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Cogiendo en la Hamaca |
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Enviado por Walter H el día Jueves 1 de Enero de 1970 |
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A lado de mi casa, vivía un matrimonio que rondaría en ese entonces los cuarenta años de edad, con hijos ya grandes inclusive con una de sus hijas casada; ello no tendría en apariencia nada interesante para un chico como yo, sino porque en el patio trasero, tenían una silla tipo vaivén, similar a una “hamaca de jardín”, construida por el hombre.
En la época estival, aquel matrimonio tenía por costumbre quedarse hasta altas horas de la noche meciéndose en su “hamaca” y yo, cada vez que escuchaba el chirrido de las cadenas contra el caño soporte, saltaba el cerco y me sentaba en la silla en medio de ambos.
El hombre era moreno y por el tipo de trabajo que hacía se mantenía en muy buen estado físico, en cambio su esposa era de esas mujeres exagerada y desproporcionadamente gorda, sobre todo en su parte trasera; a mí me gustaba mucho sentarme en medio de ambos y disfrutar de sus charlas y comentarios.
Generalmente la mujer entraba primero a su casa, para hacer algunos quehaceres o inclusive para acostarse, si el sueño la vencía y el hombre se quedaba unos instantes más; ese era entonces el momento que a mí más me agradaba, porque mi vecino se servía un vaso de cerveza (nunca lo hacía cuando departían ese instante con su esposa), me traía una gaseosa o un jugo y ambos “hombres” nos sentábamos nuevamente en la “silla hamaca”.
Yo tenía en ese tiempo doce años y tal como he comentado en relatos anteriores, mi cuerpo estaba literalmente “dividido en dos”; de adelante era un varoncito “hecho y derecho” pero de atrás era una “nena” y sin exagerar en ese concepto y ya estaba plenamente conciente que, en algún momento, alguna de las personas mayores irían a reparar en mi preciosa cola, si bien ya varias de ellas me habían hecho comentarios al respecto.
Ello efectivamente fue lo que ocurrió con mi vecino, una de las noches mientras nos mecíamos en la hamaca y tal vez no hubiese sucedido nada (o sí a lo mejor), si no fuera por mi forma, siempre por demás provocativa, de vestirme, de andar, de moverme, de incitar permanentemente y de provocar adrede la excitación en los demás, mostrando y exhibiendo las virtudes de mi femenina parte trasera.
- ¿Los chicos del barrio te cogen no?
Me preguntó una noche el hombre pero en un tono como sabiendo ya de antemano la respuesta; yo lo miré como preguntándome para mis adentros “¿Y como lo sabe?”, pero él rápidamente sonrió y me dijo:
- El otro día pasé cerca de la “canchita” y vi a dos chicos que te bajaron la mallita y te cogieron.
Y antes de que yo atine a hacer algún tipo de comentario o que reaccione de alguna manera, volvió a sonreír y tocándome suavemente la cabeza, me dijo:
- No te hagas problema, yo no le voy a contar nada a nadie, cada uno tiene derecho a hacer lo que quiera y yo no me meto en esas cosas.
Después de esos dichos, mi vecino hizo un corto silencio y volvió a preguntarme:
- ¿Y a vos te gusta que te cojan?
Sin decir yo palabra alguna le hice un gesto afirmativo con la cabeza, acompañado de una sonrisa cómplice y picaresca, entonces el hombre me dijo:
- Lo que pasa es que parece que debés tener una cola muy linda ¿Me la mostrás un poquito?
Yo, como nunca tuve ningún tipo de vergüenza, pudor o prejuicios a la hora de mostrarme desnudo ante quien fuera, me bajé el pantaloncito (no tenía calzoncillo) y exhibí mi “manzanita”, aguardando que a lo mejor mi vecino me la tocara, aunque más no fuese solo un leve “toquecito”, pero ello no ocurrió y allí terminó toda esa situación.
A la noche siguiente volví a ir a la casa de mi vecino pero en esta ocasión, vestido (o desvestido) solamente con una diminuta mallita que no me cubría absolutamente nada y nunca estuve tan ansioso de que mi vecina nos dejara solos a los dos hombres en la hamaca; cuando ello ocurrió, yo simplemente sonreí, me metí toda la parte trasera de la malla dentro de mi profunda “zanja”, dejando al aire a mis carnosos y voluptuosos “cachetes”.
Discretamente y después de cerciorase que no hubiese ningún “peligro” cerca, el hombre me hizo sentar sobre una de sus rodillas y comenzó a acariciarme, a manosearme y a toquetearme toda la superficie de mi aterciopelada cola y ello continuó una y otra vez, obviamente siempre y cuando la ocasión así lo permitiese, a lo largo de las siguientes noches.
No pude captar en ese momento lo que experimentaría mi vecino al tocarme, pero seguramente ello debería haberle producido un enorme placer, ya que tocar la colita de una “nena de doce años” (yo nunca lo haría por supuesto), ha de haber sido una sensación por demás agradable, sobre todo comparándola con lo que podría haber llegado a sentir aquel hombre, haciendo lo mismo con el culo gordo, desproporcionado, deformado y seguramente harto de celulitis de su esposa.
Ello precisamente era lo que mí me producía una doble satisfacción; por un lado el gusto por sentirme manoseado y por el otro, una especie de obligación por mi parte hacia mi vecino; yo sentía que ninguno de los dos hacía algo malo o indebido, él porque el culo de su señora no tenía ni punto de comparación con el mío y yo porque consideraba aquello como una manera de agradecimiento hacia mis vecinos (a ambos) por permitirme compartir esos momentos, en aquella “silla hamaca”.
A partir de ese planteo hecho por mí, las noches en aquella “silla hamaca” eran cada vez más y más calientes, ya que yo me sentaba sobre las rodillas de mi vecino e incluso cuando la situación así lo permitía, me bajaba la mallita y él me toqueteaba la cola íntegramente; en más de una ocasión el hombre llegó a excitarse de tal manera que tuvo que sacar su pija hacia afuera del pantalón y yo aprovechaba para tocar con mis “manitos” ese enorme pedazo de carne caliente y duro como un palo.
Durante un buen tiempo seguí yo yendo a la casa de mis vecinos para “hamacarme”, hasta que abruptamente el hombre fue haciéndome a un lado, tal vez por temor de que en alguna ocasión no pudiese contenerse y llegase a cometer algo de lo que pudiera llegar a arrepentirse para siempre y aunque yo continué visitando a mis vecinos y volví varias veces a departir momentos en la “hamaca”, ya nunca volví a ser tocado ni manoseado por aquel hombre, quien además no volvió a hacerme comentario alguno al respecto.
Pasaron tres años desde aquellas “hamacadas” y yo, ya con quince y después de dos de haber perdido mi “virginidad anal”, obviamente que ya no me contentaba con “manoseaditas” en mi cola y cada vez que escuchaba el chirrido de las cadenas en el soporte de los caños de la “silla hamaca” de mis vecinos, recordaba mis vivencias, me acordaba de aquel hombre y me agarraba unas calenturas tremendas, pero nunca se había vuelto a dar la oportunidad de volver a la casa de mi vecino, por supuesto para mis propósitos sexuales.
Una noche, sin embargo, mi vecina vino a nuestra casa con la intención de quedarse durante un buen rato, charlando con mi familia y ahí me enteré que los chicos (sus hijos) no estaban en su casa y regresarían muy entrada la madrugada y, lo más importante para mí, que mi vecino estaba sentado en la “hamaca”.
Rápidamente me saqué la ropa que tenía puesta, me puse un pantaloncito cortito de “streech”, ajustadísimo y muy diminuto y salté el cerco hacia la casa de mi vecino; el hombre estaba como siempre, sentado en la “silla hamaca”, vestido solamente con una malla y con un vaso de cerveza en la mano y al verme se sorprendió primero pero sonrió después.
- ¿Se acuerda cuando yo venía a hamacarme?
Le pregunté muy socarronamente, con voz provocativa y sensual y moviéndome permanentemente para exhibir mi parte trasera; obviamente el hombre se dio cuenta que yo no había ido hasta allí solamente para visitarlo, ni para hamacarme ni para recordar épocas pasadas, así que simplemente me miró el traste y me preguntó:
- ¿Seguís teniendo la cola tan linda?
Sin responderle, me bajé el pantaloncito y me puse bien cerca de él para que no solo me viese, sino que también me tocase; si hacía tres años tenía una “cola de nena”, en ese momento mi preciosa parte trasera era tal como la de una “quinceañera”, hambrienta y apetecible, tanto que el hombre amén de manosearme toda la superficie de mis “cachetes”, me pasó los dedos por mi “zanja” y hasta por mi rosado “agujero” anal y sin dejar un instante de toquetearme, me preguntó:
- ¿Seguís dejándote coger por los chicos?
- ¡Sí! Pero ahora me la meten toda adentro.
Le respondí mientras empecé a toquetear la entrepierna de mi vecino; el cuadro de situación era el siguiente, el hombre manoseaba íntegramente mi cola con ambas manos y yo trataba de hurgar con una de las mías dentro de su malla para hacer contacto con su “bulto”.
- ¿Querés que te coja Walter?
Me preguntó mi vecino quizás tan o más caliente que yo.
- ¡Sí! Cójame antes de que venga su señora.
Sin dejar de mecer la hamaca para no despertar sospechas, el hombre se bajó la malla y me hizo “montarlo”; entre ambos fuimos buscando la posición hasta que él ubicó su verga justo a las puertas de mi “agujero” y comenzó a penetrarme, suave y lentamente.
- ¡Ay! ¡Que culito tenés! ¡Por favor! ¡Sos una minita!
Exclamó mi vecino aunque sin levantar la voz y mientras me ayudaba a subir y bajar, para que su “chota” pudiese hacer el movimiento de “pistón”, volvió a decir con la voz entre cortada:
- ¡Qué culito me estoy comiendo! Es como si estuviese cogiendo a una piba.
Al cabo de un rato, el hombre acabó adentro de mi cola y me dejó allí, sentado arriba suyo, durante unos segundos, antes de permitirme limpiarme y limpiarse él y luego, con la misma rapidez con la que hicimos el “acto sexual”, nos acomodamos la ropa y yo volví a mi casa, no sin antes dejarme tocar por última vez, a pedido de mi vecino, mi dulce, tersa, suave, linda, redondita, torneada, bien parada y aterciopelada “cola quinceañera”.
Si bien no fue aquella la última persona mayor que me cogió en aquel entonces, nunca volví a hacerme coger por mi buen vecino, tal vez por considerar que ya se había cerrado el círculo, es decir que ya había completado lo que hacía tres años atrás había dejado inconcluso, aunque incluso hoy me queda la duda sobre qué hubiese pasado entonces, si aquel hombre me hubiese cogido a mis doce “inocentes” añitos. Ustedes ¿Qué creen al respecto?
Walter H. – Comodoro Rivadavia – Provincia del Chubut – República Argentina. |
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Escribile un e-mail al autor: walterculindohache@yahoo.com.ar |
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