Horacio se fue a ver a nuestra cliente Lili y a eso de las 3 de la tarde me llamó al teléfono:
--Estoy por ir a ver una oficina para alquilar. ¿Venís a verla?
Yo sorprendida le contesté: --¿Dónde es, qué tiempo me das?
Me dió la dirección, era bastante cerca. Me dijo que me esperaba abajo de ese sitio en su auto en una hora.
Yo estaba en la cama, todavía reponiéndome. Había comido unas frutas y bebido agua. Me levanté, me duché, mientras preparaba café bien fuerte. Tomé un café doble con mucha azúcar, bajé y en un taxi fuí al lugar indicado.
No había pasado una hora aún, pero él estaba esperándome en el auto.
De inmediato, bajó y tomó unas llaves habriendo la puerta del edificio de unos 15 pisos, en un lugar céntrico. Subimos y llegamos al 4º piso. Fuimos al Departamento "..C".. y entramos. Era pequeño, lindo, en muy buen estado y totalmente amoblado como oficina. En el "..Living".. un par de sillones y un sofá amplio. Una mesa ratona grande, dos lámparas y un mueble de madera grande. Tenía una cocinita chica, un buen baño con jacuzzi y un cuarto, que era el escritorio, con una mesa de trabajo, algunas sillas, dos muebles, tres lámparas y una alfombra muy mullida. Tenía vista a un pulmón de la manzana, agradable. Todo muy cuidado, impecable.
Me contó que el alquiler era bastante bajo y también las expensas. En verdad lo era.
Nos sentamos un rato a fantasear con lo que haríamos con algunos de lo muebles y cómo re-decorarlo cuando ganáramos bastante dinero en nuestro negocio. Había una cafetera eléctrica y algo de café. Preparamos y bebimos.
Nos asomamos al balcón del living y contemplamos la vista, linda, nada especial.
Yo llevaba un solerito corto de una tela muy suave, tal como se usaba entonces y acorde con el intenso calor del verano que ya se terminaba. Horacio me pasó la mano por la cintura y casi de inmediato buscó con la mano subirme la falda. Entramos nuevamente, hacía mucho calor ya que era poco más de las 4 pm y había unos 32 ºC, afuera.
Yo me senté en el sofá, de tres cuerpos. Crucé las piernas dejando ver mis rodillas y buena parte de los muslos. Tenía lindas piernas y rodillas muy armónicas.
Él se sentó en el suelo, frente a mí. Seguimos hablando y haciendo planes, pero poco tardó en acercarse más y más y con sus dos manos me hizo descruzar las piernas y sus manos fueron a buscar esos muslos por adentro y por afuera. La falda estaba ya bastante arriba. Metió su cabeza allí y besó y olió y apretó la bombacha rosada a la altura de la entrepierna.
--Hueles de maravilla, me dijo ya con su rostro enrojecido y su respiración agitada, tanto como la mía.
Me bajó la bombacha y buscó con su lengua mi vagina, mi clítoris, acomodando con sus brazos fuertes mi cuerpo en el sofá para facilitarle la tarea.
Allí estaba, lamiendo mi vagina, metiendo su nariz dentro de ella, buscando el clítoris que se mostraba ya ansioso y erecto.
Siguió lamiendo y acariciándome las nalgas, lamía y lamía el clítoris hasta que ya muy excitada le dije: --ya viene, no te detengas!!!
Él, sin embargo, se detuvo.
Se sacó una remera que llevaba, desabrochó su pantalón y se lo quitó, ya estaba descalzo como yo, y se sacó el slip exhibiendo otra vez su miembro erecto, firme, enorme. Me quitó el solero y me sacó el corpiño que llevaba.
Besándome, lamiéndome, acariciándome con sus dos manos tibias y movedizas por todo el cuerpo. Creo que no dejó un lugarcito de mi menudo cuerpo sin besar sin lamer sin acariciar. Yo estaba en llamas!!!
Encendida como jamás lo había estado, al máximo de la excitación. Con una sensación de que un orgasmo lejano ya se acercaba lenta, plácida, cadenciosamente. Solo al rozarme con cualquier parte de su cuerpo una mínima porción de mi piel, en una pierna, en el cuello, las orejas, hacían aumentar mi excitación, estremeciéndome más y más, mucho, mucho más.
Se sentó a mi lado en el sofá y con sus manos me indicó que me sentara encima suyo.
Yo veía ese pene inmenso, firme, bien erguido apuntándome como un cañón.
A pesar de haber estado ya unas cuantas veces con Horacio, no dejaba de sorprenderme y hasta impresionarme el tamaño y posición de su pene.
Nos besamos en la boca con frenesí. Él me acariciaba con dulzura a veces y con fuerza otras mis pechos y se regodeaba en mis pezones erectos, firmes, sensibles al más mínimo roce.
Yo puse mis piernas en cuclillas, cada una al lado de su cuerpo, casi ya recostado en el mullido sillón. Entre nosotros, entre nuestros cuerpos estaba allí potente y ansioso el miembro de Horacio.
--Vení, me dijo entre suspiros, gemidos y jadeos.
Yo, excitadísima me elevé sobre las pantorrillas, para que mi cuerpo se alzara sobre la altura de su pene. Tomada de los hombros de Horacio, acalorada, con la sangre hirviendo en mi cabeza, la respiración agitada ubiqué mi cuerpo para que la vagina quedara allí en la punta grandiosa de ese miembro estupendo.
Él ayudó con sus manos y mi cuerpo comenzó entonces a descender, haciendo que su pene se introdujera en mi cuerpo caliente, agitado.
No puedo explicar bien lo que sentí. Pocas veces había usado con mi esposo y novio (único hombre en mi vida hasta que llegó Horacio) esta posición. No nos era cómoda. Además, muchas veces en mis movimientos cuando tomaba esa pose, el pene mucho más pequeño de él se salía de la vagina, obligándonos a reinsertarlo y poniendo un poco de desconcentración en el acto. Nunca había sido muy placentero de esa forma. Aunque la verdad, luego de estas experiencias con Horacio, ninguna forma sería ni de cerca tan placentera.
Yo comencé a moverme cada vez con más intensidad, amacando también mi tronco, llevando mi cabeza bien atrás. Esto me provocaba mucho placer. Cada vez que descendía, sentía que su miembro se me metía en todo mi cuerpo. Comencé a agitarme mucho, comencé a sentir más fuerte, más intensa la llegada de mi orgasmo. Era interminable, sin embargo. Yo subía y bajaba y a cada movimiento, la sensación de placer aumentaba un poco más. Gemía y gritaba descontroladamente. Sin proponérmelo mis movimientos se aceleraron, Horacio ya se agitaba más y más, su rostro enrojecido y desencajado, mi cabeza encendida, ese placer increible, indescriptible, esa sensación profunda y brutal aumentaba lentamente, cada vez más. Yo sentía más y más el placer del orgasmo ya inminente. Gritaba, gemía, jadeaba y sentía que mi respiración se dificultaba. Una respiración profundísima y dificultosa, me hizo, otra vez, sentir que perdía el conocimiento. Mi vientre iba a explotar, mi cabeza iba a estallar, mi cuerpo en llamas ya no me respondía. Sus gritos y los míos se confundían, perdimos el control, nos quedamos sin sentido y el borbotón inmenso de semen me estremeció como un acicate en el ya insuperable placer de este orgasmo.
Mi vagina, mi cuerpo todo se llenaron de él. Los gritos enfurecidos ya iban a dejar paso a un poco de sociego.
Sociego, después de la guerra feroz que vivimos. Sociego después de tremenda batalla de cuerpos entremezclados, de sensaciones compartidas, de gritos superpuestos, de cuerpos apretujados, sudorosos, al rojo vivo.
Sociego imprescindible, porque varios minutos nos llevó, tan solo recuperar el aire y poder hablarnos. Poco nos dijimos, en realidad no había mucho para decirnos.
Nuestros cuerpos, nuestra locura, ese brutal espasmo de placer incontrolable eran más que millones de palabras. Todo, absolutamente todo estaba dicho y entendido entre los dos.
Cuando, ya repuestos quisimos salir de allí, notamos que debajo nuestro, una mancha grande, del viscoso semen de Horacio, escurrido de mi vagina mientras estábamos inmóviles reponiendo aire y coraje, se había adueñado del sofá, de fina pana verdeagua.
Tratamos de limpiarlo. Nos costó y nos fuimos sin haber comprobado si se había salvado el sofá, húmeda la mancha todavía.
Horacio me acercó con el auto y me dejó a dos cuadras de mi casa, estaba anocheciendo. Mi cuerpo flotaba, mis piernas no podían más. Mi cabeza daba vueltas y vueltas todavía.
Rápidamente me dirigí a mi departamento. Mi marido no había llegado. De inmediato me metí en la bañera y comencé un baño largo y reparador, necesario, imprescindible.
Esto sigue, cada vez más fuerte e intensamente.
Qurrán Ustedes saber cómo sigue?