sensaciones indescriptibles me embargaban a cada segundo.

Estabamos en aquello cuando la puerta se abrió y apareció Manuel.

-Vaya. Veo que se están divirtiendo –dijo de la forma más natural.

Yo me cubrí inmediatamente, absolutamente cohibida.

-No te preocupes –dijo Angélica-. Manuel lo entiende.

-Claro que si –dijo él-. Comprendo ahora tu comportamiento en el motel. Me di cuenta que algo te molestaba. 

-Pero debemos mostrarle que no tiene motivos, ¿no? –dijo Angélica.

Entonces Manuel se desvistió.

No me cabía ninguna duda de lo que vendría. Pero aquella situación, aunque inquietante, comenzó a excitarme. Angélica me quitó la frazada con que me cubría y me hizo tender en la cama, abriéndome las piernas. Manuel se me acercó y me besó. Su hombría estaba absolutamente erguida, ambiciosa por entrar en mi nido. Y así lo hizo. Y mientras él me penetraba, Angélica me besaba. Sentía mis latidos en mis oídos. Sentía que me iba a desmayar... Miles de fantasía se agolparon en mi mente. Me di cuenta que comenzaba a adentrarme en un mundo nuevo, diferente, pero placentero.

-¿Te gusta como te hace mi hijo? –preguntó ella.

-Si... –dije en un suspiro-. Me encanta.

-Y tu eres deliciosa –dijo él, besándome.

Por primera vez disfrutaba estar con un hombre, quizás por la presencia de Angélica.

-¿Y que más te gustaría? –me preguntó Manuel.

Las palabras estaban abarrotándose en mi garganta y tuve que soltarlas.

-Que se lo hagas a ella... –dije, sin dejar de pensar en que aquello parecía una atrocidad.

Entonces Manuel se desprendió de mí y se arrojó de espaldas. Inmediatamente Angélica se colocó a horcajadas sobre él, absorviéndo todo el poder del muchacho en su interior. Yo los observaba como se movían, como ella subía y bajaba haciendo correr el lubricado basto en su flor. Me arrodillé a su lado y comencé a besarla y acariciarle los senos. Aquello era maravilloso.

De pronto ella se desprendió y, arrodillándose junto a Manuel, tomó su miembro con las manos y comenzó a besarlo. Después me hizo señas para que hiciera lo mismo, y le obedecía. Fue extraordinario. Entre las dos lo acariciamos hasta que él no pudo resistirlo y arrojó todo su placer en nuestro cuerpos.

Estabamos agotados.

-Creo que sería una buena idea incorporar a Marta –dijo Angélica.

Y yo pensé que aquello comenzaba a convertirse en un flujo infinito de sensaciones extremas...

Sólo que esto sucedió ayer, así que no sé que sucederá después.

 

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