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Escritura con reencuentro. |
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Enviado por J.Carlos el día Jueves 1 de Enero de 1970 |
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En octubre del año pasado vendimos, mi esposa y yo, un chalet que poseíamos en Valeria del Mar, en la costa argentina y, la compradora, una señora viuda con dos hijas de 30 y tantos años eligió, para formalizar la operación una escribanía de su confianza, ubicada a una cuadra de la plaza San Martín, de Buenos Aires. Al concurrir a la cita para la firma de “testimonio” de práctica, no tenía la mínima sospecha del encuentro con el pasado que me esperaba. Ya instalados en una de las salas de reunión, cuando entró la escribana Viviana XX, supe de inmediato que la había conocido con anterioridad. Ella también porque, demoró en apartar su vista de mi cara, como quien bucea en la memoria para reflotar algo en la bruma de los tiempos idos. Terminado el trámite, sólo faltaba la entrega de recibos y demás papeles, las tres mujeres salieron de la sala, mi mujer y la compradora hacia el baño, la escribana en busca del talonario. Segundos después, volvió ésta y, luego de sentarse, clavados sus ojos en los míos: - ¡¡José Carlos!! En Johannesburg en 1981, sólo usabas el segundo nombre - dijo con una expresión de recordar, con agrado e incomodidad 50/50%. Se disipó instantáneamente la humareda en mi memoria ¡¡Siiii! Ahora caigo. ¡Que papelón, te reconocí pero no te identifiqué!! – balbuceé a modo de disculpas. Antes que nos interrumpiera el regreso de las otras dos mujeres, alcancé a decirle: - ¡Estas infartante como entonces...Te voy a llamar - 1981 – Marzo. Desde mediados de febrero de 1981, con 21 años de edad, me encontraba en Johannesburgo. Las materias de tercero de ingeniería, las había aprobado todas entre noviembre y diciembre anteriores, por lo que no tuve impedimentos para viajar, enviado por la empresa que me empleaba, para solucionar problemas técnicos en equipos de procesamiento de datos, de origen USA, sobre los cuales, en la filial argentina, teníamos sólida experiencia por haber lidiado con ellos gracias a “generosas” adquisiciones de gobierno y fuerzas armadas. Llevaba allí más de un mes alojado en un pequeño hotel, The Grace creo que era su nombre, estilo victoriano 10 pisos y menos de 60 cuartos. Era de buen nivel aunque no lujoso. Esa tarde estaba en el lobby del hotel, sentado esperando un colega boers a quien le había prometido prestarle un manual técnico, cuando entró una chica, apenas unos centímetros más baja que yo, rondaba los 1,75 metros sin tacos, de agradable rostro, ojos grandes verdes-celestes, cabello rubio intenso recogido en una cola, súper teteada por la naturaleza, no como en estos tiempos por el bisturí, cintura reducida, buenas caderas pero aun así se la veía esbelta. Apenas me miró, siguió avanzando hacia el ascensor y puso a mi consideración la parte posterior de su cuerpo. Su culo descomunal, redondo, relleno, simétrico, agresivo acaparró mi atención. Culo tiene gente de todas las edades, sin distinción de clases sociales, razas, nacionalidad, género y credo, pero, lo que estaba viendo, era el Gran Culo. Tuve la sensación de que con “eso”, “solamente a partir de algo como eso” puede la naturaleza, “construir” una mujer y que, ante la evidencia de que lo ha logrado, el hombre (me refiero a los humanos masculinos), debería invertir tiempo y capital en investigar como lograr la erección permanente. Como impulsado por un resorte, me incorporé, corrí y logré entrar en el ascensor tras ella. Seleccioné el botón del 10mo piso, ella el del 5to. No intercambiamos palabra, sólo breves miradas ya que me bloqueé y no supe como abrir el diálogo en el breve lapso compartido. Volví, frustrado, a mi butaca en el lobby. Transcurridos, no más de 10 minutos, reapareció la rubia y se sentó en una banqueta del bar. Encargué al empleado del mostrador que entregara el manual a Mr. Sammy B... y me fui decidido a “encarar” a la chica. Me senté en la banqueta de al lado y, haciendo gala de ingenio, le pregunté: Where are you from? – Giró la cabeza, sonrió levemente y respondió: I’m from Argentina and you? “ Debo haber abierto los ojos como moneda de 50 centavos, y, por inercia le dije en ingles (casi no había hablado otra cosa los últimos días): Are you kidding? Eh?- y acto seguido en porteño del Gran Buenos Aires: ¿Me estas jodiendo, nena? – Fue su turno de expresar sorpresa: ¿Vossss? ¿No me digas que voss sos....? ¡No lo puedo creer!! – Y era para no dar crédito a lo que sucedía. En ese hotelito a 45 minutos por autopista del aeropuerto internacional de Johannesburg, a 15 minutos del centro y a varios miles de kilómetros de Buenos Aires, yo había dado con una hermosa mujer argentina y ella con un muchacho ídem (ojo el ídem es sólo por la nacionalidad): Créelo, soy de Lomas de Zamora,...Carlos – me presenté Viviana de San Fernando.....¡pero que casualidad!! – Soltamos una carcajada divertidos y complacidos por el encuentro. La invité a una copa: Coca con gin, gracias – aceptó Pedí vermouth con fernet y nos interiorizamos de lo que había llevado al otro tal lejos del País. Tenía 22 años y un hermano que le llevaba unos cuantos, agregado, no recuerdo de que, en la embajada en Pretoria y ella había ido a pasar unos días con él antes de reiniciar la facultad. Viajaba de regreso a Buenos Aires la noche del día siguiente y había anticipado unos días su traslado a Johannesburg para recorrerla y conocerla. Tomamos otro par de copas, hablamos de temas variados y, antes de separarnos, aceptó mi propuesta de cenar juntos, más tarde, en el centro. A la hora convenida bajó de la habitación vestida con una mini falda negra, medias blancas trabajadas, una blusa blanca con rayitas verticales también negras, mangas largas con puños y cuello también blancos. A pesar que tenía corpiño, éste y la tela de la blusa eran muy finos y dejaban adivinar, en los pechos turgentes, los pezones respingones. Yo de traje, corbata, tarjeta de crédito y preservativos en el bolsillo. Los había llevado desde Buenos Aires con la ilusión, hasta ahí no cumplida, de bajarme alguna(s) boer(s). La cena fue condimentada con miradas inquisidoras, alusiones veladas, fintas dialécticas, pero a la hora del café ya, el termómetro de la excitación había trepado unos cuantos peldaños. Pregunté, discretamente, al mozo donde podía llevar a la chica a bailar, un lugar tranquilo para poder seducirla. Fue muy piola y se ganó la propina llamando un taxi y decirle al conductor donde llevarnos. Éste nos trasladó a breve distancia, el local, elegante, decorado con gusto, era frecuentado exclusivamente por parejas. Cuando llegamos la música estaba a cargo de una pequeña orquestra de jazz, que se retiró al cabo de unas 10 canciones de buen ritmo. Volvimos a la mesa y Viviana pidió permiso para ir al baño. Aproveché para preguntar, a una de las camareras, si el local contaba con mesas en lugar reservado. Me indicó que estaban en un especie de entrepiso en el mismo ambiente. Cuando volvió la chica, ya estaba en el aire la tanda de melódicos y varias parejas estaban bailando “cuerpo a cuerpo”. Fuimos a la pista y ella no ofreció resistencia para pegar su cuerpo al mío y su mejilla en mi mejilla. Le dí el primer beso en el cuello. Comportate, ¡Carlos! – fue todo el reparo que puso. Subí la apuesta y le besé la mejilla, cada vez más cerca de los labios. No seas .....quedate quieto – susurró, sin separar su cuerpo que era un solo cuerpo con el mío, ni alejar su cabeza de la mía. Rocé mis labios en los suyos, al tiempo que le dije: Vení - Subimos la escalera y tomamos el primer compartimiento reservado que encontramos libre. Corrí la cortina y comenzamos a besarnos apasionadamente. Poco a poco comencé a besarle el cuello, a morderle el lóbulo de la oreja Viviana tuvo escrúpulos, interrumpió los besos: Carlos, no debemos. Tengo novio y voy a casarme el año entrante – Yo también tengo novia. Los dos están a 8 mil kilómetros y nosotros, aquí, muy a gusto los dos. No te preocupes, lo que les pasa a ellos les pasa a muchos - Reanudamos los besos, bajé una mano primero a las tetas, desabroché la blusa, le aflojé el corpiño. Tenía los pezones erectos duros. Le di algunos besos como lactante famélico, puse la mano en su labios y la comencé a bajarla por las tetas, el abdomen, levantó la minifalda, recorrió, ahora hacia arriba, el interior de los muslos por encima de las medias y llegó a la concha. Viviana suspiró y su lengua buscó la mía, como muestra de lo complacida que estaba. Acto seguido el Culo recibió la atención acorde a su jerarquía. De vuelta a la concha: ¡¡Que delicia!! ¿Me la das, nena? – le dije al oído. Estaba recaliente y comencé a encarar el calzón para bajarlo. Estaba entregada, atrapada por el deseo, pero me paró. ¡No!....No quiero, vamonos.....Llevame de vuelta al hotel. – dijo con determinación. Nos recompusimos como pudimos, y regresamos en taxi. Durante el trayecto no rehusó ni besos ni caricias “políticamente correctas”. Confié que lo que la había bloqueado era el lugar. Subimos al 5to. piso donde estaba su cuarto, abrió la puerta y amagó (fingió) despedirse. La empujé adentro, sin que se esforzara en demasía para impedirlo: De ninguna manera mi amor,... te voy a arrancar una por una tus prendas...y a tirarte sobre la cama.....o si, preferís sobre la alfombra....– No seas bruto.... no digas eso....no soy una loca.....- ...ya se nena,....loco estoy yo,...por vos....y ni un terremoto puede lograr que me vaya de aquí antes de haberte besado toda....del cabello a los dedos gordos de tus pies.- El saco y la corbata cayeron al piso. Comenzamos a desprendernos, ella la camisa y yo la blusa. Ya en caída libre por la pendiente del erotismo, empezó a chuparme los pezones cosa que me excitó al límite. Fue mi turno de mamarle las tetas. Rápidamente le saqué la minifalda y mientras ella se deshizo de portaligas y medias me liberé del pantalón. Quedamos en bombacha y calzoncillo y, literalmente, caímos abrazados en la cama. Hubo un corto lapso de tiempo con besos y caricias íntimas pero cuando encaré despojarla de la bombacha, Viviana, haciendo gala de sensatez y autocontrol, exigió: primero el preservativo…Carlos, ¿Si? – Me levanté presuroso en procura del bolsillo interior del saco. Mujer al fin, ella aprovechó para acondicionar la cama: retiró cubrecama y sábana de arriba y volvió a acostarse. De vuelta junto a ella, me deshice del calzoncillo y enfundé el “bate”. Ahí si no tuve dificultad para sacarle el calzón, más bien me facilitó la faena levantando el cuerpo del colchón. Ni bien amagué subirme, abrió las piernas de par en par. No demoré más: delicadamente, pero sin pausa, le intrduje toda mi verga dura que se abrió camino fácilmente en la conchita bien lubricada. Escuché un “!Ahhhhh!, bajito, que se me antojó como un “¡por fin me la pusiste!”. Fue medida para coger: delicioso mover del cuerpo sincronizado con el bombeo, besos comprometiendo la lengua completa, caricias pero nada de gemidos ni sobreactuación, sólo alguna queja susurrada “ nooo…seguíiiiii” cuando paraba el vaivén del “tótem” en la cueva, los ojos dilatados y las uñas enterradas en mi espalda a la hora de acabar. Cogimos dos veces más, una en posición de perrita, para disfrutar el espectáculo del Gran Culo, libre de prendas. No accedió a entregarlo “ni se te ocurra intentarlo”…”algo tengo que dejar para casa”… Comenzó a clarear y me rendí ante lo evidente. “Ya habrá una próxima vez” me resigné. Pero no la hubo. Obstinadamente Viviana se rehusó a darme su dirección o su teléfono en Buenos Aires “ Nooo!!...Me das vuelta fácilmente…voy a casarme…y no soy mujer para ser compartida….no insistas”. Así durante el desayuno que compartimos y también a la noche cuando que la acompañe tomar su vuelo de regreso a casa. No almorzamos juntos porqué yo no regresé del trabajo. Fue bueno encontrarnos, ¿no te parece?...Lástima que no fue antes…- nos besamos y la seguí con la mirada hasta que desapareció por la puerta de embarque. En los días siguientes intenté, infructuosamente, convencer a los distintos encargados de la recepción del hotel que me dejaran ver los datos de registro de Viviana. Los sudafricanos son respetuosos de la privacidad ajena. Por lo menos los del hotel The Grace” de Johannesburg. Octubre 2005. Al día siguiente de el de la firma de la escritura llamé por teléfono a Viviana: Hola nena. Carlos. Te llamo como prometí – ¿Ah si? Queda algo pendiente por la venta? – Por la venta no pero algo pendiente nos quedó, por allá en el año 81 – ¡ohh! No sabía...no recuerdo....¿de que me estas hablando? - Yo aludía a su trasero, al Gran Culo, que por lo que había constatado, aun daba que hablar. Pero, obviamente, no podía graciosamente decirle: “tengo gana de culiarte por atrás”: Entonces sólo cenamos y desayunamos; nos falta el almuerzo...Te invito ¿Te viene bien hoy a la una? – Nada de eso....menos hoy que estoy re-complicada...además soy una esposa fiel y abnegada..- No me rendí y, tanto insistí haciendo caso omiso de su negativa, que por fin aceptó encontrarse conmigo al día siguiente. Bueno......pero vamos a algún lugar por aquí cerca – Te espero en el restaurante del hotel N.H. en la calle San Martín y pasaje Tres Sargentos. Son menos de 300 metros de tu oficina. Mañana a la una. - Mi elección fue intencionada: a 50 metros del restaurante está el Horizonte, hotel transitorio para parejas. No si Viviana lo sabía, pero aceptó el lugar propuesto. Durante la primera parte del almuerzo, la conversación giró alrededor de nuestras vidas presente pero, poco a poco, el pasado las desplazó: - ...te mandaste la parte, en el ascensor: elegiste el 10mo piso para impresionarme haciéndome creer que te alojabas en uno de los Penhouse de ese piso. – me dijo, jocosa, burlona, al recordar los primeros momentos de nuestro encuentro sudafricano. No la verdad que no. Sólo me quise asegurar de averiguar en que piso estabas vos – le revelé. Será pero no te creo. Igual me inquietaste y decidí bajar de nuevo al lobby para ver si habías vuelto. Estabas y te viniste con esa pregunta que me pareció sin imaginación, re-banal y resultó más que acertada porque, rápidamente, descubrimos que éramos compatriotas y, eso lejos de casa, pesa. ¿No te parece? – ..................................................................................................................................... Tardó en aflorar, pero fue inevitable recordar lo apasionado de los momentos compartidos al otro lado del charco y, a la hora del café, estábamos tomados de las manos, los ojos en los ojos. Pagué la cuenta y caminamos 50 metros hacia el bajo, por el pasaje Tres Sargentos. En el hotel Horizonte ese día reincidimos, 24 años después. Con respecto a nuestra primera “comunión de cuerpos” hubo unos pocos matices de diferencia: nos bañamos juntos (antes y después), ella encapuchó el “amigo” y se entretuvo, un rato, con él pasándole la lengua y metiéndoselo enterito en la boca; yo le retribuí la atención jugando con la lengua en la almeja pero, salvo esos y otros detalles menores el coger, propiamente dicho, fue más de lo mismo (que, aclaro, me encanta, me deja extasiado): Viviana reconcentrada sin alharacas, con alucinates movimientos del cuerpo, besos profundos, protestas apenas audibles “nooo...seguíiii” si paraba de bombear, orgasmo evidente pero sin ostentación sonora. En lo que va desde aquel día, almorzamos y luego caminamos 50 metros, casi una vez por mes. En unos pocos encuentros, cambiamos de escenario, lo preferido es el pasaje Tres Sargentos. Olvidaba mencionar que: me costó convencerla, pero al fin pude disfrutar, un par de veces, el hermoso contrafrente de Viviana. |
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