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Un sábado no habitual. |
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Enviado por anonimo el día Viernes 16 de Mayo de 2008 |
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Era uno de esos días de tiempo tan malo que lo más natural es que uno se quede en casa, se ponga cómodo, después de la cena se siente en un sillón con un buen libro o en el escritorio iluminado, dispuesto a hacer aquel trabajo pendiente o frente a la computadora para jugar aquel juego, luego de terminado el cual habitualmente uno se va a dormir, no sin antes trancar la puerta de calle y apagar las luces. No fue así ese sábado: - Juanca, fijate si tenemos bastante vino y demás bebidas. Acordate que vienen a cenar y a quedarse hasta tarde después, Diego y Laura. Vamos a jugar a las cartas y las bebidas y los puchos se van en cantidades industriales.- me dijo a media mañana Silvia, mi esposa. Habitualmente, los fines de semana, salíamos los dos solos o con otras parejas amigas, al cine, a bailar o a otra diversión, pero ese día no: cenaríamos en casa. - ¡uuufaa! Justo hoy, con este día, vienen estos dos! – comenté medio fastidiado por tener que salir de compras para reponer las existencias de alcohol y tabaco. - ¿Qué te molesta que vengan? ¿Vamos a estar a la intemperie, acaso?..¡No seas chaaaanta!! No me hagás hablar. Si a vos se te cae la mandíbula y te quedas con la boca abierta cuando la ves a Laura – - ¿No me digas? ¿Y por casa como es la cosa? Si el Dieguito está en zona, se nota que te pones como manteca al sol - - ¡dejate de decir boludeces y andá de una vez y hacé lo que tenes que hacer….! – Silvia es una hermosa y simpática mujer. Laura no tiene porque envidiarle. Ambas, además de generosamente beneficiadas por la naturaleza con todos lo necesario para despertar la codicia masculina (altas, esbeltas, largos cabellos castaños, rostros agraciados, delantera y trasero inobjetables, piernas largas y logradas) son inteligentes, sociable, extrovertidas y dispuestas a la esgrima oral sugerente y ambigua. Uno no es de palo. Las sugerencias, insinuaciones y ambigüedades de Laura me habían calentado a punto tal que, no avancé proponiéndole sexo, sólo por sentirme inhibido por nuestra relación de amistad. A Diego le pasaba lo mismo con Silvia. No es que me lo confesara, bastaba con observarlo en su trato con mi esposa para tener claro su apetito sexual. Las dos chicas, (yo estaba convencido y quedó confirmado) no eran refractarias a las calenturas con el hombre de la otra y si no se habían dejado llevar por ellas fue por la misma razón que la nuestra, los varones: la amistad. De este modo, nuestras reuniones, que para un observador no informado, podían aparecer como divertidas y ocurrentes, eran por momentos, tensas por la sensación de estar transitando al borde del “precipicio”. Ese sábado de clima alborotado, comprobamos la sabiduría de los romanos, lo acertado de los adagios de la antigua Roma. De movida, esa noche, despachamos algunos aperitivos. Al concluir la cena recogimos tres botellas de vino tinto vacías y una cuarta con un cuarto de contenido. Le siguieron tragos largos y variadas copitas de licores, apurados durante la sobremesa y posterior partida de pocker. Un control de alcoholemia hubiera arrojado resultados desastrosos para los cuatro. Dimos por concluida la velada alrededor de las 1:30 Hs. En la charla de despedida, Diego fingió ignorar la presencia de las chicas y, dirigiéndose a mí en voz alta, puso las premisas para lo que ocurriría poco después: - ¡Che! Silvita está para darle. Me provocó más descargas que las de la tormenta de afuera. ¿A vos te jodería mucho que me tire un lance con ella? - Le seguí el juego: - ¡No che! Eso si, siempre y cuando a vos no moleste que yo lo intente con Lau, que es una masa - Las dos mujeres se habían sonrojado un poco. Silvia fue la primera en hablar: - ¿Y nosotras que hacemos? ¿Nos quedamos quietitas esperando a que los señores hagan su movida? – - ¡Silvita! “Uds dos ya revolvieron el avispero” lo que podes es ganar tiempo y averiguar si a Lau le jodería si vos agarras viaje y, viceversa, aclararle que tal vos, si ella me da bola – le dije riendo. Ninguno puso el grito en el cielo. La verdad era que, Diego y posteriormente los tres restantes hablamos, pretendiendo disfrazarlo de broma, de lo que realmente nos ocurría y, pudimos hacerlo, sólo por la cantidad de alcohol en sangre. “In Vino Veritas” (En el vino la verdad) de Plinio el Antiguo, encajaba perfectamente en lo que estaba sucediendo. A las carcajadas, Diego abrazado con Silvia y yo con Laura, fuimos a la cochera. Nos despedimos, como lo hacíamos habitualmente, con besos en las mejillas y.......el auto de nuestros amigos no arrancó. No hubo manera y la terca insistencia de Diego agotó la batería. - Quédense aquí, hace un tiempo de miexxx….mañana, es domingo y veremos que hacer con el coche – propuso Silvia. - Tiene razón. Mañana podemos llamar el auxilio y, en último caso, que les remolque el auto - agregué yo. Diego sopesó un rato la situación, se dispuso a descender y dio el pasito que faltaba, para que lo que hasta minutos antes era chisporroteo verbal, se convirtiera en vivencia concreta: - Parece que no hay otra manera. ¡LPQLP!! Pero, che, al mal tiempo pongamos buena cara; nos quedamos y hacemos propicia la ocasión para hacer de éste, un sábado distinto: Lau se queda con Juan Carlos y Sil conmigo. ¿Qué les parece? – terminó de salir del coche, volvió a abrazar la cintura de Silvia y puso cara de interrogación. Nos miramos en silencio sin que nadie de los tres interrogados se escandalizara, atinara a censurar, o a responder. - El que calla otorga – dijo por fin Diego, cerro la puerta del auto e hizo ademán de encaminarse al interior, llevando a mi esposa de la cintura. - ¡Puede ser!...Digo….creo que....por mi mal no estaría.…pienso..– murmuró Laura y aceleró mis pulsaciones al mango. Al oír a su amiga, Silvia me miró, recorriendo con el meñique su ceja derecha, gesto característico de su estado de perplejidad, y yo, con el embale que ya tenía (y el alcohol en las venas) asentí levemente. Ella encogió ligeramente los hombros como para decir, “si vos estas de acuerdo, yo también, me voy a dar el gusto”. Sin mediar nuevas palabras ni de aprobación ni de objeción, los cuatro caminamos hasta las puertas, enfrentadas, de los dormitorios. Ahí Silvia, hizo el ademán de que esperemos, entró en el nuestro y, cuando salió, tenía su ropa de cama en una mano, un pijama mío en la otra y una sonrisa dibujada en los labios; la miró a Laura en los ojos: - ¡Lau! Juanca te va a mostrar donde está mi ropa interior y de cama, usá la que te parezca. ¡Hasta mañana!! – Me miró fugazmente por sobre el hombro (como diciéndome “que la pases bien”) y entró en el dormitorio de huéspedes seguida por Diego. Me extrañó un poco que me dejara nuestro dormitorio. Menos de 15 minutos después, Laura seguía en el baño del cuarto, yo me estaba desvistiendo para ponerme el pijama, escuché protestar a Silvia (no habíamos aún cerrado las puertas), en voz, pretendidamente, baja: - ¡¡Dieeego!!!...¡sos un caverníiiicola!....soltame que quiero ir al bañooo….- - ¡dejate de remilgos, Silvita!...no ves que ya estas mojada…ni a tiros te dejo ir ahora – - …me iba a…..- Segundos o, a lo sumo un minuto después, me llegó el jadeo, los suspiros y las palabras deshilvanadas de Silvia, cuando está compenetrada en hacer el amor. Diego había sido expeditivo, ya la tenía “empernada”; estaban cogiendo y disfrutando, mientras yo aun ni le había visto la ropa interior a mi compañera de dormitorio. Cerré nuestra puerta. - ¡qué linda que estas con esa ropiiiiiita!!! – Laura había elegido, del cajón de mi esposa, una ropita interior negra y un camisolín del mismo color. Estaba suntuosa con el cabello húmedo después de la ducha rápida. Dio un giro completo sobre si misma para mostrarse toda, se me acercó y ofreció sus labios para el primer beso: - ¡visteee! Por fin, estamos solitos….vos ¡osooote!! ¿qué pensas hacer esta noche? Yo, sabelo, voy comerte todito.- En un santiamén el camisolín fue a parar al parquet y caímos atenazados en la cama. Estaba besándola apasionadamente y comenzando a bajarle el calzón a Laura, cuando nos llegó nítido el barullo de orgasmos en el cuarto de enfrente. A Silvita le gusta que uno se entere que hizo bien su parte y que ella alcanzó el clímax. Y no lo murmura ni susurra, lo grita voz en cuello. Nos habían sacado todo un polvo de ventaja y, no creo, haberlos emparejado ese fin de semana pero, puse mano a la obra, mejor dicho, la punta de mi verga rígida en la entrada de la conchita de Laura y empujé. A partir de ahí perdí contacto con el mundo exterior y alrededores y sólo percibí los suspiros y gemidos de ella y un placer inenarrable al bombear con delicadeza pero sin pausa. Acabamos juntos, los brazos entrelazados y las lenguas en porfía. Una vez muerto y exprimido el muñeco dentro de su concha, me dejé caer a su lado. Charlamos, nos agradecimos el placer mutuo, nos higienizamos. De regreso al colchón, “blanqueamos” las ganas que nos teníamos desde largo rato, charlamos, volvimos a encendernos y sobrevino el segundo polvo, más trabajado que el primero que estuvo dominado por la ansiedad y la precipitación del estreno. (Ella hizo honor a la promesa inicial: recorrió con la lengua todo el tronco de mi verga, los huevos, volvió a recorrer el tronco y se lo comió entero. Yo le retribuí comiéndole toda la conchita poniendo particular dedicación a su clítoris. La cogida propiamente dicha fue apoteótica). Hubo una tercera vuelta cuando nos despertamos a mañana de domingo avanzada. Me levanté, duché, vestí y contento de la vida fui a preparar café. Las chicas entraron en la cocina, separadas por escasos minutos, sonrientes y distendidas. Silvia me dio un beso y sólo tuvo palabras laudatorias para el cielo despejado después de tanta tormenta. Percibí que su noche le había resultado placentera, pero no aludió para nada a la vivencia, a pesar de ser la primera en llegar y quedar a solas conmigo. Con Laura intercambiaron besos, sonrisas y miradas que yo interpreté equiparables a unos “gracias por dejarme probar lo tuyo” aunque, en voz alta, sólo escuché las frases, de doble significación: “..por fin un poco de sosiego y sol después de tanta turbulencia.”…”es verdad, viene bien que el domingo sea tranquilo, después de un sábado zarandado.” “El vino le hace bien a las mujeres, sobre todo cuando lo beben los hombres” adagio romano que se comprobó, una vez más, ese fin de semana no habitual. Diego fue el último en llegar. Entró quejándose del dolor de cabeza, por el exceso de alcohol. Estuvo bueno el sábado, para los cuatro estoy seguro, aunque, por lo menos a mi, me quedaron varios pendientes: sexo con ella en cuatro, la cucharita, el trasero de Laurita, redondo, casi irrespetuoso en esa redondez, etc…. No me atrevo a proponerlo yo pero, no creo que tarde mucho una reiteración de ese fin de semana atípico. |
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