Un ascensor hacia la gloria
Enviado por Carmen el día Jueves 1 de Enero de 1970
 
El caso es que cada vez que me subo en un ascensor me pongo a pensar en guarradas de diversa naturaleza. Luego, cuando llego a casa, me ducho y me masturbo recordando las escenas más excitantes. No puedo evitarlo. Creo que esa costumbre surgió desde que busqué estrategias para no pensar en Susi, al menos durante unos cuantos minutos al día. Las obsesiones suelen ser buenas hasta que se convierten en paranoias.

Susi, la esposa de mi mejor amigo, es la mujer de mi vida desde hace doce años. Pero nadie lo sabe, ni siquiera ella. La única estrategia que me ha dado resultado desde que decidí librarme de su recuerdo ha sido la del ascensor. Al principio la practicaba de una manera forzada, pero quince pisos de subida, y otros tantos de bajada, dan mucho de sí. Vivo en el ático de un edificio de quince plantas. Empecé imaginado secuencias pornográficas de índole puramente abstracta y algo nihilista. Apenas me detenía en el decorado o en el rostro de los personajes. Imaginaba grupos de personas desnudas abrazándose y lamiéndose en un ambiente ralentizado por la penumbra y el mareo. Yo era el personaje principal en todas esas historias. Los hombres no tenían identidad ni personalidad ni una historia triste que contar a sus amigos. Eran simples cuerpos que servían para follar o para que se los follaran. Y con las mujeres, igual. Lo único que cambiaba de la acción entre unas subidas y bajadas y otras era la morfología de esos cuerpos. Mujeres gordas con grandes pechos y rostros dulces restregándose contra mí; hombres musculosos y depilados colocándome sus enormes pollas en la boca y follándome por delante y por detrás; mujeres de cincuenta años masturbándome con un pepino fresco; hombres follando con hombres y mujeres follando con mujeres delante de mí mientras yo jugaba con un consolador encima de una mesa… cosas así.

Una noche coincidí con una vecina en el ascensor. No sabía qué pensar, no podía concentrarme en nada. Nos dimos las buenas noches y ella apretó el botón de la planta baja. A la altura del décimo piso empecé a construir la escenita. Mi vecina es una mujer de unos cincuenta y cinco años recién cumplidos, entrada en carnes, y con unas tetas gigantescas. Está casada con un carnicero que se la folla todas las noches. Lo sé porque les oigo siempre desde mi apartamento. Imaginarme al carnicero follándose a esta mujer nunca me ha excitado lo más mínimo, pero en aquel momento, a unos veinte metros sobre el suelo, la miré a la cara y descubrí una sonrisa amable. Pensé que detrás de esa sonrisa había una mujer depravada, adicta al sexo, una experta en darle placer al prójimo. La situé en mi apartamento, con un pepino en la mano derecha y un bote de aceite en la izquierda. Te voy a enseñar lo que es correrse, cariño, me decía, e inmediatamente después yo me quedaba desnuda entre cojines y ella me untaba aceite por todo el cuerpo y luego se desnudaba también. Por supuesto, sus tetas eran más grandes y más poderosas que en la realidad, unas tetas perfectas para restregarlas por una piel resbaladiza y cálida. La mía. Sus pezones erectos dejaban rastros oleaginosos en mi cuerpo. Luego me introducía levemente la punta del pepino en la vagina y me chupaba los pezones, o me acariciaba la vulva con los dedos, buscando el clítoris despacio, así como las inmediaciones del punto G. Yo empezaba a sentir un orgasmo detrás de otro y ni siquiera me había introducido entero el pepino. Cuando ella notaba que las convulsiones de mi cuerpo no podían aumentar, empujaba el vegetal y aquello sí que era una ensalada de orgasmos. Y así hasta que llegamos a la planta baja. Mis bragas se encontraban tan húmedas que tuve que regresar a mi apartamento y masturbarme. Desde entonces, cada vez que coincidía con otra persona en el ascensor, a no ser que ésta fuera una criatura o alguien con más de sesenta, la incrustaba en mis fantasías y todo parecía funcionar de maravilla.

Un día estas personas fueron Susi y mi amigo. Me sentí tan confusa que los quince pisos de subida me parecieron quince mil. A esas alturas, yo era una experta en formar orgías con todos aquellos que me acompañaban en el ascensor. Pero con Susi no, con Susi nunca. Mi amor hacia ella es tan platónico que no permite ese tipo de imágenes. Me muero por ella, mataría por ella, pero no le tocaría ni un pelo porque sé que a Susi no le atraen las mujeres. Susi es el amor de mi vida, después de Susi no hay nada, sólo el vacío y otras sensaciones de abandono. Aquella noche mi cerebro se puso a funcionar por su cuenta. Se sumergió en un largo flash back sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. El viaje en moto, la lluvia torrencial, el hotel de carretera, toda nuestra ropa empapada. Y Ana. Viajaba en su propia moto, mientras que mi amigo y yo lo hacíamos en la de éste. Nos dirigíamos a Galicia para hacerle una visita sorpresa al novio de Ana. Pero el futuro marido de Susi y yo no éramos pareja ni de lejos, así que pensamos que la distribución más lógica para dormir era que las dos chicas compartiéramos una habitación y que el único chico se jodiera solo en otra. Mi amigo protestó porque todos los hombres han soñado alguna vez con una situación así, pasar la noche con dos mujeres. A pesar de sus promesas de castidad, ni Ana ni yo cedimos. Esa fantasía tendría que currársela con una chica menos propensa que yo a compartimentar radicalmente la amistad y el sexo. En cuanto te follas a un tío, éste cree que es él quien te ha follado a ti, adquiriendo automáticamente una especie de derechos sentimentales sobre tu propia conciencia, que son incompatibles con la amistad. Además, este amigo ha sido en realidad mi único amigo desde que era pequeña, un verdadero hermano a quien quiero y admiro como tal.

Era raro ver a Ana desnuda y compartiendo la cama conmigo. El mundo se había vuelto fantasioso e irreal. Es curioso, le dije, antes estabas enfundada en cuero y ahora estás en cueros. Ahora estoy mucho más a gusto, créeme, replicó ella. Su piel parecía tan frágil, tan delicada, tan tentadora. Ella pareció leerme el pensamiento porque dijo, no serás lesbiana, ¿verdad? A partir de aquí, el diálogo siguió por un camino que la propia Ana había iniciado de motu propio: Soy Carmen Love, cariño, nada más, ¿no me reconoces? Muy graciosa. Vamos a ver, si dejo mi mano derecha suavemente sobre tu cadera, ¿tú dirías que soy lesbiana? Tienes las manos muy suaves, tía. Gracias, y tú tienes un vientre muy molón. El resultado de la buena vida. ¿Cuánto tiempo debería pasar con mi mano en tu vientre para que dieras por hecho que soy lesbiana? Dos o tres segundos, supongo. Pues ya llevo medio minuto y todavía no te has dado la vuelta. Joder, chica, cómo eres, no tengo ganas de moverme, he pasado cinco horas en la puta moto y ahora sólo me apetece estar tumbada. Yo iba de paquete, así que me siento como una maldita flor. Hablas igual que un marinero salido, eres la hostia. Una vez me follé a un marinero, te aseguro que no tiene nada que ver con esto. Pero tú y yo no estamos follando, por favor, tía. No, pero si esta mano empezara a desplazarse despacio hacia las costillas, si te acariciara la base de los pechos, si continuara ascendiendo por el esternón hasta tu cuello y si, desde allí, diera un salto hasta las ingles y se posara como una hoja viva sobre el pubis, entonces, ¿considerarías que estamos follando? Que cabrona eres, Carmencita, no sabía que fueras tan cabrona. Responde. No lo sé, no lo sé, esa mano me pone muy nerviosa. Y si me quedo un rato mirando tus labios, si te susurro al oído que eres una mujer hermosa, si te doy un gusto de morirse acariciándote el pelo, ¿te tranquilizarías? Siempre me ha gustado mucho que me acaricien el pelo. Entonces, relájate, no tengo sueño. Ella no respondió. Ana era suave y cálida y sólo me inspiraba ternura. Si me acerco a ti, si te abrazo ligeramente, si te rozo el cuello con mis labios… Entonces nos quedamos en silencio, y ese silencio se prolongó hasta por la mañana.

Cuando ella notó mis labios en su cuello dio un pequeño respingo, se incorporó amablemente y luego se giró hacia mí, colocando a continuación su mano izquierda sobre mis costillas igual que una libélula a punto de escapar. Su mano era una libélula y la textura de sus mejillas transmitía la cándida recuperación de la virginidad. Mis labios tentaron el borde de su mandíbula inferior, nuestras cabezas se encontraban tan cerca que cada exhalación era como un pequeño huracán. Nuestros labios acabaron encontrándose en uno de los recodos de ese laberinto de sensaciones. Ella podría haber dicho, Carmen, ¿qué estamos haciendo? Pero no lo hizo, no separó su boca de la mía durante un cuarto de hora, al cabo del cual nuestros cuerpos se hallaban tan mezclados que apenas podíamos distinguir el placer que sentíamos del que proporcionábamos. Media hora más tarde, ella se sintió tan confundida, tan excitada y orgásmica que me cogió las mejillas con ambas manos y me colocó la cara entre sus piernas. No creo que ahora tuviera dudas de lo que estábamos haciendo. Se corrió tres o cuatro veces mientras yo le lamía el clítoris y los labios de la vagina. Estaba recién duchada y aquello sabía a gloria, un sabor ácido y dulce que impregnaba las sábanas y la almohada y la mesita de noche y las cortinas… y toda la habitación era como un enorme depósito del venerado jugo. Yo también estaba recién duchada y pensé que ella se merecía conocer una cosa tan exquisita, así que ascendí hasta sus labios y la besé con la humedad adherida a mi cara. Ella abrió la boca, me entregó su lengua, todo lo que era o creía ser en esos momentos. Una dama ofreciéndome la esencia de todas las cosas invisibles que la componen. Puede que lo que estaba a punto de hacer se saliera del guión, pero lo hice. Sin separar mi boca de la suya, me incorporé, me puse de rodillas a horcajadas sobre ella, apoyando mi culo encima de sus tetas, y luego me dejé caer hacía atrás. Era una postura sumamente erótica y excitante. Mi vagina completamente abierta a escasos milímetros de su cara. Ella pasó sus brazos por debajo de mis piernas, agarrándose bien a ellas, y entonces sentí su lengua, al principio un poco torpe, como si hubiera estado inspeccionando el terreno antes de ponerse en serio, pero al cabo de cuarenta y cinco segundos adquirió la soltura de una comecoños de primera. Soy una comecoños, soy una comecoños, parecía pensar mi amiga, imprimiéndole a sus movimientos una vehemencia impensable cuarenta minutos antes. Me dejé llevar hasta la zona de orgasmos y allí sacrifiqué la parte más vulnerable de lo que soy.

Por la mañana, nada de todo esto había ocurrido. Ambas nos comportamos como dos amigas que hablan y bromean sobre los temas más banales sin que una experiencia homosexual las hubiera unido durante la noche. Y eso fue todo, nunca volvimos a hacer un viaje juntas, ni hablamos sobre lo que habíamos hecho en el último. Ella se casó con su novio gallego un año después y yo seguí pensando en Susi. El hecho de que lleve sin ver a Ana desde Marzo de 1999, es decir, desde hace siete años, hizo que tomara una de las decisiones más relevantes de mi vida. Se me ocurrió cuando el ascensor alcanzaba el decimoquinto piso, en compañía de Susi y de mi amigo. Cenamos en mi casa. Estuvimos charlando y bebiendo ron con cocacola hasta las dos de la mañana. Ellos estaban sentados en el sofá, mientras que yo me encontraba en un sillón situado justo enfrente. Eran las dos de la mañana y la reunión estaba a punto de acabar. Había estado ensayando mentalmente el papel durante la cena, tratando de hacerlo más verosímil, tan verosímil como mentiroso. El éxito de mi estrategia exigía que me creyeran al ciento por ciento. De modo que me senté junto a mi amigo, le pasé un brazo por encima de los hombros y le dije que podían quedarse a dormir allí, que compartiríamos la cama y que él no sabía lo que era acostarse con dos mujeres y follárselas a las dos. Lo de follárselas a las dos lo dije de la manera más agresiva posible, justamente como un marinero borracho. Me hubiera gustado abrazar a Susi y representar así la misma escena, pero entonces no hubiera estado fingiendo. Ellos emitieron una estúpida sonrisa que podía significar cualquier cosa. Insistí, aumentando un punto el tono agresivo de mi propuesta. Vamos, dije, estoy loca por ti (por mi amigo), quiero follarte, quiero follaros a los dos, llevamos muchos años conociéndonos y es absurdo que no aprovechemos esta posibilidad tan placentera. Has bebido demasiado, dijo Susi. Es verdad, reconocí yo, pero eso no quiere decir nada, estoy tan salida que podría chupársela a tu marido ahora mismo. Carmen, por favor, dijo él. Tengo que irme, dijo Susi, es muy tarde, y luego, dirigiéndose a su pareja, tú puedes quedarte si quieres. Efectivamente, se levantó y salió de mi casa. Tómatelo con calma, dijo antes de irse. Todavía no sé si me lo dijo a mí o a mi amigo. Él y yo nos quedamos en silencio. Creo que me vio llorar y por eso decidió acompañarme durante unos minutos. ¿Estás bien?, preguntó. No, no estoy bien, respondí, la mujer de tu vida acaba de irse, ¿qué coño haces ahí sentado? Tranquila, por mucho que corra, la alcanzaré, no hay nada en el mundo que pueda separarme de ella, dijo. Pues no seas gilipollas y lárgate, ordené yo. Mi amigo me dio dos besos en las mejillas y también se fue. Desde entonces no he vuelto a ver a ninguno de los dos. Todavía no he olvidado a Susi, pero al menos ahora, a tres años y medio de distancia, el sufrimiento no duele tanto y de vez en cuando puedo pensar en otras cosas.
 

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