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Tan cerca todo el año ..... |
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Enviado por Cesar el día Jueves 1 de Enero de 1970 |
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Con Miriam somos vecinos. Nuestras casas, en el conurbano de Buenos Aires, son contiguas sin embargo, a pesar de estar en el vecindario desde largos años, las dos familias sólo tenemos una relación cordial buena vecindad, no de amigos y no nos frecuentamos: ni ella es amiga de mi esposa ni yo amigo de su marido. Bueno, después de lo ocurrido, que relato a continuación, Miriam y yo somos amigos y, de tanto en tanto, más que eso. De 42 años de edad (4 menos que los míos) es una mujer que roza lo hermoso: alta, rasgos faciales agraciados, grandes ojos color caramelo, cabello castaño-rojizo largo y el cuerpo, seno y piernas incluidas, una escultura que hubiera descollado en el Arte Griego, Romano, Gótico, Bizantino y Paleocristiano: una delicia para los ojos. En septiembre del 2005 coincidimos en Italia, enviados por las empresas que nos emplean y, como buenos subdesarrollados elegimos para alojarnos, un modesto pero digno, hotel de 95 euros/noche. Desde la racionalidad se trató nada más que de una casualidad, el hecho que, por separado, eligiéramos el mismo hotel, sin embargo estoy tentado a no descartar que “algo” intervino e hizo que nos encontrásemos lejos de nuestro país y de casa y acercarnos favorecidos por la carga emocional que conlleva encontrar, inesperadamente, en tierra extraña y lejana, una conciudadana y conocida por añadidura. Mientras, casi al terminar la tarde, estaba en el trámite de ingreso (o check-in como se usa decir ahora) al hotel, cuando ella salió del ascensor, me vio y me dedicó una amplia sonrisa. Interrumpí el registro, bajo protesta del empleado, y me acerqué a saludarla: <¿Miriam? Qué esta haciendo Ud. aquí?> <¿Estoy trabajando? ¿Y Ud?> <También yo ¿Estas sola en Turín?> Estaba sola. Le pedí que me esperase que completara el check-in y llevara mi equipaje a la habitación. Me reuní con ella sin demora y fuimos a tomar un aperitivo y luego a cenar en un restaurante próximo al hotel. Esa noche conversamos más que durante todo el tiempo que teníamos de vecinos. Decidimos tutearnos. De regreso, en la puerta de su habitación, en sus ojos caramelo creí ver la invitación a que diera un paso más. La tomé de la cintura y amagué besarla en los labios pero ella giró la cabeza y ofreció la mejilla: < Te invitaría a pasar, Cesar, y conversar un poco más, pero mañana tengo que levantarme temprano para una reunión fuera de la ciudad.> < Almorzamos juntos?> propuse < Me encantaría, pero no voy a regresar al medio día. Si podes, a la noche, me invitas nuevamente a cenar> respondió < Dalo por seguro…¿y me vas a invitar a entrar para seguir conversando, aquí los restaurantes cierran temprano?> < No se….vamos a ver ….¡que duermas bien!> me dio un beso en la mejilla y entró. No tuve una noche tranquila. Miriam acaparró mis pensamientos y mi ansiedad. Me dormí de madrugada después de concluir que lo que quería era saciar la sed, surgida y crecida en las pocas horas que habíamos compartido, que mis labios tenían de sus labios En ese momento no me importó que me rechazara o que estuviera en peligro nuestra relación de vecindad o el sentido de culpa por transgredir el compromiso con mi esposa. A la hora del desayuno no la vi, ya había partido para sus compromisos laborales. A la tarde la llamé por teléfono a su cuarto y confirmamos lo acordado de cenar juntos. Bajó vestida con pollera corta negra, blusa también negra y saco claro abierto de modo que la blusa ajustada resaltava sus hermosos y grandes senos. Con tacos altos igualaba mi estatura y sus piernas parecían más largas que la avenida Rivadavia. Estaba realmente atractiva. La cena en si transcurrió amena hablamos de los más variados temas pero ambos sabíamos que estábamos haciendo tiempo, fingiendo estar interesados en la conversación. A la hora del café, le tomé una mano entre mi mano. Me miró, sonrió y no la retiró. Llamé al mozo y le pedí que agregara a la cuenta una botella de champagne. (Casi siempre recurrimos al alcohol cuando sabemos que necesitaremos a que echarle la culpa de nuestras bajezas). Pagué y salimos. Al llegar al hotel le pedí al encargado dos copas. Me ofreció descártales pero, al ver mi expresión de censura, las cambió. Subimos y, frente a la puerta de su habitación le dije: <hoy no te podés negar a que entre con vos, charlamos un poco más para conocernos mejor y brindamos por habernos encontrarnos tan lejos de casa.> <bueno…. tu compañía me agrada…y mañana tengo un día tranquilo> Entramos, nos quitamos ella el saco yo la campera, abrí la botella y serví en las dos copas. El ambiente siguió inundado con su rico perfume, a despecho de las burbujas que liberaba la champagne y las palabras resbalaban en mis oídos: <Por la increíble suerte de haberte encontrado aquí> murmuré, levanté una copa, me acerqué a ella, que había también levantado la suya. “Dinnnng” se besaron las copas, la tomé de la cintura y nos besamos nosotros. Me estremeció el contacto y sus labios dieron abrigo a mis labios ávidos de su humedad Dejamos las copas sobre la mesa-escritorio y suavemente comencé a acariciar la tibieza de su cuerpo. De la boca pasé a su cuello, del cuello al oído, susurrándole palabras dulces. <Cesar, vamos a complicarnos….no somos desconocidos…compartimos el barrio…la vereda ¡paremos!> protestó, separándose apenas, para mirarme. <Ni un terremoto me separa hoy de vos> fue mi réplica y reanudamos el boca a boca. Ella friccionó su cuerpo al mío y sentí como sus manos comenzaron a acariciarme y a tocarme con más confianza. En el aire se percibía el grado de excitación al que habíamos llegado. Lentamente comencé a acariciar sus senos por encima de la ropa...¡por fin los podía tocar¡ Subí su ajustada blusa y desabroché el corpiño: sus senos quedaron libres, libres para mis labios que besaron y chuparon hasta el agotamiento. Mis dedos temblorosos descendieron y recorrieron los muslos de Miriam levantando la pollera hasta acariciar su sexo que palpé húmedo, a pesar que se interponía el calzón. Sus manos comenzaron bajarme el cierre del pantalón y avanzaron decididamente a tocar mi sexo tremendamente erecto a causa de la excitación. Me quitó la camisa mientras yo le acariciaba las nalgas firmes del culito. Luego de otro beso apasionado, me urgió: <Vamos a la cama, Cesar….haceme el amor…¡ahora!!...por favoooor> nuestros cuerpos ya no aguantaban más. Nos desvestimos precipitadamente (y mutuamente: ella me sacó el pantalón, zapatos y medias, yo la pollera, portaligas y medias) y nos derrumbamos en la cama. Mientras nos besábamos me deshice de la bombacha y de mi calzoncillo, (recordé el preservativo pero fugazmente. Estaba en caída libre en el abismo del deseo) le abrí las piernas y le introduje mi carne dura, suavemente, en su conchita. Replicó con movimientos rítmicos, su boca no cesaba de morderme y de suspirar y gemir, sus uñas se hundían en mi espalda a cada embestida de mi miembro. Nos mantuvimos entrelazados, deleitándonos, devorándonos mutuamente, hasta que sobrevino un ciclón dentro de mi que imprimió un ritmo desenfrenado el entra y sale de mi verga, el orgasmo estaba cerca. Como si hubiéramos estado sincronizados y programados para que el momento preciso de acabar coincidiera, mientras inundaba con mi semen la cuevita de Miriam, Miriam con un profundo gemido previo exteriorizó su orgasmo, arañándome la espalda y moviendo frenéticamente su pelvis. La calma nos invadió cuando aun estaba encima y dentro de ella, con mi miembro derrumbado y exprimido, besándonos delicadamente. Recobrado el aliento pude admirarla en su totalidad, sentir su piel suave, oler su desnudez, besar y lamer su carne, sus bien torneadas piernas, su vientre plano, sus senos con pezones erectos, su cuello de porcelana, sus labios encendidos. Me confesó que era estéril como consecuencia de una cirugía ocurrida unos 10 años antes: <…confío que vos sos tan sano como yo. ¿Estoy en lo cierto?> agregó justificando porque había aceptado la relación sin protección. La tranquilicé y conversamos, reímos y reímos por mucho tiempo hasta que nos reencendimos, mi miembro se tensó, su conchita se rehumedeció y cogimos, desaforadamente, por segunda vez esa noche. Sin resto quedamos dormidos. El sol de la mañana nos anunció que había amanecido y con premura nos higienizamos y vestimos. Bajamos, desayunamos y salimos a cumplir con nuestras obligaciones laborales. Las tres noches siguientes fueron versiones mejoradas de la primera (cena, besos, champagne, besos, ropa esparcida en el piso, besos, dos o tres cogidas, besos, juegos eróticos varios, besos….) El cuarto día ella regresó a Buenos Aires vía Roma. Nuestra relación, para nuestras familias y para el vecindario sigue siendo cordial, no de amigos. Sólo nosotros dos sabemos de lo ocurrido en el remoto hotel, modesto pero digno, de Turín. Como lo extrañamos, de tanto en tanto, hacemos una remake en un hotel lo suficientemente alejado de nuestros parientes y conocidos. |
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