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Las vueltas que da la vida |
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Enviado por Walter H el día Miércoles 31 de Diciembre de 1969 |
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Fueron tantos y de tan variado espectro los chicos que me cogieron durante el período de mi niñez, infancia y principio de adolescencia, ya sean aquellos que habitaron en los distintos barrios en los que viví, como quienes concurrieron a los diferentes establecimientos educativos a los que fui durante esa época, que constantemente ha dado vueltas por mi cabeza, la “fantasía” o el deseo de que, alguno de ellos, volviese a cogerme hoy en día o intentase hacerlo al menos.
Hace unos días atrás, abrí mi correo en un sitio de Internet de “contactos sexuales” (estoy inscripto en varios de ellos) y me encontré con un mensaje enviado por un hombre, un año mayor que yo y cuya descripción física me pareció bastante interesante y atractiva (si bien en estos casos siempre se exagera un poco o se “adorna” de alguna manera); así que inmediatamente le respondí en forma afirmativa a su proposición, que no fue otra obviamente que el querer cogerme.
Si bien tengo el “sí” muy fácil, en este caso además de la apariencia física, me gustó mucho el hecho de que este buen señor, me indicó que al no disponer de lugar (yo tampoco lo tengo), me llevaría en su auto (el cual contaba con vidrios polarizados a tal punto, que desde afuera no se puede ver absolutamente nada hacia el interior del mismo) hasta algún lugar apartado, oscuro y reservado de la ciudad y que una vez allí, tendríamos solamente un “toco y me voy”.
Quedamos de acuerdo a priori en que yo lo esperaría en un determinado lugar y desde allí nos dirigiríamos hacia alguna zona acorde a la ocasión; ya dentro del vehículo y durante el trayecto no intercambiamos palabra ni nos cruzamos mirada alguna, por lo que intuí que el tipo solamente pretendía cogerme y que, cuanto menos supiésemos el uno del otro mejor, así que yo me comporté como todo un acompañante, por supuesto hasta que llegamos al sitio que reunía las condiciones.
Antes de hacer “algo”, le pregunté si quería que me desnudase por completo y me respondió en forma negativa, así que volví a preguntarle entonces qué pretendía que hiciese y me dijo que se la chupara (en obvia alusión a su pija); “a mi juego me llamaron” pensé yo para mis adentros y empecé a lamer, besar, acariciar y a comer esa hermosísima verga, despertando las primeras exhalaciones de placer por parte del tipo, quien ya estaba más relajado y disfrutando de mis increíbles “mamadas”.
En un determinado momento, giré la cabeza hacia arriba porque estaba refregándome la poronga por toda mi cara y fue en ese preciso instante, en el que nos miramos por primera vez a los ojos, cuando el hombre me preguntó asombrado:
- ¿Vos no sos Walter H?
Por supuesto le respondí que sí e inmediatamente volvió a preguntarme:
- ¿Vos ibas a la escuela? (No doy el nombre del establecimiento por obvias razones de reserva).
Volví a responder afirmativamente y el hombre, después de decirme su nombre y de preguntarme si lo recordaba (a lo que le contesté que no), me dijo que él había sido uno de los tantos chicos de los que solían cogerme en la escuela y al darme más precisiones al respecto, es decir al comentarme que aquello había ocurrido cuando él cursaba el séptimo grado y yo el sexto y al darme detalles específicos, por ejemplo sobre los lugares en los que me había “culeado” y la manera en que lo había hecho, inmediatamente me acordé, sobre todo por estos últimos datos.
- ¡Es para no creer!
Exclamó el hombre y agregó:
- Tantas veces te cogí en la escuela cuando éramos chicos y ahora estoy acá, a punto de cogerte.
A todo esto yo sonreía solamente porque la situación me había tomado también a mí por sorpresa y no podía salir de mi asombro (aunque en ningún momento solté su pija de mi mano), sobre todo porque a muchos de los chicos que solían cogerme en la escuela, ya sea dentro del mismo establecimiento o en las inmediaciones (tanto a la entrada como a la salida), no les conocía ni siquiera el nombre ya que se trataba de alumnos de otros grados, los cuales a sabiendas de que yo me dejaba coger, me abordaban y me “culeaban”.
- ¡Qué hermoso culito tenías eh! ¿Seguís teniendo ese culo que tanto nos gustaba?
Me dijo el tipo y yo entonces me arrodillé en el asiento con las rodillas juntas, le di la espalda, arqueé la columna hacia delante, paré bien la cola y fui bajándome el joggin junto con el slip hasta dejar completamente al aire mi carnosa, voluptuosa y bien femenina parte trasera.
- ¡Qué pedazo de culo! ¡Qué bárbaro! ¡Es el culo de una mina!
Exclamó mi ex compañero de escuela y después de toquetearme absolutamente toda la superficie de mi blanquísima cola, me pidió que se la entregase, a lo que yo respondí que sí, pero que antes continuaría disfrutando de su verga, porque aún me había quedado con hambre. Quienes siguen habitualmente mis relatos, se habrán dado cuenta de la desesperación que me agarra cada vez que tengo una poronga en mis manos y a punto de comérmela; me gustan tanto las pijas que nada me detiene ante ellas y nunca termino de satisfacerme por completo.
Dentro del auto se oían solamente los jadeos, gritos inclusive de placer por parte de mi ex compañero de escuela y el sonido de mi boca, que como cual ventosa, chupaba y chupaba esa enrojecida “cabeza” que ya estaba a punto de estallar (un día no voy a poder contenerme y le voy a clavar los dientes).
- Voy a acabar.
Exclamó el hombre y yo rápidamente saqué una servilleta de papel de mi bolsillo, para limpiarle hasta la última gota y sin dejar que su verga se baje un solo milímetro, me la metí de nuevo en la boca y empecé a comerla nuevamente; le hice una segunda mamada tal que al cabo de unos segundos, la poronga ya estaba otra vez “al palo” y allí sí, me dispuse a ofrecerle mi voluptuosa y carnosa cola, la misma que él había cogido hacía muchos años atrás.
Mientras el tipo se colocaba el preservativo con mi colaboración (yo siempre tan servicial en estos menesteres), me recosté sobre el volante del vehículo para que mi culo quedase frente a él e hiciese con mi “cola de nena” lo que le viniera en ganas, después de todo para eso estábamos ambos allí; el “quía” me metió unas manos espectaculares, hasta que directamente me bajó sobre su mástil y me clavó de un solo saque.
Yo empecé a cabalgar como si estuviese probando la suspensión del auto; sentía tan bien esa pija dentro de mí que me hubiera quedado allí sentado toda la noche, pero he aquí que el tipo tenía otros planes al respecto, así que nos corrimos hacia el asiento trasero y una vez allí, me puse en la posición del “perrito” y mi ex compañero enseguida volvió a penetrarme y a serrucharme con todo.
Ante cada embestida de mi “cogedor” respondía yo con un “culazo” hacia atrás, como diciéndole: “Dale, dame más, más duro, que no decaiga” y el hombre respondía incrementando el ritmo y la fuerza de la “culeada”, además de abundar en elogios y en halagos hacia esa preciosa cola que él estaba comiéndose; como ya se le había escapado el primer polvo, le costó acabar nuevamente y yo agradecidísimo porque si bien nunca llevo la cuenta del tiempo, debió haber estado más de diez minutos dándome y dándome, hasta que, alarido mediante, se dejó caer exhausto sobre mi espalda.
- Como te gustaba que los chicos te cogieran en la escuela ¡Eh!
Me dijo el tipo una vez que ya estábamos con toda la ropa bien puesta y acomodada y punto él de poner en marcha el vehículo.
- ¿Qué comentaban los chicos de mí?
Le pregunté mientras ya íbamos en pleno viaje.
- Nada en especial.
Me respondió y agregó al respecto:
- Alguno que otro decía que te había cogido o que tenía te iría a coger a la salida de la escuela, o por ahí comentaban lo mucho que te gustaba dejarte coger.
- ¿Y alguna vez dijeron que yo era un puto o algo así?
Volví a preguntar y el hombre me dijo:
- No, nunca, vos viste como éramos los chicos en esa época; era normal incluso coger entre varones una vez cada uno (la cambiadita).
- ¿Y vos te dejabas coger o solamente te gustaba meterla en el culo?
Le pregunté nuevamente y respondió muy seguro y en forma terminante:
- ¡No! Siempre me gustó coger (meterla) y me hubiese gustado también cogerme a alguna de las chicas en la escuela, pero había mucha más afinidad con los chicos y además me daba como miedo abordarlas a ellas.
- Y conmigo te sacabas las ganas.
Le dije y ambos soltamos una carcajada y, como ya estábamos llegando a destino, es decir al punto en donde habíamos quedado de antemano en encontrarnos, comenzamos a despedirnos sin fijar algún nuevo encuentro o algo por estilo; solamente yo, antes de bajarme el auto, le dije sonriendo:
- Si llegás a encontrarte con alguno de nuestros ex compañeros de escuela, no le vayas a decir nada acerca de que me estuviste cogiendo de nuevo.
El tipo volvió a esbozar una sonrisa y aceleró el vehículo, perdiéndose de mi vista; yo retorné a mi casa, no saliendo aún de mi asombro. “La vueltas que da la vida” – Pensé para mis adentros. Casi treinta años después, uno de los mismos chicos que me había cogido en la escuela, acababa de culearme. ¡Y bueh! Es el destino. |
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Escribile un e-mail al autor: walterculindohache@yahoo.com.ar |
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