Mi vecino anciano 
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

Lo que paso a relatar, ocurrió en el verano pasado (1.996). Tengo 28 años, llevo casada 7. Para nuestro matrimonio el pasado año, fue un mal año en el sentido económico debido a que él tuvo que realizar unos cursos de reciclaje que duraron de mayo a octubre y estos los realizó en otra ciudad, lo que llevaba a no tener comisiones por ventas y como consecuencia de los viajes, se desplazaba todos los domingos a la ciudad del cursillo y regresaba a casa los sábados por la mañana, añadiendo a esos gastos los de estancia y manutención en la otra ciudad, hicieron que aquellos meses fueran de escasa entrada de dinero en la casa. 

Por ello acepté, con el consentimiento de él, el cuidado de un vecino de casa, un hombre mayor, tendrá unos setenta años, y que se había quedado viudo recientemente ya que éste necesitaba alguien que a parte de cuidar de la casa, le hiciera las comidas y cuidara igualmente de su nieto, un chico de unos 20 años, que hacía unos años había quedado huérfano por la muerte en accidente de sus padres. El chico sufría cierta subnormalidad, lo que hacía que el abuelo necesitase más que nunca ayuda. 

Ellos vivían en el mismo rellano que el de mi casa, lo que hacía fácil el pasar de una casa a otra, así que decidimos aceptar el ofrecimiento económico que Don Francisco, así se llamaba el abuelo, nos había realizado. 

Los fines de semana cuando estaba mi marido en casa, únicamente pasaba para llevarles la comida y cena, el resto de los días, me pasaba de la mañana a la noche en su casa. 

Bueno me imagino que lo que os interesa es de que forma se desarrollaron los hechos que pretendo contar. 

Llevaba ya más de una semana atendiendo a don Francisco y a José (el nieto), era por la tarde, hacía mucho calor y nos encontrábamos el abuelo (lo llamaré así ya que realmente así lo llamaba) y yo estábamos sentados frente al televisor. Estaban retransmitiendo una corrida de toros a las cuales él era un gran aficionado. Mientras yo estaba leyendo una revista de esas del corazón, José estaba jugando por el suelo con unos cochecitos. Vestía yo aquel día un polo de manga corta y una falda más bien corta, no exagerada, a mitad de muslo. Me encontraba yo concentrada en la lectura cuando noté como el abuelo con su mano tocaba mi cadera, no en sentido de sobar sino en señal de alertarme de algo. Al mirarlo, me hizo una mueca para que mirase a José. Giré la cabeza hacía él. Éste estaba justo enfrente de mí tumbado de lado en el suelo mirando hacía mis piernas. Instintivamente las cerré. No había el porqué ya que éstas estaban cerradas. Únicamente podía ver quizás por los lados los muslos ya que como he dicho la falda al ser algo corta y encontrarme sentada podían dejar algo al aire los muslos. 

Giré nuevamente la cabeza hacia el abuelo y haciéndome la tonta, pregunté que pasaba. 

Ya ves, al chico le gustan más tus piernas que los coches o los toros - dijo el abuelo - 

Pobre chaval - contesté - se habrá quedado así por cualquier otro motivo, no creo que esté pensando en eso. 

Pues yo pienso que sí. Ya he visto en más de una ocasión que cuando sale alguna chica ligera de ropa en la tele, éste deja lo que está haciendo y se pone a mirarla. 

Es normal que lo haga - sentencié y continué leyendo. 

Así continuamos un largo rato. A media tarde, me dirigí a la cocina para preparar la merienda. Allí estaba cuando entró el abuelo diciéndome que quería hablar conmigo. 

Raquel, quiero pedirte un favor. 

¿Que desea, abuelo?. 

Hace un rato has visto como José miraba tus piernas. Aunque tu opinas que no era así yo pienso lo contrario y me gustaría constatar lo que pienso. -dejó de hablar un momento - Pero para constatarlo, necesito tu ayuda. 

No le entiendo abuelo, ni sé a que viene esto. 

Quiero decir que podrías hacer el favor de cuando estés sentada en el sofá y veas a José cerca de tus piernas, las abras un poco a fin de que pueda verte la braga. 

Pero qué dice abuelo, como se le ocurre una cosa así. - no dejé que terminara. 

Déjame terminar y luego ya me contestarás. - dijo, mientras yo me quedé callada y escuchando - Tú haces lo que te he pedido y yo observaré y si él mira entre tus piernas. Luego lo que tienes que hacer es levantarte y venir a la cocina. Si él aún está en el suelo, pasas sobre él a fin de que si quiere mirar bajo la falda pueda hacer. Cuando tu entre en la cocina yo le preguntaré si te ha visto la braga, si me dice que sí, le preguntaré de que color las llevas. Luego vendré a la cocina y te diré si se ha fijado o no. 

Si las ha visto y me ha dicho el color te lo digo y tu me confirmas si es cierto o no, a cambio de ese favor y por la molestia que te pueda suponer y ya que en teoría te verá la braga dos veces, te regalaré 2.000 pesetas. Ahora tu decides. 

Es decir que lo que usted quiere es que deje a José que me vea la braga y a cambio me da 2.000 pesetas. 

Eso es mujer. 

Como ya he dicho pasábamos una época no muy boyante así que pensé que total no era tanto lo que me pedía el abuelo y más al ser José un chaval con retraso mental. Así que acepté la proposición del abuelo. 

Nos dirigimos al salón, allí estaba José jugando con los coches. Nos sentamos el abuelo y yo en el sofá. Me senté algo más recostada de lo normal para que mis nalgas quedaran lo más cerca posible del final del cojín. Al ver como José pasaba frente y cerca de mis piernas las abrí generosamente. Incluso más de lo que creo hubiera imaginado el abuelo, ya que al mirarlo, me sonrió en señal de afirmación a la posición que había adoptado. 

A pesar de hacer como que leía, pude observar como José giraba su cabeza para contemplar el panorama que divisaba desde su posición. No disimulaba como hubiera hecho cualquier otra persona. Se quedó contemplando la vista. Sólo estuve un rato así, me incorporé y me dispuse a dirigirme a la cocina, no sin antes pasar sobre José para que éste pudiera ver mis piernas de lo más abajo hasta lo más arriba. 

Oí como el abuelo conversaba con José sin poder entender el diálogo, aunque no hacía falta saber que le estaba preguntando. Ya lo sabía. 

Entró el abuelo en la cocina. ¿Las llevas blancas? - preguntó. Por supuesto había acertado. Era natural, le había dado todas las facilidades para que las viera. 

Ves como sí se fija - dijo el abuelo - ya te lo decía yo. - puntualizó. Toma - dijo sacando unos billetes del bolsillo - lo has hecho muy bien, así que te doy 3.000 pesetas. 

Muchas gracias abuelo, estoy contenta de haberlo hecho a su gusto. - le dije. 

Tengo que decir que aquel hombre no es que fuera rico, pero tenía una jubilación que para sí la hubieran deseado muchos. 

El resto de la tarde, estuvimos viendo la televisión, de vez en cuando estando José cerca de mis piernas, el abuelo me hacía una seña para que volviera a separar las piernas a fin de dejar ver otra vez la braga a José. 

Según me dijo luego en la cocina mientras yo preparaba la cena, le hacía gracia ver a José mirando entre mis piernas. 

Por la noche cuando estuve en casa, recordando aquello que había sucedido aquella tarde, no tuve en ningún momento ningún sentido de culpa ni nada parecido, al contrario me pareció idiota que aquel hombre me hubiera dado dinero para dejar que su nieto me viera la braga. 

Al día siguiente por la mañana comencé a arreglar las habitaciones de la casa del abuelo, mientras el abuelo dijo que ellos iban a dar una paseo ya que tenía que pasar por el banco. Así estuve casi toda la mañana sola en la casa arreglándola. 

Cuando llegaron, yo estaba ya preparando la comida. El abuelo se puso como siempre delante del televisor y José a jugar con los cochecitos (era su juego favorito). Vi como José entraba en la cocina arrastrándose por el suelo haciendo como que conducía aquel coche que llevaba en la mano. 

Se puso a jugar justo al lado de mis pies. Daba vueltas con el coche a estos. Naturalmente me percaté que lo que estaba haciendo era mirar para arriba bajo la falda. La verdad es que no me inmuté continué como si nada cocinando. En eso entró el abuelo, al mirarlo me sonrió. 

Vaya con el chico - dije - le ha cogido gusto al tema. 

Pues sí que le ha cogido gusto. 

Terminé de hacer la comida con José por los suelos bajo mis piernas y el abuelo sin perderse detalle. Después de comer yo me quedé fregando mientras ellos se marcharon al salón. 

Cuando hube terminado, me fui yo también al salón, llevaba el café ya que era en ese momento de tomarlo allí tanto el abuelo como yo. Al llegar al salón, José se había ido al baño. El abuelo estaba viendo un combate de lucha libre. Me senté en el sofá junto al abuelo y nos dispusimos a tomar el café. 

¿Te gustaría ganarte otras tres mil pesetas? - dijo el abuelo. 

Vaya con usted, y que idea lleva hoy - dije sin que aquella pregunta me pareciera rara. 

Ya sabes que al chico le gusta mucho la lucha libre ¿Verdad? - yo asentí, sí lo sabía - Entonces podemos poner en esa habitación que hay vacía el colchón en el suelo como si fuera el Ring y vosotros hacéis como que lucháis en un combate y yo soy el árbitro. ¿Qué te parece? 

Pues qué quiere que le diga, no le encuentro la gracia pero si es lo que usted quiere, por mí no hay inconveniente. De todas formas, voy a ir a casa a ponerme un chandal para jugar ¿eh? 

No -dijo- quiero que tú luches en braga y sujetador y él en calzoncillo. 

Esa era la clave. Yo no había caído en eso. Me había parecido una solemne tontería eso de jugar a lucha libre. 

Oiga abuelo, no cree que está llevando esto demasiado lejos, una cosa es lo que me pidió ayer y otra es lo que está pidiendo ahora. 

Para ti no supone nada ya que nadie sabrá esos juegos que haces aquí con José. Ya sabes que él no tiene relación más que conmigo y tú sacas el beneficio de un dinerito extra para que te compres algún capricho de esos que tenéis las mujeres. 

Qué quiere que le diga, no me apetece el ponerme a jugar a lucha libre. Me da una sensación ridícula ponerme así y jugar a mi edad a esas tonterías. 

Pues imagínate que eres una actriz y que ese es tu papel, además como veo que te supone algo más de esfuerzo que ayer y debido a que el juego como es natural durará un buen rato. ¿Te parece bien cobrar 5.000 pesetas por hacer el papel de luchadora de lucha libre?. 

La verdad es que 5.000 pesetas era una buena cantidad para jugar un rato al capricho del abuelo, así que llegamos al acuerdo mutuo de realizar el juego. 

Recordé en aquel momento que la ropa interior que llevaba no era la más adecuada para ser observada por extraños ya que la braga era pequeñísima, además era color carne y transparente y el sujetador era del mismo color, transparente y únicamente cubría por abajo, es decir, pensé que en cualquier movimiento podría salir un seno de su alojamiento. 

De todas formas - dije - voy a ir a casa un momento para cambiarme de ropa interior. Me pondré una más adecuada a la que llevo para el juego. 

No, no - respondió - el trato es así como estás. Que más da una que otra. Es que estaré más cómoda con otra ropa que con la que llevo. 

No aceptó. No dejó que me fuera a cambiar. Cuando salió José del baño, el abuelo le preguntó si quería jugar a lucha libre, éste le respondió afirmativamente con lo que nos dijo que cogiéramos el colchón de la cama de matrimonio y lo lleváramos a una habitación que tenían vacía. Así lo hicimos, lo pusimos en el suelo, entró el abuelo y nos dijo como tenía que estar. Bien en el centro de la habitación, así él podría pasar por todo alrededor para ser el árbitro. 

Ya todo preparado, nos dijo que teníamos que quitar la ropa para luchar, dirigiéndose a mí, me dijo que ayudara a José a quitársela. Le ayudé a quitarse la camisa que llevaba. Pensé que el pantalón de deporte que llevaba, se lo quitaría él, pero el abuelo me dijo que fuera yo. Así lo hice, se quedó José con un slip más bien pequeño. Vi claro que el abuelo tenía más que premeditado aquello y que por eso llevaba el chico aquel slip. 

Me despojé del polo que llevaba dejando ver ya mis pechos a través del sujetador. Los dos no perdían detalle. Al quitarme la falda observe como aquella braga dejaba ver a través de ella la zona negra del vello, incluso éste sobresalía por la parte superior de la misma. Nos quitamos los zapatos y nos dispusimos a luchar. 

Comenzó la lucha. Yo me dejaba llevar por el chico ya que no tenía mucha idea de lo que tenía que hacer. Me tiró al suelo, en un momento me tuvo de espaldas al suelo y levantó mis piernas me quedé sin poder moverme. Observé como el abuelo estaba justo enfrente de mí, lo veía mirando mi culo el cual había quedado en posición levantada al estar con las piernas hacía arriba. 

José le indicó al abuelo que contara, yo no sabía el qué en ese momento. Había visto alguna vez en televisión la lucha libre pero como es natural desconocía las reglas. Vi como el abuelo contaba hasta tres y en ese momento fui liberada por José de la posición en que me había puesto. Al incorporarme, el abuelo me explicó algo sobre las reglas mientras yo intentaba arreglarme un poco el sujetador y la braga ya que éstos se habían movido sobre todo la braga en la parte posterior se había casi metido dentro de la raja del culo. 

Nos indicó que comenzásemos otro combate. A José le dijo que lo hiciera más despacio no fuera a hacerme daño. Al comenzar, intenté esta vez aguantar más de pié que la vez anterior, así que estuvimos un rato cogiéndonos por los brazos, intentando él hacerme caer hasta que lo consiguió. 

Como pude me zafé pero en uno de los movimientos el sujetador, que era de abertura delantera, se abrió dejando mis pechos completamente al descubierto. Intenté ponérmelo otra vez. 

No te preocupes - dijo el abuelo - quédate así. Ya te daré dos billetitos más. 

Total ya me daba igual, para qué hacer la tonta. Me lo quité y lo dejé en el suelo fuera del colchón. Continuamos luchando y en un momento, volvió a ponerme en la misma posición. Otra vez la cuenta de tres y se había acabado el combate. 

Vamos a descansar un poco - dijo el abuelo mientras mandaba a José a su rincón y me decía que le acompañara fuera de la habitación. - Voy a darle unas instrucciones - dijo a José. Éste se sentó al borde del colchón. 

Al salir al pasillo, me di cuenta de mi desnudez. Ya me pareció ridículo el taparme los pechos mientras él me hablaba, así que allí estaba únicamente con la braga atendiendo a lo que me explicaba el abuelo. 

Me estuvo diciendo que en el próximo combate quería que cuando José me pusiera me pusiera en aquella posición antes de que él contase tres, como yo tenía las manos libres, le bajase el slip para forzar que me liberase. 

Naturalmente le dije que ya no aguantaba más aquel juego que aquello comenzaba a no gustarme y que allí terminaba todo. 

Para sorpresa mía, me dijo que esperara un momento, entró otra vez a la habitación donde estaba José y salió con una cinta de vídeo en la mano. 

Hizo que lo acompañará al salón, introdujo la cinta en el vídeo, rebobinó la misma y "..Play"... 

Algo se revolvió en mi estómago. Allí estaba yo quitando la ropa a José, desnudándome y al final quitándome el sujetador. 

Es usted un cerdo. Eso no me lo puede hacer. Siempre me he portado bien con usted y así me lo agradece. 

Yo no pienso hacerte ningún mal. Sólo debes hacer lo que yo te pida en mis juegos y nadie sabrá nada. Además como te he dicho podrás sacarte un dinero extra para caprichos. 

Claro ¿Y si no hago lo que me pide, este vídeo puede ser visto por otras personas. Verdad? 

Yo no he dicho esto, lo dices tú. Mi intención es que no lo vea nadie. Que podamos jugar amigablemente y pagarte en señal de agradecimiento. 

Voy un momento al baño - dije, necesitaba estar a solas y recapacitar ante aquello. 

Ya en el baño, me senté en el borde de la bañera. Medité e intenté buscar alguna salida a ese chantaje. 

No tenía la seguridad de que aunque le contara la verdad a mi marido, éste perdonase aquello. Era muy celoso. Además en la cinta se me veía tan natural desnudando al chico y desnudándome yo que nadie hubiera creído que me habían forzado ha hacerlo. Entonces me convencí de que tenía que seguir en el juego, sabiendo que aquello no se iba a quedar allí, que iría a más cada vez. Unicamente quedaba la duda de hasta donde tendría que llegar. 

Al salir del baño ya estaba esperándome en el pasillo. Me miró y movió la cabeza en señal de interrogación. Moví la cabeza en sentido afirmativo. Mientras entrábamos en la habitación, - ¿Ya sabes lo que tienes que hacer? - dijo. Contesté que sí. 

José se levantó, nos juntamos en el centro del colchón y volvimos a agarrarnos. No tardó en tumbarme, tampoco puse resistencia como había hecho la vez anterior. Otra vez me cogió por los tobillos, tiro de ellos para arriba y me dejó como un ovillo. Tenía una pierna a cada lado de mi cabeza, él estaba de pié. Alargué mis brazos hacia arriba y mis manos quedaron a la altura de sus caderas. Sólo tenía que agarrar el slip y tirar de él para abajo. Miré al abuelo. Éste bajó la cabeza en sentido afirmativo como diciendo "..¡Ya!"... Tiré del slip. Éste llegó hasta los tobillos. Me sentí liberada. Vi a José como se agachaba para ponérselos otra vez. 

Espera, espera - ordenó el abuelo - Antes de nada el árbitro tiene que amonestar al luchador - continuó. 

José se quedó quieto con el slip en los tobillos. Yo me incorporé. Contemplé a José en toda su desnudez. Menuda polla tenía. Era descomunal. Nunca hubiera imaginado que bajo el slip, había tanta carne. 

El abuelo comenzó a divagar como si me estuviera amonestando. Yo no perdía vista a aquel pedazo de carne. Y el castigo que prevé el reglamento es que estéis en las mismas condiciones - dijo el abuelo. Adiviné cual sería su continuación. - Así que José debes quitarle a Raquel su braga y así estaréis en las mismas condiciones. 

No tenía ninguna duda de aquello. El hombre ya sabía que iba ha aceptar su juego. No tenía ya ni ganas de protestar, estaba en sus manos y lo único que me quedaba hacer era seguir aquel maldito juego. 

A una indicación del abuelo José se acercó a mí y bajó mi braga, término de sacarse el slip. El abuelo dijo entonces que nos iba a enseñar unas cuantas llaves para hacer al rival. ¿Para qué protestar? Puso a José tumbado boca arriba con las piernas bien abiertas y los brazos igualmente abiertos. Se dirigió a mí y me hizo poner a cuatro patas sobre José pero en posición inversa. Con lo que mi raja quedaba completamente a la vista de los ojos del chico y ante mis ojos estaba aquel pedazo de carne que por momentos crecía y crecía. 

Me ordenó que descendiera el cuerpo hasta contactar con el del chico. Al hacerlo comencé a sentir en mi raja el aliento de José, sus manos se posaron sobre mi culo. En el cuello sentía los pelos del sexo de José y la dureza del pene. 

Sentí como el abuelo cogía cada uno de mis tobillos y separaba más las piernas. Noté el contacto de algo en mi raja, deduje que era la nariz de José. Entonces el abuelo dijo que teníamos que imaginarnos que estábamos en plena lucha y esa era la posición. Dirigiéndose a mí dijo que la forma de hacer que el rival se rinda, sería darle bocados en el pene. Y me animó a hacerlo. 

Lo que no me gustaba de aquella situación era que aquel abuelo me estuviera ordenando hacer las cosas. Reconozco que lo de echarme a la boca aquella polla no me disgustaba en exceso. Así que cogí en mi mano la polla y comencé a introducirla en la boca. Al momento estuvo en plenitud de erección. !Que maravilla!, no me cabía entera en la boca y era tal la anchura que casi me dolían las mandíbulas de tener que abrir de aquella manera la boca. 

Oí como decía a José que en respuesta a mi ataque, debía lamer en mi raja. Sólo oír aquello ya hizo que sintiera en mi raja un cosquilleo y que ésta se humedeciera de una forma inmediata. Así estuvimos un rato. La verdad es que en un momento yo no sé las veces que me corrí. Ya no hacía falta que el viejo me dijera como chupar aquella polla. La estaba mamando con sumo placer y a mi ritmo. 

Sentí como mi boca se llenaba de semen. No me daba tiempo a recoger tal cantidad. Tragué todo cuanto pude pero así y todo quedaron restos de semen sobre el vello de José. Al verlo el abuelo nos dijo que fuéramos al baño a lavarnos. Los dos desnudos nos dirigimos allí nos metimos en la ducha y nos duchamos. 

Aproveché para lavarlo yo. De nuevo el pene fue cogiendo firmeza. Al regresar a la habitación, encontramos al abuelo desnudo. Ni siquiera pregunté. En aquel momento me vino a mi mente un flash de la película "..Historia de O".., me sentí tan utilizada como "..O".., y a la vez tan servicial como ella. 

Me pidió que me tumbara a su lado y a José que me volviera a lamer la raja. Una vez que José comenzó a lamerme, me dijo que quería que se la mamase a él. La verdad no fue en aquel primer momento nada agradable. Su pene tardó un buen rato en coger la erección así que al principio era un trozo de carne blanda pululando dentro de mi boca. Mientras las lamidas de José hicieron que comenzara a sentir placer en mi raja. La sensación del trío nunca la había experimentado así que mi mente comenzó a funcionar, mis carnes sintieron tanto placer que ya me daba igual todo. Cuando ya el abuelo tuvo la polla tiesa, me puso a cuatro patas y me indicó que ahora se la mamase a José. Comencé a chupársela, otra vez aquella polla estaba en su máxima expresión. Sentí la lengua del abuelo me lamía el culo y luego la raja. El juego era ya en aquel momento maravilloso. 

De pronto sentí como algo comenzaba a introducirse en mi vagina. No tuve ninguna duda. Era la polla del abuelo que se metía. Yo continuaba mamando aquel pollón inmenso. Después de unas cuantas sacudidas, el abuelo me hizo girar 180 grados, quedando mi boca frente a su pene y mi raja frente al de José. Me metí la polla del abuelo y continué chupándosela. Al ver como José no introducía su polla en mi raja, busque con la mano pasándola entre mis piernas aquella polla que estaba allí atrás sin atreverse a la penetración. 

Cogí en la mano la polla de José y se la coloqué justo en la entrada de mi raja. No tuve que decir nada. Sentí como aquella verga enorme se iba introduciendo. Nunca nada parecido había entrado dentro de mí. No era comparable con la de mi marido. Sentí el contacto de sus huevos con mi clítoris y ese fue el momento mágico que comenzó aquel baile. El ritmo que puso fue frenético. 

Cada vez que llegaba al fondo sentía el golpeteo de sus huevos en el clítoris. Era como un chispazo. El abuelo no se movía. No hacía falta. Cada mete saca de José, era un mete saca de la polla del abuelo en mi boca. 

Casi perdí el conocimiento del placer que sentí. Aquello era una locura. El chico por haberse corrido un momento antes, duró yo no sé cuanto y al abuelo le costó Dios y ayuda correrse en mi boca. Quedamos los tres tumbados sobre el colchón. Las fuerzas llegaron a su mínima expresión. Pasaron un montón de minutos hasta que pude levantarme y dirigirme a la ducha. 

Cuando salí de la ducha el abuelo ya se había vestido, José continuaba tumbado, recogí mi ropa y me vestí. La tarde continuó como otros días, en ningún momento se comentó nada de lo sucedido. Ya después de la cena y antes de marcharme el abuelo me dio unos billetes. Los cogí y me marché a casa. Al ir a dejarlos en la mesilla del dormitorio observé como me había dado 20.000 pesetas. 

Desde aquella tarde, se han repetido en innumerables ocasiones los combates de lucha libre. Las ganancias siguen siendo suculentas.

 

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