Nada como la de un negro 
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

En el colegio, mis amigas me habían dicho que los negros la tenían mucho más grande que los blancos. Con mis 17 años, había conocido apenas tres pollas: la de mi hermanito al ducharse, la de mi primer novio ( y casi a oscuras ) y la de mi actual pareja, un compañero de secundaria, con el cual nos revolcábamos una vez al mes, por lo menos. Eso sí, mucho toqueteo pero nada de penetración. 

Lo cierto es que me quedó intrigada. Además, la pregunta volvía a mi mente a cada momento, ya que en casa, papá había contratado recientemente a un albañil de color para que repare unas goteras del tejado, el cual desfilaba por la casa con sus materiales de trabajo, casi todo el tiempo. 

Hugo - así se llamaba el albañil - tendría unos 50 años. Se lo notaba macizo, sin un gramo de gordura a su edad, y su color negro aceitunado, ayudaba a remarcar los músculos de sus largos brazos. Mediría unos dos metros de alto, tenía una sonrisa blanca perfecta y nunca hablaba. Mis hermanos, en son de broma, decían que era un jefe mudo de la tribu Watusi. 

Parece que las goteras eran varias o el tejado se encontraba en pésimo estado, porque Hugo ya llevaba casi un mes trabajando en casa. Inclusive, papá observando la situación, hizo que acomodaran el cuarto del fondo de la casa, por si en alguna oportunidad, Hugo deseaba descansar luego de sus agotadoras faenas en el techo a pleno sol. 

Fue así como comenzó a tramar una estrategia para salir de duda acerca del tamaño de la polla de un hombre de color. Marianela, una compañera del colegio, estaba dispuesta a ayudarme.. así que dos por tres, venía a estudiar a mi casa, se quedaba a dormir hasta el otro día y aprovechábamos para conversar acerca de cómo ver la polla del albañil. 

Primero, pensamos en espiarlo por la ventana de la ducha del baño. Esto era imposible: la ventana estaba muy alta y además era diminuta. Luego, se nos ocurrió ocultarnos en su cuarto. También era imposible, porque allí solo había dos o tres muebles viejos y desvencijados, que no podían albergar a ni siquiera un niño. Fue cuando a Marianela se le ocurrió una idea fenomenal. 

El padre de mi amiga era farmacéutico y Marianela había escuchado que - en alguna oportunidad - le recomendó a una cliente unas poderosas pastillas para dormir. Una sola, era capaz de dormir en cinco minutos a cualquier adulto. 

Entonces, esperamos el fin de semana. Mis padres y hermanitos se habían ido al shopping a realizar algunas compras. En casa, solo quedábamos Marianela, el albañil y yo. A todo esto, ya ambas nos habíamos confesado - en una de nuestras charlas nocturnas - que la sola idea de verle la polla a Hugo, humedecía nuestras rajas. 

Aprovechando el calor reinante, preparó un vaso de limonada, y para asegurarnos los efectos del somnífero, Marianela disolvió 3 pastillas en el jugo. Salí al jardín, lo llamó a Hugo, que estaba descansando en su cuarto y le ofrecí la limonada. La bebió copiosamente de un solo sorbo me agradeció - como acostumbraba - mostrándome su dentadura reluciente. 

Cuando regresó a la cocina, encontró a Marianela mirando el reloj. Según sus cálculos, en cinco minutos y luego de 3 pastillas, Hugo, el albañil de color, tendría que estar roncando indefectiblemente en los brazos de Morfeo. 

Por las dudas, esperamos diez. Luego, sigilosamente, nos acercamos a su cuarto y golpeó la puerta. Por las dudas, golpeó nuevamente. Al no obtener respuesta, abrí la misma y con Marianela no pudimos menos que sonreir, ya que nuestra trampa había dado resultado. Allí, extendido en una cama que le quedaba pequeña, roncando plácidamente y con sólo un viejo calzoncillo de botones puesto, se hallaba Hugo. Todo para nosotras. 

Marianela, presa de una increíble curiosidad, fue la que se acercó primero hasta él. Nos mirábamos y no sabíamos qué hacer. Entonces preferí tomar la iniciativa. 

Dirigí mis manos temblorosas a su calzoncillo de botones. Comencé a desabrochar uno por uno. Rápidamente, un poderoso olor a sexo masculino invadió el pequeño cuarto. Además, mi amiga y yo, estábamos que chorreábamos flujo por las piernas. Inclusive, Marianela había metido una de sus manos por debajo de su falda y ya había comenzado a masturbarse silenciosamente delante mío. Eso me calentó más. 

Terminó de desabrochar el último botón y apartó los pliegues del viejo calzoncillo. La vista era fabulosa: una enorme polla flácida, negra, llena de venas moradas, cuya longitud sería de 8 pulgadas, reposaba frente a nosotras. A esta altura, Marianela ya gemía en su segundo orgasmo y fue la que tuvo una brillante idea: fotografiarle la polla para llevar un testimonio a nuestras colegas de curso. 

Corrí apresurada a la casa buscando mi cámara. Gracias a Dios tenía un rollo colocado. Regresó al cuarto de Hugo y cuando ingresó encontró una escena inimaginable: Marianela, sosteniendo con ambas manos la polla de Hugo, había comenzado a mamársela profundamente. Era increíble, como mi compañera de curso, se enterraba la verga flácida del negro hasta su garganta. Por supuesto, la fotografió en plena lamida de glande, mientras me miraba con una cara de perversión única. Como poseída por un demonio sexual. 

Ya la polla de Hugo, después de semejante saliveada, se encontraba como un garrote de doce pulgadas. Inclusive, en su afán de chuparla hasta el fondo, Marianela - quien se desnudó por completo - había tenido algunas arcadas. Pero lo mejor estaba por suceder. 

Marianela, admirando el mástil negro de carne que apenas podía agarrar con una mano, se puso en cuclillas y apuntando su culo hacia mí, me pidió que le lubricara su agujero. Como no tenía nada allí, me acerqué y le escupí el ojete. Ella me rogó que se lo dilate con su lengua. No sé por qué, pero obedecí. Le metí la lengua en su agujero negro lo más que pude, lamiéndole los costados suavemente durante algunos minutos. Milagrosamente, el culo de Marianela respondió a mis estímulos... 

Luego, se colocó parada encima del dormido albañil, y sosteniendo su polla con una mano, fue descendiendo lentamente su culo, metiendo centímetro por centímetro el enorme palo negro y venoso de Hugo. Mi lamida de ojete había resultado positiva, ya que fácilmente su polla patinaba por el ojete dilatado de mi amiga, la cual se había metido prácticamente todo el descomunal aparato del negro. 

En esa posición lo entró a cabalgar, subiendo y bajando su culo a un compás salvaje. Mientras tanto, Marianela y yo comenzamos a intercambiar calientes besos de lengua, mientras yo aprovechaba para frotarme desesperadamente el clítoris. 

Lo habrá cabalgado unos quince minutos cuando de pronto, Marianela se incorporó de golpe ( me sorprendió esto, porque al desmontarse de la polla del albañil, su ojete sonó como el descorche de una botella de champagne ), y me dijo: "..Ahora, amiga"... Agarró el enorme mástil negro y colocándolo entre su boca y la mía, lo comenzó a pajear cuando sorpresivamente, un manguerazo de leche caliente regó nuestras caras y nuestro pelo. Quitándoselo de sus manos, agarré la polla latiente de Hugo y se la mamé profundamente. Podía sentir como la leche llegaba hasta mi estómago, mientras Marianela, me metía sus dedos en mi empapada raja. 

FINAL: nunca llegamos a mostrar las fotos en el colegio. Tampoco nos interesaba contarle a nuestras amigas si la polla de un negro es más grande que la de un blanco. Solo sé que el padre de Marianela, el farmacéutico, nunca pudo explicarse por qué cada fin de semana a lo largo de dos meses, 3 píldoras para dormir, desaparecían religiosamente de su tienda.

 

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