Capítulo 1: “La primera vez”
Leonardo es un joven de 27 años que, pese a tener un título universitario, aún se sentía algo frustrado con la vida: no solo no lo podía ejercer por falta de trabajo y su infructuosa búsqueda, además de una carencia total con mujeres: no solo falta de amor sino también de sexo: apenas tenía algo de experiencia. Para él, una forma de paliar su soledad, era poner avisos en revistas de circulación limitada y dirigidas a cierto tipo de público, buscando al menos un contacto sexual en forma esporádica. Solo que con eso ni siquiera tenía suerte últimamente.
Pero un día su suerte iría a cambiar de una vez y para siempre. Era un Lunes, cayendo la tarde y estando de vuelta después de otro denso día en la oficina que recibiría un sorpresivo e inesperado casi, llamado telefónico con lo que buscaba.
Leonardo: ¿Hola?
Elena: Buenas tardes. Desearía hablar con Leonardo por favor.
L: Él habla.
E: Hola, mucho gusto. Me llamo Elena y te llamo por el aviso que publicaste en la revista... ¿Podés hablar?
L: Sí, espera un momento por favor.
Al haber un teléfono inalámbrico en su casa, podía desplazarse libremente por ella y así evitar que escucharan sus conversaciones y poder hablar en privado. Entró a su habitación y siguió el diálogo con toda calma.
L: Ya está. Decime por favor.
E: Bueno, mi nombre es Elena. Tengo 27 años y vivo en la zona noreste de la ciudad. Mencionás que te gustan desprejuiciadas y bien dotadas. Te cuento: mido 1,75m, mis medidas son 100-60-95, de busto y glúteos bien grandes, además de pulposa (pero no gorda), de cabello castaño claro, corto, tez blanca.
Lo que había terminado de escuchar lo excitó sobremanera. No daba crédito a sus oídos.
L: Yo vivo en la zona centro-oeste de la ciudad. Mido 1,80m, delgado, cabello castaño claro, tez blanca y llevo mucho tiempo sin hacer el amor. ¿Te puedo preguntar a qué edad fue tu primera vez?
E: A los 14 años, curiosa, enamorada, excitada pero con malas consecuencias.
L: ¿Por qué?
E: De esa relación quedé embarazada, quien lo hizo conmigo enseguida murió trágicamente, sin enterarme que estaba esperando familia y luego nació mi hija Inés, que no habrá conocido a su padre pero que hoy es toda una mujer que amo mucho.
L: ¿Podrías describírmela?
E: Tiene 13 años, 1,90m, cabello láceo largo y rubio. Físicamente como yo.
Escuchar eso hizo que algo se revuelva en su interior. Si ya con la descripción de ella no daba crédito, imaginar la de la hija. Pero volvió enseguida a la charla.
E: Te cuento algo: soy doctora ginecóloga. Y como decís que no te importan las mujeres bisexuales, yo lo soy. Y también citaste a las naturistas o nudistas, cosa que también soy.
Y seguía teniendo la sensación cercana de hacer cortocircuito enseguida.
L: ¿En serio? Siempre quise hacerlo con dos mujeres. ¿Y cómo fue que te hiciste así?
E: Después que quedé embarazada, conseguí algunos trabajos y también lo seguí haciendo no solo mientras estudiaba en la secundaria sino que también lo hice para pagarme los estudios universitarios, además de mantener a mi hija, lógico. Por el barrio conocí a una mujer de casi la edad de mi madre, que en verano se paseaba desnuda por toda la casa. Y además le conocí alguna que otra amante.
Un poco por causa de mi condición de madre soltera y otro poco por curiosidad. ¿Sabés? Mi relación con los hombres ha sido muy esporádica, casi nula por todo lo que me ha tocado vivir, pero he descubierto que con las mujeres solamente no me basta. Necesito saber lo que es volver a hacerlo con un hombre.
Y así siguieron hablando por espacio de casi una hora y por poco contándose la historia de sus propias vidas mutuamente. Pero había llegado el momento de despedirse y fue cuando él le pidió sus números de teléfono a ella.
E: ¿Estás listo?
L: Esperá un momento que busco algo, por favor.
Con esa excusa, volvió a donde estaba el aparato telefónico, con la vista puesta en el identificador de llamadas, que un día compró, harto de contestar llamados de mujeres que le prometían volver a llamar pero no lo hacían, como también por aquellas que le daban números falsos y hasta a aquellos bromistas desubicados, tanto atendiéndolos ó escuchando los mensajes de pésimo gusto que quedaban grabados en el contestador y así dándoles su merecido a todos.
Después de buscar dónde anotar, volvió al diálogo:
L: Sí, decime.
E: Mi casa, ....-...... consultorio: ....-...... celular: ....-.... Pot el momento, preferiría que hablés directamente conmigo. Si te da un contestador, solo dejá mensajes en el celular.
Por los números dados, miró al ID caller y descubrió que le estaba hablando desde el consultorio.
L: Listo. Gracias por todo. Nos hablamos y arreglamos.
E: Cómo no. Chau, un beso.
Y la semana se hizo algo larga. Él hacía lo impsible por calmar su ansiedad y cuidarse. Ella seguía con su trabajo en forma aplacada pero por momentos con algo de intriga y ansiedad también. Leonardo temía volver a ser engañado como repetidas veces, que todo fuera una farsa y algo inalcanzable. Viernes por la noche: él marca el número particular de Elena, con cierto nerviosismo. Lo atiende ella, hablan un poco y se ponen de acuerdo en cómo estarían vestidos para reconocerse enseguida. Él se tranquilizó un poco luego de cortar, pero la ansiedad por conocerla y luego consumar seguiría hasta mañana.
Llegó el Sábado por la tarde. Él estaba debidamente bañado, afeitado y con ropas limpias. Había llegado sobre la hora al lugar pautado de antemano. En eso ve una mujer de rasgos finos y delicados, boca carnosa, corpulenta y de abultados senos y glúteos que se acerca a él preguntándole su nombre. No solo él no podía creer lo que era ella en persona sino que también haya sido puntual. Al ser un día frío, llevaba un tapado y cubría su cuerpo con un vestido de algodón que revelaba sus bien cuidadas formas. Tras el saludo de rigor, se dirigieron al bar donde podrían intimar un poco más.
El lugar era acorde a la pareja y con un clima ideal para la charla: calmo, cálido, discreto, de luces tenues, bien decorado, con no mucha gente pero cada uno en la suya. Leonardo no terminaba de salir de su asombro con tamaño cuerpo. Y los ojos azules de la hembra no hacían más que encandilarlo. Elena no dejaba de sonreír. Y la charla derivó en cómo hacía ella para tener su cuerpo así. La receta: ser vegetariana, natación, gymdance, ejercicios de meditación y relajación. Todo ello le hacía aparentar muchos menos años de los que tenía: su cara parecía casi de niña.
Por momentos, él no dejaba de imaginarla en traje de baño, malliot de gimansia o directamente desnuda. Y tras una hora de acaramelado parlamento y café de por medio, decidieron que había llegado el tan esperado momento. Salieron del bar muy juntos, olvidando él su timidez y ella complacida en ser tomada por la cintura. Una vez que caminaron los escasos metros que separaban el bar de la casa y estuvieran adentro, él buscó un short y un par de ojotas y procedió a ir al baño a cambiarse y a darse los últimos retoques higiénicos.
El baño estaba pegado a la pieza donde había una cama de dos plazas. Finalmente, él estaba listo. Solo faltaba ella, a quién hizo pasar al baño a hacer lo suyo, mientras esperaba sentado en la cama tratando de conservar la calma. En eso ella golpea la puerta y le pide que pase. Y al entrar, otra cita con el asombro. Apoya sobre una silla todo lo que traía estando ella... ¡completamente desnuda! Se había quitado todo, incluso aros, collar, cadena, anillos, pulseras y reloj. Soreprendido y excitado, Leonardo le pregunta a Elena por qué no había traído alguna prenda.
E: ¿Sabés qué es lo que pasa? Me quería entregar a vos completamente desnuda. Incluso hay veces que dispenso la ropa interior.
Acto seguido, se fundieron en un intenso y ardiente abrazo, con besos de boca (y hasta de lengua) incluidos. A él la ereccíon por poco le hacía creer que con tanta fuerza iría a rasgar su short. Y primero la recorre bien a fondo con la vista, finalmente toda desnuda: enormes senos bien redondeados, rematados por dos bravos lunares rojos, completamente agrandados por la excitación, bien redondeados, vello púbico tupido, nalgas bien redondeadas y grandísimas, libres de celulitis, amplios hombros, espalda ancha, piernas largas y bien torneadas, todo completamente envuelto por una piel bien suave para llenar de caricias.
En síntesis: una mujer espectáculo. Era mucho para él: jamás en su vida pensó que iría a fornicar con semejante ejemplar del sexo femenino. Las caricias no paraban: él quería, con toda la palma de sus manos, recorrer su armonioso cuerpo, lo que la hacía extasiar. Ella tampoco ahorraba en caricias, en especial por la zona de las nalgas y por la de los genitales, a esta hora con un bulto por demás notorio.
Y el macho decidió apelar a otro truco: llenar de besos sus pezones, su vientre y su cola, hecho que no solo hizo que comenzara a gemir en voz bien baja sino también a aumentar su catarata vaginal con un enorme grado de excitación. Luego de esto, ella no aguantó más e, ipso facto, procedió a bajarle el short, acción que entusiasmó a Leo. Finalmente, libre de esa única prenda, su miembro lucía no solo libre sino también bien tieso y con el glande al rojo vivo, como si estuviese a punto de estallar, suavemente acariciado por las manos de Elena, así como también sus peludos testículos.
Ahora sí, ambos luciendo como Adán y Eva, prodigiándose mutuamente dulces caricias sin pausa, deciden acostarse. Y así él comenzó a tocarle el clítoris, aunque a ésta altura no era muy necesario, ya que estaba lista para la penetración. Luego de colocarse Leonardo el preservativo, comienzan el acto sexual con la famosa postura del misionero y bien abrazados. Ella, por fin, después de tanto tiempo sentía entrar algo duro (y humano) en su pequeña cueva. Él, en tanto, volvía a gozar de la penetración y sentir el calor vaginal. Y después de unos minutos, llegó la eyaculación, con mucha fuerza y cantidad, además de acompañada de excesivo sudor.
Quedan completamente extenuados. Él, ya casi sin ganas de más después de un largo paréntesis. Ella quiere un poco más. Piensa entre hacerlo por vía anal u otra más pero no se decide. Lo hablan y llegan a la conclusión que por la cola mejor otro día, que hacerlo de nuevo pero cambiando de postura. Pero primero pasan al baño para recuperarse y limpiarse un poco. Toda la calentura de Leonardo se había volatilizado al expulsar el fluído blanco. Elena hará hasta lo imposible para que vuelva a tener la erección que la hizo gozar como nunca.
Cuando la ve ponerse en cuatro y con la cola para arriba, no puede creer en semejante espectáculo: jamás en la vida imaginó tener algo así servido en bandeja. La erección regresó y con más fuerza. Colocó otro preservativo y vuelta a empezar. Solo que esta vez tardó un poco más en eyacular. Tal entusiasmo hubo que jamás decayó. Pero después de terminar y de volver a acicalarse, algo raro sucedería.
Elena abrazó con ganas a Leonardo, quedando él sorprendido de repente por la expresión de su cara: de tanta sonrisa, pasando luego a las muecas de excitación y hasta de perversión, su rostro expresó una abrupta tristeza, cercana a las lágrimas. Fue ahí cuando lo encaró diciéndole lo siguiente:
E: Hoy me he sentido tan bien acá y con vos que quisiera que esto no termine aquí. Ni sabía lo que me iba a encontrar con vos, pero afortunadamente no me decepcionaste. Sabés que casi no he tenido contacto en tanto tiempo en parte porque así lo quise y veo que a vos te pasa algo parecido con las mujeres: una sola vez y que venga la que sigue. No te pido que me ames, sino que tengamos encuentros de cama. Tengo varias amigas como yo a las que me gustaría presentarte y hacer triángulos y entre otras cosas...
Si seguía, iba a ser un discurso abrumador. Entonces decidió pararla y decirle lo siguiente:
L: Me decís tantas cosas pero quisiera saber qué vas a cumplir...
E: Te entiendo. Poco a poco te satisfaceré y verás que no miento.
Luego de eso se despidieron y el la acompañó a la puerta. Además de quedar muy satisfechos, completamente cansados y de vivir una tarde inolvidable, quedaron en hablarse para encontrarse la semana siguiente. Y este encuentro fue el principio de grandes e inolvidables aventuras que vivirán juntos en el futuro.