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El Cine Porno |
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Enviado por Walter H. el día Jueves 1 de Enero de 1970 |
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El mes pasado me salió, así, de repente y sin proponérmelo, un viaje relámpago a Buenos Aires para realizar un trámite particular; tan imprevisto y tan rápido se dio todo que salí de Comodoro Rivadavia un domingo a la tarde y el lunes por la noche ya estaba de regreso.
Fue algo increíble y alucinante; durante tanto tiempo estuve deseando, imaginando, fantaseando y “ratoneándome” con un viaje a la “gran metropolis” para vivir todas las oportunidades que sola y únicamente se dan allí, en la “Meca del sexo”; los cines porno, los boliches gay, los lugares para practicar nudismo, la costanera sur, los travestis en bolas que aparecen habitualmente por la televisión y un sin fin de posibilidades más que, por el momento, ni remotamente se podrían llegar a dar en mi sureña ciudad.
Los tiempos tan exiguos me iban a permitir hacer realidad solamente uno de mis fervientes “sueños sexuales” y, como tendría libres y a mi disposición no más de dos o tres horas durante el lunes por la tarde, opté por lo que consideré más excitante dentro de ese tan limitado espacio de tiempo, el “cine porno”, dejando de lado no solo todo lo demás sino también las invitaciones que, vía e-mail, me habían hecho varias personas de Buenos Aires, si alguna vez llegase a andar yo por allí.
De antemano contaba con escasas referencias de tales salas, cuyas direcciones las había averiguado a través de Internet, de algunas de las revistas que se encuentran en cualquier kiosco y de los mensajes que, eventualmente, recibo en mi correo electrónico, por parte de personas que viven allí, en la “gran capital”; pero por mi escasísimo tiempo disponible, me decidí por un multicine céntrico, ubicado en plena calle Lavalle y allí me dirigí, una vez que terminé con todos mis trámites.
De las cinco salas, escogí obviamente la que proyectaba películas gay y, lamentando no haber podido llevar ni una sola de mis bombachitas colaless o de mis eróticas y sensuales tanguitas, ingresé y me quedé parado un instante para observar el panorama; inmediatamente noté que, a pesar del horario, había una buena cantidad de gente, en especial en las últimas filas, a una de la cual encaré raudamente.
Pidiendo permiso a cada paso pero meneando exageradamente la cola al caminar (inclusive llegué a sentir un par de discretos toquecitos), me fui abriendo paso a través de las butacas ocupadas y me ubiqué casi al final de la fila, muy cerca de la pared, en una especie de claro; de reojo miré a mi alrededor y observé que la mayoría de los hombres estaban sentados de tal forma, que siempre quedaban entre ellos uno o más asientos vacíos.
Después de hacer un último meneo a modo de exhibición, me senté cruzando las piernas de manera muy femenina y me recosté ligeramente sobre el apoyabrazos, con el propósito de hacer notar mi hermosa cola de mujer, por un lado y lo que particularmente andaba buscando, por el otro e incluso me fui bajándome discretamente el pantalón (un jogging de frisa, muy fácil de “bajar y subir”), como para dejar al descubierto parte de mi carnoso y exuberante “cachete” izquierdo; todo ello sobre todo, teniendo en cuenta que allí no me conocía absolutamente nadie y que, por ende, podía yo “putear” a mis anchas.
El momento, el lugar y la situación en sí ya eran por demás excitantes; muy dentro de mí, estaba convencido de “algo” iría a pasar y si no ocurría “nada”, al menos me iba a exhibir en público, pero ante tan descarada forma de provocar, un tipo que estaba ubicado a tres o cuatro butacas en la misma fila en la que yo me encontraba, se sentó junto a mí; obviamente enseguida sentí una mano posada sobre mi glúteo y, a modo de asentir que ello era de mi agrado, le sonreí y me recosté aún más como para darle la mayor superficie posible para que él pudiese seguir tocando.
El tipo tenía ya su mano completamente dentro de mi pantalón y no solo me manoseaba los “cachetes”, suaves, tersos y aterciopelados y mi profunda “zanja” sino que hurgaba con uno de sus dedos, a las puertas de mi rosado “agujero”; yo estaba recibiendo un espectacular y muy excitante “toqueteo” cuando, poniéndome prácticamente de costado como facilitarle la tarea a mi “tocador”, observé, gracias a un “haz de luz” que se produjo en una de las tomas del film y que permitió una breve pero bastante intensa claridad en la sala, a un hombre que, sentado también en la misma fila, estaba de lo más entretenido mirándome.
Como lo noté muy “carilindo”, hice que me prestase atención y me relamí los labios, mostrándole mi lengua en una clara y manifiesta alusión a mi intención de besarlo o de ser besado por él. -“¡Suerte de principiante!”- pensé yo para mis adentros, ya que el hombre, sin mediar gesto ni palabra alguna, se sentó a mi lado y recostándose levemente hacia mí, tal vez para no ser visto desde las filas posteriores, me estampó un beso en la boca, que me dejó prácticamente sin aliento.
Yo estaba literalmente “en las nubes”; durante tanto tiempo me tuve que conformar y consolar solamente con ver fotos y videos, con leer los artículos en las revistas y los comentarios que, a través del mail, recibía periódicamente relacionados precisamente con lo que ocurría en algunos “cines porno”, sobre todo de Buenos Aires; tantas veces había soñado, fantaseado y deseado con locura el poder ser yo el protagonista de todo aquello y ahora me encontraba justo allí, haciendo lisa y llanamente realidad, en parte, eso que siempre quise y anhelé.
A uno de mis costados, un tipo manoseaba mi maravillosa cola, al punto tal de haberme penetrado creo, con más de uno de sus dedos; al otro lado, un hombre me besaba furiosamente introduciendo su lengua, bien profundo dentro de mi garganta y a todo esto, yo estaba toqueteando las entrepiernas de ambos e inclusive a una de ellas, había logrado ya bajarle el cierre de la cremallera, sintiendo en la palma de mi mano, el calor y la humedad de una, a priori, hermosa, alucinante y seguramente sabrosa y apetitosa, poronga.
Pero si bien todo ello me hacía, como dije anteriormente, sentirme en las nubes, lo que realmente me excitaba y me calentaba era el hecho de estar allí, en ese lugar, exhibiéndome en público, sabiendo que todos a mi alrededor me veían, aún con la lógica dificultad de la oscuridad y si no lo hacían, intuían lo que ocurría en esas tres butacas; aunque si por mí hubiese sido, me habría parado sobre el asiento y habría mostrado mi hermosísima cola desnuda ante todo el auditorio, tal eran las ganas y los deseos que tenía de exhibirme en esas circunstancias.
En un breve lapso en el cual volví a la realidad del tiempo y del espacio, miré mi reloj y observé, con bastante desagrado, que solamente contaba con un poco más de media hora, así que directamente y sin preámbulos ni tapujo, les dije a mis dos buenos “compañeros de butaca”, que me acompañasen hasta alguno de los “apartados”, invitación que ambos aceptaron enseguida y de buen grado obviamente; camino a ese lugar del multicine, fui mirando y sonriendo provocativamente a cuanto tipo cruzaba a mi paso y no solo eso, sino que inclusive fui bajándome y subiéndome intermitentemente el pantalón, enseñándoles mi cola de mujer, a modo de última exhibición pública.
Por suerte, rápidamente dimos con un “apartado” desocupado y nos metimos allí adentro; inmediatamente me saqué el jogging y el calzoncillo de una de las piernas y me los dejé enganchados en la otra y mientras uno de los tipos (el que había estado manoseándome) se colocaba el preservativo (que yo le había dado), yo me agaché levemente hacia adelante, dejando la cola bien parada y expuesta y le pedí al “carilindo”, que me diese su verga.
Debo haberme comido decenas y decenas de pijas pero cada vez que estoy a punto de devorarme una, me agarra una especie de desesperación, de locura y hasta de pérdida de conocimiento y lo único que quiero en ese momento es besarla, lamerla, chuparla, acariciarla y refregármela por toda la cara, cosa que por cierto comencé a hacer; estaba tan enceguecido con ese manjar, que no reparé en el hecho de que, el otro tipo, ya me había penetrado por completo e intentaba acomodarse bien para “serrucharme”.
Gemidos y jadeos de placer y algún que otro elogio y halago hacia mi femenina cola, era lo único que se oía allí, en ese habitáculo, amén del fuerte golpeteo que producía la pelvis del tipo que estaba cogiéndome, al chocar con mis carnosos y voluptuosos “cachetes”, tal la furia de esa “culeada” y cuanto más frenética era esa embestida, más me prendía yo a la poronga del “carilindo”, en un movimiento tan acompasado como excitante y placentero; a los tremendos “pijazos” que recibía por atrás respondía yo con una “garganta bien profunda” a quien tenía adelante y después que el primero de ellos acabó ferozmente, cambiaron rápidamente de posición.
Una nueva verga en el orto y otra en la boca ¡Qué más podía yo pedir! Y así continuaron cogiéndome por turnos, “por atrás y por adelante”, hasta que el primero de los tipos, ya con la pija total y absolutamente “muerta”, se acomodó la ropa y se fue raudamente; mientras el otro de los hombres aún seguía cogiéndome “duro y parejo”, golpeando fuertemente mis enrojecidos “cachetes”, no solo con su pelvis sino también con la palma de sus manos (me fascina que me hagan “chas-chas” en la cola), hasta que también acabó, grito mediante, cayendo literalmente exhausto sobre mi espalda.
Estando ya los dos con la ropa bien puesta, volví a mirar el reloj y aún me quedaban unos minutos; tiempo suficiente como para volver a besar en la boca otra vez, a ese “carilindo” que tanto me gustaba y a degustar su lengua, así que después de comentarle rápidamente y sin muchos detalles, acerca de mi inminente partida de Buenos Aires, le pedí ese último beso; el tipo accedió e inmediatamente nos “enroscamos”, abrazándonos y besándonos frenéticamente, hasta que pusimos “fin” definitivamente y de paso dejamos libre el “apartado”, para otros que eventualmente quisieran a lo mejor utilizarlo.
El hotel estaba muy cerca del “multicine” así que no demoré más de diez minutos y como ya tenía el bolso y todo preparado, me di una ligera ducha y volví a tomar un taxi esta vez con destino a Aeroparque; mientras volaba hacia Comodoro, repetí y visualicé una y mil veces en mi mente todo lo que había ocurrido solamente unas horas antes, corriéndome una excitación interior impresionante y ya en casa, esa misma noche, me recosté en la cama, puse mi cabeza sobre la almohada y con una sensación de inmensa realización, me dije a mi mismo para mis adentros: “SUEÑO CUMPLIDO WALTER, SUEÑO CUMPLIDO”.
Por último, quiero aprovechar esta ocasión para pedirles a todos los lectores de esta espectacular página de Internet, que nos permite expresarnos con total y absoluta libertad, que me escriban mandándome direcciones y lugares de “sexo a full” (sobre todo de cines “porno”) para que, si vuelvo a Buenos Aires, continúe haciendo realidad mis deseos y mis fantasías. |
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Escribile un e-mail al autor: walterculindohache@yahoo.com.ar |
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