Ella era hermosa. Siempre lo fué. Pero por esos días estaba especialmente atractiva.
Su cabello azabache, su tez trigueña, sus profundos ojos, sus generosos labios... Todo en ella parecía haber tomado un brillo especial. No es que antes no le haya prestado atención, pero esa mañana en la que nos cruzamos en el mercado hizo que la viera de manera diferente. Se había puesto una remera blanca muy ajustada a su cuerpo, orgullosa de su embarazo. ¡Qué linda y radiante estaba!
Si bien éramos vecinos, no teníamos una relación muy fluída. Sólo la normal, muy cordial y amigable. Pero nada más que eso.
Pero ese día...
Ambos salíamos del mercado. Yo había comprado lo justo y necesario para el momento, y ella, iba a salir abarrotada de bolsas. Gentilmente, me ofrecí a ayudarla a cargar lo del mandado, ya que ambos íbamos en la misma dirección (su casa estaba justo frente a la mía).
Caminamos hablando de lo usual: el calor, la humedad, la lluvia que se hace desear...lo usual.
Llegamos a su casa, y la ayudé a entrar toda su carga. Me ofreció algo de beber, y yo le acepté.
Mientras bebíamos, hablábamos.
La charla se hizo muy amena. Le pregunté por su embarazo, cuánto tiempo más le faltaba para dar a luz, y me respondió que sólo estaba a 3 semanas de ser madre. Pero a pesar de su belleza (impactante), logré notar en ella un dejo de tristeza y amargura. Me aventuré a mencionárselo.
Ella soltó una lágrima.
-"..Mi marido...desde que estoy embarazada, me ha descuidado...Me siento terriblemente mal, ya que, al parecer, ya no soy una mujer atractiva para él..."..
Enmudecí. Ella lloraba, y yo no sabía qué hacer o decir para calmarla y animarla.
Me acerqué, y acariciándole el cabello le dije que ella era una mujer verdaderamente atractiva. Ella me miró a los ojos (con esos ojos profundos, ahora húmedos) y me abrazó buscando consuelo.
Yo la abracé. Y nos quedamos unos instantes así, en silencio.
No sé cómo, pero cuando quise darme cuenta de lo que estaba pasando, nos estábamos besando.
Tiernamente, nuestras lenguas se entrelazaban y buscaban el placer del otro.
Mi mano buscó su pecho, y acarició sus senos provocando que sus pezones se endurecieran y se marcaran en un firme relieve, dejandose ver a través de su remera blanca.
Fué entonces que ella se quitó la remera, y al instante mi lengua buscó sus tetas. Era increíble, ella gemía de una manera provocadora, mis manos apretaban sus pechos y mi boca recibía su tibia leche materna. Nos tendimos en el sofá, y ella buscó con su mano mi miembro, que a estas alturas estaba a punto de estallar. Se inclinó, y se lo tragó completo. Lo chupó, lo lamió, lo acarició y lo volvió a tragar.
Luego se quitó la pollera y las bragas, y se posó sobre mí. Con su mano condujo mi pene hasta su tibia y húmeda concha, y la penetré suavemente.
Fué el momento más sublime: Gimió de tal manera que me estremeció.
Hicimos el amor durante toda la tarde, y durante todas las tardes hasta que dió a luz.
Al niño, le puso mi nombre.