El Viajante
Enviado por Walter H el día Jueves 1 de Enero de 1970
 
Me presento: mi nombre es Walter H., tengo 40 años, soy de Comodoro Rivadavia, Chubut, Argentina y al comenzar mi etapa del desarrollo hormonal, la “madre naturaleza” me agració de tal manera que puso en mi cuerpo de varón, una hermosa, preciosa y sobre todo muy femenina “parte trasera”.
 
Una “cola de mujer”, inclusive con las caderas levemente ensanchadas, seguramente podría llegar a ser molesto, incómodo y hasta traumático para un chico, pero, por el contrario, yo estaba tan inmensamente feliz con mi nueva figura, que no solo accedí a exhibir y a mostrar sin ningún tipo de pudor o de vergüenza mi por demás tentador “trasero”, sino también a “entregárselo” a todo aquel que lo quisiera.
 
En circunstancias que no vienen al caso, conocí, hace algún tiempo atrás, a un “viajante” de una prestigiosa firma comercial de Buenos Aires, quien, durante cinco o seis veces al año, recorre toda la zona sur del país, obviamente por razones laborales y por supuesto mi “Comodoro Rivadavia”, forma parte de su “hoja de ruta”, tanto de ida como de vuelta.
 
Este “buen señor”, se enamoró literalmente de mi “cola de nena”, a tal punto que me “bautizó” con una palabra de cuatro letras, que encierra en su significado todos los adjetivos calificativos al respecto; simplemente él me llama “Culo” y a mí me fascina y me alucina que se refiera a mí con ese nombre.
 
- “Hola Culo ¿Cómo estás? Llego a Comodoro este viernes, en el vuelo Nº..., a la hora... Si podés, andá a esperarme al aeropuerto”.
 
Fue el mensaje que me dejó en mi casilla de E-mail y por supuesto allí estuve puntualmente. Obviamente él sabe que yo tengo innumerables relaciones sexuales, porque mi colita ya no puede pasar mucho tiempo sin comer “algo”, pero cada vez que viene a esta ciudad, tanto de ida como de vuelta, lo atiendo exclusivamente porque a ambos nos gusta y mucho.
 
Hacía más de dos meses que nos habíamos visto por última vez, así que apenas desembarcó me pidió que lo acompañase al baño; yo ya intuía el porque de esa petición pero el aeropuerto estaba atestado de gente, por lo que tuvimos que charlar durante un buen rato mientras él se lavaba y se peinaba frente al espejo, hasta que en un determinado momento no hubieron más “moros en la costa” y en un rápido movimiento me bajé el pantalón y le mostré eso que él tanto quería ver, mi colita.
 
- “Culo, venite al hotel a eso de las diez”.
 
Me dijo después de despedirnos en la zona céntrica y por supuesto mi respuesta fue afirmativa. Generalmente nos vamos por ahí hasta encontrar algún buen “telo”, pero en esta ocasión yo volví a intuir que mi buen amigo, el viajante, algo se traía entre manos y efectivamente fue así porque esa noche, al llegar al hotel, él estaba conversando casi en forma reservada con el conserje y apenas ingresé al hall, me pidió que lo acompañe a su habitación.
 
- “Le dije al chico que tenemos que hacer unos trabajos en forma urgente”.
 
Me dijo después de guiñarle el ojo al conserje y encaramos hacia el ascensor y mientras subíamos, me abrazó y me dio un beso en la boca que me dejó sin aliento, obviamente con una de sus manos toqueteaba mi cola por encima del pantalón; cuando llegamos a la habitación y aprovechado la oscuridad total del pasillo, le devolví el abrazo y el beso en la boca y de paso le acaricié su entrepierna.
 
Después de cerrar la puerta con llave, el viajante se sacó la campera, dejó su maleta sobre la cama y apenas se dio vuelta y quedó frente a mí, yo me arrodille (una de las posiciones que más me gustan) y mientras él se desabrochaba la camisa, empecé a bajarle el pantalón, hasta dejarlo con su calzoncillo “boxer” que le calzaba a la perfección; con ambas manos y con movimientos circulares comencé a acariciar, toquetear y manosear suavemente esa maravillosa zona genital que tantos deseos me daba.
 
A lo largo de mi vida (empecé desde muy chico) debo haberme comido cientos y cientos de pijas y de todos los tipos, formas, tamaños, colores, etc., pero cada vez que estoy arrodillado ante una entrepierna masculina, me “pierdo”, me desvanezco, me “doy vuelta” y esta no fue la excepción; con una desesperación inusitada comencé a lamer, besar, comer y chupar todo lo que mi buen amigo me ofrecía, la deliciosa verga, sus redondos huevos y su “mata enrulada de pendejos”.
 
El mundo, en ese instante, se puede venir abajo que yo no voy a largar ni un solo momento esa poronga; como, como y vuelvo a comer una y otra vez y nada me satisface, me refriego la pija por toda mi cara, la toco, la acaricio, intento abrazarla, la beso, pero la desesperación me vuelve a ganar y solo un mínimo lapso de raciocinio evita que no le clave los dientes, ante tan ferviente deseo.
 
Una fracción de segundo más y me hubiese esparcido en toda la cara ese tibio chorro y yo obviamente estaba dispuesto a recibirlo con sumo placer, pero el “viajante” tenía otros planes al respecto, así que un movimiento unilateral sacó su verga de mi boca, no sin esfuerzo y sin provocarme algo de fastidio, pero sus razones eran válidas.
 
Mientras yo me desnudaba por completo, mi buen amigo empezó a buscar algo en su maleta y cuando lo encontró, me miró en forma risueña y me dijo:
 
- “Mirá Culo, lo que te traje, ponételo haber como te queda”.
 
Ante mi grato asombro, me dio una bombacha vedetina y una pollera tipo tubo, de esas que se usan bien ajustadas y ceñidas al cuerpo; rápidamente me vestí con dichas prendas y me miré al espejo; no podía creer lo que veían mis ojos, ya que si bien no era la primera vez ni mucho menos que me ponía ropa de mujer, la forma tan femenina de toda mi parte trasera, hacía que ese tipo de vestuario me calzara a la perfección.
 
Siempre sostuve que la ropa de hombre solamente viste, pero la de mujer realza la belleza y la figura del cuerpo, sobre todo del mío ya que un pantalón de varón, independientemente del corte, tipo, etc., no refleja el contorno y la forma de mi preciosa cola, ni de mis rellenos y bien torneados muslos, como sí lo hace, por ejemplo, una pollera, un vestido, una malla de lycra, etc. y ni hablar siquiera de las prendas íntimas, bombachas, tanguitas, medias y portaligas.
 
- “¡Qué cola preciosa! ¡Qué divina! ¡Por eso te puse Culo de normbre!”
 
Exclamaba el hombre una y otra vez sin dejar de mirarme y admirarme constantemente, hasta que nuevamente me abrazó fuertemente y me besó apasionadamente en la boca, mientras obviamente me manoseaba toda mi parte trasera; beso va, toqueteo viene, mi buen amigo fue dándome vuelta hasta tenerme tal y como él seguramente quería (y yo también por supuesto).
 
Apoyado sobre la cama y levemente agachado hacia delante, el viajante comenzó a levantarme la pollera hasta que mi colita quedo al aire, únicamente tapada en cierta forma por la bombachita y una vez así, empezó a tocarme, a acariciarme y a manosearme hasta que sentí la puntita de su lengua húmeda, recorriendo toda mis parte trasera.
 
Me lamía, me besaba, me mordía suavemente los “cachetes”, bajaba un centímetro la bombacha y me lamía la parte superior de mi profunda “zanja”, haciéndome sufrir de deseo, de placer y de gozo, hasta que corrió hacia un costado la prenda íntima y comenzó a pasar su lengua por toda mi “raja”, de arriba hacia abajo y viceversa, pero sin llegar a tocar, adrede, mi rosado agujero.
 
Mi cola y yo, ya no dábamos más, estábamos a punto de desvanecernos y en ese preciso instante, para colmo, él empezó a lamer todo mi “orto”, haciéndome retorcer ante cada “lengüetazo” y cuando mi “ogete” quedó bien lubricado, comencé a sentir sus dedos tratando de ingresar dentro de mí; primero uno, después el otro y así sucesivamente intercambiando además con unas lamidas y unos chuponcitos que me hicieron estallar.
 
- “¡Basta! ¡Cogeme ahora! ¡Dale! ¡Ponémela toda! ¡Metémela y cogeme con todo!”
 
Le grité, le rogué y le supliqué simplemente porque ya no daba más.
 
- “Sí Culito, ahora te cojo, me pongo el forro y te cojo.
 
Dicho y hecho, el viajante se enfundó su poronga y en un rápidamente movimiento, me la puso, toda, de un saque y hasta el fondo; yo sentí, primero una sensación de alivio por tanta espera y después un placer y un gozo indescriptibles.
 
- “¡Ah! ¡Qué culo precioso!”
 
Decía una y otra vez mi buen amigo mientras me serruchaba, una y otra vez, haciéndome sentir esa preciosa pija, moviéndose dentro de mí como un pistón; yo, mientras tanto, tuve que morder el cubrecamas para no gritar, ya que no puedo contener en silencio tanta pasión y me gusta exteriorizar esos sublimes momentos de placer y de gozo, con gritos y alaridos.
 
Lo que no podía de ninguna manera atenuarse, era el sonido de los fuertes golpeteos de su pelvis contra mis carnosos “cachetes”, ante cada embestida y tal era en ese instante la furia de la cogida, que en uno de esos “pijazos”, el tipo acabó terrible y ferozmente para, posteriormente, recostarse sobre mi espalda; así, en esa posición quedamos durante un buen rato, hasta que ya repuestos ambos, nos fuimos al baño a lavarnos.
 
Por supuesto que aquello no terminó allí ya que, pasada la gran “calentura inicial”, el viajante me cogió una vez más inclusive, poniéndome “patitas al hombro” y metiéndomela por adelante, hasta que ya su trabajosa verga no quiso más y no hubo manera de volverla a levantar (ni con un crique); con la última gota de excitación, el viajante me pidió que, antes de cambiarme de ropa (prendas que por supuesto quedaron para mí), camine por el pasillo del hotel así vestido.
 
La oscuridad del lugar y la hora, además de mi propia excitación por experimentar aquello, hicieron que accediera a su pedido y me paseé con esa pollera tubo y esa bombacha que me calzaban, como dije anteriormente, a la perfección.
 
Obviamente la cosa no finalizó allí ni mucho menos, ya que yo volví otra vez a atender a mi buen amigo, el viajante, tanto en esa ocasión como cuando pasó nuevamente, ya de regreso, otra vez por Comodoro, pero ello seguramente será material para un próximo relato.
 
Escribile un e-mail al autor:
walterculindohache@yahoo.com.ar

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