Un nuevo juego
Enviado por WALTER H. el día Jueves 1 de Enero de 1970
 
Varias veces hice hincapié en que, si bien yo comencé a dejarme toquetear, manosear, desnudar y coger por los chicos a muy temprana edad, sola, simple y únicamente porque me gustaba “a horrores”, mucho tuvo que ver también el hecho de haberme criado en un ambiente de mucha promiscuidad, en lo que respecta a los chicos del barrio y sus respectivas familias.
 
Esa promiscuidad precisamente, fue la que contribuyó para que yo experimentase, desde muy chico, algunas cosas que hoy en día pueden verse, por ejemplo, en algunas páginas de Internet (como en esta misma sin ir más lejos) y que tienen que ver con la “lluvia dorada”, el “pissing”, el “pichí” o simplemente “las meadas”.
 
Así como era algo común, normal y natural entre los chicos del barrio, jugar a ver quien escupía más lejos, también lo era, aunque en lugares un poco más reservados, jugar a ver quien meaba a mayor distancia; solíamos pararnos uno al lado del otro, bajarnos el pantaloncito o desabrocharnos la bragueta del pantalón, tomar nuestros “pititos” entre las manos y jugar a ver cual de los “chorritos” llegaba más lejos.
 
Una tarde estábamos jugando a las “meadas”, tres chicos, todos más o menos de la misma edad (entre los 9 y 11 años); ya habíamos terminado (yo perdí en aquella ocasión) y no nos salía de una gotita más de nuestros “pititos”, pero al chico que estaba a mi lado, se le escapó un abundando chorro y no tuve mejor idea que darse vuelta y apuntar hacia donde yo me encontraba.
 
Yo no atiné a moverme y el chico entonces me meó de arriba hacia abajo, mientras no dejaba de reírse a carcajadas y como, por alguna razón, yo no reaccioné y me quedé allí, parado e inmóvil, el otro de los chicos apareció por detrás de mí y me meó también, pero por la retaguardia y entonces sí, yo atiné a correrlos a ambos, con la intención de devolverles las atenciones.
 
Sin darnos cuenta, habíamos inventado un nuevo juego al que llamamos “el duelo de la meada” (la típica creatividad e imaginación de aquellos años, por la falta de televisión, Internet, video juegos, etc.) y rápidamente pusimos las reglas y lo dimos a conocer al resto de los chicos del barrio “Hay que pararse uno frente a otro, a cierta distancia y disparar el chorro de pis; si ninguno de los dos participantes del duelo, mea al otro, hay que avanzar de a un pie, hasta que uno de los dos reciba la primer gota de pichí; obviamente el meado es el perdedor y el meador, el ganador”.
 
No conforme con el nuevo juego creado, a uno de los chicos se le ocurrió otro similar y que tenía que ver con una serie de “prendas”, que el perdedor debía “pagarlas” contra el “paredón de fusilamiento” (no se puede negar que teníamos muchísima imaginación), claro que las armas para llevar a cabo aquel juego, no eran ni más ni menos que los “pititos” y los proyectiles, el “chorro de pis”.
 
Por supuesto muchos de los chicos no querían saber nada ni de un juego ni del otro, pero yo, por alguna razón, empecé a anotarme a ambos y por algún motivo comencé también a dejarme ganar a propósito, es decir que comencé a jugar para perder y obviamente para ser meado.
 
Lo que recuerdo con exactitud es que el hecho de recibir esos chorros “calentitos” sobre mi piel desnuda, me producía un cierto placer, una excitación, en síntesis, me gustaba y no sólo a mí, ya que otro de los chicos había adoptado la misma actitud que yo y por supuesto ambos reparamos rápidamente en ello y sacamos provecho, tanto él como yo, de aquella nueva forma de entretenimiento.
 
A partir de ese momento, además de los “duelos” y de las “prendas”, Javier (tal el nombre del chico) y yo íbamos a algún lugar más o menos reservado, nos desnudábamos por completo, nos parábamos uno frente al otro (a muy corta distancia por cierto) y nos meábamos de la cintura para abajo primero y después yo me daba vuelta para ser meado en la colita (a Javi no le gustaba eso pero a mí sí).
 
Por supuesto que recién de grande, experimenté el enorme placer, el gozo y la satisfacción de recibir el “pichí” en la cara, en la boca y en el resto del cuerpo, pero fue por aquellos años cuando descubrí que esos tibios chorritos que salían de los “pititos”, podían producirme una maravillosa, hermosa y por demás placentera sensación, así que, “VIVA LA LLUVIA DORADA”.
 
Escribile un e-mail al autor:
walterculindohache@yaoo.com.ar

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