20 años después, el goce continúa.
Desde que comenzó esta relación, pasaron ahora exactamente 20 años. Yo tuve dos hijos y enviudé hace cuatro años. Horacio sigue casado con su 1ª esposa y tiene dos hijas.
Mi relación con mi esposo fue durante 16 años muy difícil, porque la culpa me hacía muy mal. Sin embargo, nunca dejé de ver al único hombre que me hizo feliz, aunque sea de a ratitos.
Horacio, tuvo un matrimonio “normal”, pero últimamente su esposa, que sigue siendo una hermosa mujer, ha descubierto su vocación y aptitud artística y se dedica casi únicamente a ello. Algunas veces él la acompaña, cada vez menos.
Los dos estuvimos trabajando juntos en nuestro estudio por un par de años. No nos fue demasiado bien y decidimos, de a poco, encaminarnos independientemente uno del otro.
Yo tengo una consultora que funciona bien y estoy asociada con otras personas. Todo muy bien. Horacio, en cambio, prefirió la relación de dependencia y es, desde hace tiempo, un importante ejecutivo de una Compañía Nacional de muy buen nivel.
Ni en lo profesional, ni en lo económico podríamos quejarnos, a ambos nos va muy bien, aunque necesitamos seguir cada uno en lo suyo.
Casualmente hace tres días se cumplieron 20 años desde la primera vez que tuve una relación con Horacio. Durante todo este tiempo, seguimos viéndonos y saliendo y teniendo relaciones y haciendo el amor cada vez que pudimos. Somos amantes crónicos. Y nos va bien.
Si al principio sentíamos culpa y temor por lo que pudiera pasar, con el tiempo fuimos aceptando que era la manera en que íbamos a vivir por años. Nos gustó y tomamos todos los recaudos para evitar ser descubiertos. Alguna vez tuvimos más de un sobresalto, pero nada sucedió que fuera irreparable. Ni él ni yo queríamos romper nuestras vidas matrimoniales, pero teníamos claro que nosotros dos éramos la pareja para vivir en plenitud el deseo y el amor.
En mi cumpleaños, en nuestros días especiales, y con bastante frecuencia, recibo sus rosas rojas, un perfume, alguna ropa generalmente íntima, libros, CDs y muchos regalos más. Nunca joyas ni alhajas porque no es ni mi estilo ni el gusto de él.
Después de la muerte de mi marido, con quien convivía pero sin tener una relación de pareja desde un par de años antes, recompuse un poco el patrimonio familiar.
Sigo teniendo una linda casa en los suburbios, y compré dos departamentos: uno en pleno centro, lo usan los chicos (18 y 19 años) que ya están en la universidad y les queda cómodo quedarse cerca a veces. El otro lo alquilo, a Horacio, que lo utiliza para compartir con su amante, yo. Es un semipiso chico en un edificio bastante bueno en un barrio agradable, discreto y cercano al centro. Tiene una cochera y todo sirve para garantizarnos discreción y seguridad, a cualquier hora.
Bien amueblado, con estilo y muy cálido, tiene todo lo necesario para pasar ratos inolvidables.
En nuestro aniversario (hace tres días) quisimos festejar. Horacio encargó comida exquicita, vino de primera, champagne importado del mejor. Lo hizo llevar justo a las 8 pm, cuando los dos acabábamos de llegar. Fue impresionante. Además me regaló un conjunto de camisón y bata de raso estupendos y una cadenita de oro con un dije de perla natural. Por primera vez me regaló una alhaja y me encantó. Yo lo sorprendí con una caja de habanos que le encantan y no compra seguido por su altísimo precio.
Horacio arregló su horario, aprovechando que ese mismo día, su esposa tenía una presentación en un club exclusivo, para gratificación de una docena de señoras gordas, añosas y cultas, que normalmente dejaban las horas en ese sitio hasta la madrugada. Tenía tiempo asegurado y había dicho que se iba a comer con algunos amigos.
Bebimos, comimos, brindamos, lo pasamos muy bien. Pero el postre fue de lo mejor.
Acomodamos rápidamente todo y nos quedamos charlando, fumando y viendo TV. Él trajo un video porno para divertirnos, pero en realidad no era necesario para estimularnos. Nunca lo fue.
Después de ir al baño los dos, miramos esas parejas con cierto desdén. Nada de lo que ellos hacían ante las cámaras, era nuevo para nosotros. Tantas cosas habíamos hecho y hacíamos juntos.
Horacio me besó en la boca con entusiasmo y dulzura, como era habitual. Yo le respondí de igual forma, siempre nos besábamos con mucha pasión.
De a poco, nos fuimos quitando la ropa y comenzamos a acariciarnos, tocarnos, besarnos.
Decidimos ir a la cama. Él terminó de desvestirme. Me quitó totalmente el pantalón que llevaba, luego me sacó la blusa que había desabrochado antes, me sacó el corpiño y se lanzó sobre mis pezones como un adolescente. Luego, hizo lo que yo esperaba y metió su mano en mi bombacha. Me acarició y me excitó mucho. Me la sacó y fue directo a besar y lamer mi vulva, y allí encontró, como la primera vez, ese clítoris que lo necesitaba, lo reclamaba, que lo deseaba.
Yo lo ayudé a quitarse la ropa que aún tenía. Se quedó en slip mostrando un bulto impactante, como siempre. Se lo quité y ya noté un miembro con un grado de erección notable.
Yo cumplí 43 años, pero mi cuerpo se mantiene (no sin esfuerzo) bastante bien, con algún kilito más que antes, pero muy firme y armónico. Mi piel, mi cabello, todo se mantiene sano y agradable.
Horacio, ya tiene 55 años, pero no los aparenta. Tiene el pelo con algunas canas y su barba (que empezó a usar hace más de diez años) está bastante blanquecina, pero esto le daba una apariencia muy interesante. Su cuerpo, algo más gordito, pero bien mantenido, no desentona con el mío. Después de 20 años viéndonos y amándonos dos y hasta tres veces en la semana, nunca dejó de sorprenderme el tamaño y porte de su miembro.
Tomé su pene con mi mano, lo besé, lo introduje en mi boca y a la vez, le acariciaba levemente sus testículos, cosa que había descubierto, no hacía mucho, que le agradaba.
Adoptamos la clasica posición del 69 el acostado abajo y yo arriba pero en sentido inverso. Así estuvimos un largo rato, lamiéndonos, besándonos y dándonos infinito placer.
Cambiamos la pose y él bajó a seguir lamiendo mi vagina y mi clítoris, ya a punto de estallar. Como hace 20 años, sentí venir esa inconfundible sensación desde el interior profundo, oculto de mi ser. Venía, venía y llegó haciéndome explotar en gritos y gemidos incansables. Él siguió en lo suyo para asegurarse mi total y completo orgasmo, que se dio en forma imponente. Como nunca, como siempre.
A esa altura el pene de Horacio era inmenso, duro y firme como hace veinte años. Pensando en el deterioro físico de mi esposo durante unos 12 o 14 años en que tuvimos acercamiento íntimo, me cuesta creer todavía que Horacio tenga una plenitud y potencia tan intactas.
Lo lamí otro ratito, lo introduje en mi boca, bien adentro, aunque costaba ingresarlo. El único cambio que noto en él, es que ahora, tarda algún rato más en lograr la máxima erección, y bastante más en eyacular. Lejos de lamentarlo, es impresionante cuando él me penetraba.
Con muchos besos, con muchas caricias, llegó la penetración, firme y potente. Como dije, yo sé que dura un largo rato y eso me permite prolongar el placer.
Otra vez, él ingresaba y salía, una, diez, cien veces. Sus besos y caricias simultáneos me volvieron loca. Ya venía otra vez la fantástica sensación de descontrol. Más lentamente, más delicadamente, pero con igual o mayor intensidad.
Yo ya estaba gritando y gimiendo como nunca, o como siempre. La verdad es que cada vez, me parece única y especial, cada vez entre casi 3.000 encuentros que vivimos con voracidad durante estos fantásticos 20 años.
El orgasmo me llegaba y como antes, mi respiración se dificultó. Algo desde muy adentro me hacía perder la conciencia, casi. Y él seguía facilitándome esa posibilidad de gozar, de disfrutar intensamente, descomunalmente.
Más gritos, más gemidos, más descontrol. Y llegó y fue un orgasmo formidable.
Él no había llegado aún, por eso yo le dí una ayuda y me dí vuelta, colocándome como en cuatro patitas, ofreciéndole mi cola. Es apetecible todavía, él se mostró ávido y deseoso de penetrarme la cola, cosa que no hacemos con demasiada frecuencia. Yo le dejé hacer porque sé que lo hace con ternura y con pasión.
Y así fue. Sentí un poco de dolor a su ingreso, aunque bien lubricada con mi flujo. Fue profundamente y comenzó a gemir y jadear. Me hablaba algo como que era hermosa, como que tenía una cola divina, cosas así. Sorpresivamente, comenzó a sacarla.
Volvió a darme vuelta y volvió a penetrarme por la vagina. Su pene estaba rojo y durísimo, la penetración fue más fuerte, casi violenta. Yo comencé a sentir nuevamente que vendría un nuevo orgasmo. Otra vez, desde lo más profundo, una sensación de placer creciente, comencé a moverme al ritmo de él. Gemía y jadeaba como nunca, como siempre. Él jadeaba fuerte y su respiración era entrecortada y muy agitada. Sus movimientos se aceleraron, se hicieron más violentos, los gritos de los dos se confundieron como hace 20 años, besos apasionados y casi brutales, los cuerpos entreverados, la transpiración de los dos confundida en nuna sola, los cuerpos tensos, las caras crispadas, la boca entreabierta reclamando aire pero deseando continuar en el beso interminable, apasionado.
Juntos logramos el placer infinito del orgasmo pleno. Su semen se derramó en mi vagina y explotamos en lujuria, goze y placer sin límite. Perdimos, como nunca, como siempre el control de nuestros cuerpos, en gritos desesperados, sofocados, gloriosos.
Luego, vino el justo, imprescindible sociego, la calma necesaria. Con la respiración agitada y dificultosa, todavía, Horacio volvió a besarme en la boca como si recién fueramos a empezar. No sería posible en ese momento. Pero el placer infinito alcanzado, nos daba la calma necesaria para esperar otro encuentro.
El agotamiento era tal, que precisamos una hora o más, así, juntos, abrazados, besándonos y acariciándonos dulce, tierna, calmadamente para reponernos. Entre tantas caricias, advertí que su pene estaba otra vez erecto. Él sintió algo de pudor, increíblemente. (Cuando ya sabemos que debemos irnos o despedirnos, según la situación, si él vuelve a excitarse y tiene una erección, cosa que lo debería enorgullecer y envalentonar, al contrario, le produce algo de vergüenza, mucho pudor)
Habíamos gozado, disfrutado como dos adolescentes veinteañeros. Habíamos tenido la cuota de pasión intensa, feroz. Habíamos tenido la cuota de ternura, de sociego, de calma. Habíamos pasado casi cuatro horas juntos y habíamos disfrutado con tal plenitud, que parecerá poco creíble. Sin embargo, esto viene ocurriendo desde hace muchos años, y sé que seguirá igual por bastante tiempo.
Yo no tuve otros hombres en mi vida. Pero la vida de amante con Horacio, es tan plena, tan completa, tan satisfactoria, tan libre a la vez, que no la cambiaría por nada, por nada en este mundo.
Hasta aquí, llegan estos relatos. Aquí finaliza este ciclo que es la síntesis de una realidad absoluta. Nada ha sido exagerado, a veces, con bastante frecuencia, me faltan palabras, expresiones, precisión para narra el verdadero y real sentimiento. Para contar con exactitud lo vivido.
Cualquiera que quiera intercambiar algunas líneas conmigo puede hacerlo