DOÑA ADRIANA ERA BASTANTE PUTA
Enviado por Amadeo el día Miércoles 31 de Diciembre de 1969
 

DOÑA ADRIANA ERA BASTANTE PUTA Apunté mi verga hacia su vagina completamente húmeda y, empujando con fuerza, logré penetrarla en su totalidad, Doña Adriana gimió de placer al sentir que yo estaba totalmente adentro de ella

Hola. Soy Amadeo otra vez. ¿Me recuerdan? Ya les conté la historia de mi desvirgada en brazos de mi vecina, mi aventura con una turista a la que conocí en la Oficina de Correos, y la fechoría que cometí con la esposa de un anciano vecino. Ahora les contaré algo más.

Doña Adriana era la hermana de doña Margarita. Era una mujer de 65 años, más alta que su hermana, un poco más delgada y, ¿por qué no decirlo?, mejor formada. Ella también era amiga de mi abuela y frecuentaba mucho a su hermana. Después de unos días, doña Adriana comenzó a acercarse más a mí y a mirarme de manera insinuante.

Ignoro lo sucedido, pero me imagino que entre las dos hermanas se habrían hecho alguna clase de confidencias. Por ello, no me sorprendió cuando doña Adriana habló con mi abuela y le dijo que estaba dispuesta a pagarme para que yo la ayudara a pintar la sala de su casa. Instantáneamente, tuve la corazonada de que aquello no sería solamente una sesión de brocha gorda y me sentí encantado cuando mi abuela accedió.

El siguiente sábado, llegué a la casa de doña Adriana y me llevé tamaña sorpresa al ver que la sala de su casa estaba recién pintada. Aún se sentía el penetrante olor de la pintura por la habitación.

- Parece que ya el trabajo está hecho -le dije.

- Le pagué a un pintor para que lo hiciera -me respondió-. De ese modo, tú y yo podremos aprovechar mejor el tiempo. Pero no te preocupes -agregó-, te pagaré lo convenido.

Doña Adriana me tomó de la mano y me llevó hasta su habitación. Caminó unos pasos de espaldas a mí y luego se dio vuelta. Tenía la blusa abierta, el sostén zafado y me mostraba libremente sus pechos, grandes, algo caídos y flácidos con unos impresionantes pezones en la punta.

- En realidad lo que yo quiero -dijo vacilante-, es que me hagas el amor... como se lo hiciste a mi hermana.

Yo quedé desconcertado, ya que no esperaba tanta franqueza. Sin esperar mi contestación, se acercó a mí y me besó en los labios. Estaba enfebrecida. Yo le devolví el beso, primero con suavidad, pero luego me dejé contagiar por su pasión. Nos besamos con furia y sin esperar su permiso, la agarré de los pechos y se los acaricié.

Doña Adriana retrocedió hasta la cama y se dejó caer de espaldas. Yo caí encima de ella y la besé nuevamente en la boca y luego bajé a su cuello y sus hombros, para finalmente entretenerme largamente besando y chupando sus senos y pezones.

Me sentía preso de la fiebre y bajé en mis caricias hacia su vientre. Después de despojarla de su ropa interior, no pude resistir la tentación de centrar mi atención en su monte de Venus.

Lo besé con pasión y metí mi cara profundamente entre sus muslos, para dedicarme a lamer su vulva con ansiedad. De pronto, no resistí más y suspendiendo mi labor, me desnudé con rapidez, dejando libre mi pene, que ya estaba duro como un garrote. Al regresar a ella, dejé de lado los preliminares. Apunté mi verga dura y ansiosa hacia la entrada de su vagina que se encontraba completamente húmeda y, empujando con fuerza, logré penetrarla en su totalidad.

Doña Adriana gimió de placer al sentir que yo estaba totalmente adentro de ella y sin vacilaciones comenzó a moverse con rapidez. Yo me sentí en la gloria y me acoplé al movimiento que ella hacía. En muy poco tiempo los dos estábamos al borde de la culminación. Ella empezó a moverse descontroladamente, al tiempo que gemía y resoplaba.

Con mi verga totalmente adentro me movía buscando el máximo placer para ambos. Tendido sobre ella, en medio de sus piernas, apoyándome en ambos brazos, mi verga entraba y salía de su vagina como un émbolo de carne. La temperatura en ambos iba en aumento y, por su respiración entrecortada, pude adivinar que su final estaba cerca.

- ¡Ya! ¡Ya! ¡Yaaa


aaaaaa! -gritó en el momento de su orgasmo, que disfrutó como una yegua turra en celo.

Yo no me detuve ni un segundo y seguí en mi delicioso "mete-saca" sin interrupción, hasta que unos quince segundos más tarde me vine también, de una manera bestial.

Me derrumbé sobre ella resoplando, al tiempo acezaba como si hubiera corrido varios kilómetros. Doña Adriana me besó tiernamente y con sus manos me sobaba suavemente le espalda. Me di vuelta en la cama, a su lado, y nuestros cuerpos se desconectaron. Ella me miró con ternura y me dijo palabritas dulces al oído. Apoyó su cabeza en mi hombro y comenzó a decirme lo mucho que yo siempre le había gustado y calentado.

- Sin embargo -me dijo-, desde que mi hermana me confesó su aventura contigo, te convertiste en una obsesión para mí.

Luego me contó que ella había sido una mujer bastante puta en su juventud y que había visto frustrados sus deseos por un marido que rara vez la hizo llegar al orgasmo. Y luego vino la viudez, que la había obligado a una total abstinencia carnal.

- Siempre que lo desee, yo estoy aquí para complacerla -le dije-. Y no es necesario que me pague a menos que no quiera tomarsela toda.-replique-

Doña Adriana me miró con ternura y comenzó a besarme, logrando que mi pene mostrara una nueva e incipiente erección. Me acarició el glande con la mano y luego lo introdujo en su boca, iniciando una serie de caricias orales que me pusieron totalmente duro y deseoso de disfrutar del placer una vez más. Y se lo dije francamente.

La mujer se montó en mi y se empaló en mi verga erecta, comenzando un movimiento que en poco tiempo me volvió loco. Creo que sólo por el reciente orgasmo pude aguantar. Ella subía y bajaba en toda la longitud de mi pene y en muy poco tiempo llegó a un segundo orgasmo que la sacudió con potencia. Sin embargo, no se detuvo y siguió en su movimiento buscando provocar mi culminación. Sin embargo, antes de conseguirlo, fue ella misma la que alcanzó un tercer orgasmo, que la dejó realmente sorprendida. Poco tiempo después, yo fui el que culminé con gran furia y placer, con mi verga completamente dentro de su garganta, casi cerruchandole la traquea y alimentandola con la mas tibia y exquisita leche directa de mis huevos entumecidos por los golpes contra su jugosa chocha.

Desde ese día, doña Adriana siempre buscaba algún pretexto para que yo llegara a su casa, con el consentimiento de mi abuela, que nunca sospechó nada. Y de más está decir, que para mí eran francamente especiales aquellas largas sesiones de amor, sexo desenfrenado y placer lujurioso.

Autor: AMADEO
 

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