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Invitacion a Cenar |
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Enviado por Luciana de Comodoro Rivadavia el día Jueves 1 de Enero de 1970 |
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“¿Querés venir a cenar a casa este viernes? Mi esposo se va a ir a pescar con unos amigos y volverá de madrugada... y no me agrada mucho quedarme sola”
Me dijo una mujer y si bien en principio su propuesta me tomó un poco por sorpresa, porque en realidad no hacía mucho que yo la había conocido, le respondí que sí, pero le aclaré que podría demorarme bastante, porque los viernes termino muy tarde de trabajar.
Cuando llegó el día acordado, pasé, camino a la casa de la mujer, por el supermercado para comprar una botella de vino (no soy de las más conocedoras en este tema así que elegí una que supuse sería más o menos buena) y un imperial ruso, para comer de postre.
Una vez que llegué a su casa, me sorprendió la ropa que tenía puesta (una malla de lycra y una remera y nada debajo de ambas prendas, según pude observar a simple vista), porque ella siempre anda muy elegantemente vestida, pero inmediatamente se disculpó por su indumentaria diciéndome:
“Perdoname que te atienda así pero en casa me gusta estar cómoda”
“Ay, por favor, no es nada; yo también hago lo mismo cuando llego a mi casa y sobre todo después del trabajo”
Le respondí y la mujer rápidamente aprovechó mi comentario para decirme:
“Bueno, pasá y ponete cómoda, la cena ya está casi lista”
Volvió a sorprenderme la manera en que estaba puesta la mesa (más acorde a una cita), pero enseguida recordé que aquella mujer era bastante “paqueta” y supuse que aquello sería algo habitual en su forma de vida.
Si bien yo en ningún momento le hice insinuación alguna con respecto a mis inclinaciones sexuales (soy 100% lesbiana), algo debió haber intuido la mujer porque estuvo “tirándome anda” durante toda la cena y después de comer, me dijo:
“¿Querés pasar un rato al living? Así nos sentamos un rato en el sillón a charlar”
“Bueno, sí, no hay problemas, pero ¿querés que te ayude a lavar los platos?”
Le respondí y la mujer rápidamente me dijo, mientras me acompañaba al living, que no hacía falta; que ella los lavaría después “para no aburrirse”, según sus propios dichos (en varios momentos de la “velada” repitió insistentemente esa palabra “aburrida”).
“¿Te animás a acompañarme con un licorcito? Son los pequeños “gustitos” que me doy de vez en cuando, je, je, je”
Me dijo la mujer y yo le contesté sonriendo de la misma manera:
“Sí, bueno, dale, a mí también me gusta”
La mujer llenó las copitas más de la cuenta, me ofreció la suya para hacer el “chin-chin” e inmediatamente comenzamos una por demás amena y divertida charla; la que, a medida que el licor hacía subir la temperatura de nuestros cuerpos, fue subiendo también de tono y girando en torno a los temas de índole sexual.
Risas van, risas vienen y el licor de por medio, la mujer aprovechaba cualquier circunstancia para apoyar sus manos sobre alguna parte de mi cuerpo; mis muslos, mis hombros e inclusive la parte superior de mis pechos, además, ya estábamos sentadas muy juntitas la una de la otra, intercambiando miradas y provocativas y en momento de la conversación, me dijo:
“¿Querés que veamos una película un poco subida de tono? La bajé de Internet y me intriga saber la trama”
Le respondí afirmativamente y apenas puso el “DVD” en el reproductor, confirmé lo que venía sospechando durante toda la cena, precisamente porque yo ya había visto ese video, cuya temática tiene que ver con un grupo de mujeres que salen “a divertirse”.
Efectivamente y nomás comenzar el film, las “chicas” se reúnen en una casa con pileta y obviamente se meten al agua completamente desnudas; entre tanto, la mujer y yo teníamos la vista fija en la pantalla del televisor, pero nos mirábamos mutuamente de reojo, sobre todo para dilucidar las reacciones de cada una, ante las imágenes tan “subidas de tono”.
La situación se había vuelto un poco incómoda porque ninguna de las dos se atrevía a dar el primer paso, pero gracias a las chicas del film, que justo empezaban a ponerse muy “cachondas” (la película es española), la mujer me agarró la mano y yo le correspondí con una sonrisa.
Aquella acción fue el “clik” que ambas necesitábamos y rápidamente nos pusimos acordes con el video que estábamos mirando; nos abrazamos, nos dimos un beso en la boca y enseguida comenzamos a tocarnos; yo metí la mano por debajo de su remera hasta dar con sus tetas, obviamente desnudas, mientras la mujer buscaba apoyar la suya, sobre la zona de mi “bajo vientre”.
Después de ese primer “aprouche”, empezamos a desvestirnos no sin cruzar miradas y sonrisas muy provocativas, hasta quedar ambas totalmente desnudas.
“Desde la primera vez que te conocí te tuve ganas, pero no sabía como encararte”
Exclamó la mujer y yo le pregunté entonces:
“¿Y como sabías que yo era...?”
“¿Lesbiana?”
Dijo la mujer en tono de interrogación y agregó:
“Una chica joven, linda, soltera y sin novio o amigo, despierta curiosidad primero y tentación después”
Y finalizó diciendo:
“Además, no sabés lo provocadoras que son tus tetas y eso que nunca las mostrás”
Dicho esto último, empezó a acariciarme precisamente las tetas, tocándomelas muy suavemente, pasando la yema de sus dedos por mis areolas y pellizcándome muy suavemente los pezones, que ya se habían puesto bien duros y paraditos; si bien supuse que a continuación la mujer iría a lamerme o a chuparme mis “montañas”, apoyó sus tetas contra las mías y comenzó a refregarlas.
“Una sola de las tuyas hacen las dos mías. ¡Qué hermosas las tenés!”
Me dijo en obvia alusión a mis senos (120 cm. y totalmente naturales, sin ningún tipo de cirugía ni nada adicional) y paso seguido sí, empezó a chuparme las tetas mientras yo apretaba y manoseaba las suyas.
Si bien las mujeres, independientemente de nuestras inclinaciones sexuales, tenemos el don de explotar al máximo nuestros propios cuerpos para obtener de ellos el mejor y mayor placer, era obvio que aquella “señora” no era la primera vez que estaba con una mujer ni mucho menos, porque sabía perfectamente a donde poner su lengua y sus deditos.
Después de intercambiar posiciones, es decir que mientras una de nosotras chupaba las tetas, la otra las toqueteaba, manoseaba y acariciaba, nos recostamos en el sillón, en la típica posición del “69” (yo contra el respaldo) por supuesto para lamer y comer nuestras respectivas conchas y fue precisamente por sugerencias de la mujer, quien dejando de lado su lenguaje fino y educado, me dijo:
“Ay, chupémonos las conchas ¿Querés?”
Mi “monte de venus” contrastaba nítidamente con el de la mujer porque el de ella parecía el de una chica pre-adolescente, casi sin bello y en cambio el mío es “una selva” (me fascina mi bien peludo pubis); enseguida separé sus labios con mis dedos y empecé a juguetear allí con la punta de mi lengua; ella en cambio, rápidamente comenzó a chupar mi clítoris y a lamer íntegramente mi ya empapada concha (otra prueba de que no era primeriza a la hora de comer vulvas).
Luego de una fenomenal “comida de chucha” por parte de ambas, nos sentamos siempre sobre el mismo sillón y fuimos arrimándonos la una a la otra, hasta ponernos en la posición correcta, en la que los dos clítoris hacían contacto entre sí y allí empezamos a cogernos mutuamente.
Yo soy bastante “gritona” pero aquella mujer no le iba en saga, así que el living parecía un concierto de gritos, alaridos, gemidos y jadeos, a los que les agregábamos palabras “bien cochinas”, “bien chanchas”, “bien sucias” (dejen volar vuestra imaginación), pero que nos servían y mucho para extraer lo mejor de cada una de nosotras.
A punto de acabar, no sabíamos que parte de nuestros cuerpos tocar y acariciar para acrecentar al máximo ese momento de sublime placer, pero nuestras tetas y más precisamente nuestros pezones, se llevaron todos los laureles y así quedaron también, enrojecidos y ardientes (Y el sillón también pasó susto, ya que no se desarmó de casualidad, pero que se corrió bastante del lugar en el que estaba, a causa de nuestros fuertes movimientos).
Estábamos cogiendo tan impetuosamente que nuestras tetas (las mías sobre todo por razones de tamaño), parecían que se irían a desprender de nuestros cuerpos y después de acabar ambas en forma de “catarata” y con un fuerte alarido, nos quedamos un rato abrazadas y besándonos en la boca, para luego recostarse la mujer boca abajo sobre mis muslos, ofreciéndose así su hermoso culo, el cual yo ya se lo había pedido en más de una ocasión (Nos costó separarnos porque nos habíamos quedado “pegadas”).
Mientras nos reponíamos del esfuerzo y de la fenomenal excitación que nos había provocado esa cogida maravillosa, yo aproveché para toquetear, acariciar y manosear ese gran culo, muchísimo mejor que el mío (más grande, más parado y más redondito) y rápidamente volví a encenderme, por lo que no me quedó más remedio que morder esos tentadores cachetes y lamer el rosado y jugoso ano de esa mujer que tanto placer me había brindado.
Si bien aquella cogida había colmado y con creces todas mis expectativas, como buena “multi-orgásmica”, no me contenté para nada y por supuesto deseé más, por lo que, en esa misma posición, es decir con el culo de la mujer sobre mis muslos, comencé a acariciarla y a penetrarla doblemente con mis dedos (por el ano y por la concha) y como ella también tenía lo suyo aún para poner, volvimos a coger una y otra vez hasta quedar ambas exhaustas y sin una sola gota como para exprimir.
Antes de irme, nos “pegamos” una ligera ducha, en la que aprovechamos a darnos los últimos besitos, toquecitos, lamiditas, etc. y quedamos de acuerdo en que, a la primera ocasión que se presente (su marido fuera de casa de por medio), volveríamos a juntarnos para “cenar” (je-je-je), ya sea en su casa o en la mía. |
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Escribile un e-mail al autor: lucianaluzcomodoro@yahoo.com.ar |
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