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Relato Gay |
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Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970 |
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Por ese entonces teníamos 13 años. Con Marcelo éramos muy compinches, hadábamos de un lado para otro juntos, estábamos empezando a transitar por la famosa edad del pavo. Siempre curiosos, investigábamos más de la cuenta, y solíamos escaparnos de nuestros padres para pasar las tardes de verano a solas. Un tema de conversación recurrente eran las pajas que nos hacíamos –a sola y de noches- con las revistas pornográficas robadas a nuestros padres. Esas vacaciones, nuestras madres nos habían anotado en un club para que pasáramos el verano juntos. Así fue que, por nuestro animo curioso, encontramos detrás de las instalaciones del club una construcción abandonada y, automáticamente, la convertimos en nuestro club personal, pues, además de alejada, no tenía otro concurrente que no fuéramos nosotros. Un día Marcelo trajo a nuestro club un centenar de revistas porno que su padre había dejado en la basura la noche anterior. Ya no faltaba nada, teníamos un lugar personal y porno a nuestra disposición, con lo que –además de hablar de pajas- empezamos a practicarlas juntos, hacíamos competencias a ver quien acababa más o quien aguantaba más con la pija parada sin tocarse. Curiosos, empezábamos a hablar de que sensación causaría hacer lo que mostraban las revistas y que tanto disfrutaban los grandes. Así comenzamos, poco a poco: fuimos creando juegos sexuales, consistentes en prendas. Quien perdía debía tocar el pito del otro y/o dejarse tocar la cola. Luego, dejando de lado las prendas, y sin causar mayor problema (se fue dando), nuestras inclinaciones fueron decidiendo los roles. A mí evidentemente me excitaba mas asumir el rol pasivo, con lo que automáticamente comenzábamos los juegos yo poniendo la cola y haciéndole sucesivas pajas a Marcelo. Al principio, dejaba que Marcelo me toque la cola, mientras lo pajeaba y, segundos antes de acabar, le soltaba la pija para que siga solo. Los juegos fueron avanzando, el me pedía que imite la posición en que las chicas de las revistas abrían sus culos o que me ponga en cuatro y el –mirando el paisaje que yo ofrecía- se pajeaba. Así entre paja y paja paso el verano, pero no nuestros juegos. – Cerrado el club, trasladamos los juegos a la casa de Marcelo, ya que por la tarde sus padres trabajaban y la casa quedaba vacía. El lugar era más cómodo, y los jueguitos seguían avanzando. Una tarde yo estaba en cuatro patas sobre la cama de Marcelo y esté, sin preguntar, comenzó a masajearme la entrada del culito con un dedo. Lejos de protestar, respondí quebrando la espalda y ofreciéndole todo el agujero. Eso fue determinante, ya que inmediatamente empezó a forzar la entrada al culo, mientras yo irradiaba de la calentura y empujaba para atrás con el fin facilitar la entrada. El intento fracaso, ya que mi colita estaba demasiado cerrada. Lo bueno es que jugábamos con total naturalidad, sin una pizca de vergüenza. Esa naturalidad, hizo que al otro día –y con la experiencia aprendida de las revistas- utilicemos crema humectante, el camino fue más fácil: Yo me puse en cuatro, quebré la espalda dejando el culito al techo, Marcelo me froto crema en la entrada y poco a poco fue metiendo un dedo. Yo explote de placer y el se fue en seco. Fue increíble, hablamos toda la tarde de eso y planeábamos nuevas cosas para el futuro. Los días pasaron y los dedos se sumaron, esa semana termine con tres dedos de Marcelo entrando y saliendo de mi colita. Corresponde decirles, que para ese momento Marcelo ya me apoyaba su pito periódicamente entre mis nalgas y lo frotaba hasta acabar en mi cola, mientras yo me quedaba en cuatro y gozaba. Un día revolviendo los cajones de los padres de Marcelo –cosa que hacíamos habitualmente- encontramos una tanguita de la madre. La idea fue reciproca, me la termine poniendo, me quedaba increíble, piensen que tenia 13 años y mi cuerpo aún parecía de nena. Tenía la colita bien paradita y con los cachetes carnosos y, para hacer más apetecible las cosas, no tenia un solo pelito en el cuerpo. La bombachita me quedaba de diez, Marcelo estaba encantado, me hizo hacer de todo: me pedía que me la baje, que me la meta más adentro, que me ponga en cuatro y me corra la tirita, etc. Por su puesto, el día termino con una buena franeleada de la pija de Marcelo por mi colita y, luego, con sus dedos entrando y saliendo de mi rajita. Al otro día, lleve de sorpresa una bombachita que robe del cajón de mi hermana, blanquita y de algodón. Marcelo, por su parte, tenia otra sorpresa, había comprado una cajita de forros. Sin preguntar me puse la tanguita y me acosté boca abajo, con la cola un poco levantada, él empezó a masajearme como siempre, parando más sobre mi agujerito. Después de mucha franela y cuando los niéveles de calentura estaban por el techo, empezamos a jugar con los forros y la pija de Marcelo, hasta que por fin quedo bien colocado. Para esta altura, esta de más decir que ya le había chupado el pito en más de una ocasión, y el ya había tratado de metermelo adentro del culo. Evidentemente el forro lo ayudo, me puse en cuatro con la piernas bien separadas y el apoyo su pija en mi culo. Lentamente, el empujaba para adelante, y yo presionaba para atrás. Ni me dolió, de poco entro toda. Así estuvimos quietos por unos minutos, hasta que Marcelo –de la calentura- se fue en seco y –debo confesar- yo también. – (OTRO DIA SIGO) |
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