No siempre 3 son multitud.
Enviado por Luciana Luz el día Jueves 1 de Enero de 1970
 
Con una de las parejas que tuve hasta hace no mucho tiempo atrás, manteníamos excelentes relaciones sexuales pero de buenas a primeras, estas fueron decreciendo no en su frecuencia sino en su intensidad; se habían vuelto algo monótonas y les faltaba ese condimento, ese picante, esa “sal y pimienta” que hace que una explote en ese instante tan sublime y trascendental en la vida de los seres humanos.
Si bien no estaba en el ánimo de ninguna de las dos terminar con nuestro noviazgo, ni siquiera hacer una especie de “impasse”, ambas teníamos ya en mente buscar algún cambio o un ingrediente que nos devolviera esas sensaciones que solíamos tener en materia de sexo, hasta que un día directamente lo hablamos y lo conversamos largamente y decidimos abrirnos hacia otras posibilidades.
Una de la opciones que rápidamente desechamos consistía en que cada una buscara sexo por su cuenta y sin embargo nos inclinamos por incorporar a una tercera; yo contaba con experiencia en tríos pero nada tenía que ver aquello con esto, ya que lo anterior se había dado en mi casa, con mi mamá y mi hermana y en la época de mi adolescencia.
Después de una larga búsqueda encontramos, Internet mediante, a una mujer de unos treinta años más o menos con la que establecimos un rápido contacto; la primera impresión nos satisfizo y sobre manera ya que esta persona irradiaba sensualidad y sexualidad y además, según ella misma nos comentó al respecto, estaba como se dice comúnmente “falta de olla”.
Ya en el primer encuentro sexual nos dimos cuenta que habíamos dado en la tecla, porque la mujer estaba vestida con un conjunto de chaquetilla y pollera tres cuartos, el pelo recogido, un maquillaje muy suave y anteojos; la imagen que proyectaba era la de una bibliotecaria, la de una secretaria o la de una empleada administrativa, de esas que en principio no muestran nada pero que una vez desnudas desbordan de sensualidad y cogen como fieras en celo.
Una vez sentadas las tres en el sillón del living, la mujer en medio de mi novia y yo, la sensación que sentí yo particularmente, fue que aquella era una de esas personas a las que una enseguida quiere llevárselas a la cama y de no ser porque primero estuvimos un breve instante haciéndonos mimitos entre las tres, efectivamente hubiese ocurrido aquello ya que no solo nos fuimos raudamente hacia la habitación sino que además prácticamente nos arrancamos las ropas.
La mujer estaba ciertamente “falta de olla” y ello se notó rápidamente pues no le alcanzaban ambas manos para tocarnos, ni boca para besarnos y chuparnos todo cuanto encontraba a su paso por nuestro cuerpo; después de morderme literalmente los pezones, bajó hasta mi concha y abriéndomela con los dedos, comenzó a pasarle la lengua.
Nunca en mi “puta vida” me lamieron la concha como lo hizo aquella mujer; me hacía delirar con la habilidad que tenía para comerme el clítoris y toda la comisura anterior de mi vulva, incluidos mis labios menores y mayores; para colmo, como yo me rasuro por completo porque me gusta estar siempre “hecha una nenita”, veía con lujo de detalles como ella trabajaba en toda mi zona vaginal y no solo eso porque la muy turra además, me metía el dedo en el culo.
Una y otra vez me comía la concha y si bien, eventualmente estiraba una mano para apretarme las tetas, se notaba que no tenía la menor intención de dejar de lamerme, con esa lengua que me quemaba por dentro ante cada pasada ¡Qué bárbaro! ¡Qué manera de chupar una chucha! ¡Qué increíble habilidad para lamer justo donde sacaba lo mejor de mí!
A todo esto y por la posición casi perpendicular a mí en la que se encontraba la mujer, arrodillada sobre la cama, con la cola bien parada y la cabeza metida en mi concha, podía yo ver también a mi novia, ubicada detrás de nuestra invitada, que estaba ya metiéndole mano a esta en toda su maza glútea, alternando también con lamidas en toda la parte posterior.
La verdad era que nos había estado haciendo muchísima falta, tanto a mi novia como a mí, una relación de este tipo para volver a experimentar esas sensaciones de sexo a pleno, pero mientras yo seguía con la concha abierta ya de par y par y siendo comida una y otra vez por la mujer, quien parecía no poder saciar nunca su apetito sexual, el trabajito de mi novia empezó a hacer efecto y de repente nuestra invitada dejó abruptamente mi concha para comenzar a arquear su columna a retorcerse de gozo.
La respiración entre cortada, las palpitaciones a mil y gemidos y jadeos que rápidamente pasaron a ser gritos y alaridos de placer, me hicieron intuir que aquella mujer iría a acabar como una catarata y como yo ya estaba predispuesta a experimentar todo el gozo posible sin guardarme nada para mí, ubiqué mis tetas debajo de la concha de la mujer, de tal manera que el “chorro” cayera justo encima de mis “montañas”.
El delicioso néctar caía sobre mis pezones y se deslizaba a través de mis tetas, mientras la mujer no paraba de gritar, pero al ver la imagen de mis dos pechos “nevados”, tanto esta como mi novia se prendieron a cada uno de mis pezones y me lamieron hasta que literalmente, limpiaron toda esa zona de mi cuerpo, para posteriormente besarme con sus bocas impregnadas del jugo vaginal.
Por supuesto, tanto mi novia como yo acabamos a rabiar y después de meternos las manos en ambas conchas, les pusimos nuestros dedos mojados en la boca de la mujer, para que ella también pudiese degustar ese manjar y por último nos quedamos recostadas en la cama, para reestablecer fuerzas pero sin dejar de abrazarnos, acariciarnos y besarnos suave y dulcemente entre las tres.
Al cabo de unos minutos, volvimos a coger siendo en esta ocasión mi novia, la destinataria de las espectaculares lamidas de concha que la mujer, ya catalogada por mí como toda una experta en ese menester, comenzó a practicarle, mientras que yo, quien hasta ese momento me había mantenido en una actitud bastante pasiva, comencé a lamer, a chupar y a meter mano por donde se me ocurría en el momento.
Los gritos de mi novia se unieron a los de la mujer aunque por razones totalmente contrapuestas, ya que los primeros eran de gozo y de placer en tanto que los segundos eran de dolor, porque yo, estando ya un poco “sacada”, le había metido dos dedos bien adentro del culo a esta última y estaba intentando introducirle un tercero, por eso mientras mi novia le suplicaba a la mujer que no dejase de comerle la chucha, esta me rogaba e imploraba que le sacara los dedos del ano y que dejara de penetrarla por atrás ¡Ay, me duele, me duele mucho! Expresaba con un gemido lloroso.
Las tres estábamos hechas un ovillo sobre la cama, anudadas y entrelazadas; seis tetas, tres culos y tres conchas, más las bocas con sus respectivas lenguas, las manos y las piernas, todo era utilizado, todo servía a la hora de coger, tocar, chupar, besar, manosear, lamer y volver a coger; nos estábamos haciendo de todo, todo era válido a la hora de buscarle el máximo provecho a ese momento.
Que delicia de polvos; era un infierno como nos revolcábamos en la cama, como entre las tres sacábamos lo mejor de cada una y si bien todas nos entregamos absolutamente y sin reserva alguna, es decir todas hacíamos y nos dejábamos hacer, las tres buscábamos permanentemente que una (o las dos) se comiera nuestras conchas, porque es precisamente allí donde una mujer explota.
Después de “mil” orgasmos en un sin número de posiciones diferentes, nos despedimos de nuestra invitada, no sin antes convenir en un nuevo encuentro y tan acertadas estuvimos mi novia y yo con esta mujer, que esa misma noche, al acostarnos, luego de haber prácticamente agotado todo en cuanto a sexo, volvimos a coger esta vez nosotras dos, tal y como lo hacíamos hasta no mucho tiempo atrás.
No sé como será la cosa en las relaciones matrimoniales, en los noviazgos mal llamados convencionales (hombre-mujer) o en los homosexuales (hombre-hombre), pero en nuestro caso en particular, el hecho de habernos abierto a la posibilidad de incorporar a nuestra cama a una tercera persona, resultó a todas luces una decisión más que acertada, ya que nos devolvió una manera de gozar y de sentir placer sexual que ambas habíamos perdido.
 
Escribile un e-mail al autor:
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