MARIANNE, LA AMIGA DE MI ESPOSA
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

MARIANNE, LA AMIGA DE MI ESPOSA

Anonimo escribió "..Marianne, es una de
esa hembras con las que cualquier
hombre fantasea. Toda una femme fatal.
Tiene un cuerpo espectacular, donde
sobresalen unas hermosas tetas de
mediano tamaño, torneadas piernas,
amplias caderas y un lindo rostro, con
carnosos labios.
A sus treinta y cinco años todo en ella
parece ser un volcán en constante
erupción.
Es amiga por años de mi mujer y fue
precisamente ella, quien me la presentó,
advirtiéndome desde entonces de sus
irresistibles atractivos.
Aquella vez, mientras cenábamos me
costó mirarla a la cara fijamente. Una
porque mi esposa podría reclamar el
descaro y otra, debo confesar, porque le
brota la sensualidad por todas partes y eso
me incomodaba.
Siempre se jactaba de sus cuerpo,
meneándose, contorneándose,
provocando. Era la envidia de casi todas
sus amigas. Siempre rodeada de hombres
dispuestos a todo por estar junto a ella.
En más de una oportunidad me hice
tremendas pajas soñando con ella.
Imaginando espectaculares cogidas y casi
siempre deliraba acabando en su cara.
Un par de ocasiones en que compartimos
reuniones sociales, pude bailar con ella y
era evidente que la hembra disfrutaba
provocando a destajo. Roces fortuitos, una
mano que se deslizaba
intencionadamente, y las inevitables
conversaciones sobre sus últimas
conquistas.
Siempre se caracterizó por cambiar
constantemente de parejas. Y esto era
tema obligado para los chismes de sus
amigas.
Recuerdo que la primera vez que se me
cruzó una idea de concretar mis fantasías,
fue en una cena de amigos. Esa noche
llevaba puesto un vestido largo color negro,
semitransparente, que contorneaba su
espléndida figura. El amplio escote
evidenciaba que no llevaba sostén y el
colaless era perfectamente visible.
Nuestras miradas se cruzaron en más de
una oportunidad y fue mientras mi mujer
partió al baño que se desencadenó mi
contenida lujuria. Tomó la iniciativa y
salimos a la pista a bailar. Apenas nos
coménzábamos cambió la música y
comenzaron a sonar boleros. La muy zorra,
sabiendo cuánto producía en un hombre el
contacto con su cuerpo, se apegaba a mi
bulto que no tardó en manifestar una
tremenda erección. Sin ninguna vergüenza
y dándose por enterada, me preguntó por
mi vida sexual con mi esposa. A lo que
respondí que no estaba nada de mal, pero
que por períodos habíamos caido en la
rutina. Entonces comentó sin escrúpulos.
- A mí lo que me sobra es la imaginación
cuando estoy en la cama.
Dijo esto mientras se humedecía los
labios y con una mano se arreglaba el
colaless diciendo:
- Se me ha metido muy adentro.
A esta altura yo lo único que quería era ir al
baño a meneármela, porque de verdad
tamaña erección, me estaba doliendo.
- ¡Mujer! es que tú no tienes compasión por
uno.
Y se rió mientras se frotaba decididamente
en mi bulto.
- No imaginas cuánto me excita ver las
cara de un hombre cuando arde de deseo
por llevarme a la cama.
- Y habrás tenido muchos? - pregunté
ingenuamente, cuando sabía que
prácticamente los desechaba luego de
haberlos cogidos un par de veces.
- No tantos como imaginas. Pero los he
disfrutado a cada uno. Eso sí nunca me
cansa. Siempre quiero cosas nuevas.
Estábamos en eso cuando mi esposa
regresó del baño y prácticamente tuve que
sacarme a Marianne de encima.
Volvíamos a la mesa me susurró.
- Me pude dar cuenta quue no te soy
indiferente. Ví como me mirabas en la
mesa y como te pusiste mientras
bailábamos.
- Eres muy caradura - le respondí.
Marianne sonreía impúdica.
Pasaron algunas semanas y a propósito
de un viaje de negocios, tuve que salir de
la ciudad. Seguramente mi mujer le
comentó que estaría fuera. Hasta allí todo
bien. Pero una vez en el bus me llevé la
gran sorpresa. Ella estaba alli también. Me
miró con risa pícara y dijo:
- Así no será tan aburrido el viaje ¿no te
parece?.
La calentona había comprado el asiento
contiguo al mío. Y luego de preguntas
tontas, al rato mi asombro dejaba lugar a
la fantasía. Estaba allí al alcance de mis
manos. Porque de coincidencia nada, la
zorra se subió al mismo bus para pasarlo
bien, y la calentura se comenzaba a
apoderar de mí.
Al poco rato se hizo de noche. Las luces se
apagaron y el auxiliar del bus, nos
acomodó unas frazadas y una almohada.
Luego de unas bebidas las manos
comenzaron su tarea de búsqueda
lujuriosa.
Marianne se acercó a mí y bajo las
frazadas, comenzó a hurguetear mi jeans.
- No creas que esperaré hasta llegar a un
hotel, amenazó mientras me besaba las
orejas y el cuello.
De verdad, esta hembra se había ganado
fama entre sus amigas, incluyendo mi
mujer, de ser muy fogosa e inescrupulosa.
Eso me lo confirmaba con esta descarada
faena. Varios amantes a su haber, unas
tórridas relaciones, generalmente con
hombres casados y algún rumor de
supuesto lesbianismo.
Era una verdadera gata en celo.
Succionando, abrazando, arañando,
gimiendo.
Con increíble habilidad, desabrochó mi
jeans y lentamente comenzó a
masturbarme. Tuve que hacer milagros
para no gemir. Apretaba mi tronco y lo
soltaba suavemente, a la vez que
mordisqueaba mi oreja. Llegaba hasta el
glande casi haciéndome gritar de dolor y
soltaba. Era una sensación divina.
A ratos olvidaba donde estaba. Pero no
dejaba de pensar que a nuestro alrededor
dormían otros pasajeros. Bueno eso creía
yo. Porque Marianne gemía y no hacía
nada por evitar sus sollozos.
Tenía tal habilidad con las manos. Mi
miembro parecía estallar, ella se
percataba de aquello y se detenía. Era una
tortura deliciosa.
- No dejaré escapar ni una gota, sentenció
y bajó la cabeza y comenzó a chupar como
desesperada.
Mis manos buscaban aferrarse a las
butacas a la vez que Marianne subía y
bajaba chupando mi tronco como poseida.
No me contuve más y descargué una
primera explosión de semen en su boca.
No sé cuanto eyaculé pero los sorbos no
escaparon de su boca, tal cual prometió. El
placer era indescriptible. Ella alzó la
mirada y sacó la lengua como saboreando
un manjar.
- ¿Disfrutaste? - Y aún no te he hecho el
amor. Sonrío.
- Eres fantástica. Realmente no entiendo
cómo lo haces... respondí.
- Bueno, la práctica lo hace todo.
Comentó al tiempo que me cerraba el
cierre del pantalón y se sentaba arreglando
las frazadas.
Al rato nos dormimos. Y creo que hasta
soñé con esta hembra que ya me volvía
loco.
Llegamos a nuestra ciudad de destino y
tuve que preguntarle:
- ¿Tienes hotel o...?
- ¿...O me invitas al tuyo? pregunto ella.
- No te dejaría escapar por nada, le dije.
Arribamos al hotel al cabo de un rato de
viaje en taxi. Tuve que cambiar mi
habitación single por una matrimonial.
Recién entrando a la pieza, me lanzó
contra la pared y se colgó a mi cuello.
Besando desesperadamente, apretando,
gimiendo. Mariana parecía impulsada por
una fuerza externa a ella. Su mirada ardía,
todo en ella era pasión y desenfreno.
Yo sobaba sus senos, erguidos y duros
tras la blusa y el sostén. Buscaba
afanosamente su culo bajo la minifalda de
cuero. Las medias y las pantys me
impedían alcanzar cómodamente la
concha que ardía bajo el colaless
humedecida por la pasión.
La lancé sobre la cama y ella se subió la
falda abriendo las hermosas piernas,
torneadas y enfundadas en las sedas
negras.
- Me debes la de anoche - dijo, al tiempo
que se arreglaba la frondosa cabellera
castaño claro.
Lentamente me saqué la camisa y me
arrodillé junto a la cama.
Era verdaderamente hermosa. Sus
zapatos de charol negro terminaban en
enormes tacos, una fiesta para el fetiche.
La acaricié. La besé apasionadamente,
casi mordiéndola. Ella apretaba mi cabeza
como no queriendo dejarme escapar.
Gemía y pedía más
- Ahora sabrás lo que es una buena lamida
de concha, le dije.
Y me dispuse a desnudarla. Primero
busqué suavemente el portaligas, y una a
una desabroché las ligas de las medias.
Mientras se las quitaba iba lamiendo sus
bien depiladas piernas. Marianne
susurraba de placer.
Ya sin zapatos ni las medias de seda, le
mordisqueba los dedos, cuidadosamente
pintados. Me detenía en sus rodillas
anunciándole mi pronta llegada al interior
de sus rosados muslos. La firmeza de sus
piernas nada tenían que ver con sus 38
agitados años. Todo en ella era belleza.
Hundí mi cabeza en su entrepierna
buscando la humedad de su sexo. Ella se
contorsionaba y apretaba.
- ¡Qué riiiicoooo.agghhhhh!
- Me vas a matar de
placer...mhmhhmmhmmm.
Completamente dedicado a la labor de
hacerla gozar llegué hasta su mojadosexo,
pude darme cuenta que estaba empapada
y un delicioso aroma a hembra en celo
brotaba desde su interior.
El diminuto colaless estaba encajado en
su mojada y roja hendidura. Unos cuantos
rizos asomaban. Y no dejaba de lamerla.
Mi lengua empapaba más el negro encaje
de la prenda y con mis dedos se la separé
para adentrarme en ella. Hacía esto y ella
se contorsionaba y jadeaba, hasta que
acabó en un soberbio orgasmo.
- Acaaaabooo...aghhgggghhhh
Y se quedó inmóvil apretando firmente mi
cabeza. Jamás creía que gozaría de esa
manera. Aguardó unos minutos como
disfrutando la eternidad y no me dejó salir
de entre sus piernas. Al rato, se quitó ella
misma la blusa y se incorporó. Quedó de
pie encima de la cama sólo vestida en el
delicado y excitante conjunto de encaje
negro.
Desde abajo, contemplé la perfecta silueta
de Marianne. Su metro 70 estaba
perfectamente proporcionado. El bello
rostro coronado del cabello castaño,
coronaba la majestuosidad de un busto
mediano. Y todo encima de las bien
torneadas piernas.
- ¿Te parezco linda...? preguntó
- Eres maravillosa. ¿Qué más te puedo
decir?, respondí.
Marianne se puso de rodillas, como gata
en celo y apoyó la cabeza en las
almohadas. Aquello fue invitación para
subirme y acomodarme tras ella. Busqué
su cuello, su espalda, Besé su
espectacular trasero cubierto sólo por el
delgado hilo negro. Mordisqueba esos
gluteos como poseído. Casi fuera de mí.
Ella sonreía con la cara llena de gozo. Por
unos instantes estuve en esa posición.
Hasta que se dio vueltas quitándome de
su lado.
Me lancé sobre ella a buscar sus labios.
Me froté como un loco sobre su cuerpo
sobando los firmes senos que tapaba el
encaje del sostén. La desvestí y chupé los
exquistos pezones rosados, erguidos y
enhiestos. Los succioné como un niño
hasta causarle algo de dolor.
Su vientre quemaba. Marianne ardía toda.
Un pequeño ombligo adornaba ese
turgente abdomen. Y por unos minutos lo
besé. Esto al parecer le provocó una nueva
sensación de gusto, porque jadeó
intensamente.
Pero la concha empapada invitaba a ir por
ella. Lentamente me deslicé hasta llegar a
esa pequeña y bien depilada mata de
pelos que coronaba su clítoris.
Sus labios eran verdaderas ventosas que
ella contraía para apretar la punta de mi
lengua. Impresionantemente, el clítoris
apuntaba en la caverna carmesí de su
sexo. Fue un verdadero festín para ella los
minutos que lo chupé.
- ¡Queee riiiiiicooooo..ohgggghhhhh...!
Y un nuevo orgasmo se aprisionó de su
cuerpo. Temblaba de placer y unas
cuantas palabras ininteligibles
pronunciaban sus labios. Apenas la
palabra más, más, más se podía
comprender.
Los senos turgentes tiritaban. Y luego de
quitarle el sostén, me dediqué a lamerlos
con gran pasión. Esto le provocaba un
evidente placer.
A esta altura mi miembro ya adolorido por
la tremenda erección, se asomaba fuera
de mi zunga. La cabeza de color rojo
oscuro, brillaba y me provocaba una
exquisita sensación cada vez que rozaba
su bajovientre.
Me alcé sobre su cuerpo y avancé hasta
quedar a horcajadas sobre sus pechos.
Con notoria maestría lo apretó con
suavidad precisa. Lo sobó, y era
indescriptible el placer. Cada vez que
empujaba hacia su cuello, el glande
parecía reventar por la presión. Estuvimos
un momento, ella pajeándome con sus
senos y yo gozando como loco.
No aguanté más y dirigí mi miebro hasta
su boca. Acomodándose, abrió la boca y
con la punta de su lengua comenzó a
lamer. Escupía la cabeza y chupaba. Con
enorme destreza lo hacía y hasta
mordisqueaba el tronco cuando entraba
casi hasta su garganta.
La cogí como si sus labios fueran una
vagina ardiente y lubricada. Con las manos
afirmadas en el respaldo de la cama y sin
dejar de menearme sobre su rostro,
temblé cuando un caudal de semen salió
disparado desde mi miembro. Sorprendida
por la cantidad, Marianne no pudo tragar el
río de leche que había brotado. Y un
espeso chorro blanco rebalsó por la
comisura de sus labios carmesí.
Desesperadamente evitó que se
escurriera y con sus dedos limpió lo que le
corría por el cuello. Y escupiendo aún más,
se frotó sus tetas con el semen.
Era endemoniadamente excitante verla
lubricarse las redondeces de sus tetas.
- ¡Ahora cógeme! reclamó.
- Tengo que recuperarme, le contesté
mientras me tumbaba a su lado.
- De eso me encargo enseguida - dijo esto
y se arrodilló a chupármelo con algo de
violencia.
- Mhhh mmmhh. Riiiiiicooooo - susurraba
al ver su cabeza subir y bajar.
Tomó apenas unos minutos en elevarme
de nuevo. Sin perder tiempo se montó
encima mío y con gran maestría tomó mi
falo con su mano derecho apuntó hacia su
orifició y se empaló de una sola bajada.
Un ahogado grito fue señal de que le dolió
la repentina ensartada. Pero fue nada más
eso, porque empezó a cogerme de una
manera espectacular. Subía y bajaba.
Apretaba el tronco y lo soltaba. Hacía esto
con unos movimientos circulatorios que
me causaban infinito gozo.
Ella misma apretaba sus pezones. Se
escarmenaba la cabellera y volvía a
sobarse las tetas. Con su diestra buscó su
clítoris y apenas lo acarició con sus dedos,
estalló en un grito.
- ¡Me cooorrrrrroooooooooo.oghhhhhhhh!
Y se quedó estática sobre mí. En
segundos su cuerpo entero temblaba. Un
orgasmo increíble y comenzó de nuevo a
subir y bajar.
Por nada del mundo perdería la
oportunidad de penetrar el hermoso culo
de Marianne. Y la levanté suavemente
hasta dejarla de rodillas.
- Házmelo con cuidado. Está demasiado
grande me puede doler - advirtió, sabiendo
lo que me traía en mente. No es que tenga
un arma descomunal. Mi erección anda por
los 18 cms. pero la lujuria desatada,
acrecentaban de manera extraordinaria el
grosor de mi falo. Y eso lo había sentido en
su ardiente vagina. Lubricado por los jugos
de su concha apunté el glande hacia el
rosado orificio anal de Marianne. No sin
antes juguetear desde la raja de su sexo
hasta la entrada semidilatada de su culo.
Suavemente empué, dando pinceladas
húmedas. Escupiendo hacia él, conseguí
mojarlo más a lo que seguí mi primer
intento por encularla.
- Ayyyyyyyy. Despacio. se quejó.
Me eché hacia atrás y nuevamente apunté
hacia el esfinter mojado de su trasero. Más
de la mitad de la cabeza había perforado el
hoyo. Y dando un empellón, no sin
causarle algo de dolor, entró completo el
glande. El placer era increíble. Jamás
había gozado como esa noche. Me quedé
quieto, aguardando su reacción. Marianne
jadeaba pero comenzaba a menear el culo
con movimientos circulares y ascendentes.
La dejé hacerlo hasta que di un empujón y
entró la mitad del tronco.
- Dueeeeleeee - dijo casi en un grito.
Sin piedad me lancé de nuevo y conseguí
ensartarla entero. La apretada y quemante
funda de su caverna, era sensación nunca
antes experimentada. Digo esto porque
enfundaba mi tronco con suavidad.
Contraía y dilataba la musculatura del
recto, como o queriendo dejarlo salir.
La majestuosidad de su trasero relucía.
Los rosados gluteos, se movían sin cesar.
Ella misma se desplazaba hasta mis
testículos. Y se lo enfunfaba todo. Sin
muestras de dolor, por el contrario,
Marianne se enculó todo mi sexo hasta
hacerme estremecer.
Cuando presentí que iba a acabar, saqué
mi miembro que ardía desde su interior,
apunté hacía el cielo haciéndome una
paja, pero Marianne advirtió esto y se dio
vueltas. Trató de arrodillarse pero el
semen estalló en su cara, en su pelo y en
sus tetas. Chorros de leche brotaron
ardientes desde el falo lubricado.
Marianne, como gozando particularmente
con el viscoso líquido, se bebió todo lo que
pudo esparciendo el resto por todo su
cuerpo. Caí rendido por la espectacular
acabada luego de lo cual sentí sus
pegajosas manos acariciar mi traspirada
espalda.
Piernas abiertas, con la concha mojada
sobre mí, masajeó con destreza mi cuello y
mi espalda.
- Mañana será otro día - amenazó. Ahora
estoy cansada y quisiera dormir algo.
- En el bus te lo chupé tres veces mientras
dormías - confesó - y voy a descansar.
- ¿Lo chupaste mientras dormía...! -
pregunté sorprendido, sabiendo que al
despertar en el bus noté mi zunga
pegajosa y manchada.
La zorra se lo había tragado todo y no me
dí cuenta.
Se durmió antes que mí por lo que tuve
todo el tiempo para contemplar semejante
belleza. Con un poco de sentimiento de
culpa, pensé en mi mujer. Aunque creo,
ella siempre ha instuido que Marianne se
metería conmigo. Mal que mal, era uno de
los pocos de nuestro círculo que no se la
había cogido.
Lo que sucedió al despertar, es motivo
para otra historia.

OMAR,Chile "..

 

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