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El tajo del vestido |
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Enviado por Luciana el día Jueves 1 de Enero de 1970 |
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Ya era la madrugada del domingo, cerca de las dos de la mañana y yo estaba en casa, embolada por no tener sueño y con bastante calentura encima, porque había estado mirando una película erótica en un canal de cable; así que pegué un salto del sillón, me di una rápida ducha, me cambié y fui a bolichear por ahí.
A mi condición de lesbiana cien por ciento (hombres abstenerse a no ser que solamente pretendan intercambiar conmigo correspondencia, experiencias, etc.), tengo que sumarle el hecho de ser una profesional, si bien nueva en la zona, con una posición bastante bien definida y no me gusta además incursionar en el ámbito de la prostitución, no por algún tipo de discriminación ni nada por el estilo, ya que soy una defensora a ultranzas de todas y cada una de las diferencias y en todo orden, sino por una cuestión simplemente de gustos.
Si bien es cierto que ya estamos en pleno siglo veintiuno y que hay una apertura mental bastante considerable hacia algunas cosas, no es menos cierto que aún en las grandes urbes (no es el caso de Comodoro Rivadavia, que si bien la población ya supera holgadamente los doscientos cincuenta mil habitantes, todavía tiene características de “pueblo”), el tema del “lesbianismo” sigue siendo muy resistido, más inclusive que la homosexualidad masculina.
Hoy en día, en algunos boliches, puede llegar a observarse a ciertas chicas, sobre todo a las adolescentes, besándose en la boca pero más como una moda que por una condición sexual propiamente dicha, pero volviendo a mi caso particular, esa noche salí, como comenté anteriormente, a ver si pasaba algo en la noche Comodorense y luego de dar unas cuantas vueltas por la zona céntrica, decidí meterme en un Pub bailable.
Después de tantear el ambiente, me tomé una cerveza y fui a la pista para bailar un rato, obviamente sola y allí permanecí, absorta con la música y en mi propio mundo, hasta que reaccioné en un momento y me encontré con una mujer bailando casi frente a mí; la mina estaba demasiado empilchada (no quiero decir con esto que el lugar no lo merezca), con un vestido largo, bien ajustado y con un tajo que le llegaba hasta ahí (apelo a la imaginación de los lectores).
Sin que todavía nos dirigiésemos palabra alguna, era ya como si estuviésemos bailando juntas y allí permanecimos durante un buen rato, hasta que la cerveza me hizo efecto y tuve que ir derechito al baño; la mujer me siguió (no inmediatamente sino a los pocos minutos) y entró justo cuando se me había corrido un poco el rimel y estaba lagrimeando, entonces ella supuso que, a lo mejor, yo estaría llorando por algún despecho o algo similar y me dijo:
“Siempre es bueno salir a divertirse, sobre todo cuando una no anda del todo bien”.
Yo me hice la desentendida y le seguí la corriente para ver a donde quería llegar e hice un poco de teatro, volviendo a lagrimear pero como si efectivamente hubiese estado llorando, entonces, la mina me dijo, haciéndose la Psicóloga:
“A veces los hombres no entienden la sensibilidad de nosotras, las mujeres”.
Y estirando su mano hacia mí, finalizó diciéndome:
“Vení, vamos de nuevo a bailar, a tomar algo y a divertirnos”.
Dicho y hecho, salimos del baño y fuimos a la barra primero, para tomar otra cerveza y después nuevamente a la pista para seguir bailando; así estuvimos durante un buen rato, inclusive nos sentamos a conversar “de todo un poco”, hasta que, cerca de las tres y media, la mujer me dijo que tenía ya que irse, así que yo reaccioné rápidamente y me ofrecí a llevarla; la mina aceptó y nos fuimos derechito a mi auto, que estaba estacionado muy cerca del boliche.
Cuando subió a mi vehículo, el tajo de su vestido se le abrió más de la cuenta y justo me pescó mirándole la pierna y todo lo demás, entonces me dijo sonriendo:
“¡Qué boludos los tipos! No sacaban la vista de encima de mi pierna, como si yo me hubiese vestido para ellos”.
Ese comentario me hizo aprovechar la oportunidad y le devolví uno de sus dichos, diciéndole:
“¡Tenés razón! Los hombres no entienden la sensibilidad de nosotras las mujeres”.
A raíz de este último comentario, la mina me sonrió provocativamente y yo decidí entonces tirarme a la pileta, así que le toqué suavemente la pierna y le dije:
“Y bueno, con semejante tajo, como para que no te miren los tipos ¡Eh!”.
“¡Sí! Pero este tajo y todo lo demás no es precisamente para ellos”.
Susurró la mina tirándose para atrás sobre el asiento y como noté que ya estaba más que entregada, le dije que yo vivía sola y le pregunté si le gustaría pasar un rato; ella obviamente accedió y rápidamente tomé rumbo a mi casa.
Dentro de mi casa, la mujer se desplomó en el sillón y yo le pregunté si quería tomar algo, pero ella directamente se cruzó de piernas y después de mostrarme no solo el tajo de su vestido, me dijo:
“¡No gracias! Para tomar no quiero nada, pero vení, sentate acá”.
No hice más que sentarme en el sillón y la mina comenzó a acariciarme y a toquetearme suavemente, entonces yo respondí besándole el cuello y metiendo mi mano debajo de ese tajo que ella permanentemente me ofrecía; su zona vaginal ya estaba bastante húmeda y cuando directamente empecé a tocarle la concha, por debajo de la bombacha, se estremeció por completo.
Con la delicadeza y la suavidad que solamente tenemos las mujeres, comenzamos a besarnos en la boca pero sin dejar un instante de toquetearnos y franenearnos; hasta que la mujer empezó a desabrocharme la blusa y a sacarme el corpiño.
“¡Qué tetas!” (110 cm. reales y sin cirugía alguna)
Exclamó la mina y agregó:
“Me imaginé que las tendrías bien grandes, porque cuando te las miré bamboleándose en el boliche, me dieron ganas de mordértelas en el medio de la pista”.
Con la misma dulzura y ternura, comenzó a besarme los pezones, a mordérmelos pero muy suavemente y a lamerme la areola, hasta que ya presa de la excitación, empezó a chuparme y a succionarme ambos pechos; mientras lo hacía, yo descubrí sus tetas y entonces comenzamos a refregárnolas las unas a las otras.
Si bien yo estaba por demás extasiada, mi deseo era poner mi boca y mi lengua en ese tajo, así que lentamente fui bajando la cabeza hasta ponerme frente a su triangulito y una vez allí empecé a lamer y a chupar esa jugosa concha y mientras lo hacía, la mina seguía toqueteándome ambas tetas.
Sin dejar de chuparnos, lamernos y besarnos mutuamente, nos fuimos desvistiendo, tirando nuestras ropas al suelo, hasta que nos quedamos completamente desnudas y entonces nos hicimos un ovillo sobre el sillón; la excitación que ambas teníamos encima nos hizo enseguida buscar la posición como para poder chupar nuestras conchas al mismo tiempo, pero al darse vuelta, la mina me puso frente a la cara su espectacular cola.
No hay nada más fascinante, más deseable, más apetecible, más tentador y que despierte más deseos y fantasías que una redonda y bien parada cola de mujer; los hombres se mueren porque los dejen entrar allí y yo, tal vez porque la mía es medio chata y no tiene la forma que a mí (y a toda mujer por supuesto) me gustaría que tuviese, no pude resistirme ante esa “manzana” y le dije a la mujer:
“¡Esperá mi amor! Quiero comerte el culo.
La mina se arrodilló sobre el sillón y por la rapidez que encontró la posición exacta, supuse que no era la primera vez que entregaba su cola; el espectáculo era soberbio, ese culo era tan redondito y tan bien parado, que invitaba a ser devorado, así que empecé a lamerlo por completo, mordiéndole las nalgas y metiéndole la lengua bien adentro de su ogete.
Su orificio anal respondía no solo a mi lengua sino también a mis dedos, por lo que supuse también que no era la primera vez tampoco, que algo se metía por ese conducto; después de varias lamidas y ya muy, pero muy caliente, volvimos a la posición anterior y comenzamos a chuparnos las conchas mutuamente, una y otra vez, hasta que nuestros jugos vaginales se volcaron sobre nuestras bocas.
Como yo soy multi orgásmica, no me conformé para nada con acabar una sola vez, así que del sillón nos fuimos a mi cama, que, como es de plaza y media, entramos las dos sin ninguna dificultad y, por supuesto, continuamos cogiendo tal y como dos mujeres ardientes solo saben hacerlo.
Cerca de las cinco de la mañana, le propuse a la mujer que se quedase a dormir conmigo, pero ella no aceptó y al respecto, me dijo que no era de la zona sino que vivía en una localidad cercana y que solamente había venido para divertirse y pasarlo bien; ciertamente lo habíamos pasado más que bien, así que después de darnos un rápido baño (por separado para no calentarnos de nuevo y volver a coger) y vestirnos nuevamente, llamé por teléfono a un remis (aparentemente el mismo auto que la trajo) y luego de una prolongada espera, la mujer tomó rumbo a su localidad, no sin antes despedirnos con un fogoso beso en la boca y con la promesa de una nueva visita, ya sea ella nuevamente por aquí o yo por su casa. |
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Escribile un e-mail al autor: lucianaluzcomodoro@yahoo.com.ar |
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