Me casé a los 23 años con un muchacho de esos que todas las muchachas quieren para maridos: joven, alto, delgado, cabellos rubios, ojos celestes, cuerpo de deportista, profesional, con un muy buen empleo, auto y un departamento al que nos fuimos a vivir después de la luna de miel. Dos años y medio de noviazgo, muy formal todo.
Yo estaba estudiando todavía ciencias económicas. Casualmente un compañero de curso doce años mayor que yo, casado y bastante serio, se convirtió en mi compañero de todas las largas jornadas de estudios pre-exámenes, en su casa o la mía que compartía con mi madre.
Asistió a mi boda con su esposa, una hermosa morena de lindo porte, muy simpática e interesante. Allí se desarrolló una fiesta hermosa, inolvidable y bailamos hasta la salida del sol, en un jardín fantástico que tenía la casa donde festejamos.
Con Horacio solo bailé una pieza, no gustaba demasiado del baile y noté que lo perturbaba un poco hacerlo conmigo.
Cris - me dijo - no puedo bailar con vos. Ya vas a saber los motivos algún día.
Sin embargo, lo ví bailar con su mujer, bastante entusiasmados. Hacían una pareja envidiable.
Yo me fuí casi un mes de viaje de bodas, recorriendo lugares exóticos que formaban parte del viaje que nos regaló una tía. Mucho turismo, mucha actividad, muchas excursiones, mini-viajes, fotos y más fotos. Agotador, nada íntimo. No aconsejable para una luna de miel. Mi marido parecía no incomodarse por ello, al contrario disfrutaba como un turista empedernido. Yo sentía que faltaba algo que necesitaba, un poco más de calor, más acercamiento e intimidad con mi flamante esposo.
Regresamos y fuimos a vivir al departamento, recién acondicionado y amoblado para nosotros.
Al día siguiente al regreso, Horacio, con quien además ya habíamos montado un estudio en la profesión, me llamó por teléfono y me preguntó si podríamos utilizar por un tiempo el departamento como oficina, dado que ni mi marido ni yo estábamos en casi todo el día. Él llevaba buena parte del negocio que hacíamos juntos y utilizaría el lugar como oficina y el teléfono, dado que él vivía más lejos y muchos clientes estaban en esta zona.
Lo hablé con mi esposo y aceptó de buna gana.
Horacio vino a casa al otro día. Yo todavía tenía unos días de licencia sumada con las vacaciones. Me avisó que vendría temprano, pero me sorprendió llamando al portero eléctrico alreddedor de las 8 de la mañana.
Mi esposo se había ido antes de las 7 a su trabajo y yo me dí una ducha rápida y volví a la cama, suponiendo que vendría a eso de als 10.
Me desperté apenas y le abrí la puerta de abajo. A los pocos segundos tocaba a mi puerta y yo, todavía algo dormida le abrí, sin reparar que no me había evstido. Estaba en camisolín corto y con una bata abierta.
Horacio me dió un beso con mucho afecto. Me preguntó cómo estaba, por el viaje, la nueva vida... lo corriente en estos casos.
Con mis 23 años, yo era bastante menuda, aunque de buenas formas, pelo rubio y ojos bien celestes. Bonita, no espectacular.
Horacio, un hombre hecho y derecho, con sus 35 bien parecido, pero nada especial en lo físico. Nos teníamos mucho afecto, y yo lo admiraba por su forma de ser.
Lo invité con café y galletas, en mi pequeña cocina.
Yo estaba preparando el desayuno y él hacía unas llamadas. Noté cómo me miraba.
Tomamos café, comimos algo y cuando me levanté a llevar todo a la pileta para lavarlo, él se anticipó y lo hizo. Un dulce.
Yo lo seguí de cerca y, apenas dejó las cosas sobre la mesada se volvió hacia mí y quedamos enfrentados muy cerquita. Muchas veces habríamos estado tan cerca en esos años, pero esta vez parecía diferente, y lo sería!!
Me miró a los ojos y yo no pude sostenerle la mirada. Con su mano tomó mi cara desde el mentón y la elevó para darme un beso, suave en los labios. Se quedó quieto, esperando mi respuesta que no existió.
Entonces él repitió el beso, más dulce, más pleno, hasta lograr que yo, sin comprender qué pasaba, le respondiera. Entonces su lengua buscó mi boca y mi lengua y ambas se entremezclaron ligeramente. Me aparté y le dije que no estaba bien esto.
--Vos sos un hombre casado (esperaba un hijo, sabría luego) y yo llevo apenas un mes de casada. No podemos hacerlo --
-- Entonces, mejor me voy -- me dijo serio y con voz profunda y sincera. Tendremos que pensar en otra solució, me va a costar venir aquí, aunque sea para trabajar sólo.
Yo traté de calmarlo y de que se sienta más cómodo y tranquilo. No estaba echándolo, solamente quería evitar algo irremediable.
Se sentó y me tomó de las manos. -- No sé porqué nunca te lo dije antes, pero siempre te deseé, mucho -- me dijo sorprendiéndome, pero no tanto.
Yo siempre había sentido algo por él, aunque no podía definirlo como atracción, deseo o algo más.
Me atrajo hacia él y ya casi entre sus piernas, rodeó mi cintura con sus brazos. Yo apoyé mis manos en sus hombros, pero no puse distancia. Me acercó más hasta que su cara estaba sobre mi vientre, apenas cubierto por una delgada tela de seda de mi camisón. Comenzó a acariciarme las piernas, los muslos, me besaba el vientre. Sus manos se movieron hábil, delicadamente.
Al fin llegaron a donde querían. Mi entrepierna estaba excitadísima. Él notó la humedad en mi bombacha y me apretó fuertemente.
Me bajó la bombacha y levantó el camisón y allí comenzó a besarme y tocarme como jamás nadie lo había hecho.
Se agachó y colocó su boca en mi vagina y comenzó a lamerme y besarme y meterme la lengua en la vagina, hasta que lo consiguó: encontró mi clítoris que, ansioso y erecto se le ofrecía pleno. Lo lamió, lo besó, lo sorbió, metía la lengua en mi vagina y allí mismo comencé a sentir que un placer nuevo, profundo, desde el interior mismo de mi ser crecía y aumentaba más y más. Tuve un orgasmo delicioso e inmediatamente otro más intenso, más potente, más vigoroso. Yo gemía y gritaba de placer, de loco placer.
Entonces, él me suplicó que fuéramos a la cama o a un sofá. Ciegamente, acepté que viniera a la cama, en la que unas horas antes había hecho lo mismo con mi esposo. ¿lo mismo? No, no era igual, ni parecido.
Horacio se estaba quitando la ropa y yo hice lo mismo. Allí estábamos ambos, desnudos mirándonos y admirándonos. El pene de Horacio era grande y grueso y tenía una erección muy fuerte. Yo atiné a besarlo y a chuparlo un poquito, me impresionó su tamaño y lo duro que estaba.
Él volvió abajo y volvió a deleitarme con sus besos y lamidas. Yo estaba casi por tener otro orgasmo cuando él se fué levantando lentamente, lamiéndome y besándome el vientre, los pechos (nada prominentes, pero firmes y muy erectos los pezones) y entonces detuvo la recorrida cando su pene estaba allí, en la puerta de mi ser, ansioso, atrevido, potente.
Yo misma, con mi mano le ayudé a colocarse y entonces comenzó una penetración suave, delicada, impresionante.
Un ahogo, un gemido fuerte, una ligera sensación de dolor lo frenaron. Mi vagina estaba lubricada y mojada con mis propios fluidos luego de esos dos orgasmos. Él siguió, sin hacerme daño, pero sin detenerse aún ante unos pequeños gritos causados por el dolor y la impresión que nunca había tenido antes, con mi esposo. (Su pene era más pequeño y algo blando, nunca me había provocado estas sensaciones)
Siguó hasta el fondo y entonces yo, ya no gritaba de dolor, sino de un profundo placer que desde mi interior más íntimo se expandía a todo mi ser.
El orgasmo fue brutal, no imaginaba que se podía llegar a un placer tan soberbio y sublime. No había siquiera soñado con algo parecido.
Él seguía adentro mío y me besaba en la boca desesperadamente, ambos lo hicimos con fiereza. Sin abandonarme, comencé a sentir que otro orgasmo vendría en cualquier momento. Sus movimientos suaves, rítmicos, pudorosos diría, se volvieron frenéticos, violentos rudos y entonces ambos explotamos en un placer sin límites, ambos nos descontrolamos totalmente, ambos tuvimos un orgasmo glorioso, juntos, sintiendo el placer propio y el que nos provocaba sentir los gemidos y las expresiones sórdidas y violentas del placer del otro.
Como lo dije, jamás imaginé que se podía sentir tanto, tan intensamente.
Mi anterior experiencia ya no servía de nada. Yo no podría aceptar esa relación tibia, ténue, despareja y fugaz, que era lo que había tenido siempre con mi esposo. Seguía queriéndolo, sin ninguna duda, pero esta experiencia con Horacio me había demostrado que un Hombre es otra cosa, es ternura si, pero también es furia. Es delicadeza, por supuesto, pero también es violencia. Es discreción, si, pero también es este descontrol impresionante, esta feroz manera de gozar.
Horacio siguó viniendo toda la semana, mientras yo seguía con licencia. Cada día, cada vez que lo hicimos, se superó en todo. Yo no podía creerlo.
Luego, por años seguimos viéndonos a escondidas con bastante frecuencia. Nunca, hasta hoy, decayó la impresionante atracción, la infinita dicha de estar juntos, gozándonos aunque fuera un breve rato.
Les seguiré contando.