Mandato Genético
Enviado por J.C. el día Domingo 20 de Julio de 2008
 

La atadura del matrimonio es una cadena muy pesada para llevar sólo entre dos. Lo mejor es, de tanto en tanto, aliviarnos la carga  con el concurso de terceros.

Las convenciones o roles sociales y las nociones heredadas lo denominan infidelidad, y formalmente  lo condenan pero el sexo es un mandato genético y nadie, en sus cabales, puede eludir la impulsión de tenerlo con alguien más que con su pareja estable. Por algo desde los tiempos del Virreinato el saber popular lo gráfica con el dicho “tira más un pelo de concha que una yunta de bueyes”. Como mínimo, se fantasea con una tercera (un tercero), hasta que, en no pocos casos, no alcanza la imaginación y pasamos a la acción.

Susana, mi mujer, y yo hace tiempo que saltamos la valla y, si bien las primeras vivencias tramposas fueron arduas de procesar, ambos sabemos que satisfacer hervores circunstanciales, resalta nuestro vínculo que se encamina a cumplir las dos primeras décadas, de espléndida convivencia espiritual y carnal sin la mínima sensación de tedio, de rutina sin matices.

Más o menos un par de meses antes de ese día, en que me dirigía en mi auto a la casa de Tamara y pensaba en lo anterior, Susana había tenido su última escapada.

            - ¡Carito!..mañana a la tarde me voy a demorar en el centro. Te dejo en el horno canelones y una colita de cuadril en fetas. Sólo tenes que calentarlos y cenar con las nenas. -

Nos conocíamos y no hacía falta más, ni siquiera las palabras eran necesarias, en sus ojos percibía que me dejaba los canelones porque ella iba a “comer otro canelón” que se le había antojado apetecible. No, no se iba a quedar con el antojo.       

Como siempre que alguien la perturbaba hasta las llamas y se abandonaba a los sentidos, de regreso de su aventura de ese día,  tomó la iniciativa para que, sin demoras, el mismo día, nos devoráramos  salvajemente, desaforadamente… como que quisiese confirmar que lo que tenía en casa salía airoso de la comparación con su experiencia reciente.

Dije que iba a encontrarme con Tamara en su casa. Voy a relatarles preludio, interludios y postludio de esta vivencia:

 

Preludio: Había fatigado largamente tratando doblegar su negativa a tener una historia conmigo hasta  ese día que nos encontramos, como casi todas las semanas en la escuela de danza donde ella va a buscar a su hija y yo a la mayor de las mías.

Estábamos, como habitual dentro del salón esperando que terminara la clase cuando, sorpresivamente, ante un comentario mío de lo bien que bailaba una nueva profesora de danzas árabes, ella dijo:

-          Yo, sin jactancia, lo hacía, ¡bahh!  lo puedo hacer, mucho mejor –

-          ¿Es en serio? ¿No te creo? Me gustaría verlo para creerlo –

-          ¡Como no! Pero tiene que ser en privado. No actúo en público –

-          Por mi ¡bárbaro!!...¿Te pondrías los velos? –

-          ¡Puedo! Aun los tengo y bien conservados –

-          Bueno, entonces sólo falta que me digas donde y cuando vas a….bailar para mi -

-          Si queres que sea con velos, tiene que ser en casa. ¿Te parece mañana después de la cena? –

-          Seguro,  pero ¿Tu marido que va a decir? –

-          Nada. Está de viaje y Analía va a un pijama party con las compañeras de escuela. ¡Ah! Ceno temprano y  a las 19:00 ya habrán pasado a buscar a la nena. –

Estaríamos solos los dos: el marido estaba de viaje y la hija ausente. No había que esforzarse para imaginar como culminaría el encuentro. Las mujeres pueden ser desconcertantes: meses de aparente insensibilidad a mis propuestas y, de improviso, me convoca en su casa, a solas conmigo. 

 

Interludio: Tamara cuenta unos 30 a 32 años, si bien no es para incluirla en una “antología del sexo femenino”  es realmente atrayente: rostro de facciones delicadas con de ojazos color miel, morocha de cabello lacio largo, 1,73 m de estatura, seno, cintura, cola y piernas sobresalientes.

Estacioné el auto en una playa cercana al edificio. Toqué el timbre, identificado por los caracteres 6C, del portero eléctrico:

-          Juan Carlos..-

-          ¡Ah!...subí…-

Abrió la puerta del departamento, producida con esmero, pero vestida con blusa y pollera estilo occidental y cristiano. Nos besamos en las mejillas:

-   ¿Y los velos? – fingí una desilusión que no era tal; así como estaba era más que suficiente para acelerar mis pulsaciones.

-          Están preparados, pero no seas precipitado -

Tomamos café y un par copas charlando sentados en el sofá del living. No fue necesario mucho tiempo para que la atmósfera circundante se cargase. Amagué abrazarla, ella se apartó y puso cara de reproche:

-          ¡Viniste a verme bailar! ¿No es así? –

-          Cierto, pero ¿acaso dije sólo a verte bailar? –

-          ……voy a  vestirme. –

-          ¿Puedo presenciar la operación contraria? –

-          ¡Noooo! Esperame aquí -

Regresó al living unos veinte minutos después. Vestía corpiño a rayas curvas blancas y amarillas adornado con colgantes de bisutería, babuchas transparentes amarillas, un pañuelo en la cadera con monedas (caderín), brazaletes y largos velos, también amarillos en los brazos, los pies descalzos.

Encendió el equipo de audio y con los primeros acordes comenzó su danza. De la cintura para arriba movimientos ondulantes y suaves, los brazos desplegando los velos simulaban alas...las manos rememoraban a lenguas de fuego. De la cintura para abajo, sutil, grácil, delicada y sugestiva con movimientos pélvicos ondulantes y sensuales, resaltados por el tintinear del caderín.

Recordé haber leído que en el Egipto antiguo las mujeres utilizaban esta danza en los funerales y que su función era transportar los difuntos (el alma) al más allá. Pensé que seguramente con Tamara los muertos, masculinos, hubieran “transitado” con una buena erección. Imaginen la descomunal que, a poco de iniciado el baile, tenía este servidor.

No creo que su danza se prolongó mucho más que un par de minutos. La interrumpí, le aseguré que era verdad que bailaba mejor que la profesora y la abracé. Nos besamos y  acariciamos hasta que desbordados por la urgencia de la carne buscamos la cama. Tamara se deshizo, cuidadosamente, de su vestuario y se tendió en el colchón, cubierta   sólo con su bombachita amarilla, como el resto de las prendas que se había quitado. Raudamente, me desvestí dejándome sólo el slip, me tendí a su lado y reanudamos las caricias: yo fui sin preámbulo a la conchita, ella “sin escalas” a mi tararira dura como titanio. Nuestras dos únicas piezas de vestuario, fueron a parar al piso:

            -    ¡cogeme ya!....metémelaaaa, daaaaale!...¡necesito culiar! –

No me lo hice repetir, me acomodé entre sus piernas y de un par de enviones mi verga la invadió hasta que los huevos dijeron basta.  Ella acompañó el entra y sale con gemidos, suspiros, exclamaciones de satisfacción y alabanzas a la pija. Yo no me quedé atrás en el disfrute, que alcanzaba picos pocas veces logrados, cuando las contracciones de su concha estrujaban mi miembro. Sólo cuando me abandonaron las fuerzas, bastante después de haber eyaculado en su cueva, dejé de bombearla y me acosté a su lado.

            -       Sos un dulce… ¡que rica tu verga!...Me encantó como me cogiste! –

Por supuesto le devolví los cumplidos. Era genuina mi satisfacción.

-          ¿Por qué te hiciste rogar tanto? Viste que valió la pena –

-          Me cuesta transar con conocidos. Todavía no se como me dejé llevar por la calentura con vos. Si, la verdad que me encantó -

No tardó en reaparecer la erección. Los dos seguíamos deseosos y recomenzamos el delicioso cuerpo a cuerpo compitiendo para satisfacernos plenamente.

Después del segundo polvo, argumenté que me esperaban en casa, cosa que era absolutamente cierta. Claro que no aclaré que, conociendo las mañas de Susana,  necesitaba llegar al hogar con resto.

 

Postludio: Al dormitorio matrimonial entré alrededor de la 23:30 horas. Le dí un beso a mi esposa antes de entrar al baño para ducharme e higienizarme como de rutina.

            -     No te demores ¡ehh! Estoy con ganitas – me había murmurado, inmediatamente después del beso de saludo.  No podía fallar, cuando el que volvía de un encuentro erótico, era yo, Susana estaba ansiosa de mostrarme que lo mejor  para mi,  estaba  en casa.

De regreso a la habitación, acostado, Susana se acercó lentamente y susurró a mi oído, mientras desprendía los botones de mi pijama. Acarició mi torso desnudo, con las yemas de los dedos. Subió la temperatura de mi piel y la suya con las caricias. Creo que me mordía los labios y por momentos cerraba los ojos.

            -¿Me ayudás?", pidió sugerente, mientras me mostraba los botones de su blusa de dormir. Mis manos, algo temblorosas, la desabrocharon y se la quitaron y dirigieron su atención a  pechos, no tardó en desaparecer el corpiño, los acaricié, reconocí su forma con los dedos y jugué con sus pezones excitados acariciándolos y besándolos. Pero cuando encaré su prenda íntima inferior, ella, desembarazada de los calzones, trepó encima de mí, por instantes controló mi urgencia con caricias, palabras suaves y acalló mi protesta, alternativamente  con una mano o su boca, sobre mi boca:

            -¡Shhh!, quietooooo.....-

-tenemos todo el tiempooo,...-

            -dame un besito más......-

-Calma…esperá y ... vas a tener el amor de verdad...  -

-...no el que conseguís arrugando sábanas ajenas….-

Estimo que ya segura de haber dejado establecido con claridad que ella estaba al mando y quien cogería a quien, me dio un largo beso, giró y se acostó de espaldas suspirando:

-Ahora si....te toca a vos...jugá en primera  y ...hacé que te sienta....–

Sin demora pero despasiosamente, me acomodé sobre ella y seguí besándola, recorriendo todo su cuerpo con la lengua, avivando el fuego, haciendo que su respiración se agitara. Mis dedos entre las piernas, acariciaron el clítoris húmedo, aumentando el calor... Con ansiedad separó aún más las piernas:

-ahora basta di juegos de manos....haceme el amorrr,...dale...se buenitooo...no  puedo más...dale.......- pidió casi como un susurro. Ni bien sintió la punta de mi verga en la puerta de la concha,  empujó con vehemencia hasta embutir toda mi carne dura en su cuevita ardiente; anhelante, ávida del éxtasis de la comunión de pieles, de los cuerpos sudorosos, enredados,...Nos entregamos al disfrute sin reprimir expresiones vocales correspondientes a nuestro goce.

Dejados atrás los orgasmos y reencontrada la calma, Susana, segura de si y de mi respuesta, fijos sus ojos en los míos, murmuró:

            - decime ¿Cuál es la chica que te hace mejor el amor? - 

- ¿Te cabe alguna duda? ¡Voss! ¡No existe nadie como vos!! – le respondí y no mentía.

 

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