Turista en el Trópico
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

El Cuzco es una ciudad pequeña enclavada en los Andes del Perú. Muchos turistas, como yo, llegan a descansar y ver los restos de una antigua y poderosa civilización. Por las noches, acogedores bares nos permiten hacer tiempo necesario o buscar compañía siempre dispuesta por una paga.

Por lo mismo, aquella noche no me extrañó que, estando solo con una cerveza, una mujer se sentara enfrente mío y abriera ligeramente las piernas. Era una peruana de pequeña estatura, delgada aunque bien proporcionada. Un par de muslos que divergen siempre son un buen espectáculo, provengan de una prostituta o de una descuidada. La mujer estaba acompañada de un hombre con aspecto de importante que, al parecer era su marido. Podía ser cualquier clase de gente: una prostituta y su gañán, una pareja formal con hábitos exhibicionistas, un par, de momento. No me toca discutir ese punto, que no está a mi alcance.. sólo cuento los hechos.

Observé a la mujer y ella advirtió que me fijaba en la parte baja de la mesa. Movió las piernas y mostró un rincón oscuro, sin duda alguna, desnudo con algo de pelos que se anunciaban en la nocturnidad aclisia de bajo sus faldas. Comencé a sentir una erección en mis pantalones, un endurecimiento de mis braguetas, un agradable calor. Mi pene se retorcía entre pugnando por salir o acomodarse en mis vaqueros ajustados. La mujer comía un helado y abría más las piernas. Había observado que yo la miraba y me estaba regalando el espectáculo. Una línea negra, perfecta-mente vertical, dividía sus ingles simétricas, y mientras la miraba absorto, mi pene crecía hasta provocar su atención. La mujer se fijó en el bulto de mis entrepiernas e intercambiamos una mirada. Luego, acomodó el taco de su zapato en el travesa-ño de la silla y corrió lentamente una mano hacia sus entrepiernas. Comenzó a acariciarse mientras mi pene trataba de salir reventando el tejido de mis pantalo-nes. Allí vi cómo, con su hábil manipulación, la línea negra se abría para dejar pa-so a una fisura roja.

Eramos sólo los tres. El marido, o bacán, según sea el caso, le hablaba de algunos temas de física teórica, mientras la mujer seguía acariciándose el clítoris, los labios, acción que se facilitaba por la ausencia de sus bragas y lo corto de sus faldas. Yo imaginaba su humedad, las arrugas de su vestido corto de seda rosada, su ano, acaso limpio y perfecto, su recto, tantas veces sodomizado por su acompañante, y en ese momento me fijé en él. Tenía un bulto gigantesco en los pantalones, acaso era un exhibicionista más, uno de esos latinos que se creen dioses porque la natu-raleza les ha dado un pene de boa y un glande de manzana.

La mujer seguía acariciándose el clítoris y escarbándose la vagina con el dedo me-dio. Lo hacía con sapiencia, sin apuro, mirándome el pene con sus ojos fijos y bri-llantes, embocándose una cucharada de helado de leche que, con el calor del am-biente, goteaba por las comisuras de sus labios.

Yo liberé mi pene de la presión de mis vaqueros y me bajé la cremallera. La mujer se quedó un segundo con la boca abierta, y se estrujó los labios vaginales cuando advirtió que yo estaba decidido a mostrarle por debajo de mi mesa. No quedé mal. El mío es normalmente grande y más de una amiga experimentada lo ha compara-do favorablemente con el de su marido y los de sus amantes.

Era tarde y el bar estaba ya por cerrarse. El único muchacho que lo atendía mira-ba entontecido un partido de fútbol por la televisión. Yo me tomé el pene con una gran puñeta y comencé a masturbarme, primero tímidamente, luego con furia y descaro, mientras miraba las piernas abiertas, el pelo oscuro, la fisura roja, el dedo de uña larga y recortada que entraba y salía de ella. La mujer continuó su ritmo de autocomplacencia mientras miraba fijamente mi masturbación que más de una vez sacudió la botella de cerveza de la mesa. Comenzó a sudar, sus ojos estaban vi-driados y brillantes, había dejado de tomar el helado, me miraba la verga, y conti-nuó batiendo las nalgas sobre su asiento.

Quise imaginar que la tomaba por el pequeño culo, que la penetraba violentamen-te, que mis manos grandes tomaban sus nalgas como a melones. Quise imaginar que le gustaría una penetración anal, que era posible un inaudible grito de dolor. Quise imaginar todo lo que el tiempo podía darme, mientras ella me regalaba con su brecha caliente y bien formada. La mujer subió una pierna sobre la silla y se recostó algo. La visión de su segunda boca, hermosamente infernal, mejoró notablemente. Ella comenzó a agitarse es-pasmódicamente, pues parecía estar llegando al clímax.. pero tuvo tiempo para embocarse otra cucharada de helado. Ahora ella y yo nos poseíamos mutuamente con la mirada, a cinco metros de distancia.. ambos nos masturbábamos descontro-ladamente, y eyaculé con un espasmo violento que manchó el piso encerado. En ese momento, la mujer hizo un gesto de tragarse helado, y su garganta se contrajo para dejar pasar saliva. Estuvimos algunos minutos así, descansando sobre nuestras mesas, y no tuve tiempo para darme cuenta de nada. El hombre pidió la cuenta, se retiraron y desaparecieron. Yo me arreglé los pantalones, y salí también, pasando cerca de la silla que la mujer había dejado. Estaba con evidencias de humedad que brillaban a la luz de la farola artesanal, o acaso el trópico alteraba mi percepción de las cosas. Me retiré a descansar convencido de que aquella co-masturbación con la pequeña peruana fue mejor que recurrir a una prostituta de turistas.

Luego de aquel viaje, ahora supongo que estas cosas son usuales en el trópico. He vuelto de los bares del Cuzco convertido en un mirón y onanista insobornable.

 

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