Recuerdo que cuando tenía 15 años formaba parte de un grupo de Acción Católica. A esa edad no tenía ningún tipo de interés religioso, sólo concurría a las reuniones por la sencilla razón de que éstas estaban repletas de chicas de mi misma edad y también más chicas. Recuerdo haber sido impactado por una de ellas -por razones de discreción la voy a llamar María. María era simplemente una belleza ya a los 13 años (yo contaba con 15), cabello castaño claro, casi rubio, ojos color miel y un cuerpo que ya acusaba de ser una verdadera escultura en unos pocos años.. dos pechos que empezaban a asomarse, una colita que empezaba a pararse y su cintura, de a poco, empezaba a afinarse. Por supuesto, al empezar a trabar amistad con el resto de los chicos del grupo, todos ya estaban hipnotizados por el capullo que iba tornándose en una rosa roja, hermosa y prohibida.
Recuerdo que de a poco fui acercándome a ella, llegando a tener alguna que otra charla larga, y noté que ya había advertido el efecto que causaba en todos los púberes masculinos que estaban a su alrededor. De alguna manera esto me cohibió, puesto que, en mis charlas con ella, entendí el mensaje con una carga de soberbia.
En las misas dominicales, yo me desempeñaba como músico, tocando varios instrumentos junto con otros amigos en la misma actividad. Mi mirada no podía despegarse de la silueta de María, sentada muy correctamente en el primer banco de la iglesia, o leyendo las citas del nuevo testamento, parada muy erguida delante del atril.. todo esto, haciendo honor a su interés por el catolicismo.
Pertenecí al grupo de Acción Católica por 2 años, y durante este tiempo fui testigo del desarrollo de su cuerpo, del nacimiento de los pétalos que formarían parte de las flor más deseada. A los 15 años, su cuerpo ya desarrollado casi por completo y su cara de inocencia, la transformaron en una mujer que, sin duda, despertaba los más bajos instintos en cualquier hombre que sólo la mirara. Sus hábitos de vestimenta cambiaron aunque sin dejar se ser formales (no olvidemos su devoción a la iglesia católica), pero la formalidad no podía, de ninguna manera, dejar de traslucir el contorno de un cuerpo envidiable. Sus pechos lucían erguidos, apenas acariciados por una blusa blanca que dejaba entrever cómo su ropa interior acentuaba su firmeza. Pantalones de vestir negros, sólo ceñidos en la cintura, mostraban a ciencia cierta que su cola y sus caderas no podían pedir más a la madre naturaleza.
Podría contarles a Uds. lectores, algunos otros episodios de un campamento de verano al que concurrimos todos, pero ella, MUY católica, nunca mostró su cuerpo en todo su esplendor, y prefiero esa imagen de mujer formal que tanto hizo volar mi imaginación, llegando a soñar muchas veces, cómo la despojaba de sus ropas y de su vergüenza, haciendo uso del "..pecado mortal".. del sexo y llevándola a límites insospechados del placer terrenal, pero les aseguro que hasta entonces nadie llevó esas fantasías a la realidad.
Hoy cuento con 24 años y pasaron 7 de la última vez que había visto a María. Mi experiencia se ha incrementado bastante en lo que a mujeres se refiere, pero nunca olvidé a María.. muchas veces tuve la sensación o el presentimiento de que me la iba a volver a cruzar, pero esas cosas quedaron sólo en pensamientos.
El último verano tuve que trabajar en el sur argentino, más precisamente en 3 ciudades: Bariloche, San Martín de Los Andes y El Bolsón, desempeñándome como músico de un grupo de tango perteneciente a uno de mis maestros de música. Cuál fue mi sorpresa al bajar del escenario una noche en SMDLA y encontrar entre el público a ella: María. Una fuerte alegría me invadió, acompañada de viejas sensaciones que ella me provocaba en mi adolescencia. Mayor fue mi sorpresa al encontrarme con una mujer de 22 años infinitamente más hermosa de aquella "..niña".. de 15, vestida para el infarto y maquillada muy suavemente, lo que dejaba a la vista el poco cambio de sus facciones. Su cuerpo se había desarrollado aun más, y en ese mismo momento olvidé completamente su imagen de nena de 15 años para reemplazarla por la de una mujer que me atrajo desde todos sus ángulos. Fue la primera vez que pude contemplar sus piernas al verla vestida con una minifalda ajustada, sus tetas levemente descubiertas por una blusa roja. La mujer ante mi me dejó absorto y me excitó sobremanera, sus gestos y sus facciones no hacían otra cosa que seducir.
Nos quedamos charlando en una de las mesas del bar en el que había tocado, yo todavía vestido con el traje negro que usaba para las presentaciones del grupo. Empezamos a contarnos de nuestras vidas en los últimos tiempos. Me contó que hacía un mes había cortado con un año de noviazgo, que trabajaba de profesora de Educación física, que había venido al sur con una amiga y algunas otras cosas que no vienen al caso. Mientras la observaba hablar, fumar, cruzar sus piernas, exhibir parte de su cuerpo, mi excitación iba subiendo y sólo una idea pasaba por mi mente: hacer realidad mis fantasías de adolescente y las nuevas que, muy rápido, ocupaban mis pensamientos. Hice uso de todas mis herramientas de seducción, a las que ella reaccionaba de manera favorable, sonriéndome, o mirándome de manera insinuante, pero un instante después me di cuenta que no sería yo quien tomara la iniciativa en el renacer de nuestra relación. Paso a detallarles la cumbre de nuestra charla:
- María, sabés que, de chicos, fuiste mi amor imposible.
- Sí, lo sé, aunque debo reconocer que siempre fuiste muy discreto conmigo.
- No tenía otro remedio, siempre estabas rodeada de alguien que pretendía algo con vos. De chica ya eras una belleza, y ahora muchísimo más, nunca se me cruzó por la cabeza que me fueras a dar bola.
Se sonrió.
- El tiempo fue benévolo para vos, por lo que veo. Aquel rebelde músico que moría por el rock & rol, de pelo largo hasta la cintura y campera de cuero, hoy es un hombre, un artista de verdad, que luce muy sexy en ese traje negro. Te vi en el escenario, te reconocí enseguida y no te pude sacar la mirada de encima. Desde chica que me interesaste, sólo porque fuiste el único que no intentó nada conmigo. Eso me reventaba. En mi soberbia adolescente no podía concebir que faltara uno de los chicos, que uno no se interesara en mí. Y ahora el destino me da la chance de volverte a ver...
Dejó la frase inconclusa, casi. Me acerqué a ella y la miré a los ojos, cargada mi mirada de lujuria. Fue sólo acariciarle una mejilla para que ella me besara. Fue un beso cargado de pasión, nuestras lenguas ocupando bocas ajenas y nuestras manos haciendo justicia al tiempo perdido. Me di cuenta que sus convicciones católicas eran ya obsoletas y estaban archivadas, porque sus manos buscaron enseguida los botones de mi camisa y enseguida mi pecho. Para disfrutarla más la senté sobre mis piernas y mis manos iban recorriendo su cintura hasta llegar al costado de esas tetas tan ansiadas y soñadas, mientras las suyas acariciaban mi pecho y pellizcaban mis tetillas. Mi asombro era demasiado, pero mi excitación fue mucho mayor, más aun cuando, sin dudarlo, buscó mi pene erecto bajando el cierre de mi pantalón. En ese preciso instante la invité a mi habitación de hotel, a lo que ella contestó: No, mejor vayamos a la mía. En el trayecto, en el taxi que nos llevaba, no dejamos de besarnos ni acariciarnos, la calentura subía y subía. En cuanto subimos al ascensor del hotel me le abalancé como un león en celo, acercándola a mi cuerpo, levantando con mis manos su minifalda, tocando su cola tan dura y firme y empujándola contra mi barra de hierro, a lo que ella respondía con movimientos circulares de su pelvis y levantando su muslo hasta mi cintura, lo que me volvió casi inconsciente de tanta excitación. Llegamos al 7º piso del hotel justo a tiempo porque, un minuto más y me iba en seco. Ya en la habitación y ambos a medio desvestir, María tomó la iniciativa y se acercó a mí con la misma intensidad con la que yo lo había hecho ni bien entramos al ascensor. Mientras me besaba el cuello y el lóbulo de las orejas como nadie hasta entonces lo había hecho, volví a levantar su minifalda y con mis manos llegué a su vagina. Era tal la humedad que mi mano estaba totalmente mojada de ese elíxir divino y, hasta entonces, prohibido. Su clítoris estaba duro y mojado, sus caderas acompañaban el movimiento de mis dedos explorando su vagina y sus gritos de placer, sus jadeos, el escuchar sus gemidos tan cerca de mi oído me excitaba aún más. Su cuerpo se estremecía contra el mío y su excitación llegó a tal nivel que sus besos y sus caricias en mi cuello y mis orejas se tornaron mordiscos... mis manos abandonaron su entre pierna para subir lentamente por su cintura y casi desgarrar su blusa roja. Ante mi estaba la encarnación del deseo más oculto en mi memoria: las tetas más maravillosas y perfectas que jamás había visto, dentro de un corpiño color azul, apenas transparente, casi ansiosas por salir de su prisión. Sus pezones erguidos se marcaban en la punta del corpiño. Ella me miró a los ojos, y dándose vuelta, hundiendo sus manos en su pelo, lo desabrochó. En ese momento me acerqué a ella, apoyado mi exagerado bulto en su culo descubierto por la minifalda levantada y deposité en mis manos el tan ansiado tesoro. No podía creer lo que estaba pasando, tenía a mi merced ese cuerpo tan deseado por tanto tiempo. Sus tetas se endurecían al contacto con mis manos, sus pezones se erguían, y sus jadeos me volvían literalmente loco. No podía despegar mis manos de tal obra de arte de la naturaleza. Pero mi intención era disfrutar ese cuerpo, esa mujer, hasta la última gota de pasión que tenía en mi alma.
Mi trabajó se triplicó, mientras mis manos tocaban y acariciaban sus tetas, mis labios besaban su cuello, mis dientes y mi lengua se encargaban de sus lóbulos, y mi pene frotaba contra su culo semi vestido. En ese momento sus jadeos fueron tan intensos, sus movimientos tan rápidos que me dijeron que había llegado al primer orgasmo. Agitada, transpirada, dándose vuelta me dijo: "..no puedo creer esto que estamos viviendo, ni lo fuerte de mis sensaciones hacia vos. Te estoy deseando como nunca deseé a nadie en mi vida.".. Me recostó sobre la cama y ella se quedó parada mientras la veía terminar de desvestirse, deslizando muy suavemente, primero su minifalda, después sus medias, por todo el largo de sus piernas. Lentamente se recostó a mi lado y apoyó todo su cuerpo contra el mío, besándome y acariciando mi pecho. De a poco su mano fue bajando hasta encontrarse con mi pantalón, del cual se deshizo en una fracción de segundo. Sin dejar de besarme tomó mi pene, que se encontraba en estado de explosión. Movía su mano con movimientos primero lentos, después acelerando, hasta que vi como su pelo se iba deslizando a lo largo de mi pecho, y su cabeza se alejaba hasta encontrarse cara a cara con mi pene. Sentí cómo sus labios besaban la cabeza y más me excitaba y mi pene más crecía y se endurecía, hasta que empezó a chupármela con un ritmo lento. Sentía su lengua rozar contra la cabeza y sus labios recorrer toda su longitud. De repente corrió su pelo a un costado para dejarme ver cómo jugaba con su lengua sobre la cabeza de mi barra de hierro, dura, roja, mojada y desesperada por sexo. Hundía mi pene en su boca moviéndose en todas direcciones, hasta que le pedí que pare, que quería llegar a mi orgasmo con ella.
Ella me sonrió. Acercándose a mí volvimos a fundirnos en un beso acompañado por caricias por todos nuestros cuerpos. Sentado contra el respaldo de la cama, ella se subió encima mío, tomando mi pene en sus manos y apoyándolo apenas en la puerta de su vagina. Su humedad era tal, que se la enterró como si nada. Ella, muy despacio y con movimientos y gestos muy sensuales, se movía en todas direcciones, cada vez más rápido. Sus gritos y jadeos se intensificaban con los movimientos. La tomé por la espalda con una mano y con la otra tocaba una de sus tetas. En mi boca tenía su pezón, duro, erguido.. ella no dejaba de moverse y de gemir, y yo no dejaba tocarle y chuparle esas tetas tan hermosas. Recorrí con mis manos su cintura acompañando el movimiento de sus caderas hasta que las posé en sus nalgas que se sacudían al chocar contra mis piernas, hasta que llegué hasta su ano. En ese momento ella gritó muy fuerte, le pregunté: "..¿te duele?".., y ella contestó casi gritando "..no, me encanta!!!".., había tenido otro orgasmo. Se bajó de mi y se puso en 4 apoyando las tetas sobre las sábanas y arqueando su cintura. Apoyé la punta de mi pene en su ano y de a poco fui presionando. Cada vez que intentaba penetrarla oía un jadeo, lo que me excitó todavía más y de un golpe se la metí hasta el fondo. EL grito fue terrible, pero no me importaba nada. Desde arriba veía como su ano se iba abriendo como un alcaucil hervido. El bombeo no se prolongó mucho, le avisé que estaba a punto de acabar. Me dijo "..por favor, sacala".. ella se dio vuelta y chupándome el pene como desesperada me provocó un orgasmo único en mi vida. Mi leche fue a parar la mitad en su boca y de tanta cantidad, la otra mitad a las sábanas.
Fue una experiencia sexual única, potenciada por la historia que compartíamos ambos, el habernos vuelto a ver de adolescentes a jóvenes, cambiados y crecidos. Desde ese día, María y yo no nos volvimos a separar y hace 6 meses que compartimos un noviazgo maravilloso, y muy, pero muy intenso en la cama.