Los tres triángulos de Marita.
Enviado por Ignacio. el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

Marita,  con el largo cabello azabache suelto y, se me ocurrió “recién secado”, cruzó el jardín y, una vez alcanzado el tendedero, colgó tres triángulos de tela blanca con finos orillos negros: las dos prendas íntimas, la bombacha y el corpiño.

Si, el corpiño no tenía el formato habitual de los dos redondeles más o menos aplastados, estaba formado por dos triángulos cuyo vértice apuntaría hacia arriba cuando la prenda estuviese en su lugar.

Como acostumbran las mujeres, al bañarse, había lavado además su ropita interior y ahora la exponía a mi consideración. 

¡¡Click!!  

Llegué al barrio y a la casa que adquirí, al divorciarme, contigua a la del matrimonio Edgardo-Marita, unos 9 meses antes de ese día en que, al verla poner al sol las prendas mencionadas, saltó un resorte en mi sesera y me obsesioné que era imperioso vérselos puestos, a la chica, los tres triángulos, so pena de no haber visto todo lo que merece verse y está al alcance.

Yo estaba asomado a una ventana de la planta alta desde donde podía ver la casi totalidad del jardín de los vecinos. Desde el mismo mirador había admirado innumeras veces mi vecina. De unos 30 a 32 años, seguramente satisfecha de la imagen que le devolvía el espejo, alta 1,75 metros o más de estatura, perfecta del cuello hacia arriba, todo lo demás bien proporcionado y sin signos de inquietud alguna. Pero, aun siendo tan linda, nunca hasta ese día en que colgó las prendas íntimas a secar,  había despertado en mi la codicia de poseerla.

A partir de ahí pasé buena parte de mi tiempo, a veces soñaba despierto, en diseñar un plan secreto para conquistarla, pero ni una sola vez se me ocurría alguna idea respéctale.

Transcurridos una cantidad de días, que se me antojaba enorme, fue Marita misma la que resolvió, o dio comienzo a la solución, a la aproximación anhelada: tocó el timbre de mi casa. Sólo habíamos intercambiado saludos en encuentros casuales en la vereda, antes de nuestra primera conversación:

           -Hola, buenas tardes, soy Marita su vecina de la casa de al lado – dijo mientras tendía su mano para el saludo.

Vaya si yo necesitaba que se presentara. Apreté su mano. Estaba extasiado con el contacto.

           -....buenas tardes...Ignacio. ¿quiere pasar?..-

           -....muchas gracias...pero en realidad vengo a pedirle que me saque de un embrollo que yo misma hice....por atolondrada –

          -con gusto si está a mi alcance...-

          -me quedé afuera y con las llaves adentro. Salí a la puerta para firmar el recibo de esta carta certificada y la corriente de aire cerró la puerta a mi espalda... para colmo mi esposo hoy tiene previsto regresar tarde. Si no le molesta le pido que me permita entrar a mi casa, por el tapial que separa los dos jardines..¿puede ser?... -

           -No es molestia alguna...somos vecinos...por favor pase..- le respondí y nos encaminamos juntos al parte posterior casa.

           -¡que boba soy!...ya tendría que estar en casa de mi madre para acompañarla a una visita médica...se ha hecho tarde.- comentó en el trayecto.

Apoyé una escalera a la pared a sortear (un metro más alta que la misma) y me ofrecí para pasar yo al lado opuesto y abrir la puerta de calle. Se negó con énfasis. Imaginé que era porque habrá considerado que la casa no estaba en orden, para un extraño. (las mujeres suelen ser inflexibles en ese aspecto).

Se quitó los zapatos y trepó hasta apoyar los pies en lo alto del tapial, sosteniéndose de una rama de un árbol cercano. Con esas ubicaciones relativas era poco menos que imposible que la pollera la protegiera. Sus piernas quedaron la vista.

Cuando pasé, parado en una silla, la escalera del otro lado del tapial, Marita al acomodarse para bajar, tuvo que abrir las piernas dejando, en mi campo visual completamente expuestas además de las dos exquisitas columnas, la cola y el entrepiernas.

“Sintió” el impacto de mis ojos en su intimidad , ya que se ruborizó.

Me ayudó a recuperar la escalera y me agradeció el auxilio dejándome los sentidos convulsionados,  con un millón de pulsaciones y otro de grados de calentura.

Perdí todo vestigio de sensatez que me quedaba. Corrí al frente y salí a la vereda a esperarla. Salió casi enseguida, en el auto y al verme me dedicó una amplia sonrisa, bajó el cristal de la ventanilla, y:

         -¡Holaa!......todo volvió a la normalidad,....¡gracias! –

         - ¿es imprescindible que se vaya ahora?....me gustaría.....necesito decirle algo...-

Nueva sonrisa, pausa con sus hermosos ojos clavados en los míos, puso su mano izquierda en la mía apoyada en la ventanilla:

        -........de verdad... ahora no puedo detenerme.....otro día...talvez.....vivimos cerquita...no va a faltar la ocasión. -  dejó abierta la pasibilidad.

Accionó el control remoto para cerrar el portón y se fue.

El día siguiente, en la oficina, gracias a Internet y Teleinfo averigüe con la dirección su número de teléfono. Mas o menos a las 14 , pretextando un compromiso, salí para regresar a casa.

A poco de llegar digité el número, en el celular para tener libertad de desplazamiento.

        -Siii! –

        -¿Marita?-

        -¿Quién habla?-

        -Ignacio, su vecino –

        -¡Ah!. ¿Como está? -                                       

        -Solo...y con ganas de verla...¿y Ud.?..¿puedo ir para a su casa?...necesito hablarle-

Pausa

        -Sola también....pero no creo que sea prudente...¿que van a pensar en el vecindario....si lo ven entrar?.....además estoy esperando visitas....¿lo que tiene que decirme no puede ser por teléfono?-

        -¿por teléfono?..no..no...Por favor vaya al jardín, pongo la escalera y me asomo por arriba del tapial ¿Si?-

Accedió. Tuve que esperarla un buen rato encaramado. Supongo que hizo una revisión de “contingencia” en su aseo, para afrontar mi escrutinio. Estaba soberbia cuando vino a mi encuentro. Apoyó la espalda en la columna de una luminaria ubicada a menos de 2 metros del tapial:

        -¡que poco común manera de conversar la nuestra!- dijo sonriente.

-aquí lo poco común es Ud....¡por lo hermosa!....perdón ¿puedo tutearla? –

-¡Oh Graaacias!...bueno...podés si te sentis más cómodo –

-¿qué tal si paso para el otro lado y quedamos los dos a la misma altura?-

         -..nada de eso....ya están por llegar mis suegros...en minutos no más.... ¿qué ibas a decirme?  – rebatió.

         -..mirá...hace unos días te vi, por casualidad desde la ventana de arriba, colgar en el tendedero un conjunto de ropita interior – blanco con ribetes negros – y..... y....no puedo dejar de pensar lo alucinante que sería vértelo puesto..-

         -...pero...pero..¿qué me estas diciendo?...¡que atrevidooo!..¡que guarangooo! – hizo el ademán de irse, fastidiada.

         -...no te ofendas...por favor...quiso ser un halago...pero veo que no te halagó...-

         -...¡no! ¡para nada!–

         -...para disculparme como corresponde, te invito a almorzar....decime cuando podés.....y donde te gustaría ir..-

        -...no voy a....-

Sonó el timbre de la puerta de calle.

       -Tengo que abrir...seguro que son mis suegros....hablamos otro día. No te olvides de sacar la escalera de la pared.-

Desapareció en el interior, pero a mi juicio, había dejado el juego abierto.

El tiempo- 24 horas después – demostró que mi impresión era certera.

Más o menos a la misma hora que el día anterior volví a telefonearle:

        -Siii! –

        -¿Marita?-

        -¡ah!...es Ud Ignacio....digo sos vos. – me reconoció la voz, buen síntoma considerando que sólo era la segunda vez que hablábamos por ese medio.

        -¡biiiingo!....ayer quedamos en definir cuando y donde vamos a almorzar...¿te acordás?-

        -..yo no dije que iba a almorzar con vos.....-

        -¿estás sola?...vení al jardín, dale.....yo ya estoy en la escalera...te espero..-

        -...¡qué loco que sooos!...-

        -....cierto....loco....loco por vos...vení por favor..-

Vino.

Que no, que sí, que no,....bajo protesta, pasé al otro lado del tapial.

Marita me miró fijamente, con una expresión que pretendía ser de reprobación pero que, creo, era en realidad de expectativa por mi próximo movimiento.     

No se opuso a que la tomara de la cintura y pegara mi cuerpo al de ella y le besara los labios, largamente.

       -...esto es una barbaridad....por favor volvé a tu casa...va a venir mi mamá....- se separó empujándome con ambos brazos.

       -...está bien.....pero antes decime cuando tendremos un tiempo para nosotros dos,...me voy a quedar hasta que me digas...-

       -...no seas impertinente...no tenes derecho a pedirme eso....-

       -...como quieras..- me senté en un peldaño de la escalera apoyada a la pared y crucé los brazos.

       -...no...el....el jueves. Mi marido viaja a Chile hasta el sábado.....llamame a las 7...-

       -...¿que queres que pida para la cena?...¿carne o pescado?...-

       -¿qué?....si, tengo que estar aquí por si llama Edgardo....bueno podemos cenar...vos pedí supremas a la Maryland, el lo de “El Negro.....a”, las preparan muy bien...me re-encantan; yo me ocupo del postre...- Ahí fue ella la que me besó, fugazmente, y me conminó a regresar a mi casa.

Era martes. Tenía por delante 48 horas de expectativa. No resultó fácil la espera.

El día señalado, por teléfono, me dijo que dejara arriba del tapial las supremas y que fuera a eso de las 8, previo aviso por si ella necesitaba un “ratito más” puesto que se iba a dar un duchazo y arreglar.

A las 8 recibí el “placet” y pasé, por segunda vez, al otro lado del tapial. No me esperaba al pie de la pared, me invitó a entrar en voz alta. No me lo hice repetir y, guiándome por las luces encendidas, transpuse el ventanal que daba al comedor donde me recibió Marita. Se había producido con esmero: nuevo peinado, maquillaje delicado,  pantalones negros ajustados y  blusa, también  negra, aun más ajustada que le resaltaban las curvas y sus hermosos y grandes senos. Describirla, con palabras, excede en mucho mi capacidad. Sencillamente lo que tenía enfrente era “¡¡¡I N F A R T A N T E!!!”. Recuperé la respiración  lo suficiente para responder al “hola” de saludo de ella:

        -¡Hola!....¡qué bonita que estás!!- 

Pegué mi cuerpo a su cuerpo tomándola por la cintura y nos besamos con fruición. Al cabo de  ese primer contacto de nuestros labios, puso una mano en mi boca con la intención de frenar el envión:   

        -¡Ehi!..¡Ehi!...¡Ehi!...calma, viniste a cenar ¿recuerdas?...las Maryland están calentitas,..vamos -

        -...¿las milanesas calientes?....¿y yo?...¿a vos que te parece? –

        -...¡no seas bruuuto...Nachooo!! ...vení...vamos a la mesa, dale – me tomó de la mano y tironeó para llevarme. No dejé que lo hiciera, todo lo contrario, la atraje nuevamente junto a mi y llevé su mano sobre mi pecho y recurrí a letra de tango, para transmitirle mi urgencia:

        -¡nena!...sentí los latidos angustiosos de mi pobre corazón. ¿vos crees que los voy a normalizar masticando?-

Le volví a besar en la boca, pasé al cuello y, con una mano, comencé a masajearle las tetas, por encima de la blusa. Olvidó las milanesas y comenzó a desabotonarme la camisa. 

        -¡así que queres que nos desabriguemos?..Dale..- le murmuré y, mientras ella dió cuenta de mi camisa, comencé a sacarle la blusa de adentro del pantalón; se la quité en un santiamén. Quedaron a la vista las dos tetas turgentes, “protegidas” por el corpiño de los dos triángulos blancos con orillos negros, que le había visto colgar en el tendedero. Marita eligió la ropa interior que, sabía, me había “dado vuelta” cuando la ví por primera vez. Febrilmente me concentré en despojarla del pantalón que quedó caído a los pies. Al fin pude contemplar los tres triángulos en el soberbio cuerpo de mi vecina, como lo había imaginado el día ese asomado a la ventana.

Se sentó en la silla más próxima y terminó de quitarse el pantalón, que caído entorpecía sus movimientos, fue al equipo de audio en el living, manipuleó los botones y la voz de Nino Bravo, a mi parecer el más grande de los cantantes pop en castellano, se propagó en el aire cantando “Te quiero, te quiero”. Yo no le había perdido pisada, volví a abrazarla y a reconocer su cuerpo, hasta que mi mano se detuvo en la conchita, acariciándola por arriba del calzón.

-¿sabes una cosa?..este es el escondite perfecto para mi viborita ciega –

-¿Si?- murmuró

-Estoy seguro-

-¿Y cómo lo va a encontrar ,si es ciega?-

            -vos la podes agarrar y mostrarle el camino, pero...es muy tímida, la pobre, creo que si le das un besito se va animar a entrar –

            -bueno voy a ver que puedo hacer- Con sólo el preámbulo de bajarme el pantalón y el calzoncillo recorrió, con besitos, la verga, que estaba en su máximo esplendor, desde el nacimiento a la cabeza; una vez allí se la metió en la boca lo suficiente para acariciarla con rápidos lengüetazos. 

Eso era más de lo que podía controlar. Moviéndome torpemente por el pantalón a mis pies, la “empujé”, con delicadeza, sobre sofá y, una vez que la tuve de espaldas, me deshice de mis zapatos, pantalón y de la bombacha con orillo negro, junté mis labios a los suyos, decididamente me tiré entre sus piernas y  le introduje la carne dura en la cavidad ya bien lubricada. Marita, gimió y metió toda su lengua en mi boca en señal de “aprobación”. Comencé a cogerla con un bombeo suave, mis ojos clavados en los suyos, descreyendo de lo real del placer desconocido me inundaba, ella clavados sus ojos en los míos, subrayando con suspiros y gemidos el goce que le provocaba el entrar y salir del pene en su concha y las caricias en la nalgas. Cuando quise amasarle una teta, caí en la cuenta que no le había sacado el corpiño, urgido por coger. De puro arrebatado, tironee de la prenda para desplazarla:

-¿me lo.....queres......rompeeer? –protestó Marita entre gemidos.

-¿el culito?...despues....despues...-

            -no te...hagas....el tonto- se las arregló para desprender el cierre y liberar los pechos, de los que un servidor se “prendió, como ternero mamón.

Era un placer indescriptible, mi tótem en su concha, en la boca los pezones duritos y en los oidos sus suspiros, gemidos, grititos y algunos monosílabos aprobatorios: ¡¡siiii!!....¡¡uhiii!!  ¡¡asiiii!......¡¡ahhh!!. en sintonía, como con diapasón, con las “entradas”.

El sube y baja delicioso cobró, al cabo de unos minutos, velocidad hasta que llegó el momento y ya no pude  demorar más el epílogo: nos dimos un beso profundo y abrí la compuerta. Ella no había acabado aún, al percibir el chorro que la invadía, aprovechó la rigidez remanente de mi miembro y, moviéndose con frenesí, alcanzó el climax  gritándomelo, como para poner en evidencia que ella lo “había hecho” visto que yo no la había esperado.

Continuamos ella acostada, yo arriba, entrelazados cruzando halagos por las delicias mutuas e intercambiando besos cariñosos, hasta recobrar el ritmo normal de respiración.

Me ubiqué a su lado, ambas cabezas en el apoyabrazos del sofá, nos sinceramos:

-esta, contigo es mi noche soñada, Marita. ¿sabes cuanto desee estar junto a ti, este último tiempo?..sos divina..tengo miedo de despertar.. - le confesé.                 

            -Gracias...se que no está bien que lo diga pero, la verdad es que hace un buen rato, que estoy “dada vuelta” por vos y no se me ocurría como hacértelo notar. Disfruté,..disfruto mucho en tu compañia.- reconoció a su vez ella.

Nos besamos, más bien nos fundimos en un beso.

Al cabo de unos cuantos mimos y minutos Marita dijo que le parecía que “los latidos angustiosos de mi corazón” se habían aplacado:

           -vamos a cenar,..dale- se incorporó y fue al dormitorio de donde volvió enfundada en un salto de cama rosado claro y colgada de un brazo una bata blanca.

           -ponete esto, mientras junto la ropa que quedó desparramada- extendió el brazo para ofrecerme la prenda, que seguramente era del marido, y se aplicó a recoger las piezas de vestuario diseminadas en el piso.

          -¡che!..-no será mucho usarle la ropa a tu marido? – comenté.                   

          -¡peeeero!..dejaate de escrúpulos tontos...le hiciste el amor a la mujer....y...¡que bobada la tuya! – le puso una lápida a mi reticencia.

Cenamos las maryland, charlando animadamente y bebiendo algo de vino blanco. Ya a la hora del postre, nuestros cuerpos habían vuelto a elevar la temperatura: el helado parecía derretirse por el “flujo” calórico que circulaba por arriba y por abajo de la mesa. Apuramos cada uno su porción de almendrado, me incorporé, ella me imitó y nos abrazamos y besamos. Mi miembro había recuperado todo su esplendor y Marita lo sintió al unir su cuerpo al mío y “blanqueó” que deseaba  tenerlo en su lugar:

-Vamos, mi amor-  suspiró, frotándolo con su monte de Venus.

Yo ansiaba, volver a hundirme en ella.

Nos fuimos, de la mano a la cama. La noche era joven y los dos no queríamos que saliera el sol.

 

¡Ah! Vendí la casa y compré otra en otro barrio. Ahí anda, en el jardín por las mañanas, Marita colgando su ropa interior con orillos de vivos colores al lado, en el tendedero, de  la ropita de una nena y de un varoncito. Nos casamos cuando salió el fallo de su divorcio.

¿Que si la nueva casa tiene tapial? Por supuesto. De momento no me inquieta la  posibilidad que alguien lo salte. 

 

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