SU AMANTE ENEMIGA
Enviado por Yeguita Argentina el día Miércoles 31 de Diciembre de 1969
 

SU AMANTE ENEMIGA Sus pechos coincidían con los míos y entreabrí las piernas para que nuestras vulvas se encontraran y disfrutáramos del roce por sobre la tela de los pantalones

Mi nombre es Roxana. Tengo dieciocho años y estoy en el último año del secundario. Mido 1.66, tengo cabello enrulado castaño oscuro con tintes rojizos y, si bien soy menuda, tengo todo debidamente proporcionado. Según mi novio soy "manuable" y tengo lo justo.

El verano pasado fui a una colonia de vacaciones. Nos conocíamos casi todos los chicos del barrio. Hacíamos algunas actividades recreativas y tres veces por semana nos llevaban a una pileta de natación. Los chicos del curso eran algo lentos y muy chiquilines, por lo que me aburría bastante. Para peor de mis males, también estaban Carolina y sus amigas. No sólo las había tenido que soportar en el colegio, durante todo el año, sino que también me las tenía que seguir aguantando acá.

Así y todo, nos tocaba alguna actividad conjunta y teníamos que participar sin la menor queja. Podía sentir el odio en su mirada. Y creo que yo también la odiaba. Carolina es apenas más alta que yo, con sus, también, dieciocho años. Era insoportable y varias veces nos habíamos peleado, pero no pasó de un par de bofetadas y empujones.

Una noche, estábamos en el parque donde nos reuníamos con mis amigos del barrio y ella, desde unas escalinatas comenzó a burlarse de mí. Me molestó tanto que quise correrla para ir a pegarle. Así fue como nos alejamos de los demás y le perdí el rastro. Me molestó y volví con mis amigos. Más tarde, cuando volvía a casa me la crucé en medio del parque. Era de noche, no había nadie y sólo funcionaba un farol.

_ Ahora no están tus amiguitos. ¿Te la bancás, trola (puta) de mierda? _ Me preguntó mientras colocaba sus manos en la cintura desafiándome.
_ No necesito a nadie para enseñarte educación. Le pegué una cachetada y me la devolvió con una velocidad que no esperaba. Me lancé sobre ella y rodamos por el pasto mientras nos pateábamos y pegábamos con los puños. Ella comenzó a tirarme del cabello y comencé a hacerle lo mismo. Me dolía pero no iba a dejarme vencer por esta puta. Esta vez íbamos a ir más allá del asunto.

Seguimos forcejeando y Carolina logró dominarme. Me tenía firmemente agarrada por las muñecas y se sentó a horcajadas sobre mí. Forcejeé para zafarme y no pude. Entonces, Carolina al ver mi desesperación me gritó si aceptaba que ella era más que yo. Por toda respuesta le escupí la cara. Eso la enfureció y me dio una trompada en la boca que me partió el labio. Sentí la sangre en la punta de mi lengua y me di cuenta de que si no reaccionaba iba a pasarlo muy mal. Levanté mi puño y le tiré un par de golpes sin mejores resultados hasta que sentí un quejido de ella. Se quitó de encima de mí y se hizo un ovillo a mi lado.
Pude ver mi mano. Estaba teñida de rojo. También le había sangrado la boca. Me sentía medio atontada por los golpes que había recibido y cuando quise levantarme, nuevamente Carolina se había sentado a horcajadas sobre mí. Esta vez no le dejé dominar mis muñecas y entrelazamos nuestros dedos mientras forcejeábamos. Nuestras entrepiernas entraron en contacto friccionándose, provocándome una leve humedad. ¿Qué me estaba pasando? ¿Me estaba excitando mientras peleaba con la mujer que más odiaba en el mundo?

Dada la situación me solté una mano y le apreté una teta con la esperanza de que el dolor me la quitara de encima. Pero no. Ella hizo lo mismo y nos estrujamos mutuamente en una competencia por ver quién resistía más. Por eso tuve que volver a agarrar su mano y nuevamente entrelazamos los dedos mientras nos debatíamos febrilmente por vencer. Un momento ella estaba encima mío, al siguiente debajo y de vuelta arriba.

No obstante, Carolina era un poco más fuerte que yo y me dominó. _ Siempre fuiste una putita. _ Me dijo entre jadeos. _ Te odio y me gustaría estrangularte.

Tuve mucho miedo. Estaba cansada e indefensa y sabía que podría hacerlo s


i se lo proponía. Comencé a forcejear con nuevos bríos y se le escaparon unos quejidos. Sentía la humedad en mi bombacha y no podía entender nada. Estaba muy confundida.

_ Te odio. No voy a matarte. Pero sí voy a marcarte con el "Beso de la muerte" ¿Sabés lo que es eso? Negué con la cabeza.
_ Es mi marca, putita. Mi forma de que sepas que cada vez que nos veamos, vas a tener que obedecerme a menos que quieras que te de una paliza y le vas a decir a tu novio delante de todo el mundo que te gustan las chicas.

Y bajó su rostro hacia el mío y me lamió el labio superior. Lentamente. Degustándome. Yo peleaba por zafarme, pero sin lograrlo y me besó. Intenté correr la cara pero no pude. Sentía sus pechos apoyados sobre los míos y estaba algo excitada y confundida por todo lo que estaba pasando. Abrí mi boca y acepté el beso. Nos comimos ávidamente, como si siempre hubiéramos estado esperando este momento.

En unos segundos nuestras lenguas estaban fundiéndose descontroladamente. Sus manos ahora comenzaron a deslizarse por mis brazos para posarse en mis mejillas mientras degustábamos nuestros labios. Sentí el sabor de su sangre y comencé e acariciar su espalda. Sentí sus manos reptando por mi cuerpo hasta posarse en mis senos sin dejar de jugar con su lengua en mi boca.

Jadeábamos desenfrenadas dándonos pequeños mordisquitos en los labios mientras nos desabrochábamos los pantalones. Mi mano izquierda bajó el cierre de su jean mientras la derecha recorría la curva de su culo. Ella hacía lo mismo conmigo y estuvimos explorándonos unos minutos.

Jadeando y disfrutando de estas nuevas sensaciones. Sentí sus dedos sobre mi ropa interior y tuve un estremecimiento. Introduje mis dedos en su entrepierna y pude comprobar que Carolina estaba tan húmeda como yo. A estas alturas, nuestros pezones se acariciaban a través de las remeras. Carolina tenía unos botones durísimos que parecían querer reventar el soutien de un momento a otro.

Repentinamente sentimos un ruido y vimos una luz. Era el guarda que se acercaba. Nos quedamos en silencio, abrazadas esperando que pase de largo. Ella aún estaba encima mío. Por suerte, pasó sin notar nuestra presencia. Carolina apoyó su frente contra la mía y susurró que mejor nos fuéramos. Nos reímos cómplicemente y, luego de darnos un leve piquito, nos arreglamos la ropa y nos pusimos de pie.

_ Bueno. Estuvo bueno. Podríamos "pelearnos" más seguido. _ Le dije mientras le acariciaba la entrepierna con mi dedo mayor.
_ No tan rápido. Esto no terminó. No me voy a ir en este estado. Me dejaste recaliente.
_ ¿Y qué pensás hacer al respecto? _ Respondí picarona sin poder evitar morderme el labio inferior.
_ En casa no, porque está mis hermanos, pero vos tenés un dormitorio para vos sola. ¿No? La tomé de la mano y corrimos hacia mi casa. Casi no podía mantenerme en pie. Me temblaban las piernas y sentía mariposas en el estómago. A estas alturas, mi vulva necesitaba urgente un poco de atención.

Cuando entramos en el ascensor abrió una puerta deteniéndolo entre pisos, me tomó de la barbilla y me arrinconó contra una de las paredes, apoyándose íntegramente sobre mí. Sus pechos coincidían con los míos y entreabrí las piernas para que nuestras vulvas se encontraran y disfrutáramos del roce por sobre la tela de los pantalones. Apoyó su nariz sobre la mía y nuestros alientos volvieron a mezclarse.

_ Esto no cambia nada. Todavía te detesto, pero nunca lo había pasado tan bien con alguien. _ Yo también te odio. Me das asco, pero tengo que reconocer que besas muy bien. ¿Es tu primera vez con una mujer? _ Técnicamente no. A veces practicábamos con mi hermana Cecilia. Pero sí es la primera vez que no lo hago con ella. ¿Vos? _ No. No sé qué hacer. _ Déjate llevar. De la misma manera que hiciste en el parque. _ Me contestó lamiendo mis labios.
Saqué mi lengua y nos morreamos como si fuera la última vez que nos fuéramos a ver. Mis manos se posaron en sus nalgas y comencé a recorrerle el surco. La fricción de nuestros vientres se hizo frenética. Alguien protestó porque hacía rato que estábamos demoradas. Cerramos la puerta y terminamos de subir por la escalera. No queríamos que nos vieran los vecinos.
Eternos segundos después estábamos en mi dormitor

io pero esa, es otra historia que les contaré más adelante.

Autor: Yeguita Argentina
 

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