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Jugando a las Escondidas |
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Enviado por Walter H. el día Jueves 1 de Enero de 1970 |
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Permanentemente recurro a los recuerdos de mi niñez e infancia, porque fue precisamente durante el periodo comprendido entre mis diez y doce años, cuando se produjo “mi mayor actividad sexual” y hago hincapié concretamente en la palabra “sexo” porque, a pesar de mi corta edad, siempre supe y estuve plenamente conciente de lo que hacía y porqué lo hacía; es decir que si yo en aquel entonces me desnudaba y me dejaba coger por casi todos los chicos del barrio, por mis compañeros de escuela, por mis primos (independientemente del grado de parentesco), etc., a cualquier hora y en todo lugar, inclusive hasta en la vía pública, era simple y sencillamente porque me gustaba y mucho.
Para graficar, si cabe esa palabra, lo mucho que disfrutaba “dejándome coger” por aquellos años, voy a relatar algo que sucedió un atardecer en el que, junto con varios de los chicos del barrio, estábamos jugando a “las escondidas”, un juego que hoy en día podría catalogarse de antiguo y pasado de moda, pero que en aquel entonces (hace algunas décadas atrás), estaba plenamente vigente.
Un detalle no menor y que tiene mucho que ver en este contexto, es el relacionado a la forma y el tamaño que, ya en aquella época, tenía “mi parte trasera” porque mi cola y mis piernas eran tal y como las de una chica de mi edad y si bien ello podría haber llegado a ser molesto, incómodo y hasta traumático para un chico, es decir, tener un culo de nena en un cuerpo de varón, yo por el contrario estaba inmensamente feliz, satisfecho y agradecido a la madre naturaleza, por haberme dotado de esa manera y muy lejos de intentar tapar u ocultar mi bien femenina colita, la mostraba y exhibía sin tapujos, pudor o vergüenza.
Retomando el hilo del relato, esa tardecita yo estaba vestido, como de costumbre, con un diminuto y ajustadísimo pantalón corto de “streech”, el cual ante el menor movimiento como ser correr, saltar, agacharme o simplemente caminar, dejaba parte de mis carnosos “cachetes” al aire libre y yo por supuesto, no hacía nada para volverlos a poner en su lugar.
En determinado momento del juego, corrí a esconderme detrás del cerco de una casa, pero como este era muy bajito, tuve a agacharme literalmente casi a ras del suelo y allí permanecí oculto para no ser descubierto por el chico al que le había tocado en suerte “contar y salir a buscarnos”; apenas habían transcurrido unos segundos cuando uno de los chicos apareció corriendo por detrás de mí y antes que yo atinara a hacer algún tipo de movimiento, se subió encima mío.
- Shhhhh ¡No te muevas! Yo vigilo que no nos descubra.
Me dijo el chico refiriéndose concretamente a quien nos estaba buscando y yo entonces me quedé bien quietito y sin decir palabra alguna, pero sonriéndole y mirándolo a los ojos en forma pícara y cómplice, ya que esa era la manera que tenía yo de asentir cada vez que me decían o que me hacían algo que me gustaba y este caso particular no era la excepción ni mucho menos, porque la posición en la que se había ubicado el chico encima de mí, hacía que su entrepierna quedase bien pegada a mi cola semi descubierta.
Yo rápidamente y, “ni lerdo ni perezoso”, decidí unilateralmente aprovechar esa ocasión para jugar a otro juego, aunque sin abandonar el que estábamos jugando inicialmente y le pegué dos o tres “culazos” al chico quien captó inmediatamente mi intención y comenzó un muy discreto y disimulado movimiento de pelvis.
Si bien mis “cachetes” estaban como dije anteriormente casi al aire libre y a mi me gustaba muchísimo que el chico me cogiese por detrás como lo estaba haciendo, mucho más aún me agradaba si me lo hacían con mi cola desnuda, así que, sin levantar el volumen de mi voz para no ser oído por los demás, le dije:
- ¡Correte un cachito para atrás!
El chico se despegó apenas un poco de mi parte trasera, pero fue suficiente para que yo me bajase por completo el pantaloncito (no tenía puesto calzoncillo) y le ofreciese mi hermosa colita de nena (tengo fotos desnudo de aquel entonces y les puedo asegurar, queridos lectores, que no había diferencia alguna entre la cola de una nena y la mía).
- Ahora sí ¡Seguí haciéndome!
Obviamente ese “haciéndome” significaba ni más ni menos que me cogiese y eso fue lo que el chico empezó a hacer pero “hete aquí” que, a nuestra edad, las erecciones penianas se producían esporádicamente y no tenían nada que ver por supuesto con “eyaculaciones”, así que por más empeño que yo ponía en acomodar mis “cachetes” para que el “pico” de aquel chico quedase bien metido en medio de estos, al no tenerlo “parado” se le volvía a meter dentro de su cremallera.
- Bajate el pantalón así me metés bien el pico.
Le dije al chico en un tono imperativo pero todo mi desparpajo y mi falta total de pudor y de vergüenza, contrastaba con mi buen amigo, quien estaba alerta y preocupadísimo de que alguien pudiese estar observándonos o de ser sorprendidos en esa posición; algo que casi llegó a suceder verdaderamente, ya que el chico que nos estaba buscando nos encontró y, si bien no supo en principio de quien podría llegar a tratarse a causa de la oscuridad del ya insipiente anochecer, corrió hacia el lugar para concretar el característico “piedra libre”.
Mi “cogedor” se paró rápidamente y mientras se subía el cierre de la bragueta, corrió para tratar de “librarse”, dejándome aún con el culito al aire y con unas ganas tremendas de seguir con la cogida, pero a pesar de mi “calentura” continué con el juego de las escondidas hasta que este finalizó y los participantes se fueron cada uno por su lado.
Yo aproveché nuevamente para encarar al chico que había estado “escondido” conmigo y sin ningún tipo de preámbulos, le dije:
-¡Vení! ¡Vamos a la casilla!
La “casilla” era una vieja casita de madera abandonada en medio de un terreno baldío y habitualmente era utilizada con varios propósitos, como por ejemplo, chicos que se ocultaban allí para fumar sin permiso, borrachos que ingresaban allí para tomar o para dormir e inclusive parejas que usaban esas bastante deterioradas instalaciones, para tener relaciones sexuales.
Por supuesto que yo no fumaba y no tomaba (y aún no hago ninguna de las dos cosas) pero no puedo decir lo mismo en cuanto al sexo y obviamente aquella no sería la primera vez que entraría a aquella “casilla” con fines sexuales ni mucho menos, así que después de cerciorarme de que no habían “moros en la costa”, me metí allí dentro y le hice una seña al chico para me siguiera.
Estando ya los dos adentro de la casilla, me ubiqué contra una esquina, me bajé el pantaloncito y le dije a mi amigo:
- Bueno, ahora sí, bajate el pantalón para cogerme.
Dicho y hecho, el chico esta vez se bajó su pantalón y su calzoncillo y como ya no tenía que preocuparse porque alguien pudiese llegar a vernos, se dedicó de lleno a cogerme tal y como yo quería que lo hiciese.
- ¡Ah! ¡Qué hermoso culo que tenés!
Dijo el chico mientras me “apoyaba y me manoseaba” y agregó:
- Lo tenés igual que las pendejas.
- Sí, pero antes no quisiste bajarte para meterme el pico.
Le dije haciéndome el disgustado, pero como inmediatamente y para mi beneplácito se le paró aquel “pico”, aproveché para menear la cola al compás de los movimientos de pelvis del chico, quien me cogió de una forma espectacular.
Durante un buen rato estuvimos allí, cogiendo en la casilla, hasta que ambos debimos finalizar la relación sexual para retornar cada uno a sus respectivas casas.
Este relato no hace más que ratificar lo mucho que, siendo yo tan chico, me gustaba ya ser cogido por mis pares y más aún, en este caso en particular y tal como fui relatando, tuve que ser yo quien tomase la iniciativa para concretar mis deseos, pero la mayoría de las veces eran los demás chicos quienes simplemente se ubicaban detrás de mí, me bajaban el pantaloncito y me cogían a cualquier hora y en todo lugar y lo hacían a sabiendas de que yo “me dejaba” porque “me gustaba y mucho”.
Para finalizar, desearía mucho que me escriban para contarme sus cosas e intercambiar comentarios y experiencias.
Walter H.
Comodoro Rivadavia, Chubut, Argentina. |
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Escribile un e-mail al autor: walterculindohache@yahoo.como.ar |
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