Me cogió mi maduro jefe
Enviado por Julieta el día Martes 16 de Junio de 2009
 

            Tengo 33 años, casada desde hace 9 años con Luís, a quien sigo amando y mucho, tenemos una hija de 4, estoy embarazada de 5 meses, no soy linda: casi petisa por (mi karma) las piernas cortitas, facciones más bien feúchas, buenas tetas, cintura reducida, popa redondita. En fin, por la calle, los hombres no suelen darse  vuelta al cruzarse conmigo.

¡Ahh! Mi nombre es Julieta.

Además de mi marido, sólo me cogió por “bocona”, el pasado mes de marzo, mi jefe Ignacio que cumple 65 el próximo mes de julio. El es alto, 1,87, buen lomo salvo una pancita incipiente, rostro agradable, canoso, simpático (y ocurrente: siempre encuentra el bocadillo que calza como anillo al dedo en la conversación)  y extremadamente gentil con todos los que tratan con el. Está casado con 3 hijos y 2 nietos.

¿Cómo ocurrió, a pesar de mis  nociones éticas heredadas, del compromiso con mi pareja, de estar embarazada de 2 meses, de la discordancia de edades y de mi convicciones sobre aquello de que “donde se come no se coge”?

Trabajamos juntos, desde casi 2 años atrás, en una oficina diminuta, donde además tenía su escritorio Claudio, el también ingeniero, que dependía de mi jefe. Claudio en noviembre del año pasado fue víctima de una de las reiteradas reducciones de personal de los últimos tiempos.

Al quedar solos los dos comenzamos con conversaciones, extralaborales,  sobre temas de actualidad, nuestras creencias y vivencias privadas. Entre otras cosas me “confesó” que su esposa lo había engañado durante uno de sus viajes al exterior. La perdonó, por consideraciones que lo hicieron sentirse co-culpable del desliz de ella. Pero, al mismo tiempo, se sintió autorizado a devolverle la gentileza. Con el correr de los días (meses) me relató algunas de sus, pocas, infidelidades. De mi parte yo le reconocí que, antes de casarnos, me había ido de vacaciones con Luís.

            -    ¡Vaya que contravención, hacerlo sin los papeles en orden!!! – bromeó el.

También le aseguré, reiteradamente, que no creía que pudiese acostarme con otro hombre que no fuese mi marido.

           -    Nunca deje de vivir su vida por nadie, el tiempo nunca sobra, menos para subordinarse a roles o perjuicios heredados. – aconsejaba él al oír mi declaración de fidelidad.    

            -   No limite su espacio para vivir que sólo va a tener la actual posibilidad – otras veces.

-  ¿Qué mal hay en unos minutos a solas, sin artificio, sin disfrazar la naturaleza, con alguien que le encienda la sangre en las venas? – agregaba en  ocasiones.

Con frecuencia tuvo, tiene, conceptos laudatorios para con mi desempeño frente a superiores y pares. Varias veces, a solas ante un acierto mío, me dijo sonriendo: codo a codo, somos mucho más que dos. (frase tomada del uruguayo Mario Benedetti).

Hasta que un día, martes para más precisión, del mes de marzo pasado, en medio de esas charlas sobre temas íntimos, se me ocurrió comentar: “yo no conozco ningún hotel alojamiento, nunca he estado en uno”

            - ¿Cómo puede ser? ¿30 años y conoce ninguno? – simuló sorpresa,  incredulidad

            -    Créalo, es la pura verdad – insistí

Rápido de reflejos, me propuso mostrarme uno muy lindo y original por sus cuartos en desniveles múltiples. Esa misma tarde, ya que no teníamos nada que no pudiese hacerse el día siguiente. Sólo iríamos a mirar, para satisfacer mi curiosidad, me aseguró con su mano derecha sobre el pecho, a modo de juramento.

-       Ni falta hace que lo diga – fanfarroneé, segura de mi autocontrol.

Supuse que se trataba de una de sus bromas, sin embargo me “picó” la curiosidad, no sólo sobre el hotel, sino sobre como resultaría la insólita situación.

-       Bueno entonces ¿Qué estamos esperando? Vamos- me desafió

Cometí la imprudencia de aceptar el reto, convencida de saber como manejar la situación de estar a solas con el en un telo.

Ya en el auto, me dijo que tendríamos que hacer algo de tiempo, para aparentar, una vez adentro: podíamos mirar televisión.

Fuimos al hotel Mix en la zona de la Facultad de Medicina. Como no tiene estacionamiento me dejó en la puerta para que lo esperara 10 minutos en el lobby que resultó ser muy reducido. Imposible no ver y oír lo que sucediese en él. Los 10 minutos escasos, resultaron a la vez incómodos, extraños e inquietantes: entró una chica bonita con un muchacho ciego y eligieron un cuarto con jacuzzi, enseguida dos jovencitos se decidieron por uno con baño romano. Me picó la curiosidad (¿cómo será el baño romano?). Cuando al fin llegó Ignacio, estaba pensando en Mesalina, la come-hombres de la Roma Imperial. Le sugerí al jefe una habitación con ese baño. Nos asignaron la 104. Efectivamente el cuarto era muy peculiar (sin alusión a lo que pasó después), distribuido en 3 niveles distintos vinculados por 3 o cuatro peldaños de madera dura: la cama, diván, silla y televisión en uno, doble pileta lavamanos en otro y la ducha, rodeada por tabiques circulares, de ladrillos de vidrio en el restante (el baño romano).

Lo recorrí todo, seguida de cerca por mi acompañante. Un par de preservativos sobre una de las mesas de luz, hizo que me ruborizara intensamente, por percibir un ligero prurito agradable en el entrepiernas.

Nos sentamos en el diván. Ignacio quiso saber que me parecía.

-       Es lindo – balbuceé mirándolo a los ojos.

Me acarició la cabeza y bajó la mano por todo lo largo de mi cabello y la detuvo en mi cintura.

Hasta esa tarde no creía que uno no decide sentir algo por alguien, que la excitación emocional es algo “que pasa” y  no algo que “se hace”.

Súbitamente sentí ganas de arrimarme: le apoyé la cabeza en su hombro y percibí que se me aceleraban los latidos, que la sangre se volvía incandescente en mis venas y que el ligero escozor se volvía efervescencia debajo del calzón. No habían transcurrido 15 minutos y de mi autocontrol no quedaba ni rastro.

Me besó en la frente, paternalmente. Le devolví la delicadeza con un beso, largo e intenso en la mejilla.

-       ¡Julieta!!! ¿Está segura de seguir con esto? – me susurró al oído. Me mordió suavemente en el lóbulo.

-       ¿Y Ud? – repliqué. Curiosamente seguíamos tratándonos de Ud.

Apoyó sus labios en los míos, se incorporó me tomó de la mano y propuso:

            -     Vamos a ducharnos, entonces, trabajamos todo el día – previo abrazo y beso largo, apasionado  la emprendió con el primer botón de mi blusa.    

Nos desnudamos, casi con precipitación diseminando las prendas en el piso y entramos al recinto cilíndrico de la ducha. Mis tetas, concha y cola deben haberse convertido en las más limpias del universo, dada la dedicación que le dispensó. Por mi parte, no podía creer que mi jefe tuviese un “bate” tan duro como el que palpé al jabonarlo, enjuagarlo y manosearlo con lujuria. Me pareció de buen tamaño y me estremecí imaginándolo dentro de mí. La apreciación no era errónea, de hecho más tarde en plena acción me arrancó varias quejas de dolor al embestirme.

Nos secamos, desprolijos, apurados y nos zambullimos, abrazados, en el colchón después de retirar el cubrecama y la sábana de arriba.

Mi jefe se hundió entre mis piernas y la emprendió a lengüetazos en mis labios mayores y el clítoris. No se hizo esperar mi primer orgasmo. No había dejado de temblar de placer, cuando sentí su verga recorriendo mi vagina por afuera, subía y bajaba rozándome suavemente. No lo dejé que siguiera con el juego, estaba frenética, empujé con desesperación introduciendo su carne dura en mi cueva incendiada. Ahí si, comenzó a cogerme sin más firuletes. Segundos después estaba hecha un volcán; gemí, suspiré, le grité mi placer. El a su rabo le añadió el valor agregado de increíbles caricias (algunas inéditas para mí. Tanto me gustaron que le pedía “replay”) y el susurro de  hermosas palabras: “diablita deliciosa…”, “que dulce estar dentro tuyo…”, “me está faltando otro beso…”, “haceme otro mimo de pelvis…”, “es todo tuyo…”,………. 

El placer de hacer el amor es como el fuego y si no se comunica, languidece. El hizo que me sintiera una Afrodita “number one”. Su orgasmo, (tuve la sensación de que me regaló como medio litro de semen tibio), fue precedido por lo menos por dos míos, con desparpajo de fluidos femeninos a juzgar por la mancha húmeda que dejé en la sábana.

No recuerdo, en toda mi vida, una cogida tan soberbia como la primera que tuvimos esa tarde de desenfreno. Al dejar el hotel me había montado,  dos alucinantes veces más y nos habíamos higienizado, mutuamente entre polvo y polvo, igual cantidad de veces (prolongamos a 3 hs el turno). Sin embargo la primera fue superlativa y resiste cualquier comparación.

Si alguien, antes de esta experiencia, me hubiese sugerido que hacer el amor con un hombre mayor me resultaría tan gratificante habría pensado que estaba desquiciado o bebido.

El día siguiente, Ignacio me juró que no había tenido la intención menos imaginado ni por asomo que, al proponerme la visita al hotel, sucedería lo que sucedió. Pensó que sería divertido mi empacho y otras ocurrencias por la situación nada habitual.

-       Ayer viajamos a la estratósfera. Fue grandioso. Ahora estamos con los pies en la tierra y  debemos asumir que la vivencia es el pasado y nos debemos prohibir el uso del espejito retrovisor -  me dijo con los ojos en los ojos y apretándome las manos.

-       ¡Claro! Será lo mejor – me escuché decir. No lo sentía así.

Pero, hasta hoy, ha sido así. Nunca más aludimos al encuentro erótico que posibilité con mi imprudencia, bocaza y posterior falta de control de mis instintos. 

A diario me asaltan sentimientos encontrados: pena por la deslealtad para con Luís, no de culpa ya que como quedó dicho “me pasó” no la “hice”, sin embargo si tuviese acceso a Cronos le pediría, rogaría, que me retrotraiga a esa tarde de martes de marzo en el instante en que, mi jefe Ignacio, me besó apasionada y prolongadamente por primera vez, antes de entrar en el “baño romano”……

 

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