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Mis lolas me perdieron |
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Enviado por Perla el día Jueves 1 de Enero de 1970 |
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Soy una mujer de 44 años que ha llevado una vida tranquila durante su largo matrimonio. Lo cierto que un solo hecho alteró esa paz y fue cuando a mi esposo lo dejaron cesante en su trabajo. El se desempeñaba en una importante empresa de servicios públicos. Con el dinero de su despido pusimos un locutorio al que luego debimos incorporarle gran cantidad de PC, convirtiéndose en un importante cyber. Él comenzó a tener mucho trabajo particular en mantenimiento de computadoras de empresas que lo obligó a dedicarse mucho en horario nocturno. Esto hizo que yo me dedicara a atender el negocio durante la noche. En ese horario concurría un importante número de jóvenes de la edad de mi hijo Ricardo que tiene hoy 22 años y hace cuatro que estudia en Buenos Aires en la UBA. Siempre tuve un físico privilegiado. Auque no soy muy alta -1,60 metros- mi cola es perfecta, he podido mantener una cintura delgada y tengo unas piernas muy atrayentes. A punto tal que en repetidas ocasiones he descubierto las miradas de los amigos de mi hijo cuando me pongo alguna minifalda, lo que hago muy a menudo porque me reconozco altamente provocadora… pero hasta ahí. Mi gran complejo de adolescente era que mis lolas no eran tan armoniosas con el resto de mi cuerpo. Más bien era “tipo tabla”. Con los ingresos del negocio logre cumplir mi sueño y hacerme una cirugía. A pesar de los consejos de mí cirujano plástico, elegí una medida de prótesis mayor a la recomendada por él. El resultado superó mis aspiraciones y terminé con unas lolas que reventaban mis blusas. Cuando me ponía una remera o un top todas las miradas masculinas las sentía en esa dirección. Resultado: cola redonda y parada, mucho busto y cintura delgada, empecé a sentirme muy segura de mí misma y me fui tornando más provocadora inconcientemente. Mi marido, a quien hasta el momentote había sido absolutamente fiel, estaba encantado y me empezó a pegar unas cogidas deliciosas como cuando éramos novios. Comencé a vestirme más llamativamente pero tratando de guardar un estilo clásico, verdaderamente sexy. Todo ello hizo que día a día me sintiera más y más excitada. Muchas veces me sorprendía con mis dedos acariciando mi clítoris, calentándome a rabiar de solo ver mi imagen desnuda reflejada en el espejo. Cada vez lucía ropa más ajustada, tacos más altos y faldas más provocadoras, entonces decidí concurrir a un gimnasio para mejorar mi físico. Cuando transcurrió un año más o menos, mis formas se acentuaron, desapareció todo atisbo de grasa y rollitos, mis músculos se tornaron tensos y con los senos y la cola tan firmes dejé de usar sostén a la vez que las tangas que me ponía eran un triangulito con tiritas insignificantes. Corresponde que les cuente brevemente una experiencia que tuve en el gimnasio hace menos de un año. La recepcionista que allí trabaja, Lucrecia, de unos 27 años, me respondía con mucha simpatía cuando me acercaba y la saludaba. En ese instante producía lo que a mí, al principio me pareció un tic, cuando me sonreía. Se humedecía el labio superior, muy carnoso, con la puntita de su lengua, que a decir verdad era muy delgada lo que le confería un rasgo de atractiva elegancia. Ese día del que les cuento, luego de una sección en la que me maté más que de costumbre pasé frente a su pupitre muy transpiradita rumbo al vestuario. Llevaba una calza que se me metía en mi raja y en la zanjita de mi cola, lo que descontrolaba a algunos ejemplares masculinos que concurrían en ese horario y a mi me recalentaba. Lucrecia repitió ese gesto familiar, a lo que yo respondí, espontáneamente, con una mirada directa a sus ojos. Con una sonrisa muy amplia, le guiñe el ojo sin decir nada. Acto seguido me dirigí al vestuario donde me duché y cuando a medio vestir me estaba maquillando se abrió la puerta y entro Lucre. En ese horario no hay mucha gente y el vestuario estaba vacío. Con resolución se dirigió hacia mí y tomando mi rostro con ambas manos me dio un beso de lengua infernal. Todo mi cuerpo se estremeció. Inmediatamente mientras me recuperaba de la agradable sorpresa me empecé a calentar más. Ella no dejaba de besarme y mientras yo le respondía apasionadamente mientras la acariciaba, una de sus manos descendió hacia mi entrepierna y con el dedo índice, creo, empezó a acariciarme el clítoris de abajo hacia arriba. Yo ya estaba loca de excitación. Ese divino regalo no me lo esperaba. Se sintieron ruidos en el gimnasio, rápidamente la aparté de mi cuerpo y comencé a vestirme, mientras le pedía intercambiar número de teléfonos y vernos en otra oportunidad en un lugar más apropiado. Ese fue otro empujón para convertirme en una obsesiva del sexo. Empecé a masturbarme todos los días y cada día que pasaba mi imaginación se hacía más y más frondosa. Con Lucrecia arreglamos para vernos todos los miércoles en su departamento donde yo concurría cuando ella regresaba de su trabajo. Hacíamos el amor con locura y desesperación, luego cenábamos y después de ordenar, yo me iba al cyber. Esta relación la mantenía muy a la vista porque en público nos comportábamos como dos buenas amigas, incluso mi marido la llegó a conocer y apreciar, viendo nuestra amistad como muy natural. Pero ya nada era suficiente. Ni el sexo con mi marido, una vez por semana, luego de lo cual quedaba mas caliente todavía, ni el sexo con Lucrecia que me encendía y me dejaba agotada, podían calmarme cuando al siguiente día ya recuperada, mi cuerpo me pedía más y más. En mis diarias secciones de masturbación había ido perfeccionándolas y entre otras cosas empecé a jugar con mi colita. Primero acariciando el esfínter, el cual se empezaba a dilatar, hasta que un día me introduje un dedo. Esas prácticas se hicieron regulares pero ya no me conformaban, por lo que debí recurrir en un viaje a Buenos Aires a visitar a mi hijo, a comprarme dos consoladores uno mediano y otro grande. Con ellos en mi ano y frotándome el clítoris me provoqué los orgasmos más increíbles, solo parecidos a los que Lucrecia con su divina experiencia me hacía alcanzar. Cuando mi hijo regresaba a nuestra ciudad para visitarnos, concurrían a mi casa sus amigos cuyas miradas fueron cambiando de curiosas a abiertas e insinuantes manifestaciones de deseo. El más introvertido de ellos me agradaba especialmente. Tímido, retraído, con un soberbio físico, rostro hermoso y aniñado, comenzó a provocarme fantasías. Un día fue a buscar a Ricardo, quien había salido. Entonces yo lo invité a tomar mate mientras lo esperaba. Nos acomodamos en la sala en un sillón de tres cuerpos, uno en cada punta, alejados. Previamente, mientras calentaba el agua en la cocina, tomé la precaución de desabrocharme dos botones de la camisa lo que permitía que se vieran toda la separación de mis poderosas lolas operadas. Además sabía que si como al descuido tiraba uno de los brazos hacia atrás en ademán de alcanzar algo, uno de mis hermosos pezones se podría ver libremente, gesto que tenía previsto hacer ni bien estuviéramos en medio de la charla. Él se puso un tanto tenso y para que se relajara comencé a preguntarle de sus proyectos ya que ahora trabajaba en la ciudad donde vivimos pero también pensaba ir a estudiar. Mientras conversábamos mitad sin tener conciencia de lo que hacía y mitad por mi costumbre ya desarrollada de coquetear, subí mis piernas al sillón mientras abrazaba mis rodillas de manera que mi falda se subió totalmente de atrás, lo que permitía una panorámica impresionante de mi cola. Inmediatamente lo noté con la mirada fija en ese lugar. Al ver mi reflejo en el vidrio del ventanal, aunque de una manera difusa, pude darme cuenta de lo que ocurría. Para mejor mi tanga era solo una tirita perdida en mi zanja. Al instante vi como a César, pues así se llamaba, empezaba a tener una erección que en pocos segundos se había transformado en un tremendo bulto. Mi corazón salto en mi pecho al comprobar que ese ejemplar masculino objeto de mis fantasías, además poseía un increíble pene. -Perla… Musitó Cesar en voz baja y se interrumpió. Aunque mi nombre es Romina Inés, como desde niña no me gustaban, todos los allegados me llaman por mi sobrenombre Perla. Creo que ahí mismo me hubiera lanzado sobre él, si no fuera porque a los pocos minutos la puerta de calle se abrió y se oyó la voz de mi hijo que regresaba. No pude contenerme e inclinándome le dije: -Te espero el sábado a las dos de la mañana en el cyber. Dicho esto me levanté y fui a cambiar la yerba y calentar más agua. La rápida invitación obedeció a que mi marido pensaba irse de pesca con sus amigos a una laguna en las sierras cercanas y mi hijo para el próximo fin de semana, estaría de regreso en Buenos Aires estudiando. Esa noche sería totalmente mía. Me estiré la falda hacia abajo y regresé a la sala con el mate. Noté al caminar mi tanguita empapada. Ya estaba mi hijo charlando amigablemente con Cesar. Durante esa semana me dediqué a prepararme para el encuentro. Transcurrían las primeras semanas de diciembre y ya venía tomando sol desnuda con una amiga en el patio de su casa cuando estábamos solas. Como quería estar más bronceada tome varias secciones de cama solar. Fui a la depiladota, no quería descuidar ningún detalle, y me compré un vestido de fiestas muy juvenil de esos que dejan una de las piernas totalmente a la vista prácticamente hasta la cintura, en realidad yo lo modifiqué para que así resultara. Sobre la izquierda me llegaba unos siete centímetros encima de la rodilla. Unos lazos muy finos dejaban libres todos mis hombros y gran parte de la espalda. El escote no era muy profundo, pero sin sostén, mis lolas se marcaban muy redondas bajo la tela que se adhería a mi piel. El día del encuentro, luego de ducharme me maquillé muy cuidadosamente, no tenía que olvidar que me encontraría con un joven a quien duplicaba en edad. El pelo suelto me confería un aire juvenil. A último momento decidí no llevar ropa interior de manera que simplemente me puse el vestido negro y me calcé con unas sandalias con pulsera y de taco tipo aguja muy alto con tiritas muy finas. Yo sabía que estaba como para matar de un infarto a cualquier tipo que se me cruzara, de manera que para ir al cyber y ocultar mi vestimenta, tenía previsto ponerme un delantal del tipo que usan las maestras jardineras y que yo utilizaba para no estropear la ropa mientras atendía. A último momento, no me pregunten porqué, recordé que la farmacéutica vecina, buena amiga mía, unas semanas antes, me había dado un sobrecito conteniendo dos pastillas de viagra de 50 miligramos, diciéndome entre risas: - Llevalas son masticables y muestra gratis, con la mitad de una de estas convertís a tu marido en un potro… Sin pensarlo dos veces fui a la caja en que ocultaba los consoladores donde las había dejado, tomé una de ellas y con un cuchillo la partí en dos guardando ambas partes en el monedero de mi cartera. Luego resolví ir al cyber en el auto que mi marido había dejado en el garaje y me pareció prudente llevarlo. Cuando llegué, luego de relevar la empleada que atendía me puse a atender gente. Las horas que me había imaginado interminables, dado mi ansiedad, pasaron volando y exactamente a las dos de la mañana, apareció Cesar muy prolijamente vestido y muy elegante en su vaquero y camisa Polo. Estaba divino. Todo mi cuerpo se puso tenso y comencé a sentir cosquilleo en mi vagina, que rápidamente se humedeció. Inmediatamente me paré y dando palmas con las manos dije: -Chicos… Chicos… Vamos a cerrar… Vayan apagando las máquinas. Cesar se acercó a mi mostrador mientras yo iba cobrando y despedía a los clientes. Mientras intercambiábamos palabras formales, se retiró la última jovencita. Al instante le dije: -Cesar bajá las persianas mientras voy apagando las luces. El lo hizo de inmediato y mientras cumplía la tarea de espaldas a mí, me saque el delantal que no me había quitado desde que salí de casa y me miré en un espejo. El corazón me dio un respingo. No podía creer yo misma la imagen que me devolvía el espejo, estaba espléndida especialmente de perfil. Mi vestido se adhería perfectamente a mis formas redondeadas. Las sandalias, de taco tan alto, me obligaban a pararme de una manera muy particular, con los hombros derechos, levemente tirados hacia atrás que remarcaban mi busto de noventa y seis centímetros, provocando que el vestido quedara tenso y muy sexy sobre él. Mi abdomen que era una tabla gracias a mis interminables secciones de gimnasia, formaba una vertical perfecta hasta que se curvaba levemente hacia adentro al acercarse al nacimiento de mis piernas. Pero lo más impactante seguramente era mi cola, que se manifestaba espléndida y muy parada debido al exagerado alto de los tacos de mis sandalias, que me obliga a caminar como en puntas de pies. Se hacía evidente que podía provocar una pasión descontrolada a cualquiera. Inmediatamente pensé si no había exagerado, es decir, si no parecería vulgar. Estaba con esos pensamientos cuando advertí que Cesar regresaba y se paraba cerca de mí con una expresión en la que se mezclaba sorpresa, admiración y un deseo incontrolable, casi en actitud de lanzarse sobre mí, lo cual no era nada raro en un joven de 22 años. Decidí tomar la iniciativa y romper el hielo. Me moví girando como si me observara en el espejo. Este movimiento fue premeditado para que me viera toda, incluido mi vestido increíblemente corto que dejaba mi pierna y mi cadera muy bien tostadas, al descubierto. Luego suponiendo que lo tenía bastante motivado, rápidamente lo atraje rodeando su cintura con mis brazos en ese momento apoyé fuertemente mi pubis sobre su pene que ya estaba casi erecto. Lo besé primero tiernamente en la boca. Luego le introduje mi lengua lo más profundo que pude y apreté todo mi cuerpo contra el de él. Recién en ese instante comenzó a reaccionar y elevando sus brazos comenzó a acariciar todo mi cuerpo musculoso desde los glúteos hacia arriba. Aún estábamos en el pasillo que separaba dos hileras de computadoras. - Vamos a la oficina. Le dije en tono bajo y sensual. Se dejo llevar abrazado y apretado contra mi cadera, todavía inseguro pero muy excitado. En la oficina había un escritorio con su butaca. Dos sillas y un sofá con colchón y almohadones de colores que oficiaba de sillón. Este sofá había sido idea de mi marido, ya que cuando cansado de su trabajo nocturno, iba a hacer la papelería del negocio, a veces se recostaba a dormir la siesta. Al llegar a la oficina y mientras yo giraba para cerrar la puerta el introduce una mano para tocarme mi cola y al bajarla entre las piernas descubre que no tenía nada. Yo ya estaba fuera de todo control, absolutamente caliente y el enloquecía a cada instante que descubría las pequeñas trampas de seducción que le había ido preparando para excitarlo. Puse el cerrojo de la puerta inclinándome y sacando aún más la cola hacia afuera por lo que su mano terminó en mi vagina a estas horas absolutamente lubricada. Lentamente giré y entrecerrando mis ojos le ofrecí mi boca, mientras que con mis manos rápidamente bajaba el cierre de su bragueta y desprendía el cinturón. Sin darle tiempo le bajé el calzoncillo y lo empujé sobre el sofá donde quedó sentado. Le saqué los mocasines y todas las prendas. Luego poniéndome de rodillas sobre él le desabroché la camisa. El me saco por arriba mi lindo vestido. A continuación me empujo suavemente hasta ponerme de espaldas. Ambos totalmente desnudos y excitados como perros en celo. Su pene con una erección impresionante me pareció un palo cuando me lo introdujo sin mayores preámbulos. No me dolió nada porque ya estaba totalmente preparada para esto que había deseado tanto. Sin embargo me sentí llena con semejante pija dentro de mí, mientras sentía que las paredes de mi argolla se estiraban para permitir la penetración. Yo suspiraba como loca y emitía algunos quejidos de placer mientras me preparaba para lo que sería el gran polvo, de acuerdo a mi imaginación. Pero Cesar absolutamente desbordado en su calentura y con todas las testosteronas de sus jóvenes 22 años a flor de piel acabó con un suspiro ronco que más pareció un rugido. A esta altura yo me retorcía de calentura y necesitaba que me siguieran cogiendo. El mocoso salvaje apenas en unos pocos minutos, durante los que yo parecía una perra en celo restregándome contra su cuerpo, se recuperó con otra erección tan firme como la anterior. Al instante empezó a bombear de una manera salvaje e incontrolable. Sus movimientos de vaivén me estaban llevando al clímax total cuando nuevamente sobrevino su eyaculación dejándome perdidamente caliente. En ese instante empecé a darme cuenta que me encontraba con un joven inexperto y con una lívido tremendamente desarrollada, así que si no cambiaba de estrategia la gran noche se convertiría en una frustración. Acariciándolo con ternura le di todo el tiempo para su recuperación. Transcurridos varios minutos y cuando note que venía otra erección lo giré lentamente y me subí arriba para cabalgarlo. Por supuesto que resistió mucho tiempo más pero nuevamente su orgasmo sobrevino antes que el mío. Yo empezaba a desesperar, mi súper calentura no tenía límites. Indudablemente por ser la primera vez en estar con un hombre fuera de mi marido, alguna tensión frenaba la liberación total de mi lívido. Luego de un cuarto intento cuando había pasado como media hora más, yo estaba muchísimo mas caliente y el con cuatro polvos seguidos se encontraba sin respuesta. Fue en ese instante que recordé mi pastilla de viagra. Inmediatamente me levante y me dirigía mi cartera a buscarla. Había olvidadote sacarme las sandalias y al caminar tan erguida sobre los tacos, desnuda y con todo mi cuerpo brillante por la transpiración escuche un profundo suspiro. Regrese y le hice masticar media pastilla, luego, mientras pegaba mi cuerpo al suyo excitada hasta en la fibra más íntima, le dije: Vestite, nos vamos al hotel. Él obedeció en silencio. Indudablemente ejercía una influencia fuertemente dominante sobre su persona. Varios minutos después estábamos en el auto, yo manejaba hacia las afueras de la ciudad donde estaba el alojamiento. Con mi mano derecha trémula de placer, luego de pasar un cambio, busqué su mano y se la hice poner sobre mi vagina. Con el dedo le hice ubicar el clítoris. Mi espalda se apretó contra el asiento. Mis tacos se clavaron en la alfombra del auto y disminuí drásticamente la velocidad. Pensé que se acercaba un tremendo orgasmo. No fue así y a los diez minutos en los que yo prácticamente levitaba de placer por las caricias de sus dedos, llegamos al alojamiento. En el interior de nuestro país,los hoteles se llega directamente del auto a las habitaciones y se paga a través de una puertita. Lo hice yo y me arroje sobre él empujándolo sobre la cama. Temía que mi pastilla no le hiciera efecto. No obstante lo desvestí sin ninguna contemplación, casi arrancándole la ropa. A continuación tire mí vestido y mientras me desabrochaba las sandalias con una mano con la otra le apretaba la verga haciendo un movimiento de vaivén como si lo estuviera pajeando. Cuando logré desembarazarme de mis zapatos tome la verga con las dos manos y lentamente comencé a pasarle la lengua de abajo hacia arriba mientras le arrancaba unos suaves quejidos. Cuando llegaba a la cabeza de su pene con la punta de la lengua bien dura recorría sus pliegues. Al cabo de varios minutos, no sé si por efecto del viagra o por su natural recuperación, el pene se había convertido en un formidable monumento a la erección. Su cabeza se había puesto roja e hinchada. El tallo estaba durísimo. Yo impresionada por su tamaño lo tome con las dos manos una junto a la otra para ver su longitud. Me sobraba toda la cabeza y un par de centímetros más. Pero lo más impresionante es que no podía tocarme la palma de las manos con mis dedos al rodearla con mi mano. Es mas, le faltaba mucho. Cesar ya se agitaba totalmente excitado por mis enloquecidos chupones a su pija la que trataba de introducir en vano en mi garganta. Esto me resultaba imposible porque semejante longitud me provocaba arcadas. Yo nuevamente estaba fuera de mí y todo mi cuerpo era una caldera en ebullición. De pronto sucedió lo inesperado. Cesar de una manera brusca, casi salvaje, me apartó y me dio vuelta con mi colita para arriba y sin detenerse y con total resolución apoyo la cabeza de su pija en mi ano. Yo grité adivinando lo que venía pero creo que lo había enloquecido y totalmente descontrolado empujo fuertemente. La cabeza penetro en su totalidad, furiosa y de un solo golpe. Yo sentí un fuerte dolor, más bien ardor, que con las posteriores arremetidas de Cesar se fueron disipando y poco a poco empezó a inundarme un intenso placer, casi insoportable, que disfrutaba como poseída mientras le gritaba: - Más… Más… Maaaaaassss… Cesar se enloquecía cada vez más. En un momento abre violentamente mis dos piernas elevándome un poco la cola y a continuación abre los cachetes de mi culito que para esos momentos estaba totalmente dilatado. De un fuerte empujón mando los centímetros que restaban y que no podía introducir en la posición anterior hasta el fondo. Su tronco me penetro brutal, en ese instante recordé que esa parte no la podía abrazar con mi dedo pulgar e índice. Nuevamente sentí el dolor de algo que me obligaba a estirar aún más el esfínter. Lejos de refrenarme esa aguda sensación me provocó más locura. A partir de ahí todo fue superlativo y se salio de control, mis gritos, sus rugidos y mis demandas que me la enterrara más y mas me llevaron a un estado en que ocurrió lo que debía pasar desde hace dos horas. Desde lo más recóndito de mí cuerpo, de la fibra más interior apareció una marea de sensaciones jamás experimentadas por mí. Mi cuerpo comenzó a contraerse salvajemente. Los espasmos fueron muy fuertes y Cesar los notó. Entonces simultáneamente con mis brutales temblores, contracciones de vagina y estado de éxtasis, empecé a notar como mi esfínter brutalmente penetrado hasta el limite, recibía grandes contracciones y expansiones que provenían de la pija de Cesar realizando una fantástica eyaculación. Luego, poco a poco, nos fuimos calmando. Quedamos tendidos. Cesar con todo su peso encima de mí. Con su enorme pija penetrándome sin haber disminuido un ápice su erección. Ahí me di cuenta que el viagra le había hecho efecto y por lo tanto mí gran noche recién empezaba. También me di cuenta, al pasar mi mano bajo mi abdomen que las sábanas estaban empapadas de un líquido viscoso. Había tenido la primera eyaculación de mi vida. Bueno amigos míos, esa es la experiencia de una mujer simple, con una vida simple que terminó caliente por hacerse las lolas. Querida lectora, querido lector necesito que me ratonen y me instruyan con nuevas experiencias. Por favor escriban soy Perla y espero por Ustedes. |
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Escribile un e-mail al autor: odracir.12@hotmail.com |
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