UNA VIDA y UN RELATO REALES
Enviado por Extranjero el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

Justo porque es tan larga esta historia, para disfrutarla a lo máximo, vale la pena fijar bien en los detalles de los siguientes datos.



Recién mi esposa e hija de tres meses fallecieron en un accidente de tráfico. Por eso, últimamente los relatos en Gemidos me resultan aún más interesantes que antes, en ciertas formas reconfortantes. Aparentemente hay otros esposos de la misma tela que yo, en cuanto a cómo nos sentimos sobre nuestras mujeres. Mi mujer también reaccionó a mis sugerencias en la misma manera de muchas.



Cuando no pude soportar el hecho de que no era yo el hombre que antes, y ella tan necesitada, como cualquier jovencita, empecé a sugerir pequeñas aventuras con otros. Estaba al principio sorprendida, con recelos, sospechosa de mi verdadero amor por ella cuando mencioné el tema, aunque normalmente muy segura de lo nuestro, de nuestra vida cotidiana y de mí profunda amor por ella.



En primer lugar, Norma era una mujer apasionada en todo. Desde su embarazo era madre primera. A fin de cuentas, luego de eso no quedo ninguna de sus intereses en tercer lugar. Todas de igual magnitud se encontraron en el segundo: su esposo, el baile y el sexo.



A pesar de la gran diferencia en nuestras edades, descubrí que me adoraba por completo. En los principios de nuestra relación, experimenté yo todas las dudas, celos y miedos que un hombre bastante mayor tendría con una esposa joven. Estaba ella a la edad de salir a las fiestas convocadas por sus muchos amigos y al menos un par de veces por semana frecuentaba los boliches.



Al aparecer, mantener su cuerpo a punto no tuvo nada que ver con su pasión por llegar a sus clases de ballet, ensayos de salsa, y salir conmigo a disfrutar los boliches de la capital. Al principio, me costó mucho verla llevada a la pista de baile por los jóvenes tan seguros en si, y tan interesados en mi mujer.



Mi esposa era la primera y única mujer que jamás había conocido que era a la vez tan agresiva en querer estar atravesada por un miembro masculino y también aparentemente tan comprensiva cuando no era capaz de satisfacerla. A todo eso se suma el hecho de que era una de ellas que se prenden fácilmente y aún más, dramáticamente, al tomar siquiera un sorbo de un trago.



(A propósito, soy canadiense, por eso mi pobre español. Mi mujer, nacida en Córdoba, pero crecida desde pequeña en Montreal, Canadá, principalmente hablaba francés y español. La conocí como alumna mía en la universidad. Recién volvimos para vivir en su país natal.)



(La historia "..Mamada a 10000 mts.".. equivocadamente puesta por Gemidos en el genero "..Hombre a Hombre,".. fue escrito por mi mujer, con con solo unas sugerencias mías. Eso en el avión ocurrió luego de casi un año de pequeñas aventuras antes de que se embarazara. Su embarazo le había más dispuesta a dar rienda suelta a mi fascinación con, y con mi deseo de mostrar su cuerpo.



El florecimiento y toda la apariencia de su cuerpo durante el embarazo me volvió loco. Debido a su ejercicio diario, la mayoría de su cuerpo no se aflojó, su cola quedando tiesa y tersa, a diferencia de su ya amplio busto, que ahora se mostró su preparativo para alimentar a un bebé. La vestí con ropa fina, frecuentemente con telas reveladoras, tratando de conseguir dejar a la vista toda la parte superior de sus hermosos pechos. Los hombres en las calles, los shopping, las exposiciones y en el umbral de nuestra casa, no dejaron de notarla. Tuvimos un par de aventuras de exhibicionismo con otros durante su primer trimestre, que observé yo desde nuestro dormitorio por una cámara escondida, y con una chupada de un repartero de empanadas cuando ya era avanzada su embarazo—sus pechos llenando el camisón que llevaba a la puerta, los pezones protuberantes y rosadas oscuras donde empujaron la tela diáfana, la panza saliendo por debajo como la luna llena. (Me trajo el resultado en su boca, para besarme con la inesperada y nunca soñada muestra de su intimidad.)



A los dos días de haber dado luz, sus pechos ya se llenaban con leche. Fueron asombrosos, tan espectaculares, así que al fin de tres meses se habían crecido hasta dar un litro por pecho cada seis o siete horas. Cada día tuvimos que guardar unos más de 5 litros en la heladera y el freezer de piso, que estaba en la despensa. Usamos su néctar para salsas, licuados, cualquier cosa, hasta servirla fría o en café o chocolate caliente a nuestros invitados, preguntándoles a los afortunados hombres seleccionados si preferiría “Leche de vaca o de los pechos de Norma.”



La historia que les prometí empieza ahora. . . .



Una vez, invitamos a cenar en nuestra casa a un grupo de 5 viajeros canadienses, universitarios de postgrado, a la vuelta de haber conquistado la cima de Aconcagua. Los habíamos conocido por casualidad en un restaurante la noche anterior. Para la cena en nuestra casa Norma llevó un vestido super femenino, de gasa fina y blanca, decente pero un tanto transparente, mostrando el color de su piel cuando se movía. La tela se conformó a sus curvas a medida que se movía.



No llevaba corpiño, tampoco bombachas, puesto que nunca tuvo en su entrepierna ni las axilas más de unos pocos finos velitos claros, invisibles excepto de muy cerca, y por eso hasta desnuda parecía afeitada. Debajo de la tela de su vestido esa noche parecía una escultura ambulante. Puse tres velas en la larga mesa de servir para que cuando pasó entre la luz de las velas y nosotros su cuerpo entero emergiera a la vista y por un momento fugaz brilló un trigueña rosada, el vestido como una nube sobre ella (no la había advertido del hecho). Llevó tacos de plástico, parecían de vidrio, como de Cenicienta, transparentes y dejando a sus hermosos pies de bailarina totalmente visibles. Sin tener que afeitarse y con su tez perfecta nunca usaba medias.



Durante la cena Norma, como de costumbre, rechazó la oferta de vino que estaba yo sirviendo a nosotros seis hombres y quedó un poco asombrada cuando la señalé que estaba conforme que tomara algo. Yo mismo llené su vaso. En pocos minutos se puso más y más cariñosa conmigo, besándome la oreja, pegándose contra mi cuerpo y descansando la cabeza en mi hombro, acariciando mi cuello y la mejilla con su cara—totalmente al olvido de los demás.



Norma y yo éramos anfitriones bastante hábiles y los jóvenes llenos de historias de sus aventuras y seguros en sí como grupo. Con Norma fueron formales y respetuosos. Obvio, no pudieron quitar sus ojos de encima de mi mujer y Norma se puso contenta de ser la única mujer bajo los ojos de tantos hombres atractivos. Por el ánimo de todos, la velada florecía con buena onda, la presencia de Norma brindando más de un toque de electricidad en el aire. Cuando Norma se disculpó y se levantó de la mesa, y vi que se dirigía hacia al baño, también me disculpaba de nuestros invitados. Fui al dormitorio.



(Cuando encontramos este departamento, en la primera semana instalé pequeños micrófonos en puntos estratégicos en la casa, incluso pegado debajo de la mesa del comedor, para oír siempre de mi estudio o el dormitorio si nuestra hija por nacer estaría bien. Esa noche pensé en otro uso y además había conectado una grabadora en el dormitorio principal para escuchar después de la cena. Al llegar al dormitorio, abrí el cajón de la mesita de noche, donde había escondido la grabadora y puse los auriculares. Por mi deleite, los comentarios de los jóvenes fueron totalmente sobre los atributos de mi mujer.



“¡Puede sentarse en mi rostro cuando quiera!” (La voz de Eric, un verdadero vikingo, un auténtico león, de huesos y músculos largos.)



“¿Viste sus Tetas? “Son melones de verdad, ideales.” (Mel, bajito pero con lomo, piernas y brazos de toro. )



“¿Notaron Uds. cuando pasa por delante de las velas?” (Era la voz de John Sebastián (sencillamente llamado “JS”), un maratonista, me enteré más adelante.



Todos a la vez murmuraron, “Si” y “Wow,” con partes iguales de asombro y el anhelo en sus voces, de los animales salvajes.)



“Cuando me sirvió la sopa,” dijo Eric, “Su pecho roció mi hombro. Me miró con una sonrisa que me calentó hasta los dedos de pié. No sé de Uds., pero estoy a palo. Cuando la vimos por primera vez anoche, cogerla allí mismo, no importa la gente.” (No escuché bien sus palabras, porque todos hablaron a la vez, pero no dejaron en duda que se concordaron por completo.)



Otro, creo era Arnie, un guía profesional de buceo y montañismo, agregó.” Cada vez que me acerca, tengo unas ganas casi incontrolables de levantar ese vestido y hundirme la cara en su cola. ¿La vieron como tiene? (más voces afirmando lo mismo.)



Por primera vez oí la voz de Clint, el mayor del grupo, con unos 32 años, y normalmente callado, un pensador. “Hemos estado fuera de la civilización dos semanas, ni siquiera con una mujer fea para ver, y ahora ella— ¡uyyiiiiiiii!

JS, cuando Douglas estaba escuchándote contar de la nevada nuestra primera noche en la montaña, Norma estaba llenándome el vaso con agua, eché un vistazo de reojo para ver dentro de ese valle que hacen sus pechos, y de repente me miró. ¡Me pescó can las manos en la masa y no hizo nada más que brindarme una sonrisa amable!” “¡La manera en que le acaricie su esposo--vaya!”



Cuando oí que Norma estaba a punto de salir del baño, me puse cerca de la puerta y al salir la llevó al dormitorio para seguir escuchando los comentarios de los chicos (mejor dicho, chico en comparación a mí).



Dicen que Una mujer entra el hombre por sus ojos, y el hombre entra la mujer por los oídos. Noté en el rostro de mi esposa que los comentarios de los hombres alcanzaron a sus profundidades. Estábamos de pie, abrazados, besándonos y acariciándonos, cada vez más calientes. Me bajé de rodillas detrás de ella, dejándola seguir escuchando los piropos de nuestros invitados. Con las manos subí la falda de su vestido, bajé las bombachas, y hundí toda la cara entre sus cachetes de miel—con mis brazos alrededor de sus caderas, abrazando su cuerpo con pasión, levanté todo el peso de sus pechos con las manos. En un par de segundos Norma entró en un clímax que sacudía a todo su cuerpo e hizo a sus piernas volverse débiles, obligándome suportarla su peso con su cola sentada en mi pecho. Sus flujos untaron mi cara, cuello y pecho. Con mis manos y mi cara esparcí su miel por todo el largo de sus muslos y su cola, por fin besándola de nuevo profundamente en la concha, el peso de su cuerpo aplastando sus glúteos dulcemente alrededor de mi rostro.



(El día siguiente, Norma me contó que su clímax tan fuerte en el baño fue provocado en partes iguales por mi boca en su concha, el alcohol, y unos comentarios puntuales de los chicos. Enseguida prendimos la grabadora. Los escuchamos de nuevo juntos y me señaló la parte que contribuyó tanto a su excitación:



“¿Han notado sus pezones? Apenas se nota, ¡Pero allí están apuntándome!” dijo Eric el vikingo.



Sentado directamente frente a ella, Mel, el toro, dijo en su lenta y sonora voz, baja, áspera y intensa “¿Cómo no? Soltó una risita que era poco más que un gruñido. “De mi lado, son fáciles de espiar. Se ánima tanto cuando está hablando que juro que puedo verlos levantarse. Me apuntan y les dije sin vergüenza que estoy devolviéndola el favor.”



“A mi también me cuesta mantener mis ojos arriba, en los suyos.” Afirmó Eric.



“¡Impresionantes, son enormes los areolas!” Exclamó Arnie, el buceador y montañista.



“¿Y saben? Preguntó Mel, ahora aún menos formal. “Por lo que puedo discernir, no lleva bombachas, y no puedo ver ninguna mancha de velos en su entrepierna.”



” ¡Obvio que no lleva bombachas!” Soltó JS, el maratonista.



“Debe estar afeitada por completo. ¿No?” comentó Clint, el mayor del grupo, pero por su manera de caminar y por el tamaño de sus piernas y brazos, de ninguna manera menos capaz que sus compañeros.



“Seguro que me gustaría averiguarlo,” dijo Mel en su áspera voz.



En el baño, con nuestros invitados esperándonos, y yo asombrado por el clímax de Norma –claro, desconociendo todo el porque—levanté primero un pie de mi mujer y luego el otro para sacar las bombachas y las tiré encima del lavamanos. Me puse de pie y le dije que estaba yo tan orgulloso de ella. Me besó apasionadamente. Era claro que quiso quedar allí para estar bien follada, pero me separé y tomé su mano. Volvimos a la mesa.)



Era el enfoque de la atención, los ojos de los hombres comiéndola entera (seguro alentados por los comentarios en inglés les hice acerca de mi esposa cuando estaba fuera de la mesa. Con mi manera les di a entender que pudieron ponerse cómodos y no furtivos con su aprecio de mi mujer. Puntualmente, les dije cosas como, “Mi mujer siempre ha sido para mi la mejor atracción de cualquier comida,” y más adelante in la conversación, “Me agrada que la comen con los ojos, porque para cualquier mujer es la mejor salsa para acompañar la comida, de la entrada hasta el postre, y para mi, un cumplido.”



Luego de haber acabado con cuatro botellas de vino y todos se habían puestos más que cómodos—en fin, alegres, cada uno de los hombres a gusto y ahora abiertamente apreciativos de Norma, persiguiendo su cola con los ojos cada vez que iba a la cocina, o cuando hablaba ella tan alentadamente, sus manos expresivas, el pelo largo y oscuro centelleando en la luz de las velas, y el peso su busto corriendo a un lado y luego el otro, temblando a veces, cuando se rió, la miraron sin vergüenza, con anhelo. (Se rió mucho, casi siempre de buen ánimo, llena de relatos divertidos).



Los ojos de los muy hábiles deportistas le acariciaron a su persona entera en cada oportunidad. (Yo había visto que a medida que la cena seguía y Norma se puso más y más animada, que ella disfrutaba plenamente a toda la atención que le caía, y yo, por mi parte, noté con gran satisfacción que un par de los chicos me habían olvidado por completo, casi agresivos en su atención a la luz de mi vida.



Empezaron a felicitarme sobre sus encantos cuando estaba fuera de la mesa. Para agregar leña a la fogata, la leche de Norma se había brotada. Al principio apenas mojando la suave tela, revelando la forma y las dimensiones de cada uno de sus pezones, Norma aparentemente inconsciente del evento. Manchas oscuras creparon hacia abajo de cada uno, pegando la tela contra la amplia curva inferior de sus pechos. Mel me preguntó al respecto una vez que Norma se fue a la bodega para otra botella de vino.



“Si,” les dije. “Fatima ya tiene 3 meses y Norma está casi siempre repleto de leche, especialmente en la madrugada o como ahora, cuando reciben mucha atención, y está agradecida por la curiosidad.” Les expliqué como guardamos sus sobras, hasta servirla a los invitados. Con sus ojos pegados a los míos, o mirando a sus platos, me escucharon con mucha atención.



“¿Nos van a ofrecerla? Dijo Arnie, un tanto ultrajado, pero a la vez con decisión. “A ver. . . .” les dije mientras Norma nos acercó con la nueva botella.



Al terminar el postre, Norma se fue a la cocina con los platillos, pero dentro de un par de minutos volvió, las manos vacías, para susurrar en mi oído, “¿Qué hiciste con la leche?”



(La había escondido en el freezer de la despensa, debajo de paquetes de carne.)



Con Norma abrazándome, cuñando mi cara en su brazo, presionándola contra un pecho, los chicos no pudieron decidir donde poner sus miradas, en mis ojos o en el pecho de Norma. Vi en sus ojos envidia indiscutible. Les expliqué el problema que se presentó. Me escucharon, nadie comentó nada, pero vi. que las lenguas de Arnie y Eric dieron un golpecito a sus labios para mojarlos.



Miré a Norma y, intentando por medios de halagos que me complazca, le pedí su leche para las lágrimas, abrazándola y acariciándola para tranquilizarla. Apenas giré la cabeza lo suficiente para besarla la llenísima curva de su pecho, para luego mirar en sus ojos con expectación.



Antes que pudo contestar, aparté mi rostro de su pecho y de nuevo dirigí mi mirada a los invitados, preguntándoles en inglés, puesto que no hablaron más de un par de palabras en español y Norma no entendía bien el idioma, “Perdón, ya no hay leche de vaca. ¿Les importa si tomen sus cafés con la leche de Norma?” vi. que por el momento los dejé sin aliento y sin palabras. Le informé a mi mujer lo que acababa de decirles, y con los ojos le comuniqué mi aprobación.



Se prolongó el silencio, preñado de esperanza. Pero al cobrar aliento, los 5 no tardaron mucho en asegurarnos que ¡No—no les molestaría en lo mínimo aceptar su leche! Le traduje los comentarios para Norma, con un par que habían hecho mientras estaba en la cocina. Clint empezó a aplaudir rítmicamente con las manos, como si estuviera alentando a su equipo favorito de hockey. Los demás se unieron, agregando sonrisas y palabras apropiadas en inglés que, a pesar de que Norma no entendió ninguna. Empecé a traducir uno, pero me señalo que no era necesaria mi intervención. Captó sus intenciones sin mi ayuda.



Todavía un tanto indecisa, Norma estrechó su mano para recoger mi tasa y platillo. Pero la detuve. “No, no, por favor acá mismo. Es lo más natural.” Susurré en su oído, “Por favor”.



Miré a los invitados, repitiendo lo último en ingles. Con inclinaciones de sus cabezas, ojos grandes y brillantes, y palabras de una sílaba, señalaron su plena conformidad. Norma, ya ruborizada, tanto los pechos como sus mejillas--a la vez nerviosa pero con su reluciente rostro brillando con la vanidad tímida de cualquier mujer hermosa encontrándose a la vez protegida y con licencia a explorar, bajó su mirada.



Metió una mano en su escote, y cuando la retiró, estaba invisible debajo de un pecho generoso con la plenitud y la altura que poseen las jóvenes de 16 años, y a la vez la amplitud que solamente un pecho a punto de reventarse de leche puede mostrar. Dos pequeños arcos salieron de la punta de su saliente y rojo pezón a salpicar el mantel y la comida en mi plato. Se le saltó una risita de placer. Su cara, rojiza y lustrosa, nos baño a todos con el calor de su deleite. Vi que sus dedos y la parte inferior de su pecho ya estaban resplandecientes con su leche, reflejando la luz de las velas.



Sugerí a todos elegir una lágrima, comunicándoles de lo que consistía, que era mayormente leche, la cual a Norma no la faltaba. (Comentaron varios de que no hacía falta mi observación) Luego, el reinó silencio total en la mesa todos los ojos en Norma. Para poner a Norma más cómoda, les hablé a los invitados.



“Tan llenos fueron sus pechos siempre en la madrugada que tuve que chupar unos momentos para ayudarla soltar la primera crema,” y luego, “Que muchas veces mi desayuno era solamente esa manjar.” Pero no era necesario, todos ávidos, Norma a gustó, orgullosa.



Bocas entreabiertas y silencios, los ojos de los nuevos amigos fueron grandes, fijados desenfrenadamente en la más mínima detalle del drama ante nosotros—la morena mía tan hermosa en su vestido de gasa fina y blanca, el pecho redondo y refulgente en la luz de las velas, el pezón ahora un color de una rosa tan negra como sangre. Nunca lo había visto más gordo. Ambos de sus manos sostenían el peso de su generoso pecho, los dedos moviendo, id y vuelta, deslizando a la vez que apretaba hacía el pezón, ordeñándosela. Los ahora 5 o 6 arcos de leche saliendo cada uno de su puntito en la punta del pezón, dirigidos más o menos a mi tasa, pero a la vez mojando todo alrededor. El único sonido en mi casa era la resonancia agudo de la leche contra la superficie del café y los costados del platillo. Uno de los arcos fugaces mojaba mi mano con un chorro constante.



Siempre chorreando en simpatía con el otro, su otro pecho estaba mojando su blusa y la falda. Mientras olía la leche saliendo de mi hermosa esposa y miré arriba a sus brillantes ojos (amigo, aquí, la memoria de ella de repente me atraviesa, y si fuera esta una carta de papel, observara vos la evidencia de las lágrimas que caen ahora mismo sobre el teclado de mi PC). Con los dedos temblando, como si fuera la primera vez que la tocara, empecé a bajar el otro lado de su blusa, descubriendo al aire el otro pecho, ya salpicando por doquier.



Le susurré tiernamente a mi mujer, “Suficiente,” y le sugerí “Enseña a JS. . . .” (el muy apuesto galán a su otro lado) “como ordeñarte, mientras sostengas este, para que no pierdes el tesoro que nos das” le dije con todo cariño, indicando el pecho que recién había liberado. Así fue alrededor de la mesa, cada uno mostrándose más que listo para ayudar a Norma llenar la taza suya, cada uno con manos temblando cuando era su turno, pero en unos momentos, aliviados a descubrir que tan simple y natural era. Sonrieron con satisfacción. Aunque fueron un par de ellos tímidos y los restos mostrándose apenas capaces de refrenarse de balancearse encima de ella, fueron todos caballerescos con ella, totalmente encantados. Era obvio que fueron completamente enamorados de mi mujer y más. . . . Nos reímos todos cuando en una oportunidad su leche vino más rápido (seguro tan a mil como nosotros) y a Mel le salpicó la cara y la camisa. A pesar de ser el mayor del grupo, su sonrisa de muy joven nos llenó a todos con gozo compartido.



Noté en un par de ocasiones que el joven Arnie (de unos 26 años) y Mel habían furtivamente ajustados sus pantalones debajo de nuestras vistas. Cada vez vi que Norma también lo percató. Lo que no notó mi mujer, es que yo había sacado mi pene para acariciarlo. Aunque ya no mantengo una erección, ni duro ni por mucho tiempo, a veces el gozo es bastante fuerte.



Cuando Norma ya había llenado las tazas de todos, le pedí dejar sus pechos así, afuera para el aprecio de todos. Aplaudieron todos, Arnie golpeando la mesa con una cucharita. Norma vino a mi lado con la intención de sentarse de nuevo a mi izquierda. Todo el tiempo que me acercó, me miró tímidamente pero ahora con insolencia en las profundidades, fuego encima de sus mejillas y los pechos. Se habían disminuidos apenas y fueron todavía rellenos y radiantes en la luz de las velas y bajo el calor de las miradas.



“¿Satisfecho? me preguntó.”



“Todavía, no, pero eres la bombón de mi vida, mi amor.” le dije. Me besó en la mejilla, y en ese momento espió mi pene afuera. Soltó una boqueada.



Antes de que pudiera comentar o sentarse, dejé caer la servilleta y la levanté con la punta de mi zapato, para precipitarla aún más lejos debajo de la mesa.



“Norma, cielo,” le dije, “Por favor alcánzamela, ¿Si? Estoy tan lleno de tu buena comida.” Se agachó, trató de alcanzarla, pero no pudo. Se bajó de rodillas y gateo medio metro más debajo de la mesa.



Sin titubeo, tiré el mantel encima de la mesa, levanté mi pierna izquierda para pasarla por encima de su cuerpo, y en el mismo momento que logré a descansar el pié en el piso, con ambas manos levanté la falda de su vestido. Agarré sus caderas, jalándolas hacia mí, donde las atrapé con toda la fuerza de mis piernas y en uno solo me la enfundé mi medio erecto pene en su concha—ya chorreante por la atención, el entorno romántico, los piropos, las miradas y los manoseos de los invitados sobre la sagrada persona de la mujer del otro.



“Caballeros, miren debajo de la mesa.”



Todos levantaron el mantel donde se sentaron y se agachaban para espiar en la oscuridad fuera de la tenue luz de las tres velas. En voz bajo dije a Mel, sentado directamente frente a mi, “Busca su boca y tienes mi permiso llenarla.” No hacía falta aclarar con qué.



(Para mi lo más emocionante de toda la noche hasta entonces era cuando Clint, el mayor del grupo de andinistas, agarró su cabeza firmemente con ambos manos y a través del cuerpo de mi mujer pude sentir cada embestido en la garganta de mi mujer, sin intención empujándola fuertemente hacía mí como si fuera su galán un martillo neumático bombeándola, obligando su concha a tragarme el miembro en uno solo cada vez que la taladró. Empezó a experimentar arqueadas cuando Clint estaba por terminar, y por alguna razón esa me enloqueció de placer.)



Fue el primer acto de una noche larga.



Me encantó a mostrarla, tal como otros con sus mujeres. Lo hicimos en toda ocasión, especialmente con invitados a la casa o con los chicos que entregan comida a domicilio, especialmente con un repartero de helados de un negocio famoso acá. Cuando fuimos a bailar muy de noche, la dejé bailar con muchos hasta la madrugada (chicos muy pequeños, colegiales, y hombres de todas las edades muriendo por estar con ella). Tenía 27 años cuando murió, soy mucho mayor, y por eso ellos pensaron que era yo su amante rico o algo así, siempre respetuosos pidiéndome permiso para llevarla a la pista de baile, algunos desafiantes a la vuelta a la mesa, pensando que pudiera quitármela de ella. Me gustó tanto cuando volvió a la mesa con su cola o el interior de la parte delantera de su falda cubierto de la leche de un pretendiente, Norma habiéndolo sostenido entre sus muslos mientras su hombre del momento había bombeado sus glúteos, atrapados entre sus fuertes muslos. O si la tuvo erecto, apuntado al cielo raso, deslizándose a lo largo del valle formada por sus redondos y firmes nalgas, mojar su ano, la espalda, sus glúteos y ropa. Una vez mi divina mujer le permitió a un norteamericano de básquet acabar en su boca mientras bailaron en la oscuridad de un boliche de Palermo en una mañana de esta primavera, el tipo tan alto que Norma solamente tenía que bajar la boca para alcanzarlo.



Una vez me dijo que estaba segura de que yo mismo hubiera querido ser el recipiente en la boca de las atenciones que recibía y a hora pensándolo bien, probablemente es cierto. Todo que venía hacía ella me aumentó. Ahora, más pasivo, he pensado en encontrar a alguien que me permitiría realizarlo. Norma y todo su ser era como una extensión de mi sexualidad, tan hermosa era. Mi email es de ella, Cualquier comentó de nosotros será agradecido y con toda seguridad, respondido en la brevedad.

 
Escribile un e-mail al autor:
extranjero1947@hotmail.com

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