Raquel
Enviado por Verdi el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

Quince años duraba ya la penitencia.

Al principio, mi mujer decía que lo hacía por los niños; pero los niños ya no lo eran tanto, el mayor incluso también empezaba a resistirse a seguir la tradición y mi mujer empezó a introducir nuevos argumentos, ahora fundamentalmente basados en cuestiones de salud, para que la costumbre se mantuviera contra viento y marea: todos los años, cayera quien cayera, la primera quincena de agosto había que irse de vacaciones a la playa. Siempre al mismo lugar, siempre al mismo apartamento, cuyo propietario ya nos tenía clasificados como clientes fijos; lo que no importaba para que cada año el alquiler nos costara un poco o un mucho más que el anterior, según las oscilaciones del IPC, del CPU o del XYZ, pues siempre se sacaba de la manga algunas siglas para justificar el incremento.

Me presento. Me llamo Camilo. Ésta es mi señora, Sara; y éstos mis tres hijos: Jorge (nombre tomado de mi suegro), Sofía (tomado de la realeza y no de las estrellas del celuloide) y Jaime (tomado por tomar). 18, 16 y 12 años, respectivamente, los contemplan.

Yo ya rebasé los cuarenta y mi esbeltez de antaño va siendo historia: la barriguita cervecera empieza a ser cada vez más notoria y me temo que irreversible. Tampoco puede decirse que mi señora, que acaba de cumplir los treinta y siete, ande escasa de carnes, aunque en su caso es la región glútea la que más acusa el exceso.

Somos lo que bien podría llamarse una típica familia clase media tirando más a alta que a baja, merced a los dos sueldos que a fin de mes juntamos.

Supongo que no es necesario explicar los pormenores del jaleo que se organiza antes de la partida hacia la costa. A pesar de nuestra veteranía en tales lides, cada año surgían nuevos contratiempos que terminaban poniéndonos a todos de un humor de perros.

Ya habíamos cambiado tres veces de coche, adquiriendo siempre un modelo más espacioso que el anterior, pero siempre seguía quedándose pequeño; porque aquello, antes que un simple viaje de vacaciones, más parecía una mudanza.

Era como si todos tuviéramos miedo de no regresar jamás y quisiéramos llevar todas nuestras pertenencias consigo. Al final, después de bien atiborrado el maletero, no quedaba más remedio que recurrir al socorrido extra de la baca, algo que personalmente he aborrecido de siempre, aunque no pueda dar una explicación muy clara del porqué.

En el trayecto (algo más de doscientos kilómetros) tampoco faltaban los inconvenientes de rigor para calentar los ánimos: el pequeño que se marea; la del medio, que siempre siente una imperiosa necesidad de orinar en los parajes donde te es imposible detenerte... Y la mujer, con sus nunca pedidos e incansables consejos:

–No corras tanto... Cuidado con ese camión... No adelantes ahora... No tomes así las curvas... No hagas esto... No hagas aquello...

Aunque uno no dice nada, por dentro te va entrando un reconcomio y una mala leche que para qué las cosas. Y si no fuera porque ella carece de licencia, de buena gana pararías, te bajarías del coche y le dirías: "Anda, guapa, conduce tú".

Fin de trayecto. Aunque el mar queda algo retirado del apartamento, el aire salobre te impregna los pulmones y te ayuda a recuperar la tranquilidad perdida. A partir de ese momento, ya se empieza a percibir cierto ambiente marcial en el que Sara pasa asumir el puesto de general con mando en plaza. Pese todos nos encontramos como en nuestra segunda casa y por puro automatismo vamos colocando cada cosa en su sitio, ella no puede sustraerse a la tentación de dar las instrucciones pertinentes:

–Esto colocadlo en la cocina, esto otro en el armario del pasillo, esto dejadlo de momento en el salón...

No sé si es lo normal en todas las familias, pero en mi caso así era. La playa se convertía en obsesión. El objetivo fundamental era tomar el sol y cuanto más, mejor. En sesión de mañana y tarde.

Había que levantarse temprano, desayunar aprisa y corriendo y desplazarse a todo trapo hasta casi la lengua del mar. A continuación, a cargar con la sombrilla, las sillas, los flotadores, el cubo, la pala y un sinfín de artilugios a sentar los reales en un punto adecuado, andando a trancas y barrancas por la enojosa arena y abrasándote los pies al menor descuido.

Siguiente paso obligado: el untamiento. Sara abría el neceser e iba asignando a cada cual la crema protectora que debía utilizar. Protección 10 para Jaimito y la niña; protección 7 para Jorge, que está más curtido... Toallas al suelo y, ¡hala!, a luchar contra la insolación. Cinco minutos boca arriba, cinco minutos boca abajo y a por el primer chapuzón. Nueva sesión de sol, algo más prolongada, y nuevo remojón. Y yo, pobre de mí, muriéndome de asco bajo la sombrilla, pues ni tomar el sol me seducía y con bracear cien o doscientos metros ya saciaba todas mis apetencias natatorias.

–Papá, ¿juegas conmigo al balón?

Pobre Jaimito. Él tampoco comprendía nada. Jorge, con sus hormonas en ebullición, se esfumaba a las primeras de cambio a la búsqueda de compañías más gratas, y Sofía y su madre estaban más preocupada de adquirir cuanto antes aquel bronceado que testimoniara su paso por la playa y les permitiera lucir sin complejos sus modelitos más escotados.

Pues nada, a distraer un poco a Jaimito y a dar patadas al voluminoso balón de Nivea sobre la arena o palmadas dentro del agua. Después vendrían las agujetas, pero eso entraba dentro del guión.

Al mediodía, mi única satisfacción matinal: la visita al chiringuito y mi cervecita bien fresca con un par de "pescaditos" como tapa.

A la una, toque a rebato: el almuerzo. Recogida de bártulos, regreso al apartamento y comida ligera, pues hay que volver de inmediato a la playa, que el sol no alumbra las veinticuatro horas del día y hay que aprovecharlo al máximo.

Y así un día y otro día, año tras año, sin nada que rompiera la monotonía... hasta que apareció Raquel.

Ya habíamos agotado la mitad de las vacaciones, andábamos por el noveno o décimo día, y yo me encontraba en el chiringuito de siempre, con mi cerveza y mis pescaditos de costumbre. Fue entonces cuando ella se acercó y, con una sonrisa encantadora en los labios, me preguntó:

–¿Me das fuego, por favor?

Raquel era una de esas mujeres que, quieras o no, se te meten por los ojos al primer momento. Su escueto bikini demostraba bien a las claras que todo cuanto podía verse de ella era por completo natural.

Le di la clase de fuego que me pedía y, cuando esperaba que se marchara sin más, tomó asiento a mi lado y pidió para ella también una cerveza.

–Estás casado, ¿verdad?

Esta segunda pregunta me sorprendió bastante más que la primera.

–¿En qué lo has notado?

Raquel volvió a blandir una de aquellas sonrisas tan convincentes.

–La alianza que llevas en la mano izquierda, tu mujer, tus hijos...

–¿Cómo sabes que tengo mujer e hijos?

–Vuestro apartamento y el mío son contiguos. Os he visto varias veces entrar y salir.

Por aquello de la vecindad, me pareció que las circunstancias incitaban a cierta familiaridad. Su cuerpo, por supuesto, incitaba a mucho más.

–¿También estás casada?

Raquel torció el gesto, como si acabara de nombrarle algo en especial desagradable.

–Separada y en trámites de divorcio. El apartamento, por supuesto, me lo quedé para mí. Lo hice más por joder a mi marido que por otra cosa. A mí esto de la playa ni me va ni me viene. Y ya me he dado cuenta que tampoco a ti te atrae mucho.

–Es verdad –admití–. Lo hago por la familia.

Se hizo una pausa que ambos aprovechamos para examinarnos un poco más detenidamente. Yo traté de sacar pecho y meter barriga para mejorar en algo mi aspecto. Ella no necesitaba recurrir a ninguna de las dos cosas.

–Te aburres como una ostra, ¿no es cierto?

–Totalmente –corroboré una vez más, un tanto sorprendido de que mujer tan espléndida hubiera puesto tanta atención en mí.

–Lo mismo me pasa a mí –dijo, arrojando con gesto displicente su cigarrillo a medio consumir.

El nuevo silencio que siguió me pareció ya definitivo; pero no.

–¿Te importaría presentarme a tu mujer? No conozco a nadie por aquí y, francamente, la soledad me abruma.

La idea no me desagradó y de inmediato la llevé a la práctica. Y Raquel se metió de lleno en nuestras vidas, compartiendo almuerzos y cenas y obrando el pequeño gran milagro de que aquellas odiosas vacaciones se me fueran haciendo más y más placenteras. Por primera vez, en casi veinte años de casados, la idea de ser infiel a mi mujer empezó a bailotear en mi mente. Y es que Raquel, aparte de ser mucha Raquel, parecía buscarlo expresamente. Que no tenía prejuicios, es algo que me quedó claro casi desde el principio; pero aquellas más que atrevidas confesiones que de su intimidad empezó a hacerme, a las primeras de cambio como quien dice, me dejaron alucinado. Y lo peor es que también a mí me sonsacaba cosas que no me apetecía explicar.

Al tercer día, las cosas ya pasaron a mayores.

–Me gustaría follar contigo –me soltó sin cortarse un pelo.

–A mí también –respondí maquinalmente.

–¿Cómo podríamos hacerlo sin que Sara se entere?

–La verdad es que no lo sé. Como puedes ver, Sara y yo estamos siempre juntos.

–Algo se me ocurrirá.

Y el "algo" se le ocurrió aquella misma tarde. Apenas habíamos terminado de montar nuestro particular tenderete después del almuerzo, cuando Raquel empezó a hacer los primeros gestos de malestar.

–¿Te ocurre algo? –le preguntó mi mujer toda preocupada.

–No sé... –respondió Raquel con voz lastimera y llevándose una mano al vientre–. Es como una especie de náuseas... Espero que se me pase.

Pero estaba claro que no era su intención que se le pasara sino que fuera a más, y siempre aprovechaba la proximidad de Sara para hacer los mayores aspavientos.

–Creo que regresaré al apartamento –le dijo en una de sus "crisis" más agudas.

Y de tal forma fue adornando sus dolencias que sería mi pobre Sara quien propusoera que yo mismo me encargara de trasladarla a su casa, convencida de que Raquel no estaba en condiciones de conducir su propio vehículo.

Huelga decir que todas sus náuseas desaparecieron tan pronto nos instalamos en el coche y que, ya durante el camino, se encargó de ir preparando el terreno, sometiendo a mi verga a un concienzudo masaje, primero por encima del bañador y decididamente por debajo al final.

Mi erección era tan notable y vergonzosa que, deteniendo el coche a la misma puerta del edificio en que se hallaban nuestros apartamentos, dejé a Raquel que se encargara de buscar un sitio donde aparcar mientras yo corría a guarecerme en el portal, procurando que nadie reparara en el bulto tan comprometedor que coronaba mi entrepierna.

El magreo en el ascensor ya fue de órdago y estábamos poco menos que listos para el ataque final cuando accedimos a su apartamento, pues, como con buen criterio sugirió ella, era mejor hacerlo en el suyo antes que en el mío para evitar cualquier posible evidencia.

–Las mujeres somos muy observadoras –dijo–. Y las casadas más aún.

La imagen de mi querida Sara pasó fugazmente por mi cabeza, pero el momento no era el más oportuno para dejarse vencer por los remordimientos. Ya tendría tiempo después de hacerme todos los reproches del mundo y hasta de flagelarme si preciso fuera; pero ahora lo único que me importaba era que ante mí tenía una mujer de campeonato con todas sus puertas abiertas y puestas a mi disposición.

El primer polvo cayó por su propio peso sin hacerse esperar. Acostumbrado a la laboriosidad que mi mujer requería, llevar a Raquel al orgasmo fue coser y cantar. La suponía ardiente; en realidad era pura dinamita.

Se dice que todas las comparaciones son odiosas, pero a veces resultan inevitables. La forma en que Raquel tomó posesión de mi polla y las mil diabluras que le hizo con su boca, en nada se parecían a las tímidas mamadas que de tarde en tarde se dignaba hacerme mi esposa. Y, desde luego, nunca me habían agasajado con una cubana tan primorosa como la que Raquel improvisó una vez que mi soldadito volvió a lucir sus mejores galas. ¿Y qué decir de cuando lo cogió con una mano y comenzó a sacudirlo como si estuviera dando un concierto de zambomba?

Raquel era una consumada maestra en todo aquello que mi Sara no pasaba de ser torpe aprendiz. Y por eso me apliqué el cuento y dediqué al coño de Raquel en aquella primera sesión todo el tiempo que no había dedicado al de mi Sara a lo largo de nuestro matrimonio. Y es que con Raquel daba gusto. La forma en que se removía, se agitaba y se convulsionaba era el mayor de los incentivos e invitaba a seguir perseverando más y más en aquellos entrantes y salientes, sabedor de que en cualquier momento el géiser entraría en erupción. Y sus erupciones no eran así como así, aparte de que, una vez desatadas, se sucedían en cadena.

Ver a una mujer correrse como Raquel se corría era un espectáculo que me hacía sentirme el más macho de los machos. Y como una cosa iba pareja con otra, mi verga se tornaba hierro candente y se sumergía en aquel pozo de fluidos, que aun en plena ebullición resultaban refrescantes.

Poseyendo a Raquel, el recuerdo de Sara se hacía cada vez más difuso y remoto hasta desaparecer por completo. No sé que clase de poder o sortilegio encerraba su vagina, pero jamás había gozado tanto. Tal vez sólo fuera la novedad del envase, el salir de la rutina de tantos años y explorar senderos diferentes. Porque Raquel (otra virtud más que añadir a su amplio repertorio) tragaba por todos lados y desde todos los ángulos habidos y por haber.

Fue todo un recital en el que no faltó de nada. Al menos así me lo pareció y la cara de Raquel no hizo sino corroborármelo.

–¿Hasta cuándo estarás aquí? –me preguntó mientras, ya relajados, fumábamos sendos cigarrillos.

–Hasta pasado mañana.

–¿Sólo nos quedan dos días para repetir esto?

No entraba en mis cálculos que pudiéramos repetir aquello, pues el cuento de las náuseas se podía aplicar una vez pero no indefinidamente. Raquel, sin embargo, se empeñó en que la cosa no podía quedar así y desde aquel mismo instante se puso a cavilar sobre la forma en que podría provocarse una segunda ocasión adecuada.

¿Qué no puede ocurrírsele a una mujer cuando se pone a cavilar? La solución la teníamos tan delante de nuestras narices que, quizá por ello, no la vimos antes. Era muy simple.

Yo la había trasladado a ella hasta su casa en mi coche. Ahora regresaría solo a recoger a la familia y su vehículo pernoctaría en la playa, quedando de mi cuenta el recoger la documentación y algunos objetos personales que portaba en el mismo, en prevención de que a alguien le diera la tentación de aprovecharse de lo ajeno. A la mañana siguiente Raquel se "recuperaría" de sus molestias estomacales y, mediante una llamada a mi móvil, cuando ya todos estuviéramos de nuevo en nuestra rutina playera, me pediría muy amablemente que pasara a recogerla para, de paso, recuperar su auto.

Y así fue como al siguiente día, con la plena aprobación de Sara, de nuevo me vi sumido en el maravilloso mundo de placer que Raquel sabía crear y mantener en una cama. Me mostró nuevas habilidades y me demostró lo mucho que se puede disfrutar del sexo cuando se le echa imaginación y se aparta uno de los cánones establecidos.

Me la meneó hasta con las plantas de los pies y me hizo follarla en las posturas más inverosímiles.

La elasticidad de su cuerpo superaba todo lo imaginable. Hubo momentos en que me pareció tener ante mí cualquier cosa menos una mujer, de tan raras perspectivas como me presentaba; y hasta llegué en ocasiones a sentirme un sádico, prolongando para mi propio goce posiciones imposibles. Fue todo un festival de acrobacia fornicaria y nunca con mayor propiedad podré decir que terminé haciéndome la picha un lío.

Lo que más me apenó fue tener la evidencia de que tantos conocimientos adquiridos de nada me iban a servir con mi querida Sara y que la rutina se me iba a hacer aún más rutinaria después de tal experiencia.

Pero en el aire quedó una prometedora esperanza. Raquel, que con artes bien distintas se había sabido granjear igualmente las simpatías de mi esposa, nos lanzó una propuesta más que sugestiva: para años venideros nos ofreció su propio apartamento sin otra contraprestación que tener que "aguantar" su presencia. Sara por convicción, y yo por no delatarme, nos hicimos de rogar un poco, alegando que aquello no era justo y que algo debía de cobrarnos. Raquel, que para todo tener recursos, zanjó la cuestión estableciendo que los gastos de manutención y mantenimiento correrían de nuestra cuenta. Y así quedó la cosa.

–¡Qué suerte hemos tenido conociendo a Raquel! –exclamó mi mujer durante el viaje de vuelta a casa.

–¡Y que lo digas! –exclamé yo.

Desde entonces, las vacaciones en la playa pasaron a ser mis predilectas.

 

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