DIAS CALIENTES EN BUENOS AIRES
Enviado por Gabo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 


DIAS CALIENTES EN BUENOS AIRES Yo estaba tan caliente, que al contacto de su lengua en mi concha

tuve un orgasmo intenso y enorme, producto de todo el deseo acumulado por días, Amada miraba con

satisfacción mientras tocaba su conchita.

 

Vivo en Santiago de Chile y tengo una amiga de la infancia que vive en Buenos Aires. Su nombre es

Amada y esta casada con un tipo muy guapo que es argentino. El verano pasado, ella me llamó para

invitarme a su casa y pasar una semana juntos, aunque ellos trabajan en verano, me convenció de

ir a descansar unos días. Alegre y emocionada, partí a Buenos Aires en enero, fecha de mucho

calor y sol.

En el aeropuerto me esperaban ambos: ella, alta, de pelo corto y castaño, tenía una figura

envidiable, de senos normales, pero hermosos y firmes, no usaba brassier y los pezones aparecían

en su blusa perfectamente visibles y las miradas lascivas de muchos hombres soñaban con recorrer

esas bellas protuberancias. Su culito es perfecto: paradito, redondo, de esos traseros que

incluso las mujeres desearían tocar. Llevaba ella un vestido mini y sus hermosa piernas torneadas

y bronceadas, lucían un par de tacos altos que la hacían ver más imponente. Quede impresionada de

su belleza y desplante.
Por su parte Andrés, el esposo, es alto, varonil, y sin ser hermoso es guapo y muy educado y

amable, de esos hombres que conquistan con sus modales.

Para que puedan tener una idea de cómo éramos todos, les diré que yo soy delgada, no muy alta, de

linda figura y rostro y lo que más destaca de mi son mis enormes tetas, que luzco con placer para

los hombres puesto que sé que es lo que más me miran al conocerme. Llevaba yo una par de jeans

ajustados, y una blusa escotada que permitía ver muchísimo de las curvas de mis grandes tetas, lo

que tenía nerviosos y excitados a los tripulantes del avión durante viaje. A cada momento se

acercaban a mi asiento con el pretexto de ofrecerme algo, pero yo sabía que era por el placer de

ver algo más de mis enormes tetas. Pues bien esa misma vista era la que ahora enloquecía a

Andrés, de eso me di cuenta de inmediato.

Sin embargo, él trataba de disimular aunque, inevitablemente, sus ojos caían en mis enormes

globos, lo que me producía un íntimo placer y que a su esposa le causó gracia, puesto que con un

guiño de ojos y un susurro me dijo al oído: con ese par de tetas ya ganaste la confianza de mi

esposo. Sonreí, entre complacida y avergonzada. Procuré en adelante no ser tan provocativa, por

lo menos, con el esposo de mi amiga. El mismo día de mi llegada, y luego de una deliciosa cena,

Amada me dijo que una hora después de irme a la cama regresara al living, sin que Andrés se diera

cuenta, y que solo observara, que esa noche me mostraría algo que hacía con su esposo.

Un poco extrañada por la proposición, pero también un poco excitada, apenas terminada la cena, y

luego de un trago fuerte, que nos dejó calientes a todos, me dirigí a mi habitación, me desnudé y

me puse un negligé rojo suave que acentuaba mis curvas y dejaba poco a la imaginación. No sabía

en realidad de qué se trataba lo que vería más adelante.

Recordé entonces que Amada era un poco exhibicionista y que en nuestros tiempos de Universidad le

encantaba contarnos sus hazañas en la cama y no decía en que lugar se encontraría con sus amigos

para que fuéramos a verla. Nos juntábamos entonces dos o tres compañeras de facultad e íbamos al

lugar que nos señalaba: ocultas y excitadas veíamos como se dejaba acariciar, desnudar y chupar

la concha y a su vez como ella chupaba el miembro de sus novios procurando siempre que tuviéramos

un primer plano de las excelentes mamadas que hacia. Luego de eso volvíamos todas excitadas al

cuarto y sin ninguna vergüenza nos masturbábamos con la luz encendida, comentando en detalle lo

que habíamos visto y lo que sentíamos. Pero de eso ya habían transcurrido unos años Volviendo al

relato, cuando ya pasó la hora, salí suavemente, sin hacer ruido y me dirigí al living, lugar

donde aún se encontraba Amada con su esposo.

La visión era lo que había pensado, y muy excitante: sentado en el sillón, Andrés estaba desnudo

ofreciéndole la verga erecta a su esposa. Ella, inclinada frente a él, sin doblar las rodillas y

con las piernas abiertas le chupaba el miembro con un ritmo suave y sostenido, al mismo tiempo

que se masturbaba tocando su concha depilada y mostrándome su culo en plenitud, ya que yo había

quedado justo frente a ellos.

Me agache un poco para no ser vista y pude ver con claridad como ella subía y bajaba chupando el

miembro de su esposo el que se veía grueso y largo, completamente mojado por los líquidos de su

esposa. Mi calentura era insoportable, de modo que sabiendo que no me veían, introduje mi mano

entre las piernas y comencé a masturbarme como hacía tiempo no lo hacía. Sentía cada uno de mis

dedos rozar mi clítoris y mi excitación aumentaba al ritmo del sube y baja de la boca de mi amiga

en el pene de su esposo. Junto con ver el estallido de leche en el rostro de Amada, mi

masturbación llegó al clímax, produciéndome tal goce que estuve a punto de caer al suelo de

placer.

Amada continuaba masturbando a su esposo, sacando hasta el último de los jugos del hermoso

miembro que se mantenía duro todavía. Podía ver yo las hermosas tetas de Amada por entre sus

piernas, balanceándose suavemente al ritmo de la paja que hacía con la mano. Por largos segundo

quedamos los tres en un instante de placer, él acabando en la boca y rostro de su esposa, ella

teniendo un orgasmo por su propia masturbación y yo casi convulsionando de placer mezcla de

deseo, voyerismo y masturbación por todo lo que veía.
Volví a mi cuarto con el corazón agitado. Esa noche dormí luego de haberme masturbado dos veces

mas recordando la película porno en vivo que había presenciado.

Al día siguiente, desperté un poco tarde y me dirigí a la cocina, en donde estaba Amada ya lista

para vestirse e irse al trabajo. Con un guiño cómplice me dijo: y, ¿que te pareció la velada?

Pues, de película le contesté. Rió y fue a su cuarto a vestirse. Fui entonces al baño para tomar

una ducha, pero al abrir la puerta vi que Andrés, de pie y desnudo frente al espejo se estaba

haciendo una paja a todo dar. No alcancé a cerrar la puerta puesto que en ese instante vi como su

leche saltaba de su miembro y él, sin poder controlarse, terminaba de menear su enorme pene justo

frente a mí.

Noté su sonrisa caliente y de deseo, como si todo hubiese estado preparado de antemano. Tal vez

así era, ya dije que yo notaba como él miraba mis enormes tetas, que era en lo único en que yo

aventajaba a su esposa. Mis senos son grandes, firmes redondos y hermosos e inevitablemente la

mirada de los hombres caen sobre ellos, como deseando poder ver más de mis enormes globos. Me

encanta que se calienten con mis tetas y por eso las cuido y masajeo todos los días,

lubricándolas y manteniéndolas siempre firmes.

En los días que siguieron nada distinto paso, yo los sentía por las noches como gemían en su cama

e imaginaba las calientes sesiones de sexo que tenían, pero no me atrevía a ir y mirarlos otra

vez. Me masturbe más en una semana de lo que no me había pajeado en meses. Ya sentía necesidad de

un pene dentro de mi haciéndome gozar. La oportunidad se presentó el viernes después de la cena.

Terminados los tragos acostumbrados, y como ninguno tenía que trabajar al día siguiente, nos

servimos más licor que de costumbre.

Amada, caliente como siempre, me dijo que los acompañara a su habitación para conversar mas

tranquilos. Sabiendo lo que venía, acepté sin más dilaciones puesto que necesitaba ya un pene en

mi boca, y en todos mis agujeros si era posible. Después de hablar cosas banales y seguir

bebiendo, Amada me dijo que hacía tiempo tenía una fantasía que quería realizar ahora: espera, no

te muevas me dijo, y sin más se desnudó, se sentó en la cama y puso a su esposo de pie frente a

ella. El sonrió y se dejó acariciar, quede yo sentada en la cama, muy cerca de ambos y viendo de

costado todo el espectáculo. Con seguridad, ella desabrochó el pantalón de Andrés, le bajó los

pantaloncillos y una enorme verga, ya erecta, saltó hacia delante quedando justo frente al rostro

de Amada.

Ella rió, me miró y tomando la tranca de su esposo comenzó a realizar la más excitante de las

mamadas que yo recordara haber visto. El enorme falo salía y entraba de la boca de ella, mientras

Amada acariciaba el culo y las bolas de Andrés proporcionándole un placer indescriptible.

Yo no perdía detalle de lo que veía y mi calentura comenzaba a subir junto con la de ellos. En un

momento ella volteó a su esposo, y el quedó frente a mí, con su verga a pocos centímetros de mi

rostro, pero ella continuaba corriéndole la paja. Pude observar como él gozaba y gozaba, pero sin

acabar aún. Entonces ella se levantó, se agachó detrás de su esposo y pasando las manos por entre

las piernas de él continuó efectuándole esa paja interminable. Entonces, Amada me dijo: desnúdate

y muéstrale tus tetas a Andrés.

Yo, obediente, me despoje de mi blusa y luego, con lentitud, desabroché mi brassier dejando al

aire las tetas que él tanto deseaba. No bien las vio ella le corrió la paja con más fuerza y él

con la sola mirada de mis enormes tetas acabó, lanzando un chorro de leche que me mojó los senos

y el resto de mi ropa. ¡Qué bellezaaaa! decía él mientras acababa en la mano de su esposa y

frente a mí. A esas alturas yo ya estaba dispuesta a todo y termine de desnudarme, abriendo las

piernas y ofreciéndole mi concha depilada y suave, mojada de tan caliente que me encontraba.

El se agachó y comenzó a chupar mi concha, puso ambas manos en mis tetas, sobándolas con

delicadeza y placer. Yo estaba tan caliente, que al contacto de su lengua en mi concha tuve un

orgasmo intenso y enorme, producto de todo el deseo acumulado por días. Amada miraba con

satisfacción y su mano sobando su conchita le producía tanto placer como la lengua de Andrés en

mi concha. Retiró él una de sus manos de mis tetas y comenzó a pajearse, a chuparme la concha y a

continuar con la otra mano las caricias en mis globos. Cuando lo tuvo nuevamente parado y duro se

levantó y con facilidad, puesto que mi concha estaba mojada entera, introdujo su verga en mi

conchita, produciéndome el segundo orgasmo intenso, y también su segunda eyaculación, la que

sentí en mi interior caliente y abundante.

Sin sacar su verga de mi concha comenzó él a chupar mis tetas y a decirme cosas obscenas que me

producían enorme placer y mantenían mi calentura al máximo. Su lengua recorría mis tetas con

delicadeza y cuando tocaba mis pezones presionaba justo lo necesario para producirme más placer.

Estaba en eso cuando vi a Amada subir a la cama y quedar justo con su concha sobre mi rostro.

Entendiendo lo que quería, acerque sus caderas más hacia mí y sacando mi lengua, la introduje

justo en su concha, mojada y caliente lo que le produjo un orgasmo increíble. Era tanta su

calentura que el solo hecho de introducir mi lengua en su zorrita la hizo acabar.

Su concha subía y bajaba y yo acariciaba su culito redondo y suave y metía mi lengua lo más que

podía dentro de esa concha tan suave y caliente. Andrés, con la verga dura otra vez dentro de mi

concha, no cesaba de recorrer y chupar mis tetas y me cabalgaba con frenesí. Cuando estaba a

punto de acabar le dije ahora y junto con sentir su tercera eyaculación, sentí como me llegaba un

nuevo orgasmo y mi lengua se introducía hasta el fondo de la concha de Amada haciéndola acabar a

ella también. Fue una serie de gritos orgásmicos y jadeos y nuevos gritos los que se escucharon

en la habitación. Finalmente quedamos los tres tendidos en la cama exhaustos, pero felices y

temblorosos. Mi calentura estaba saciada, Andrés transpiraba feliz y continuaba sobando mis

globos y Amada sonreía coqueta y feliz de haber cumplido su fantasía.

Terminaba mi estadía en Buenos Aires ese fin de semana, por tanto, al día siguiente prepare mi

maleta y luego de descansar todo el día, me acosté soñando con las deliciosa vacaciones que había

pasado en esa casa. Nos despedimos con cariño, Amada sabía que nuestra amistad seguía igual y

Andrés, luego de esa noche, nada descortés me dijo, por el contrario, su amabilidad me dejó

pensando en que una nueva noche como esa era más que probable cuando ellos fueran a Chile.

Autor: GABO

 

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